Entradas etiquetadas como ‘Star Wars’

Mitchel Wu, el paparazzi de los juguetes

Envidio a Mitchel Wu porque tiene una profesión extraña. Es fotógrafo de juguetes, paparazzi de muñecos. Las profesiones utópicas son para mí un elixir prohibido, el soma védico, o un unicornio arenoso, un lugar inalcanzable que se parece a Ítaca, la isla, el paraíso, el peregrinaje, la redención de los contables, panaderos, cajeras, abogados, vendedores, prostitutos, bedeles, policías… que pisan al fin la orilla y renuncian a aquella vida de porras, monedas, querellas, códigos, condones, números, solo para fotografiar unos muñecos.

Wu se pasa el día dotando de emoción y movimiento a unos seres inanimados, celebrities cansadas, trocitos de plástico. Usa trucos fotográficos. Luz y baile. Saltos y espectáculo. Da vida a la muerte. Es un dios infantil.

Solo los dioses infantiles pueden resucitar a los juguetes, que es mucho mejor que levantar a los muertos. Aquí, por ejemplo, R2D2 huye del pesado de C-3PO

No fue siempre así. En su día Wu también necesitó huir hacia Ítaca, buscar el caballo cornudo. Esta es la condena, multiplicada por generaciones, de los homínidos nómadas. O huyes o pierdes la identidad. Hubo un tiempo en que él tuvo una vida cansada y aburrida, como todos nosotros. Hubo un tiempo en que era fotógrafo de bodas.

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Un corto de animación que te transporta al universo de ‘TRON’

Dicen que con este corto regresas a la infancia, a las sillas taburete, los mandos y las chuches, a las monedas de 25 pesetas. ¿Referencias? Videojuegos de un pasado olvidado, universo Arcade, máquinas recreativas y la película TRON.

El artista digital Stu Maschwitz, que ha trabajado en la animación de las películas de Star Wars, rescató un proyecto de su juventud, recreando en su nueva película, TANK, los clásicos videojuegos vectoriales. Sencillas líneas en 3D que te llevan al corazón primitivo de la computadora, trazos que evocan una batalla de bits, muy similar a los programas de los años 80, como Battlezone.

La trama es sencilla. Stu creó el primer guión en la escuela- unos soldados deben desactivar un arma de destrucción masiva que puede arrasar su tierra-, pero tiene la fascinación de un universo arcaico informático. Para nosotros es como la Grecia Clásica de la era digital, las ruinas de Pompeya de una civilización electrónica. Y ahí está la batalla, el César yendo contra Roma, el cruce de Ru-Bit-con a las órdenes de un ejército abstracto formado solo por números, pantallas sintéticas, bombas binarias, vectores atávicos

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Insectos imaginarios que se parecen a los personajes de Star Wars

Piensa en la evolución. En la mutación. En el poder de la casualidad para perpetuar a las especies. En el azar que un día transforma a un insecto. Un accidente que moldea los rasgos y los colores y produce una ilusión en los ojos. Azul y blanco. Cuerpo abombado… Por el capricho de una evolución convergente el escarabajo acaba pareciéndose a R2-D2, el robot de la saga Star Wars. Está de suerte.

Los humanos, al sentir esta pareidolia, un error de percepción, no lo matarían, lo admirarían o incluso criarían. “¡Qué bonito, se parece al robot de la peli!”. En unos años esta especie de escarabajo mutante ganaría a sus congéneres. Tendríamos una raza victoriosa, el Roboduobus Deoduobus. Los escarabajos negros, feos y apenas cinematográficos, terminarían chafados, cucarachas bajo las suelas.

Este es el ganador…

'Roboduobus Deoduobus' Limited Edition Print. Available at richard-wilkinson.com/shop

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Piensa en el juego creativo. En usar las ideas como si fueran alas de mosca, patas de tinta, antenas galácticas. En crear insectos que se mimetizan cual iconos de la cultura popular. A eso se dedica el ilustrador Richard Wilkinson: inventa ese insecto que nos recuerda a alguien… Un insecto imaginario que se parece a un personaje imaginado.

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Cuando Scorsese interpretó a Van Gogh para Kurosawa

En Crows (Cuervos), uno de los ocho episodios de Dreams, la película póstuma de Akira Kurosawa (1910-1998), Vincent Van Gogh intenta captar la esencia del paisaje nada llamativo de un campo de cereal recién segado en la casi ardiente campiña estival francesa.

Un estudiante japonés que admira al pintor y que ha llegado al pasado gracias al poder de los sueños, recibe unos cuantos consejos del artista sobre la ferocidad conveniente para cualquier pintor para ver la realidad e interiorizarla.

  • Los paisajes que parecen un cuadro no llegan a cuadros.
  • Si miras con cuidado, toda naturaleza tiene su belleza. Cuando aparece esa belleza natural me pierdo en ella.
  • Luego, como en un sueño, el paisaje se pinta a sí mismo para mí.
  • Consumo este paisaje, lo devoro completamente.
  • Trabajo, me esclavizo, me conduzco como si fuera una locomotora.

La última imagen que vemos es la del cuadro que en holandés se titula Korenvelden onder dreigende luchten met kraaien, Maizales bajo un amenazador cielo con cuervos. Según casi todas las biografías del pintor fue la última obra que pintó antes de morir.

En el corto de Kurosawa, Van Gogh se aleja del espectador y se pierde tras una elevación del terreno, por un camino que no parece tener destino específico. En ese momento el óleo es invadido por una bandada de cuervos. De acuerdo con los historiadores especialmente estructuralistas, las aves son símbolos de la muerte cercana y la resurrección posible.

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La cándida perversión del cine porno de los setenta

El cine porno ha sido expulsado del reino diáfano y bobalicón de lo correcto. Casi nadie tiene la valentía o la sinceridad de salir en su defensa. El ardor del pasado parece no ya de otro tiempo, sino de otro mundo. Ha sido barrida del escenario la fascinación intelectual de los años setenta, con el escritor Norman Mailer declarando que “hay algo emocionante en las películas pornográficas”, la intelligentsia acudiendo en masa a las sesiones de las salas equis —permitidas en España a partir de 1982, pero legales en muchos otros países desde una década antes— y la sensación de que las películas de sexo explícito eran chic e ¡incluso podían tener un acabado artístico! (supongo que eso creíamos pensar o formulábamos como excusa, pero también me gustan los pretextos low-fi de aquellos años).

Desde el momento en que el cine dejó de ser un negocio para adultos y se convirtió en un producto dirigido al potentísimo mercado adolescente —el punto de inflexión es la primera entrega de la saga Star Wars (1975), el primer megataquillazo planetario que consideraba al espectador un niño eterno, imponiendo un paradigma que se mantiene y crece por momentos—, el cine porno quedó enterrado en los sótanos de la privacidad. Aunque no ha dejado de crecer en términos económicos —se calcula que factura, sólo en los EE UU, de 10 a 13.000 millones de dólares al año—, ahora es un placer más o menos solitario que se consume mediante la conexión a Internet o en las habitaciones de hotel, donde dos terceras partes de las emisiones de canales pay-per-view que ven los clientes son para adultos, según una encuesta de hace pocos años.

Antes de la llegada unificadora del vídeo y la epidemia del sida —que se llevó por delante a unas cuantas estrellas del género, entre ellas el actor John Holmes, un símbolo al que la cinta métrica adjudicaba 34 centímetros de pene—, el cine porno de los años setenta era divertido, inocente dentro de su aparente suciedad —sexual pero casi educativo, sin los afanes freak de los vídeos depravados del todo vale que llegarían más tarde— y se atrevía a ser libre e experimental (Behind the Green Door, de 1972, se presentaba, y había cierta verdad, como una película “bergmaniana“.

"Sexy Times" (Fantagraphics)

“Sexy Times” (Fantagraphics)

El libro Sexy Times, de la editorial Fantagraphics, condensa una antología de pósters de aquella época de aventura, música disco, vida sin complejos y un cierto candor trágico, porque la gente del cine porno, como retrata con aire naturalista y casi documental la gran película Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997), parecía llevar encima el peso de una sombra: se sabían reyes y reinas de un mundo de cristal que se quebraría en cualquier momento.

La cartelería que aparece en el libro, de la que inserto una selección en esta entrada, tiene el regusto casi candoroso de aquel tiempo blanco del que me confieso enamorado. Si alguien quiere hacerme feliz, lo logrará si me envía una copia de Librianna, Bitch of the Black Sea (Libriana, la perra del Mar Negro, 1979), que se vendía como la primera película porno rodada en la URSS.

Ánxel Grove

El tema central de Star Wars, ‘construído’ con Lego

La ocupación del alemán Rene Hoffmeister parece sacada de la lista de planes futuros de un niño. Es un profesional oficial  y certificado de Lego, capaz de realizar grandes proezas escultóricas y arquitectónicas para clientes privados, compañías, campañas publicitarias y eventos de todo tipo.

A pesar de su pericia para las obras faraónicas, nunca había hecho nada que se pareciese a Builders of Sound (Constructores de sonido), un encargo ambicioso que une las construcciones de Lego, con el arte de las maquetas y la música.

Ideado para el estreno en Alemania, en un cine de Múnich, de la versión en 3D de Star Wars: Episodio I – La amenaza fantasma (George Lucas, 1999), el proyecto consiste en un cilindro, recubierto con planchas de Lego e insertado en una estructura con una manivela lateral.

El 'Constructor de sonido'

El 'Constructor de sonido'

Sobre la superficie hay figuritas y construcciones de las muchas series de Star Wars que ha editado Lego. El conjunto de las piezas forma un relieve que, al girar el cilidro, entran en contacto con una fila de ruedas conectadas a los teclados de un órgano.

Con el imaginativo sistema, basado en las pianolas y las cajas de música, Hoffmeister y su equipo consiguieron reproducir la melodía del tema central de Star Wars, compuesta por John Williams, una de las bandas sonoras más famosas de la historia del cine.

Para más dificultad, las maquetas no están dispuestas sólo para satisfacer el oído. El cilindro está dividido en cuatro partes, cada una dedicada a un escenario fundamental de la saga: Hoth, Tatooine, Endor y La Estrella de la muerte.

El cilindro estuvo disponible en el cine para que los espectadores jugaran con él y ahora, en la página web alemana de Lego, hay una versión digital del invento para que cualquiera lo pueda disfrutar con solo mover la rueda del ratón.

Helena Celdrán