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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Entradas etiquetadas como ‘MET’

Más de 200 libros de arte para descargar gratis, cortesía del Guggenheim

'Picasso and the War Years 1937-1945' - Solomon R. Guggenheim Museum Library

‘Picasso and the War Years 1937-1945’ – Solomon R. Guggenheim Museum Library

Qué cuadros pintó Picasso durante la II Guerra Mundial, cómo influyó Van Gogh en los expresionistas alemanes, un valiente compendio de arte chino que se adentra en 5000 años de arte… Con imágenes y texto, la colección de tomos se puede disfrutar online o descargar en formatos como PDF, ePub o Kindle.

El Solomon R. Guggenheim Museum inició hace más de cinco años el proceso de digitalizar los catálogos de sus exposiciones y los libros de arte que edita. Ahora colabora con el Internet Archive para ofrecer gratis más de 200 tomos editados por la institución neoyorquina.

'American Pop Icons' - Solomon R. Guggenheim Museum Library

‘American Pop Icons’ – Solomon R. Guggenheim Museum Library

La mayoría con temáticas relacionadas con el arte moderno, la colección documenta completas retrospectivas organizadas por la pinacoteca —Francis Bacon, Paul Klee, Robert Rauschenberg, Yves Tanguy— presenta desde diferentes perspectivas o épocas la colección del museo, ofrece ensayos de especialistas… Aunque casi todos están editados en inglés, hay dos títulos en castellano: el catálogo de una exposición de Kandinsky y el que corresponde a una muestra que albergó el Museo Guggenheim de Bilbao en 2006, Max Beckmann: acuarelas y pasteles.

El Guggenheim se suma así a las iniciativas de otros grandes museos e instituciones culturales estadounidenses para hacer accesibles sus colecciones y catálogos en Internet sin coste alguno. La fundación J. Paul Getty de Los Ángeles ya lanzaba una biblioteca virtual en 2014 que cuenta ya con casi 300 títulos editados por su sello editorial. El MET de Nueva York ya ha colgado más de 1600 libros en la web del museo que también se pueden descargar.

Helena Celdrán

Cuatro obras del catálogo 'Max Beckmann: acuarelas y pasteles' - Solomon R. Guggenheim Museum Library

Cuatro obras del catálogo ‘Max Beckmann: acuarelas y pasteles’ – Solomon R. Guggenheim Museum Library

'Peggy Guggenheim: A Celebration' - Solomon R. Guggenheim Museum Library

‘Peggy Guggenheim: A Celebration’ – Solomon R. Guggenheim Museum Library

'Mastercraftsmen of Ancient Peru' - Solomon R. Guggenheim Museum Library

‘Mastercraftsmen of Ancient Peru’ – Solomon R. Guggenheim Museum Library

Pliego del libro 'The Solomon R. Guggenheim Museum. Architect Frank Lloyd Wright', sobre la historia y la arquitectura del edificio del museo - Solomon R. Guggenheim Museum Library

Pliego del libro ‘The Solomon R. Guggenheim Museum. Architect Frank Lloyd Wright’, sobre la historia y la arquitectura del edificio del museo – Solomon R. Guggenheim Museum Library

Pliego del catálogo de una retrospectiva de Francis Bacon - Solomon R. Guggenheim Museum Library

Pliego del catálogo de una retrospectiva de Francis Bacon – Solomon R. Guggenheim Museum Library

El MET libera de derechos 375.000 imágenes para que las uses, mezcles y compartas

 “The Death of Cleopatra” by Guido Cagnacci (Italian, Santarcangelo di Romagna 1601–1663 Vienna) via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

“The Death of Cleopatra” by Guido Cagnacci (Italian, Santarcangelo di Romagna 1601–1663 Vienna) via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

 “Death” by German via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

“Death” by German via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

 “The Death of Ophelia” by Eugène Delacroix (French, Charenton-Saint-Maurice 1798–1863 Paris), Villain (French, active 1822–53), William Shakespeare (British, Stratford-upon-Avon 1564–1616 Stratford-upon-Avon) via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

“The Death of Ophelia” by Eugène Delacroix (French, Charenton-Saint-Maurice 1798–1863 Paris), Villain (French, active 1822–53), William Shakespeare (British, Stratford-upon-Avon 1564–1616 Stratford-upon-Avon) via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

 “The Death of Munrow” by British, Staffordshire via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

“ “The Death of Munrow” by British, Staffordshire via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

 “The Dance of Death” by Anonymous, German, 16th century via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

“The Dance of Death” by Anonymous, German, 16th century via The Metropolitan Museum of Art is licensed under CC0 1.0

Tan variada e intensa, tan apasionada y emocionante, como esta selección de cinco imágenes es la colección que el Museo Metropolitano de Nueva York (MET en sus siglas inglesas) acaba de liberar de derechos de uso. Son nada menos que 375.000 cuadros, dibujos, ilustraciones, grabados, serigrafías y fotos de objetos que abarcan la historia del arte, la decoración, el interiorismo, el diseño, las artes gráficas, el téxtil y casi cualquier otra disciplina creativa.

El proyecto que llaman Acceso Abierto al MET aplica a todas las imágenes una licencia Creative Commons Cero (CC0 1.0 Universal), que permite el uso, reutilización y distribución de las piezas siempre que se citen créditos similares a los que aparecen en los cuadros, estampas y grabados de arriba. El museo ha abierto un GitHub para aclarar cualquier duda.

“Este de política hacia el Acceso Abierto es hito la evolución digital del MET y una fuerte apuesta para aumentar el acceso a nuestra colección”, dice en el anuncio Loic Tallon, responsable de digitalación de la pinacoteca, una de las más ricas del mundo, con 1,5 millones de objetos de un arco cultural de 5.000 años. “Esta es la mejor manera de cumplir la misión del museo en la era digital”, añade.

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Norman Bates vive en la terraza del MET

Una de los terrazas más seductoras de Nueva York, la del nunca alabado lo suficiente museo MET , en el número 1000 de la Quinta Avenida, está ocupada por una réplica de una de las construcciones que pueblan la pesadilla colectiva: la casa donde Norman Bates habitaba —solo aunque no en soledad, ya me entienden— en Psicosis, la película de 1960 de Alfred Hitchcock.

Desde el 19 de abril, la azotea, una de las más frecuentadas desde la primavera hasta el otoño por las espectaculares vistas sobre Central Park y la mutación lenta y sorprendente, pese a lo cíclico, de los tonos de los 20.000 árboles del parque, contiene una reproducción de la tenebrosa mansión victoriana de Bates, interpretado por el siempre torturado Anthony Perkins, que se empapó para la actuación de la vida y desmanes del asesino en serie Ed Gain, el carnicero de Plainfield, granjero en apariencia modelo que asesinó, despellejó y en algunos casos comió a varias decenas de personas en los años cincuenta —también profanaba tumbas, usaba un cinturón de pezones humanos curtidos y desayunaba un tazón de sopa muy nutritiva como tónico matinal—.

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Los pecados capitales según el Bosco y los sociales según Brueghel

"Mesa de los pecados capitales" - El Bosco (Imagen: Museo del Prado)

“Mesa de los pecados capitales” – El Bosco (Imagen: Museo del Prado)

La primera filacteria, arriba, dice en latín:

Porque son un pueblo que no tiene ninguna comprensión ni visión, si fueran inteligentes entenderían esto y se prepararían para su fin.

Su contraparte, abajo, añade:

Apartaré de ellos mi rostro y observaré su fin.

Son citas del Deuteronomio, que se atribuyó durante siglos a la redacción de Moisés.

El círculo central semeja un ojo, en cuya pupila [para apreciar los detalles conviene ver la versión en alta resolución del Museo del Prado] aparece Cristo Varón de Dolores y la frase:

Cuidado, Cuidado, el Señor está mirando.

En torno a ese visor implacable, siete escenas reproducen los siete pecados capitales. En cada una de las cuatro esquinas otros tantos círculos describen la muerte, el juicio, el infierno y la gloria, las “cuatro cosas últimas” a las que tenemos opción según el dogma.

La pintura, un óleo sobre tabla de 1,2 por 1,5 metros, fue creada para servir de tablero o encimera para la Mesa de los Pecados Capitales. Se puede ver —y la contemplación merece horas— en el Prado y la autoría es atribuida a El Bosco, el primer surrealista, acaso el único.Seguro, el más feroz.

La atribución se tambalea porque un estudio del Proyecto de Investigación y Conservación sobre el pintor, de cuya muerte se cumplen 500 años en 2016, sostiene que la mano del misterioso artista no participó en las pinturas de la mesa, aunque sí tal vez actuaron artistas cercanos a su taller.

En el Prado están bastante cabreados con la facción holandesa del proyecto y se arrepienten de las facilidades que dieron a los expertos de los Países Bajos para analizar la delicada obra en el museo madrileño, que también prepara su propia exposición para sacar provecho del quinto centenario.

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Los museos empiezan a prohibir (ya era hora) los ‘palos’ de ‘selfies’

Cuadro:  "George Washington, 1796" (Gilbert Stuart) - Retoque: amandastosz

Cuadro: “George Washington, 1796” (Gilbert Stuart) – Retoque: amandastosz

La locura por los palos extensibles para hacerse selfies con smarthpones va a tener que quedarse fuera del museo. Una tras otra, las grandes pinacotecas del mundo están prohibiendo el uso dentro de sus instalaciones de los ubicuos sticks, el barato gadget que vuelve locos a quienes anteponen el dejar constancia de su presencia al disfrute de la experiencia de visitar un lugar dedicado al arte, es decir, a la trascendencia.

En una decisión que se extiende con frecuencia diaria, algunos de los más notables centros de arte de Nueva York banearon —disculpas por el sajonismo, pero los fanáticos se lo merecen— el selfie stick de sus instalaciones hace unas semanas. La cruzada contra los extensores protoortopédicos la iniciaron el MoMA y el Cooper Hewitt hace unas semanas. Luego se sumaron el Guggenheim y el Museo de Bellas Artes de Boston y ayer se apuntaron los 19 museos del complejo del Smithsonian en Washington, que ha prohibido los trípodes y los monopods.

El MET está a punto de secundar el veto, que acaban de ejecutar también el Museo de Derechos Humanos de Winnipeg (Canadá) y algunas galerías nacionales australianas. El primer museo europeo en subrayar una norma similar ha sido, también ayer, la prestigiosa Galería de los Ufizzi de Florencia (Italia), que se ha visto en la necesidad de recordar, dada la creciente fiebre por los selfies con palo, que las normas de comportamiento [PDF] limitan las fotos a aquellas que se puedan tomar a la distancia máxima de un brazo extendido.

Viñeta sobre los 'palos' de Cyanide and Happiness (explosm.net)

Viñeta sobre los ‘palos’ de Cyanide and Happiness (explosm.net)

¿Exageran los museos? Desde luego que no, en mi opinión. Es incómodo y molesto aguantar la creciente proliferación de personas menos interesadas en el arte que en cumplimentar una visita para añadir al currículo de turista, las masas de adolescentes con las hormonas revueltas y nulo interés por el romanticismo, niños que deberían haberse quedado en el parque con uno de sus dos sensibles pero insensatos progenitores, simpáticos y despistados ancianos preguntando dónde están las obras de “Boticello” —lo juro, he escuchado en persona el genial e insensato cruce de Botero y Boticelli—, guías que miden en decibelios su profesionalidad y adoctrinan a grito pelado a su rebaño con el mismo texto que podría leerse en silencioso respeto en el folleto gratuito de cada pinacoteca…

La llegada de las hordas armadas de palos para retratarse en gran angular con los colegas, todos compitiendo por el gesto más simiesco con cada obra maestra allá al fondo, a metros de distancia, es la gota que colma el vaso de la paciencia. No sólo deberían prohibir el palo: deberían someter a cada propietario a un examen de buenas maneras antes de permitirle la entrada.

Admito que los museos se pasan mucho con la exclusión tajante de cualquier tipo de fotografía —El Prado es un ejemplo de intolerancia en este sentido: las pegatinas con la cámara tachada tienen profusión de grosería y son de mayor tamaño que algunos cuadros de Hieronymus Bosch—. Esta política restrictiva sólo pretende que antes de irte pases por la tienda y pagues un póster a precio de droga dura o unos euros por una mala postal. Es como si te acusasen, sin juicio previo, de ser culpable de piratear los cuadros que te gustaría retratar, casi todos ellos, por cierto, con derechos de autor caducados aunque muy vigentes los de reproducción. Las ansias por hacer caja son más chocantes cuando El Prado y el Gobierno de España deberían preocuparse de los alarmantes números rojos de la institución que uno tiene la impresión de que no van a mejorar con la venta de unas cuantas postalillas.

Pero el MoMA, el Smithsonian, los Ufizzi… están en otra categoría. Son museos menos rancios que el madrileño y entienden que hacer fotos dentro de las instalaciones es beneficioso y redunda en la buena imagen pública de las entidades. Prohiben el palo de selfies, precisamente, para tranquilizar el ambiente interior y lograr en lo posible que la visita sea lo que debe ser: un encuentro cuanto más privado mejor entre el visitante y los artistas. Aducen también, como todo hijo de la paranoia social ascendente, que los sticks pueden ser potencialmente peligrosos para las obras expuestas. No me imagino a un coreano con acné atacando un Picasso con un monopod de aleación ligera, pero, vale, todo es posible.

Barack Obama y su 'palo' (Captura del vídeo de BuzzFeed)

Barack Obama y su ‘palo’ (Captura del vídeo de BuzzFeed)

La fiebre del selfie stick, que en Asia adquiere visos de pandemia, no puede entrar en los museos, como anota con su perspicacia habitual Jonathan Jones en The Guardian, porque estos espacios sagrados deben seguir siendo lugares de “calma y contemplación” que no deben ser contaminados por el ruido social-hedonista en el que nos hemos acostumbrado a vivir.

“Quizá [Jackson] Pollock escuchase jazz mientras pintaba, pero nunca se le hubiese ocurrido tocar jazz en el museo (…) Necesitamos paz y no distracciones para entrar en nosotros mismos”, anota el crítico de arte, para quien los museos son escenarios para “pensar y soñar”, para “aprender y mirar” y no para el carnaval.

Desde la incomodidad que me asalta cada vez que entro en un museo —y que me coloca en la peligrosa tesitura de la misantropía—, secundo la opinión. Para hacer el bobo ya están las gradas de los estadios y los mítines políticos.

Jose Ángel González

[Post scríptum: he insertado en la entrada una viñeta del preclaro colectivo Cyanide and Happiness que resume mi estado de ánimo con respecto al gadget de moda].

“¿Por qué no pintas un mapa del mundo en la habitación de tus hijos para que no crezcan como provincianos?”

Diana Vreeland (Foto: Horst P. Horst, 1979)

Diana Vreeland (Foto: Horst P. Horst, 1979)

No hay constancia de que esa señora alargada y excéntrica que ordenó al decorador de su apartamento: “quiero que parezca un jardín, pero un jardín en el infierno”, haya tomado alguna foto durante su paso por el mundo, en el que permaneció entre 1903 y 1989. Hay pruebas suficientes para considerar que influyó en la historia de la fotografía tanto o más que los grandes fotógrafos del siglo XX.

Diana Vreeland, la Divina V, como ella prefería ser conocida, fue la santa patrona de la Youthquakeuna mezcla de las palabras inglesas, youth, juventud, y earthquake, terremoto—, la edad de oro de las revistas Harper’s Bazaar y Vogue, de la que fue editora en jefe entre entre 1963 y 1971, cuando la publicación se rindió a la estruendosa belleza de los años sesenta. Luego se encargó de montar el primer departamento de moda de un museo, en el MET de Nueva York.

Era locuaz y sabía construir lemas con tanta profundidad y, desde luego, más gracia, que los teóricos del estructuralismo: “uno puede tener fantasía cuando no se tiene nada más”, “el biquini es lo más importante que ha sucedido desde la bomba atómica”, “la elegancia real está en la mente, si la tienes, el resto viene solo”, “¿por qué no pintas un mapa del mundo en la habitación de tus hijos para que no crezcan con un punto de vista provinciano?”…

Durante la gestión de Vreeland, Vogue fue una revolución intelectual y para los sentidos: ¿quién no recuerda la primera aparición en la revista de Edie Sedgwick, Twiggy o la gran Veruschka y los editoriales de moda de Richard Avedon, Irving Penn, Cecil Beaton y Norman Parkinson?

Este fin de semana se estrena el documental Diana Vreeland: The Eye Has To Travel (Diana Vreeland: el ojo debe viajar), dirigo por Lisa Immordino Vreeland, nieta política de la primera gran gurú de la moda y la forma de presentarla.

No sé si la pieza revelará algo nuevo sobre la Divina V, de la que todo o casi todo está documentado, pero hay un elemento que justifica la visión: casi toda la locución está narrada por ella misma, a partir de las centenares de horas de entrevistas y declaraciones que grabó para su anecdotario-biografía D.V. (1984).

Escucharla carraspeando, deglutiendo las palabras desde el fondo del alma en un inglés brumoso y de acento afrancesado, valdrá la pena: “Odio el narcisismo, pero adoro la vanidad”; “los vaqueros son la cosa más bella desde las góndolas”; “en un Balenciaga eres la única mujer en la habitación, las demás dejan de existir”; “el color rosa es el azul marino de la India”; “lo mejor de Londres es París”; “nunca temas ser vulgar sino ser aburrido”…

Ánxel Grove