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La Bestia o la maldición del lobo hombre

De entre todas las criaturas que nos pueden aterrar en la noche oscura dejadme rescatar al licántropo. Es el hombre lobo, esa metáfora del monstruo oculto bajo la niebla epidérmica. La bestia inesperada que aparece y exige sangre inocente, incapaz de contener su frustración o rabia: antes un ciudadano modélico, un vecino más, ahora un padre de familia que no duda en devorarnos, eclipsada su mirada por un turbión de mil aullidos.

La Bestia. © Swen Renault

La Bestia. © Swen Renault

Hoy, caídos bajo el influjo de los zombis que triunfan en la cultura capitalista- parece éste el único terror que nos conmueve, la posibilidad de morir devorados por una manada de estúpidos consumidores de grasas transgénicas-, hemos olvidado a la bestia que nos habita.

Malmetemos los mitos y su enseñanza ancestral. Convertimos a los vampiros en músculos atractivos, son novios y novias de perfecta adolescencia. Hacemos de los fantasmas y de la posesión demoníaca sonoros parques de atracciones. Pero olvidamos en este camino a la alimaña que nunca será doméstica o bien digerida por Hollywood.

El licántropo es un monstruo territorial, suele cazar en espacios conocidos, a gente cercana, y ésta es la maldición: tras el crimen, despierta inocente, desnudo, cubierto por la sangre de su esposa e hijos. Entonces pide perdón, culpa a la luna, a la mala suerte.

A veces va tan cargado de alcohol que no necesita luna llena.

La Bestia. ©Swen Renault.

La Bestia. ©Swen Renault.

La Bestia. © Swen Renault

La Bestia. © Swen Renault

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La imaginación salvaje de las paradas de bus soviéticas

Hay rincones donde el espacio cotidiano se convierte en una orgía arquitectónica, las formas son dominadas por una imaginación portentosa y desacomplejada, donde una parada de autobús acaba siendo, por ejemplo, una suerte de ovni, escultura sin código, un sueño estrambótico, la deformación alegórica en mitad de la nada, el huevo creativo que eclosiona en la estepa olvidada, a medio camino entre el brutalismo y la fantasía personal. Esto es lo que ocurrió en la antigua Unión Soviética.

SARANSK, Russia. Homage to local lightbulb factory. #sovietbusstops Vol.2 @fuelpublishing .

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Las paradas de autobús de ese territorio, bautizadas como “pabellones del bus”, son eso: edificios alzados como arquitecturas inverosímiles. Último reducto de la originalidad en un mundo excesivamente centralizado. Pura extrañeza. Llamaradas en la visión del recién llegado que no sabe responder si son feas o hermosas, genialidades o bazofias.

Anapa, Russia. #sovietbusstops Vol. 2. Now available from Fuel-design.com, Amazon and fine bookstores everywhere.

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A todo viajero que se precie le gustaría esperar al autobús en una de estas paradas. Perder cuantos vehículos fuera necesario. Su belleza reside en lo inusual. Y lo inusual es el enemigo a derribar en este proceso de copia globalizadora que hemos tomado.

Kamenka Каменка, Russia. #sovietbusstops Volume 2, PAGE 93. Available on Amazon and from Fuel-design.com

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El fotógrafo Christopher Herwig ya va por el segundo volumen de su libro Soviet Bus Stops (publicado en septiembre, en Amazon). Ha recorrido 30.000 kilómetros y viajado por 14 países del extinto imperio soviético (Tayikistán, Georgia, Bielorrusia, Lituania, Abjasia, etc.). Ha utilizado todo tipo de transportes: bicicletas, motos, coches, tranvías, y, naturalmente, el autobús. Esta obra encarna su necesario arte de mirar allí donde los panfletos turísticos nos dicen que no hay nada.

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Imprimen en libro el ‘atlas obscuro’, la guía de antiturismo

Cubierta de 'Atlas Obscura'

Cubierta de ‘Atlas Obscura’

Desde 2009 Atlas Obscura se ha ganado una reputación merecida como compendio de lugares que deben ser visitados allá donde vayas si deseas algo más que el compendio de fechas, nombres y eventos que suele ofrecer el turismo tradicional y las empresas que lo explotan. El sitio web, fundado sin demasiada ambición por Joshua Foer y Dylan Thuras, tiene el mérito de que no se deja llevar por el número de visitantes, el encanto masivo o el tienes-que-ir-a que te han chivado tus amigos. Prefiere lo raro, misterioso, anticuado, chocante o temible.

Pese a que cada vez, dada la saturación de información, no siempre correcta ni adecuada, pero, en cualquier caso, demasiada, es más complejo ofrecer algo que sea de verdad novedoso, aún mantienen las intenciones iniciales:

En una época en la que todo parece haber sido explorado y no hay nada nuevo, tenemos una forma diferente de ver el mundo. Si estás en busca de ciudades en miniatura, flores de cristal, libros encuadernados en piel humana, agujeros de los que surgen llamas, gigantescas iglesias, pagodas construidas con huesos en equilibrio o casas enteramente de papel, Atlas Obscura es el lugar dónde encontrarlos.

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Buscan dinero para reeditar, en facsímil, el ‘Libro atornillado’ del genio futurista Depero

Le llaman, en inglés, The Bolted Book (El libro atornillado) porque sus páginas-fichas están agujereadas y sujetas por dos pernos industriales de aluminio. Fue publicado hace casi nueve décadas y resulta inencontrable. El autor, el italiano Fortunato Depero (1862-1960), fue un soñador versátil y práctico de un mundo lanzado hacia el futuro. Ejerció con fortuna el diseño gráfico y tipográfico. Con menos destreza se atrevió con el industrial, de interiores, escenográfico, arquitectónico…

Soñó en 1915, intentando, como tantos otros y después, espantar a los burgueses, con una Reconstrucción futurista del Universo que predicaba el maridaje del arte y la vida. Reducía los medios necesarios para el proyecto de poblar el mundo de animales mecánicos y paisajes artificiales a estos:

Hilos metálicos, de algodón, lana, seda, de todos los tamaños, coloreados. Cristales de color, papeles de seda, celuloide, redes metálicas, materiales transparentes de todo tipo, coloreadísimos, telas, espejos, láminas de metal, papel de plata coloreado, y todos los materiales más llamativos. Ingenios mecánicos, electrónicos, musicales y ruidistas, líquidos químicamente luminosos de coloración variable; muelles, palancas, tubos, etc.

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Ya hemos devuelto a Cervantes al cautiverio de Argel

Grabado de Érik Desmazières - Dominio público

Grabado de Érik Desmazières – Dominio público

Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya elocuente solución no existiera (…) El universo estaba justificado, el universo bruscamente usurpó las dimensiones ilimitadas de la esperanza (…) También se esperó entonces la aclaración de los misterios básicos de la humanidad: el origen de la Biblioteca y del tiempo. Es verosímil que esos graves misterios puedan explicarse en palabras: si no basta el lenguaje de los filósofos, la multiforme Biblioteca habrá producido el idioma inaudito que se requiere y los vocabularios y gramáticas de ese idioma. Hace ya cuatro siglos que los hombres fatigan los hexágonos… Hay buscadores oficiales, inquisidores. Yo los he visto en el desempeño de su función: llegan siempre rendidos; hablan de una escalera sin peldaños que casi los mató; hablan de galerías y de escaleras con el bibliotecario; alguna vez, toman el libro más cercano y lo hojean, en busca de palabras infames. Visiblemente, nadie espera descubrir nada.

La mareante idea de la biblioteca universal de hexágonos infinitos soñada por el ciego Borges en un cuento que transita entre las ideas del Paraíso y el Infierno en forma de inacabable masa de libros: todos los posibles, en cualquier combinación o permutación de signos, lenguas, alfabetos o espacios en blanco, es una utopía en la que sólo creen en las lejanas y muy seguras oficinas bajo tierra de las empresas de Silicon Valley donde guardan cada una de nuestras palabras en el e-mundo. Los demás leemos el relato como el genial desatino de un exbibliotecario.

“Los demás leemos”, he escrito con toda la intención. ¿Leemos?

Hace unos días, durante las celebraciones dedicadas a Cervantes y el Día del Libro, el clamor era máximo y la multitud salió a la calle con rosas, camisetas alusivas, ganas de cotejar ediciones y fanatismo de hooligans del papel impreso, pero el aluvión sobre el manco y su Quijote ha ido dejando hueco a virales que incendian la red, instrucciones para reducir el estrés comiendo, un especial culos —no pregunten, yo tampoco sé— y las andanzas con poca ropa de unos seres con los improbables nombres de Kaley Cuoco y Karl Cook

Cervantes se ha acomodado de nuevo en un limbo de aroma a cautiverio argelino, conviviendo con, digamos, los gadgets deportivos para ir a la última.

El libro, como el cáncer, el medio ambiente, la malaria y los perros sin dueño, son cosa de un día. Marcamos el calendario, salimos a la calle (aprovechamos para unas cañas, claro) y hemos cumplido.

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¿Son blasfemas estas obras de arte moderno?

KRIS KUKSI, "Churchtank Type 7C", 2009, Courtesy: KRIS KUKSI & Thames

KRIS KUKSI, “Churchtank Type 7C”, 2009, Courtesy: KRIS KUKSI & Thames & Hudson

Aaron Rosen, autor de un libro recién editado, Art & Religion in the 21st Century (Arte y religión en el siglo XXI), subraya el cretinismo del debate sobre el arte blasfemo: 

El buen arte nos debe desafiar: perforar nuestras devociones, religiosas o de otro tipo. Pero simplemente conseguir titulares ofensivos (y buenas ventas) es un truco barato, indigno de un buen artista. La mayor parte de quienes hablan de arte blasfemo no son artistas (…) y nunca han pisado una galería.

El ensayo, publicado por Thames & Hudson [256 páginas, 32 libras esterlinas] presenta obras como el tanque-iglesia rococó, postindustrial y pertinente del estadouniodense Kris Kuksi.

El libro se sustenta en la idea de cuando te vinculas al arte o te expones a sus efectos entras, de manera inevitable, en un terreno religioso. Es fácil advertirlo en obras de la Antiguedad —el Partenón, los Budas de Bamiyán o la Mezquita Azul…—.

¿Pero que pasa en el siglo XXI y por qué algunas obras son calificadas como blasfemas por los intolerantes, los cortos de miras o los salafistas de conciencia?, se pregunta Rosen.

Siguen unos cuantos ejemplos de obras impías y ofensivas incluídas en el libro.

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‘Zanahorias defectuosas’ que nunca verás en el supermercado

Tres de las zanahorias 'defectuosas' fotografiadas por Tim Smyth

Tres de las zanahorias ‘defectuosas’ fotografiadas por Tim Smyth

Desde que la comida es un producto industrializado, no se nos permite conocer el camino que recorre cada alimento hasta que termina en una tienda. Las frutas y las verduras consideradas feas no llegan al consumidor, se desechan nada más ser recogidas: los agricultores no pueden venderlas porque no están dentro de los llamados estándares de calidad, parámetros estéticos que nada tienen que ver con el sabor o las propiedades nutritivas. Mientras tanto, la tierra sigue produciendo a un ritmo frenético, enfrentándose al desafío de alimentar a la cada vez más numerosa humanidad.

Algunas zanahorias de las que fotografía Tim Smyth (Bristol – Reino Unido, 1985) son incluso obscenas, se retuercen en posturas provocativas desafiando las leyes de mercado, burlándose de los cánones de belleza. En los supermercados debe reinar la armonía, las cajas deben exponerse alineadas en los estantes y las hortalizas también deben participar de ese orden estéril. Las imágenes a color y de fondo blanco sin embargo las retratan en toda su crudeza, deformes y excéntricas para el consumidor medio.

En Defective Carrots (Zanahorias defectuosas) —un tomo, publicado por la editorial londinense independiente Bemojake— el fotógrafo inglés recopila 56 especímenes procedentes de la mayor granja productora de zanahorias del Reino Unido, en Yorkshire del Norte. En una entrevista a la revista estadounidense Modern Farmer, Smyth cuenta que se llevó todas las que cabían en el maletero de su coche y de vuelta a casa, en Londres, pasó buena parte del día fotografiándolas. Al haber crecido en una ciudad, confiesa que muchas le parecieron ajenas a lo que debe ser una zanahoria.

Página del libro 'Defective Carrots', de Tim Smyth, publicado por la editorial independiente Bemojake

Página del libro ‘Defective Carrots’, de Tim Smyth, publicado por la editorial independiente Bemojake

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Fotografía microscópica en 1909

'Nature through Microscope and Camera'

Arthur E Smith permanece a un extremo de la cámara de un inusualmente largo fuelle extendido como un túnel. En el objetivo hay un microscopio colocado en horizontal. El aparataje parece un chiste o un experimento peregrino, pero el hombre sabe bien lo que hace.

Las imágenes pertenecen al libro Nature through Microscope and Camera (La naturaleza a través del microscopio y la cámara), con textos de Richard Kerr y publicado en Londres en 1909. La obra —en el vínculo del título se puede descargar entera—  forma parte de los primeros avances en el intento por capturar en imágenes lo prácticamente invisible al ojo humano: fitoplancton, la lengua de una abeja, el bacilo del tétanos, el ácaro del queso…

'Nature through Microscope and Camera'

“En ningún caso se ha recurrido a los retoques”, se apresura a decir Kerr en el texto introductorio. Arthur E Smith —del que casi nada se sabe, al igual que sucede con su socio— se convirtió en un pionero de la micrografía con un método de aspecto rocambolesco, pero efectivo y lógico según la tecnología de la época. Realizó 65 imágenes “en placas de 12×10”, utilizando “el microscopio y la cámara combinados como un instrumento”. Su propuesta era tan lógica como sencilla y los resultados son satisfactorios.

En el tomo, el autor menciona que en 1904 las imágenes fueron expuestas en la Real Sociedad de Londres para el Avance de la Ciencia Natural y que sirvieron de ayuda a “estudiantes de biología general y medicina”. El tamaño de la cámara debía resultar exagerado incluso entonces, porque siente la necesidad de justificarse especificando que es la mejor manera de obtener imágenes directas de un tamaño aceptable para la investigación: “Cuando se hacen ampliaciones de negativos pequeños, no hay ganancia material en cuanto a nuevos detalles”.

Helena Celdrán

'Nature through Microscope and Camera'

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'Nature through Microscope and Camera'

'Nature through Microscope and Camera'

'Nature through Microscope and Camera'

'Nature through Microscope and Camera'

Cuando el autobús de dos pisos volvió triunfal a las calles de Londres

Routemaster busEs el autobus de postal, un vehículo tan introducido en la cultura popular que el intento de prescindir de él ha causado la ira de sus usuarios. Lo que sucedió con el autobus rojo de dos pisos es el ejemplo perfecto de la dificultad caricaturesca de los británicos por encajar un cambio cualquiera, pero en este caso a favor de un vehículo de diseño irresistible que los usuarios del transporte público bien merecen disfrutar.

Cambiar el Routemaster por otro bus más convencional le costó al Ayuntamiento de Londres un arranque de furia de la opinión pública, convirtiéndose el tema en decisivo para la campaña a la alcaldía de Londres en 2008. El entonces aspirante a alcalde, Boris Johson —que ganó las elecciones  y todavía sigue ejerciendo el puesto— prometía resarcir a los sufrientes londinenses. Los autobuses eran muy viejos, poco eficientes y ecológicos, pero él estaba dispuesto a resolverlo creando una versión modernizada.

El libro London’s New Routemaster (El nuevo Routemaster de Londres) —de la editorial inglesa Merrell— se adentra en la “historia oficial” de la nueva cara del símbolo londinense. Con diseños iniciales, maquetas virtuales, imágenes de la fabricación y de las primeras pruebas del vehículo, el tomo detalla al que se considera el “auténtico sucesor” del Routemaster original.

El New Routemaster - Images: © Wrightbus

El New Routemaster – Images: © Wrightbus

Producto del desarrollo de la ciudad tras la II Guerra Mundial, el Routemaster era un atisbo de belleza en la grisácea posguerra. Se había planificado entre 1947 y 1956 con el objetivo de crear un vehículo que ahorrara gasolina, tuviera un mantemiento barato y sustituyera a los trolebuses. Con una ligereza inusual para la época, el autobús fascinó al instante a los conductores, se adaptó a las necesidades de la capital convirtiéndose en el escenario diario de pasajeros de todos los estratos sociales en una época de escasez de vehículos privados.

El vínculo emocional que crearon los londinenses con el medio de transporte que los trasladaba a diario desde 1956 se manifestó en el disgusto que causó la retirada de la flota en 2002. El ayuntamiento tomó entonces la decisión de sustituirlos por autobuses Mercedes-Benz Citaro, articulados y de 18 metros de longitud, similares a los de otras ciudades europeas y de los EE UU.

El odiado Mercedes-Benz Citaro - Foto: Martin Addison

El odiado Mercedes-Benz Citaro – Foto: Martin Addison

“Los autobuses se convirtieron de pronto en un candente tema político“, escribe Tony Lewin, experto en automoción y autor de London’s New Routemaster. Lewin cuenta que “los operarios estaban enamorados de la eficiencia del Citaro”, pero también que los pasajeros se colaban con frecuencia: incluso se llegó a conocer como “el autobús barato”. Al existir varias puertas para agilizar la subida de los pasajeros, no había que pasar delante del conductor y era fácil no pagar.

El vehículo articulado fue blanco de fuertes críticas en la prensa y tras el nombramiento del alcalde Johson fue retirado de servicio poco a poco por el flamante autobus de dos pisos renovado, recibido con furor y dispuesto a “reconquistar los corazones del público” con líneas dinámicas y suaves y una tecnología híbrida.

Helena Celdrán

Alberto Lizaralde, el fotógrafo que araña en el dolor

Un cuajo sobre el pavimento, un árbol cosido con plástico a la tierra, dos hombres semidesnudos que podrían estar abrazados o iniciando una lucha, los ojos descuartizados tras las lágrimas…

Las fotos de Alberto Lizaralde (Madrid, 1979) en everything will be ok —el lema de la serie, todo irá bien, está escrito en inglés, acaso por motivos comerciales pero tal vez también porque el idioma del dolor y la esperanza del consuelo han de ser ajenos, fílmicos, desencajados del natural, y en minúsculas, porque no puedes gritar según qué cosas— me han castigado como un poema.

He creído admirándolas escuchar el llanto primario con el que emergemos al mundo y saborear la sal de la derrota con la que cohabitamos. He recordado, como sostenía Cioran, que “deberíamos tirarnos al suelo y llorar cada vez que tenemos ganas; pero hemos desaprendido a llorar… deberíamos poseer la facultad de gritar un cuarto de hora al día por lo menos. Si queremos preservar un mínimo equilibrio, volvamos al grito… la rabia, que procede del fondo mismo de la vida, nos ayudará a ello”.

En el texto declarativo que explica la serie, Lizaralde dice que durante cinco años (2009-2013) se dedicó a fotografiar con la intención de trazar una “crónica mágica de un proceso de cambio que nace de una crisis personal, de un colapso emocional, de la caída al agujero en el que todos hemos entrado o entraremos en algún momento”. Aunque no hayas leído el statement, sabes que las imágenes proceden de un desgarro: el fotógrafo araña para poder sostenerse y se deja la piel en el intento.

Las grapas postoperatorias manchadas por el yodo —nuestro azufre quirúrgico, una alerta que nos acerca al infierno—, un boquete en el suelo al que no desearías asomarte porque sabes con certeza que te encontrarás contigo mismo o con una proyección malvada de ti, las manos que tiran del cabello con suficiente fuerza como para arrancar mechones, un primer plano de una dentadura reflejada en el espejo universal de un monitor…

El lirismo de estas fotos bárbaras, cimentadas en “sangre, sinceridad y llamas”, la santa trinidad que Cioran recomendaba a los poetas, no es común ni fácil. Lizaralde, que sitúa la serie “a medio camino entre la realidad y la ficción, cruzando continuamente la línea de lo documental y lo impostado, lo verdadero y lo falso, lo personal y lo ajeno”, ha completado la intención confesional con una llamada a la necesidad de sentir y compartir el tacto con la piel de los otros.

En el libro que ha editado con everything will be ok ha utilizado para la cubierta una tinta especial que cambia de color según la temperatura de las manos que sostienen el volumen y deja ver las huellas digitales del lector. “De esta forma se convierte en un libro vivo, que muta de forma única y personal según quién lo tenga en las manos y hace que el espectador sienta que la de dentro también podría ser su historia. Al mismo tiempo supone una reivindicación del libro físico proporcionando interacciones imposibles de reproducir en versiones digitales”, explica el autor.

Aunque el miserere desemboca en cantata (“en lo positivo, la sanación, en el saber que al final, pase lo que pase merece la pena vivir, brindar, reír y rodearte de gente que siente como tú”, confiesa Lizaralde), la obra de este fotógrafo intuitivo, imprevisible —un ternero recién nacido con la placenta aún caliente, una muchacha que corre emanando vapor, como víctima de un fuego interno…— y emocional —mantiene un primoroso fotodiario en Tumblr— es, en mi opinión, notable y necesaria.

Lizaralde ha sabido mostrarnos, para citar otra vez al eterno aullador Cioran, que “las tristezas producen en el alma una sombra de claustro” y “las enfermedades han acercado el cielo y la tierra”, dos extremos que, de no existir el dolor , “se hubieran ignorado mutuamente”. Me atrevo a situar al filósofo rumano ante la obra del fotógrafo madrileño diciendo: “La necesidad de consuelo ha superado a la enfermedad, y en la intersección del cielo con la tierra ha dado origen a la santidad”.

Ánxel Grove