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Un fotógrafo, su novia soldado y la guerra de Irak

Flying Kiss, Rockport, Maine, 2000 © Guillaume Simoneau

Flying Kiss, Rockport, Maine, 2000 © Guillaume Simoneau

Caroline Annandale y el fotógrafo Guillaume Simoneau acababan de conocerse y estaban enamorados. El beso volante, uno de los códigos universales del cariño, no es la más sólida de las pruebas. Hay señales más claras: por parte de ella, el ofrecimiento de los ojos cerrados, la amplitud del cuello, las manos enlazadas en torno a una madera vieja y blanca; por parte de él, la mirada encendida, la entrada en el territorio íntimo al que sólo accedes cuando amas.

La pareja transnacional —Caroline procede de Georgia, en el sur de los EE UU, y Guillaume es franco-canadiense, de la zona de Quebec— se había conocido en un taller de verano de fotografía en 2000 y el flechazo tuvo la hondura suficiente como para que decidieran hacer planes de cierta envergadura: irse a recorrer mundo con la juventud y el amor como único salvoconducto.

Poco más de un año después, él vuelve a retratarla en un momento preñado de adoración: una habitación sólo iluminada por tres velas en Goa, la zona sureña de la India donde la melancolía de los colonizadores portugueses añadió cierta temperanza a la turbulencia del mundo como sufrimiento que propone el hinduismo. La imagen tiene el color de la miel tras o antes del sexo y, por tanto, quizá no admita que nos fijemos demasiado en la fecha aunque, como veremos, debemos hacerlo: 11 de septiembre de 2001.

En Goa, India, 11 de septiembre de 2001 © Guillaume Simoneau

En Goa, India, 11 de septiembre de 2001 © Guillaume Simoneau

Demos un salto de ocho años. Guillaume vuelve a retratar a Caroline en 2008. No se nos ofrecen explicaciones sobre la relación que mantienen ahora: quizá sigan siendo amigos, quizá todavía haya intimidad. Poco importa el grado dado lo que vemos en la foto frontal y áspera: una muchacha de ventitantos que ha perdido la fosforecencia natural y que nada sabe de la cordialidad como sistema de vida.

Tras el 11-S Caroline se había dejado seducir por una pasión tan tóxica como el amor: el nacionalismo y la llamada bélica de castigo contra los supuestos enemigos de la patria mancillada. Ingresó en el Ejército, combatió varios años en Irak y ahora, en la desconcertante foto de su nuevo ser, es la sargento Caroline Annandale, juramentada, valerosa, capaz de manejar armas sofisticadas, conocedora de olor de la sangre

La mirada militar de Caroline no se dirige a la cámara pero es consciente al cien por cien de la cámara y la evita, desea atraversarla, sabe que ese aparato incruento, sobre todo cuando es manejado por quien te quiere o te quiso, revela lo que has perdido.

Canadian Marine jacket, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Canadian Marine jacket, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

El fotolibro Love and War es el intento caótico y desesperado del fotógrafo Simoneau por entender. Lo define como una “síntesis lírica” para mostrar la “inseparable naturaleza del amor, la creatividad y la adversidad” y lo presenta bajo el género del trabajo documental, pero sabemos que también se trata de una expedición hacia las cicatrices interiores y una inútil maniobra para recuperar la noche en que la luz de las velas de Goa dejó de ser un indicio del amor y se convirtió en una caldera de azufre.

Ordenado desde la creencia de que la cronología nada explica excepto la matemática demente de los años, el libro conjuga, sin jerarquía de escaleta temporal, las imágenes —no siempre de Simoneau, hay también instantáneas que Caroline le enviaba desde eso que llaman teatro de operaciones con bastardas intenciones semánticas—, con emails, mensajes telefónicos de texto, cartas manuscritas, metáforas fotográficas que el franco-canadiense elaboraba para no perder la cordura mientras su novia participaba en la guerra…

 © Guillaume Simoneau

“Cuanto más pienso hacia dónde vamos individualmente, más creo que debemos estar juntos” © Guillaume Simoneau

La narrativa rota de Simoneau —con momentos de tanta franqueza dramática como un SMS de la madre de Caroline con este texto: “El 20 de mayo de 2003 [Caroline] se casó con su amigo Joe Hopkins y cambió su nombre por el de Caroline Ralston Hopkins”— contiene suficientes espacios abiertos como para arañar los límites de la literatura. Que el autor haya seguido adorando a la muchacha-soldado, dedicándose a buscar su esencia durante años, añade a Love and War el carácter casi sagrado de una epifanía.

El fotógrafo admite, ¿cómo no hacerlo?, que la guerra convirtió en otra persona a la chica del beso volante y las noches de Goa, pero Simoneau también ha señalado que ahora él es mucho más “indulgente” con los jóvenes que se enrolan. “Entiendo cómo tu contexto social, físico y geográfico pueden llevarte a tomar decisiones que ni siquiera considerarías en un ambiente diferente”, dice en una entrevista.

Wearing army uniform for me, Kennesaw, Georgia, 2008   © Guillaume Simoneau

Wearing army uniform for me, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

“Llevando el uniforme militar para mí”, titula el autor de Love and War esta foto, tomada cinco años después de que Caroline se casara. En otra de la misma serie, ella posa con una pistola. En una tercera aparece en la cama, con los ojos vacíos de quien ha ejercitado la vista en exceso, contemplando escenas que nadie debería estar obligado a ver.

El grado de compromiso entre los dos actores de este drama, además de reafirmar que la fotografía es un tónico inexplicable, me recuerda una cita de Camara lúcida, el libro de Roland Barthes, con la cual quiero acabar, porque nada razonable quiero añadir a esta historia tan cruda como hermosa e inexplicable:

La fotografía lleva siempre su referente consigo, estando marcados ambos por la misma inmovilidad amorosa fúnebre: están pegados el uno al otro, miembro a miembro, como el condenado encadenado a un cadáver en ciertos suplicios; o también como esas parejas de peces (los tiburones, creo) que navegan juntos, como unidos por un coito eterno.

Ánxel Grove

On bed, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

On bed, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Caroline,  Kennesaw, Georgia, 2008   © Guillaume Simoneau

Caroline, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Caroline,  Kennesaw, Georgia, 2008   © Guillaume Simoneau

Caroline, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Caroline,  Kennesaw, Georgia, 2008   © Guillaume Simoneau

Caroline, Kennesaw, Georgia, 2008 © Guillaume Simoneau

Caroline's world by Joanna R, Rockport, Maine, 2000 © Guillaume Simoneau

Caroline’s world by Joanna R, Rockport, Maine, 2000 © Guillaume Simoneau

El Arma de Instrucción Masiva, un tanque que regala libros

Raúl Lemesoff

Raúl Lemesoff

“La educación está en la casa y la instrucción está en la escuela”, sentencia el argentino Raúl Lemesoff, que considera vital que la lectura sea un elemento más de la vida cotidiana. El Arma de Instrucción Masiva (ADIM) es una escultura rodante atestada de libros, en forma de tanqueta de guerra, que el artista lleva a los barrios más pobres de Argentina.

Lemesoff reparte gratis los títulos que se apilan en las estanterías hechas a mano, anima a cualquiera que pase a su lado a que se haga con un ejemplar, incluso es capaz de correr junto a un autobús que acaba de iniciar la marcha para colar un libro por una ventanilla.

El artista y su Arma de Instrucción Masiva

El artista y su tanque

Hastiado de la programación basura de las televisiones y del desinterés por la lectura, consciente de que quería contribuir a iniciar un cambio por pequeño que fuera y “estimular la creatividad que los libros generan en quien los lee”, decidió hace tres años comprar un coche viejo.

Escogió un Ford Falcon de 1979, un coche que simboliza uno de los momentos históricos más trágicos de la historia de Argentina. Durante la dictadura militar, Ford fue uno de los aliados en las torturas y desapariciones del Terrorismo de Estado: los Falcon se convirtieron en el coche habitual para secuestrar a cualquier ciudadano que se antojara como peligroso.

Transformó el siniestro vehículo —que ciertamente había pertenecido a los militares— en un pequeño tanque con compartimentos para los tomos. El resto del coche lo forró con lomos de libros que ya habían sido semidestruídos y vendidos como papel al peso. El nombre, de la creación es otro homenaje oscuro, esta vez a las Armas de Destrucción Masiva que el entonces presidente de EE UU George Bush juraba y perjuraba que Sadam Hussein escondía en Iraq y que sirvieron de elemento propagandístico para el inicio de la guerra de Iraq en el año 2003.

El ADIM en acción

El ADIM en acción

Ahora conduce su obra de arte rodante con la soltura de un repartidor y su actividad idealista lo eleva a personaje. El ADIM no recibe dinero de ningún organismo oficial, se surte de donaciones de libros y de escasas aportaciones económicas para el combustible. Lemesoff consigue de vez en cuando vender alguna de sus esculturas: “Por ahí tengo un montón de plata y por ahí me paso los días sin comer, pero lo que yo hago es muy gratificante y entonces lo sigo haciendo. Es increíble que haya transcurrido tanto tiempo haciendo esto y que planee seguir haciéndolo, a mí me asombra”.

Aunque el artista reconoce que, por falta de gasolina, no llega a todos los lugares que quisiera (su sueño es recorrer el sur del continente americano), se queja más de que los libros no lleguen a él con facilidad, que tenga que visitar los barrios más ricos de las grandes ciudades para recibir un puñado de cuentos infantiles que luego vuelan entre los niños del campo o de las Villa Miserias: “Tiene que haber un cambio en la humanidad. Adaptar tu vehículo para regalar libros es un cambio y no colaborar con una donación, es falta de conciencia”.

Helena Celdrán