Entradas etiquetadas como ‘Música ochentera’

Así están ahora los New Kids On The Block

No voy a entrar en esta guerra. Take That, BackStreet Boys, NSYNC… Dime en qué año naciste y te diré cuál es tu boy band. Pero yo, que soy de la era BSB y que hace poquito le hice un post a Mark Owen, me veo en la obligación, por presión social y petición masiva popular, de hacer una pequeña entrada a los NKOTB porque, según sus fans más acérrimas, “los New Kids On The Block están ahora mucho mejor que hace 30 años”. Oye, no seré yo quien lo discuta.

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Portada de la SuperPop.

Menuda foto de portada. Valía hasta la última de las 225 pesetas que costaba. Gallifante para el fotógrafo que, como bien dijo alguien en facebook, “permitió al de la gorra salir así”. Y os digo más: normal que ahora estén mejor.

Por cierto, si en vuestra memoria también parecían mayores y ahora os parece estar viendo niños, no os equivoquéis: ERAN niños. Joseph, Donnie, Jordan, Danny y Jon tenían entre  12 y 16 años cuando el grupo empezó a funcionar, allá por 1984. Sí, habéis leído bien: concretamente Joey McIntyre, nacido en 1972, tenía 12 años. Lee el resto de la entrada »

¿Qué fue de Jason Donovan, el ídolo del pop?

Los tardíos ’80 y los ’90 enteros fueron una época maravillosa para el arte. “Maravillosa”. Ese momento tan enfocado en resaltar todos los potenciales talentos de las jóvenes promesas (por aquello de que a más mercado más cash) en el que, si eras famoso, podías probar todos los palos (Toda, toda, #wewillneverforget, Jesulín).

Jason Donovan fue uno de los que salieron beneficiados de este batiburrillo creativo. Iniciado en la televisión en 1980, en el 86 llegó al papel de Scott Robinson en Neighbours que, a lo largo de 400 episodios, y con la venia de Kylie Minogue, lo lanzó a la fama.

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Qué pelazo. Qué redneck todo.

Caló tanto entre la chavalada de la época que, cuando dejó la serie en el ’89 y ya convertido en estrella adolescente, lo metieron de cabeza en la industria musical. Publicaciones como SuperPop o Teen Beat hicieron el resto: había nacido un ídolo noventero. Lee el resto de la entrada »

La tragedia de Sinéad O’Connor: rota antes de ser una estrella de la música

Este verano llegó a España el libro de sus memorias: Remembranzas. Escenas de una vida complicada. Y tan complicada. Es un libro trufado de pasajes que dejan al lector pegado a las páginas con un poso mental de “esto no puede ser verdad”. Pero, en el fondo, algo te dice que todo es cierto.

Pero empecemos por el pricipio:

Sinéad O’Connor (que es su nombre de nacimiento además del artístico -salvo por un par de segundos nombres que omite: Marie y Bernadette) nació en Dublin un 8 de diciembre de 1966, por lo que un cálculo rápido nos dice que este año cumplirá 55 inviernos.

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O’Connor en una actuación en Vicar Street, Dublin. (GTRES)

Sinéad había llamado la atención de la industria musical con su primera banda, Ton Ton Macoute y, tras iniciar su andadura en solitario aportando su voz en forma de colaboración para álbumes ajenos, cuando tenía 20 años le llegó la oportunidad, no sin controversia, de editar su álbum debut. Y la controversia no fue otra que se quedó embarazada (del batería John Reynolds) y la discográfica la presionó para que abortara. Finalmente, y tras largas discusiones, Sinéad consiguió que “le permitieran” continuar con su embarazo y sacar a la luz su primer álbum, que produjo ella misma, en 1987: The Lion and the Cobra, que se presentó con el tema Troy.

Fue, sin embargo, dos años después (estamos en 1989) cuando O’Connor alcanzó el estrellato internacional, de una vez y para siempre, con el single por el que todo el mundo la recuerda: Nothing Compares 2 U.

Nothing Compares 2 U se incluyó en su segundo álbum en 1990, I Don`t Want What I Haven’t Got (No quiero lo que no he tenido), y está cargada de significado. La canción original era un tema de Prince, escrito para The Family e incluida en su primer álbum de estudio. En boca de Prince, era un tema sobre un amante abandonado. Sinéad le hizo arreglos musicales y, en su voz, quedó transformada en un canto a la devastación personal que supuso para ella perder a su madre, fallecida en 1985 en un accidente de coche.

El tema de O’Connor, cargado de emoción y acompañado de un vídeo desolador, enfocado en su rostro por el que, al final, ruedan dos lágrimas, fue número uno mundial. I Don’t Want What I Haven’t Got vendió millones de copia en el planeta y Sinéad fue nominada a cuatro Grammys, incluidos Mejor Grabación y Mejor Vocalista Femenina. Ganó Mejor Álbum de música alternativa. Sus palabras fueron arrolladoras:

Me niego a aceptar los premios. Los Grammy se dan al disco que más ha vendido, pero no al mejor artísticamente hablando. No me interesan. No quiero tomar parte en nada que anime a la gente a creer que el éxito material es importante, especialmente si eso representa que te has de sacrificar personalmente para obtenerlo.

Ese fue, probablemente, el momento en el que O’Connor dejó claro que la música era para ella su forma de interpretar la vida (y no de ganársela), y desde entonces su identidad es su sello. Ha publicado álbumes desde entonces con estoica regularidad (otros ocho álbumes de estudio desde I Don’t Want What I Haven’t Got), especialmente atendiendo a que los ha compaginado con controversias y cambios personales que abarcan todas las ramas de lo políticamente inapropiado. Ha sido ordenada sacerdotisa católica (cosa realmente prohibida por la Iglesia), se ha cambiado el nombre dos veces (la última en 2018 después de convertirse al Islam, cambió su nombre a Shuhada’ Davitt), ha tenido otros tres hijos -esto no es polémico, solo lo estoy comentando-, e incluso anunció en más de una ocasión que se retiraba de la música para luego regresar, a veces con muy poco tiempo de diferencia (hablamos de días) entre la retirada y el regreso.

Especialmente notoria fue su actuación, en 1992, en Saturday Night Live, de la NBC, donde interpretó una versión muy personal de la canción War de Bob Marley, aunque sustituyó la palabra “racismo” por “abuso de menores” (“racism” por “child abuse”) y rompió una foto del papa Juan Pablo II ante la cámara mientras decía “el bien sobre el mal” y remataba gritando “fight the real enemy” (“lucha contra el verdadero enemigo”). Se oyó un murmullo de asombro. Nadie aplaudió.

Tal vez de haber sido hoy se habría llevado una buena ovación. Pero era 1992.

Sus álbumes han ido bajando en ventas desde los siete millones del segundo hasta las dos o trescientos mil copias (que no es una nadería ni mucho menos). El último de ellos, I’m Not Bossy, I’m the Boss, vio la luz en 2014 con Take Me To Church.

Y ahora, como os adelantaba al principio del post, compagina su gira musical con el lanzamiento de su libro de memorias: Remembering(traducido como Remembranzas), bajo el sello Sandycove, de Penguin Books, y que en los agradecimientos de su primera página dice: Qui cantat, bis orat (“El que canta, reza dos veces”).

En él, Sinéad habla a bocajarro de su vida personal, que sorprende, porque de su relación con su madre se sabía más bien poco, o al menos poco comparado con todo lo que ella revela. Era conocido, además de la derrota que sufrió Sinéad cuando ella murió, que sus padres habían tenido hijos siendo aún muy jóvenes, que la cantante era la tercera de cinco hermanos y que, cuando sus padres se separaron teniendo ella ocho años, ella y sus dos hermanos mayores se fueron a vivir con su madre, con quien la relación era “complicada” y que “a menudo utilizaba la fuerza con ellos”. Sin embargo, lo que cuenta en Remembranzas dentro de capítulos cortos con títulos significativos, como El piano, Los abuelosAgosto del 77, va más allá:

Ahora soy una mujer mayor con una voz diferente. Así que esta es solo mi primera memoria.
Mi intención es vivir una vida larga y llevar un diario esta vez para no olvidarlo. Sin embargo, era necesario que dejara hablar a la niña dentro de mí porque necesitaba
hablar.

(…)

Soy la niña que llora de miedo el último día antes de las vacaciones de verano. Tengo que fingir que he perdido el palo de hockey porque sé que si lo llevo a casa mi madre me golpeará con él todo el verano. Aunque tal vez prefiera el atizador de alfombras. Me hará desnudarme, me obligará a acostarme en el suelo y abrirme de piernas y brazos, a permitirle golpearme con el mango de la escoba en mis partes íntimas.

Y, de pronto, cobran otro sentido las lágrimas de O’Connor al cantar en Nothing Compares 2 U:

“All the flowers you planted mom
In the backyard
They all died when you left
I know living with you baby was hard sometimes
But i’m willing to try again”

 

Todas las flores que plantaste, mamá,
en el patio trasero,
todos murieron cuando te fuiste.
Sé que vivir contigo a veces fue difícil,
pero estoy dispuesta a intentarlo de nuevo.

 

Glenn Medeiros, el de ‘Nothing’s gonna change my love for you’: de ídolo musical a profesor en Hawái

Era 1987, y mientras algunos artistas consagrados como U2 o Michael Jackson sacaban sus With or Without You y sus Bad (respectivamente) un chavalín de 17 años ganó un concurso de radio en su Hawái natal  con una pastelada absoluta y se plantó con su cara bonita en el número 2 del Billboard de aquel año.

Él era Glenn Medeiros, y prometía que “nada cambiaría su amor por ti”.

Qué traje, por favor. Qué pantalones tan apropiados para andar por la arena de la playa.

Seguro que recordáis que también tuvo una versión en español que, no sé si sabéis, cantaba él mismo y como aprovecharon el videoclip que ya tenían y pegaron la versión encima pues eliminaron los primeros planos para que no se notara la cutrez y el resultado fue una cosa que… Bueno, como decimos en Asturias: vamos dejalo pa prao.

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A pesar del enorme éxito de su primer sencillo y el álbum que le acompañó, Glenn fue estrella de prácticamente un solo día. Al año siguiente y aún aprovechando la ola del 87, publicó su segundo álbum, Not me, que no funcionó del todo mal pero ya quedó lejísimos del éxito alcanzado con Nothing’s gonna change my love for you. Lee el resto de la entrada »

¿Qué fue de Juan Pardo?

Se me hace difícil hablar de Juan Pardo por muchas razones. Una, que cuando yo nací este hombre ya llevaba más de 20 años en activo en el mundo de la música. Otro, que su carrera profesional es, prácticamente, inabarcable.

Juan, que precisamente mañana cumplirá 77 años, formó parte de Los Pekenikes, el dúo Juan y Junior (junto al filipino Antonio Morales “Junior”) y, por supuesto, de Los Brincos. Aunque sería injusto decir que a ellos debe su fama, porque Juan Pardo es, y será siempre, un artista con nombre propio que alcanzó la gloria también en solitario.

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¿Os sabéis la de cuando Juan Pardo se convirtió en Josema Yuste?

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¿Qué fue de los miembros de Parchís?

¡FELIZ CUMPLEAÑOS!

Madre mía… Parchís, amigos. Tremendo.

Durante los ’80 la música dirigida al público infantil tenía un estilo propio y un éxito más que notable en España. Artistas como Nins o Enrique y Ana lo petaban, y en 1979 la Compañía de Discos Belter decidió que quería un trocito de pastel para ellos. Que el pastel sería también de cumpleaños, digo yo. Por cierto, ¿qué fue de Ana, la de Enrique y Ana?

De modo que Belter creó un grupo de cinco pequeños integrantes coloridos cuan Parchís y a finales del ’79 lanzaron un primer disco, consistente básicamente en versiones de canciones ya conocidas, con algún plus como La Canción de Parchís, que fue su carta de presentación.

El éxito de la fórmula de los cinco niños de colores (porque, claro, también estaba el dado, a ver cómo juegas tú al parchís sin dado) tuvo tal éxito que para finales de 1980 ya estaban estrenando película propia: La guerra de los niños. Película de la que después, por supuesto, se publicó la banda sonora en LP.

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En los seis años de vida del grupo, del ’79 al ’85, editaron, por lo alto, como una veintena de LP’s, filmaron siete películas, vendieron millones de copias y dieron miles de conciertos. Luego nos hablan de explotación infantil y pensamos en plantaciones de cacao.

La cuestión es que pasado el Boom y crecidos los niños, Parchís se disolvió, y sus miembros, aunque siguieron manteniendo el contacto, se dispersaron. Con un documental sobre la historia de Parchís a las puertas de estrenarse a finales de 2018, ¿qué sabemos hoy sobre sus vidas?

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¿Qué fue de Ana, de Enrique y Ana?

En aquella época en la que The Beatles ya habían hecho temblar el mundo pero aún no existía el término boys band, aquella época en la que cualquier fórmula era, potencialmente, una apuesta ganadora, existió un extraño dúo formado por un chico de veinte años llamado Enrique y una niña de ocho años llamada Ana.

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Sí, amigos: en 1977 Enrique y Ana aparecieron por primera vez con la canción Furia (parte del disco Muy pronto hay que triunfar, de un solitario Enrique) y, a partir de ahí, se quedaron para siempre en nuestra infancia y nuestros corazones. ¿Quién no recuerda a la triste gallinita co-co-uá? (Millenials, no sabéis lo que os perdisteis…).

Yo tengo dos dudas importantes acerca de este vídeo. La primera: ¿Dónde está Enrique? ¿Acaso es el hombre dentro del traje de pollo? Y la segunda: ¿es el tren que sale el mismo tren de Barrio Sésamo? Inquietante. Le mandaré un mail a Iker Jiménez. Por cierto, mucha tensión dramática en el momento en que las olas casi cogen al pollito. El vídeo, eso sí, engancha porque te sientes identificado: porque es el típico que podría haber grabado tu padre contigo en la plaza con su videocámara Sony, aquel modelo doméstico, ligero y manejable de 20 kilos… Mi padre desparecía, literalmente, detrás de aquella cámara. Solo se le veían las piernas.

Total, que durante los cinco años siguientes, Enrique y Ana nos llenaron los oídos con innumerables éxitos, como Mamá, cómprame unas botas, La yenka, Abuelito, o Baila con el Hoola-hop. El disco de Multiplica con Enrique y Ana (1980) es en sí mismo una pequeña joya, ya que, además de contener la mítica Amigo Félix (dedicada a Félix Rodríguez de la Fuente) contiene letras de Gloria Fuertes. Aunque mi favorita será por siempre el Súperdisco chino.

Ya no se hace música como la de antes, ¿eh? Lee el resto de la entrada »

¿Recuerdas a la cantante Martika? La fama pudo con ella

¿Con ganas de moverse después del empacho de estas fiestas? Pues si había una canción que hacía que mis pies bailaran solos era I feel the Earth Move de Martika.

Su ritmo ochentero, su letra pegadiza… Madre mía, cuantas veces la habré cantado a voz en grito. Martika nació para ser la contrapartida morena de Madonna y era un icono por entonces, había miles de chicas que llevaban su mismo corte de pelo.

Imagen de la portada de su single de Martika 'I feel the Earth Move'.

Imagen de la portada de su single ‘I feel the Earth Move’.

Nació en California pero parecía española y de hecho lo era, genéticamente hablando: sus padres eran cubanos de origen canario que después emigraron a Estados Unidos. Su verdadero hasta suena a canario: Marta Marrero.

I feel the Earth Move hizo furor a finales de los 80 y comienzos de los 90, justo coincidiendo con mi debut en las discotecas (entonces podías entrar con 16 años, y la verdad es que muchas nos colábamos con menos años) y esta canción me volvía absolutamente loca en las pistas.

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