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El cielo sobre Tatooine

Un travelling por el cine más actual con flashbacks al clásico.

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‘Jumanji’, una nueva partida que ya es rentable en taquilla

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Jumanji: Bienvenidos a la jungla 2017

( ©Sony )

Siempre contemplo con cierto recelo las películas de acción y fantasía protagonizadas por Dwayne Johnson. Son pura serie B, muy modestas tanto en planteamientos como en pretensiones. Cine para ver y olvidar, o simplemente para no ver. Viaje al centro de la Tierra 2: La isla misteriosa (2012), Hércules (2015), San Andrés (2015) o Baywatch. Los vigilantes de la playa (2017) el pasado verano serían oportunos ejemplos. Tampoco es que sea especialmente admirador de Jumanji (1995), una de las interpretaciones más recordadas de Robin Williams y buen cine familiar de aventuras que adhirió a su causa (cinéfila) numerosos fans.

Así que poco o nada me esperaba de esta secuela dirigida por Jake Kasdan. Jumanji: Bienvenidos a la jungla ha sido recibida con bastante frialdad por la crítica y, digamos, que moderadamente bien por el público. Por ello tal vez haya sido una sorpresa. Me ha parecido muchísimo más digna y entretenida de lo que esperaba. Adaptándose a los nuevos tiempos, la vuelta de tuerca consiste en que sean los “jugadores” los que entren en el mundo de Jumanji a través de un videojuego. Adolescentes que se encarnarán en los avatares que han elegido, los de adultos con personalidades y características totalmente opuestas a las que tenían en el mundo real. Todo ello sin abusar de los efectos especiales (tampoco hay tantos) y con una muy buena química entre sus protagonistas: Karen Gillan, Jack Black, Kevin Hart y Dwayne Johnson. La textura es muy similar precisamente al cine que podía hacerse a mediados de los 90. Lo peor, un villano que no está a la altura.

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Experiencias únicas (‘El sacrificio de un ciervo sagrado’, 2017)

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El sacrificio de un ciervo sagrado

( ©Diamond Films )

El cine del griego Yorgos Lanthimos es de los que divide, al público (minoritario) y a la crítica. Los hay que encuentran su ritmo demasiado lento e irregular, sus historias y personajes demasiado herméticos y crípticos. Ni en los cinéfilos más sesudos acaba de encontrar el consenso que sí cuentan otros autores. Por mi parte, y entregándome a la simplicidad numérica, de sus seis largometrajes (los dos primeros no estrenados entre nosotros) tres me parecen absolutas obras maestras: Canino (Kynodontas/Dogtooth, 2009), Langosta (The Lobster, 2015) o El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, 2017), recién llegada a nuestras pantallas. Hieráticas y crispantes, horrores cotidianos bañados en humor negrísimo y absurdo, diálogos pronunciados casi de manera robótica. Son propuestas desconcertantes cargadas de simbolismos y abiertas a múltiples sugerencias e interpretaciones Debo admitirlo. Me he convertido en un incondicional de Lanthimos.

Su nueva obra es, en la superficie, el relato de un cirujano cardíaco (Colin Farrell) que vive en una bonita casa junto a su modélica esposa (Nicole Kidman) y sus dos hijos, chico y chica, cuya vida y familia se verá amenazada a causa de la amistad que le une con un adolescente de dieciséis años (Barry Keoghan). El joven siente cierta admiración por él, pero también le considera culpable de un hecho vinculado con su padre, por ello le lanzará una maldición que se irá cumpliendo escrupulosamente y que no podrá romperse a menos que el cirujano ejecute un acto extremo de sacrificio, el que alude el título original. Una referencia a Ifigenia, personaje de la mitología griega que fue reclamado como sacrificio a su padre, Agamenón, por haber matado un ciervo sagrado de la diosa Artemisa. El estilo, la puesta en escena, las maneras y conexiones temáticas y metafóricas ha suscitado comparaciones con el cine de Passolini (en Teorema, la presencia de un adolescente también pondrá patas arriba a toda una familia), de Kubrick (por la composición simétrica y fría de sus imágenes), de Michael Haneke (por su atmósfera malsana y perturbadora, retratando el mal) o de Buñuel (especialmente con El ángel exterminador, con unos personajes atrapados en una situación absurda).

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Arde América, y Netflix apunta a los Oscar (‘Mudbound’, 2017)

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Mudbound 2017

( ©Netflix )

Netflix está desafiando los patrones tradicionales de la distribución y producción. Pese a las voces en contra y el debate que está suscitando, el coloso del entretenimiento en streaming ha llegado para cubrir vacíos, el de películas que difícilmente tendrían distribución, o una distribución amplia, y ofrecer a cineastas nuevos y consagrados la posibilidad de obtener fácilmente financiación y libertad creativa (dos maneras también de ganarse sus servicios y simpatías, de atraerlos a su causa). El carácter visionario, guste o no, es que se adapta a unos nuevos tiempos en el que una gran mayoría de espectadores, especialmente las nuevas generaciones, verán (¿engullirán?) “obras pensadas para la gran pantalla” a través de sus tablets, dispositivos móviles o televisores.

En su línea de cine de calidad, Netflix tenía este mismo año sus mejores apuestas con Okja de Bong Joon-ho o The Meyerowitz Stories de Noah Baumbach, y sigue indagando en el mercado de los festivales cinematográficos para hacerse con los derechos de distribución de algunas llamativas joyas. Es el caso de Mudbound, adaptación de una novela de Hillary Jordan y segundo largometraje de ficción de prácticamente una desconocida, la directora afroamericana Dee Rees. Una mirada al pasado, a los años 40, a la Norteamérica rural de un lugar del Misisipi, un lugar de la Norteamérica profunda, cateta y racista donde las gentes de color difícilmente podían ser propietarios de sus propias tierras, aunque fueran barrizales, por mucho que se partan el lomo o el sudor se convierta en sangre. Su puesta en escena más que correcta enlaza con elementos atractivos para el Hollywood “premiable” de hoy en día. Conflictos étnicos y la obra de una directora, además afroamericana. Mudbound, y Netflix, también mirán a los Oscar (se ha estrenado en un puñado de cines en Estados Unidos). Ya ha entusiasmado a la crítica, sobre todo a la anglosajona. Más de uno la ha calificado de obra maestra. No comparto esta entrega, pero sí que me parece estimable.

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La vida es una obra maestra (‘En este rincón del mundo’, 2016)

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En este rincón del mundo

( ©20th Fox Home )

Algunos animes están empeñados, para deleite nuestro, en convertirse en delicadas obras de arte. En este rincón del mundo (Kono sekai no katasumi ni), financiada mediante crowdfunding, se desarrolla en el Japón de la II Guerra Mundial y con Hiroshima en el punto de mira presagiando la caída de una de las devastadoras bombas atómicas. Son tiempos de guerra y los ciudadanos contemplan con orgullo patriótico los poderosos buques y destructores de la Armada Imperial que reposan en sus aguas, prestos para acudir al combate. Sin embargo, la película de Sunao Katabuchi prefiere detener su mirada en la apacible vida de sus gentes. Coser un kimono, contemplar las nubes, ir de compras al mercado (aunque sea el “negro”) o sentarse la familia a la mesa para regocijarse con un sencillo plato de arroz cocinado como los ángeles. Nos acerca a lo que tenía de sublime el humanismo del cine de Ozu.

No hay villanos ni héroes, ni se trata de mostrar la épica o los grandes hechos históricos del momento sino lo íntimo y personal de personas normales y corrientes, anónimas. Maravillarse en la misma existencia y en unos seres imperturbables e inasequibles al desaliento por mucho que deben enfrentarse a la escasez y racionamiento, cada vez mayor, de alimentos o el tener que convivir con los bombardeos de los aliados. Una supervivencia asumida como un agradecimiento por seguir vivos. Mientras, en el aire sobrevuelan insectos, flotan semillas de dientes de león o caen cenizas. Refuerza el que las imágenes tengan tridimensionalidad, que casi se puedan palpar. Y en todo esto ocurre también que la realidad inspira el arte, y el arte tiñe la realidad. Su joven protagonista, Suzu, tiene un don natural y excepcional para el dibujo. Su cabeza siempre está ida, en otro lugar, habitando en un mundo propio hecho con sueños e inocentes fantasías. Con sus creaciones intenta captar tanto las ensoñaciones más bellas o terroríficas como todo aquello que le rodea. Así, las olas pueden adquirir formas de conejos blancos o las explosiones de la artillería antiaérea se tornan colores sobre un lienzo azul que es el cielo.

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Rutinas que matan (‘Feliz día de tu muerte’, 2017)

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Feliz día de tu muerte

( ©Universal )

Una estudiante es asesinada en su cumpleaños. Pero cada día, el mismo día, vuelve a despertarse para repetir su trágico destino. La única manera de romper la maldición es desenmascarando a su verdugo. Que una idea como la de Feliz día de tu muerte (Happy Day Death) funcione dependerá en gran medida de sus escenas iniciales. En este caso el de una joven universitaria, Tree (Jessica Rothe), aficionada tanto al alcohol como a las fiestas y a las aventuras amorosas. Guapa y con carisma, pero egoísta. Se despierta, en la cama de un compañero, y empieza su quehacer diario en el que además de acudir a clase incluye breve paseo por el campus, encuentro con su fraternidad de (falsas) amigas, toparse con alguno de sus antiguos ligues o con su rollo del momento, uno de sus profesores, además casado.

El concepto es un homenaje a Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, 1993), esa extraordinaria comedia con Bill Murray haciendo de cascarrabias e igualmente egoísta hombre del tiempo condenado a repetir el mismo día una y otra vez en un pequeño pueblo, Punxsutawney, en Pennsylvania, en una especie de segunda oportunidad con la que reconducir su vida por un camino mejor. Un enunciado que después han seguido propuestas, con otras finalidades, como Código fuente (Source Code, 2011) o Al filo del mañana (Edge of Tomorrow, 2014), nada desdeñables e incluso la segunda, protagonizada por Tom Cruise, con su puntito de título de culto en el género de la ciencia-ficción. De manera que buena parte de la efectividad de Feliz día de tu muerte se basará en esa repetición de la cotidianidad y en cómo la protagonista intenta amoldarse a esa rutina mientras trata de hallar con la solución. La comedia dirigida por Christopher Landon pisa el terreno del slasher, sobre todo de Scream, y naturalmente otro de los puntales necesarios es que su protagonista dé el pego. Como espectadores también estaremos obligados a ver a Tree en pantalla una y otra vez y, por ello, quizá la mejor sorpresa sea que Jessica Rothe está perfecta, nunca empalagosa ni estridente, y logrando que la evolución de su personaje sea creíble.

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Tristeza para los muertos, melancolía para los vivos (‘A Ghost Story, 2017)

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A Ghost Story 2017

( ©Universal )

Puede sonar a chiste, tanto leído como visto en pantalla. En una escena de A Ghost Story, el fantasma protagonista observa afligido a través de la ventana del que fue su último hogar en vida y su mirada se topa con el de otro espectro en la casa de enfrente (y que parece el de una mujer). Se saludan y ella le hace saber que está esperando a alguien. “¿A quién?”, le pregunta. La respuesta acaba siendo tan simple como demoledora: “No me acuerdo”. Inmediatamente un travelling hacia atrás, alejándose, dejando más solo a nuestro fantasma tras la ventana, acrecentando una dolorosa sensación de soledad y olvido, la de él y la nuestra. El tiempo hará desaparecer absolutamente todo aquello que conocemos: el recuerdo de las personas más queridas, las obras de arte más bellas o el mismo sentido de nuestra existencia (idea reforzada después con un monólogo del actor y cantante Bonnie Prince Billy).

La mitología y las creencias acostumbran a envolver la figura del fantasma con el tapiz de la aparición que se manifiesta ante los vivos para atormentarlos o como la alma en pena que se niega a cruzar el umbral de la otra vida. Tiene más connotaciones como las que presenta A Ghost Story, con el espectro de un músico recién fallecido (Casey Affleck) que vuelve a la casa de su mujer (Rooney Mara). La película de muy bajo presupuesto de David Lowery (que repite con Casey y Rooney después de Un lugar sin ley) posee un significado menos usual, el de contenedor de los recuerdos y vivencias ligados a unas personas o a un lugar, y lo hace recurriendo solo a esa imagen sencilla y tradicional de la sábana blanca y un par de agujeros en los ojos, vagando lánguidamente aún por este mundo terrenal.

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