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El cielo sobre Tatooine

Un travelling por el cine más actual con flashbacks al clásico.

Archivo de la categoría ‘Encuadres’

‘Vértigo’, 60 años de una irresistible obsesión

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Madeleine y Judy. A ambas las interpretó la misma actriz, Kim Novak. De hecho eran el mismo personaje en Vértigo y representaban una retorcida dualidad, la de la mujer real y la mujer soñada.

La trama creó también a un protagonista masculino con el que el público pudiera identificarse fácilmente. Vulnerable, íntegro, de apariencia normal y corriente, con marcadas limitaciones y debilidades. Y pocos actores más adecuados para este tipo de personaje, cercano, simpático pero atormentado, que James Stewart. Aquí un expolicía, Scottie, que padece acrofobia (miedo a las alturas) y que sin poderlo remediar también quedaba encadenado a una extraña fijación hacia una mujer, hacia Madeleine, la mujer soñada.

Vértigo 1958

( ©Sony / Universal )

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‘La noche de Walpurgis’: Un hombre lobo llamado Paul Naschy

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La noche del 30 de abril al 1 de mayo es la Noche de Walpurgis, la de las brujas, una fiesta pagana que se celebra en países de la Europa central y del norte. El mito recoge que durante esta oscura jornada brujas y hechiceras aprovechan para campar a sus anchas, entre hogueras, ritos satánicos y escobas voladoras, en un aquelarre al que también se le suman los hombre lobo.

La noche de Walpurgis (1970) dirigida por León Klimovsky la invoca con una trama que enfrentará al hombre lobo con una vampira, la condesa Dárvula de Nadasdy (Patty Shepard), inspirada en el siniestro personaje histórico de la condesa Erzsébet Báthory de infausta leyenda negra a partir de inicios del siglo XVII, acusada de usar la sangre de vírgenes y muchachas como tratamiento para mantenerse bella y joven. En esos años 70, la condesa ficticia de la película de Klimovsky se proponía volver a la vida y aprovechar el enorme poder mágico de la noche de Walpurgis para invocar al mismísimo Diablo y dominar la Tierra. Pero la gran estrella de la función era el licántropo que inmortalizó Paul Naschy.

La noche de Walpurgis

( ©Divisa Red )

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30 años de ‘Mi vecino Totoro’ y ‘La tumba de las luciérnagas’

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Hay películas que es mejor ver durante nuestra infancia o en la adolescencia, en esos años de descubrimiento y con argumentos, temáticas y personajes a los que somos más receptivos o con los que podemos empatizar más fácilmente. Otras las valoremos más con el paso del tiempo, desde la perspectiva adulta. Y luego están las que no importa el factor edad. No hay límites de caducidad. Nunca es tarde, nunca es demasiado pronto.

A este último grupo pertenecen La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka /Grave of the Fireflies) de Isao Takahata y Mi vecino Totoro (Tonari no Totoro / My Neighbor Totoro) de Hayao Miyazki, aunque la primera, sobre los sobrecogedores efectos de la guerra, está más destinada a un público más adulto; y la segunda es de las que sienta de maravilla verla de pequeño. Ambas, gestadas en los Studios Ghibli, se estrenaron en Japón en la misma fecha, hace 30 años, el 16 de abril de 1988.

La tumba de las luciérnagas

( ‘La tumba de las luciérnagas’ ©Studio Ghibli )

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Horror y fascinación: 55 años de ‘Los pájaros’ de Hitchcock

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Un estilizado vestido de lana verde, chaqueta del mismo color y falda de tubo. Cinturón para resaltar la figura, zapatos de color claro, bolso a la última moda (la de inicios de los 60) y un lujoso collar de perlas. El que lucía Melanie Daniels (Tippi Hedren) es uno de los vestidos más glamurosos y preciosos del cine. Destacaba además la elegancia, sin estridencia, y la buena posición económica del personaje, hija de un magnate de la prensa, en Los pájaros (The Birds) de Hitchcock.

Con el modelito puesto, una creación de la gran Edith Head, Tippi Hedren se pasaba la mayor parte de la película. Le valía para todo, fuera consentido o imprevisto, para ir detrás del hombre del que se había encaprichado, el abogado Mitch Brenner (Rod Taylor), fiestas de cumpleaños o pasearse por las calles de Bodega Bay. Solo exhibía un vestido más, en las escenas iniciales en la pajarería de San Francisco, además de un simple pijama no exento de atractivo. La rubia Tippi Hedren y el citado conjunto verde eran una inmejorable muestra del encanto, más divino que humano, con el que las lujosas producciones de Hollywood intentaban seducir y ganarse el favor del público. Pero este es uno de los ejemplos en que el glamur no era solo superficial. La película tenía mucha más tela que cortar.

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‘Dark City’, 20 años de un título de culto de la ciencia-ficción

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En esta ciudad sus gentes nunca ven la luz del sol, pero ellos no lo saben y ni siquiera la falta de palidez en sus rostros lo advierte. Su memoria se ha vuelto un revoltijo de recuerdos y vidas que no les corresponden, pero ellos las han asumido como propias, convencidos de que todo ocurrió cómo está dentro de su cabeza.

Luego está Shell Beach, un paraje con las relajantes aguas del mar, un cielo azulado con nubes, un espigón y un faro a lo lejos. A veces los carteles que lo anuncian se adornan con el dibujo de una pin-up playera, alegre y despreocupada. Muestras una postal de Shell Beach y todos saben que ese lugar existe, que está en las afueras, pero nadie sabe cómo llegar. En esa ciudad sin nombre y sin memoria, uno también podía despertar repentinamente dentro de la bañera, aún aturdido, confuso, con una gota de sangre en la frente y en una lúgubre habitación de un hotel de mala muerte para descubrir que igual es un asesino en serie de prostitutas.

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‘Atrapado en el tiempo’ cumple 25 años

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El tiempo pasa volando. Aunque no tanto para el protagonista de la conocida comedia que dirigió Harold Ramis, el meteorólogo de una cadena de televisión llamado Phil que estuvo reviviendo el mismo día, el Día de la Marmota, un 2 de febrero, en los mismos escenarios, con los mismos personajes, aprisionado en un bucle temporal en la pequeña población de Punxsutawney, Pennsylvania.

Divertidísima fue en su momento y las veces que la he vuelto a revisar me sigue resultando igual de tronchante y especial. Phil topándose con un amigo pelma del instituto que quiere venderle un seguro, Phil pisando un charco, Phil ayudando a esas ancianitas a cambiar la rueda pinchada de su vehículo… Phil agobiado, Phil intentando sacar el máximo provecho personal de esa repetitiva situación, Phil destrozando su despertador, Phil dispuesto a poner fin a su vida, Phil intentando acabar de una vez por todas con la marmota, Phil intentando ligar con Rita (Andie MacDowell), Phil intentando aprovechar el tiempo para mejorar como presentador o aprendiendo a tocar el piano. Phil, resumiendo, en un día a día que se repite y en el fondo siempre solo.

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Así era el futuro de 2018 que retrataba la película ‘Rollerball’ en 1975

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Rollerball 1975

( ©Fox )

Computadoras líquidas y helicópteros como el medio de transporte más moderno y rápido. Pero lo más relevante de ese futuro año 2018 imaginado en Rollerball (1975) era que los grandes conflictos entre países y las guerras se habían erradicado. Aunque todo tiene su porqué y su precio.

Era un mundo globalizado en el que las grandes corporaciones son las que controlan el mundo, ni gobiernos ni estados. En Houston está la sede de la Energía, además están las de la vivienda, Alimentación, Servicios, Transporte y Lujos. Estos seis grandes monopolios proporcionan a los ciudadanos todo el bienestar posible. Una tecnocracia de científicos y expertos se supone que actuando por el bien común. A cambio “solo” desean el poder total económico y político, y la concesión de alguna que otra libertad individual (por ejemplo, las mujeres son objetos que pueden pasar en manos de unos o otros según los intereses y directrices de los mandamases).

No más guerras, por el momento. Pero la raza humana requiere de seguir encauzando la agresividad hacia alguna parte, una nueva forma de seguir ofreciendo sangre, “pan y circo” al pueblo, y ahí es donde entra en juego, nunca mejor dicho, el rollerball. Una especia de hockey sobre ruedas, rugby y motociclismo considerado “el mejor de los deportes violentos de la época”. Dos equipos enfrentados en una pista circular con la misión de ir anotando puntos con una pesada bola de metal.

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Una habitación a oscuras con Grace Kelly y Cary Grant en ‘Atrapa a un ladrón’

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Atrapa a un ladrón

( ©Sony )

Una habitación de un lujoso hotel a oscuras, fuegos artificiales perfectamente visibles con las puertas del balcón abiertas de par en par y una pareja de amantes. La escena podría ser un tópico de postal, una imagen idílica de la celebración del amor o de exaltación sexual si no fuera porque en la pieza de esta estancia con los deseos a flor de piel hay un componente especial que lo hace mítico, dos inquilinos de excepción: Grace Kelly y Cary Grant.

Grace Kelly fue una de las rubias preferidas del maestro Hitchcock, y de millones de espectadores y cinéfilos. Aún todo un icono de glamour hoy en día. Es lo que tienen algunas estrellas, cuyo fulgor tarda generaciones en apagarse si es que alguna vez termina de extinguirse. Personalmente, entre las actrices, siempre preferí a las morenas, con la maravillosa Gene Tierney en la cabecera. En cuanto a actores clásicos, Cary Grant y Humphrey Bogart (además de Groucho Marx, un galán atípico) son los que nunca me cansaría de ver, incluso por muy malas que fueran sus películas.

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Han pasado 41 años, Travis, y todo sigue igual (‘Taxi Driver’, 1976)

Sunset Boulevard

Taxi Driver 1976

( ©Sony PIctures )

Travis desenfunda el arma frente a su propia imagen reflejada en un espejo mientras ensaya la frase “¿Me estás hablando a mí?” (You talkin’ to me). Más adelante se cortará el pelo al estilo de los indios tomahawk; o ensangrentado, se apuntará a la sien con el dedo a modo de arma (como seguramente su creador, Schrader, se habría imaginado a sí mismo mil veces antes), deseando desaparecer. La soledad, la depresión y una sociedad que uno siente le ha fallado parieron a Travis Bickle, todavía una de las figuras cinematográficas más icónicas y controvertidas. Excombatiente de Vietnam reconvertido en un insomne que aprovecha su trastorno de sueño para trabajar como taxista. Un pobre diablo adicto a los cines porno, un desgraciado al que temer u odiar, alguien que espera que algún día “la lluvia” limpie las calles de todas la escoria que la habita: prostitutas, macarras, ladrones, asesinos, yonkis y corruptos; alguien ansioso por apretar el gatillo contra algún objetivo humano.

Está el Travis reaccionario, racista, neurótico y paranoico. Un perturbado mental en una sociedad igualmente enferma en una década, los setenta, donde en cine triunfaban otros justicieros urbanos del calibre del Harry el sucio interpretado por Clint Eastwood o el justiciero Paul Kersey encarnado por Charles Bronson, todos ellos trazando su recorrido por el infierno situado aquí en la Tierra. Pero a la vez está el Travis lleno de pureza y buenas intenciones. también el patán ignorante, el hombre obsesivo y algo corto de entendederas o el soñador que fabula (escribiendo cartas a sus padres) con lo que querría que fuera su propia realidad. Estremece por la facilidad con la que nos repele o atrae, con la que podemos llegar a detestarle o amarle porque también está la otra cara de la moneda. Ingenuo, inocente, alguien que pide cariño en su silenciosa angustia.

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No hay lugar para los segundones (‘Top Gun’, 1986)

Top Gun 1986

( ®Paramount )

“Caballeros, en esta escuela se aprende a combatir. No hay premio para el número dos”. Lo decían, muy chulos ellos, en Top Gun. Y puede que la frase hoy en día no tenga nada de leiv motiv. En estos tiempos de crisis, también de valores, la lucha es otra. Lo importante es sobrevivir, ir haciéndose un lugar en el mundo, aunque uno no sea el mejor.

Pero entonces, las consignas de Top Gun, lideradas por su gurú y fuera de serie “Maverick” (Tom Cruise), fueron recibidas de otra manera. No solo fue un taquillazo en medio mundo sino que también lanzó el estilismo que más ha perdurado de las chupas de cuero militares, potenció la venta de gafas Ray-Ban y multiplicó por cinco los voluntarios que se apuntaron a formar parte de las Fuerzas Aéreas de la Armada de Estados Unidos.

Tony Scott plasmó unas prodigiosas imágenes aéreas y una filosofía de vida tan sencilla como efectiva. Top Gun invitaba a ser el número 1, al buen rollismo entre compañeros, a defender la patria de los enemigos externos. Y todo ello recompensado con el ligarse a la rubia más impresionante del lugar (aquí materializada en Kelly McGillis), que además no tenía nada de tonta. El sueño de todo machote ¿hetereosexual?

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