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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

Don Quijote cabalga por fin

Seguramente no había otro director más quijotesco en el orbe que Terry Gilliam para empeñarse en llevar a su territorio, un espacio de imaginación desbordante, barroquismo visual y antiutopías animadas de ayer y de hoy, un proyecto que se titulara El hombre que mató a Don Quijote. Diecisiete años, nada menos, de preproducción no es un plazo muy común pero, bien mirado, ¿qué otra cosa cabría esperar si se trata de un cuento de fantasía inspirado en la figura del caballero cervantino? De modo que, ¡aleluya!, por fin Gilliam ha conseguido hacer las paces con el “tumor cerebral” que tenía que extirpar como fuera.

Comunicado de Terry Gilliam en Facebook

Si a algún proyecto se le puede denominar maldito, por la enconada oposición con que el diablo lanza todo tipo de impedimentos para que se lleve a cabo, éste desde luego se lleva la palma. En octubre de 2000 el rodaje en las Bardenas Reales de Navarra podía semejarse al de una película “normal”, dejando a un lado el pequeño detalle de las interrupciones por el vuelo de aviones de combate F16, (no lejos del escenario elegido se encuentra un polígono de tiro del Ministerio de Defensa a disposición de la OTAN) y otros imponderables menores. Hasta que al sexto día el dios de las tormentas, como quiera se llame, provocó unas inundaciones que arrasaron los decorados, dieron al traste con el proyecto y provocaron su paralización.

Para que no quedaran dudas de que todo terminaba allí, el ingenioso hidalgo se lesionó gravemente con una doble hernia discal en la persona del actor francés Jean Rochefort, estupendo quijote que nunca más quiso oír hablar de subirse a un caballo por literario que fuera y muy Rocinante que se llamara. Gilliam incluso perdió los derechos sobre el guion por una demanda de los productores.

Para resarcirse de las amarguras de tanto infortunio Gilliam contaba sus penas en un espléndido documental, dirigido por Keith Fulton y Louis Pepe, de elocuente título: Perdidos en La Mancha (2002). El documental iba a ser un “making of” y se convirtió en un “Así no se hizo”, una pieza de humor involuntario superpuesto a la socarronería del ex Monty Python, una jugarreta más del destino caprichoso, que recomiendo ver a cualquier cineasta frustrado, como bálsamo para sus penas de producción, a los estudiantes que deseen conocer la cara oculta del cine y al público en general interesado en descubrir la inabarcable personalidad de un director genial.

Si Rochefort se negaba, eso no impediría a Don Quijote volver a cabalgar, se propuso Gilliam; retomó el proyecto y pensó en John Hurt, pero no en que le diagnosticaran cáncer y se muriera pocos meses después (en enero de este año). No fue el último intento, claro, sólo uno más en el que había puesto cuarto y mitad de su alma junto a la del fenomenal actor británico.

Comunicado de Terry Gilliam en Facebook tras la muerte de John Hurt

Además de Jean Rochefort y John Hurt, Robert Duvall se había enfundado sin éxito la armadura del caballero de la triste figura. En los molinos se enredaron igualmente Johnny Deep, Ewan McGregor, Vanessa Paradis, Jeff Bridges, Miranda Richardson y otros. No pasa nada; aquí está ya Jonathan Pryce. Le acompañan Adam Driver, Stellan Skarsgärd y Olga Kurilenko, además de actores españoles como Óscar Jaenada, Jordi Mollá, Sergi López y Rossy de Palma.

Antes de la aparición de Gerardo Herrero, el año pasado Paulo Branco llegó a anunciar en el Festival de Cannes lo que en octubre terminó por esfumarse como una bocanada de aire con olor a azufre como la carcajada de Belcebú, la última pedorreta juguetona sin gracia del destino. Pero ahora los dados están echados y ya no hay vuelta atrás: Kinology, Recorded Picture Company, Entre Chien et Loup y Ukbar Filmes en asociación con Alacran Pictures, productores que parecen ser los definitivos, más la participación de TVE, Movistar +, Eurimages y Wallimage, así lo garantizan. Las ventas internacionales están gestionadas por Kinology.  Amazon Studios ha adquirido los derechos de distribución para Estados Unidos, Canadá y Reino Unido; y Telemunchen para Alemania y Austria. La distribución en España correrá a cargo de Warner Bros Pictures International España.

Vamos, que no hay peligro de desgracia inminente que nos impida ver a qué se parece esta sátira del siglo XXI en la que un ejecutivo de publicidad viaja en el tiempo desde el Londres de hoy hasta La Mancha del siglo XVII para encontrarse con Don Quijote, quien le confunde con Sancho Panza y se lo lleva a vivir sus aventuras… si es que en todo este tiempo el guion no se ha visto modificado.

En la reseña de Días de cine acerca de The Zero Theorem  (2013), su penúltima locura, en la que ponía al día ideas muy sentidas que encontrábamos en Brazil (1985), me atreví a decir lo siguiente: “Se puede discutir si Terry Gilliam es un gran cineasta o un malabarista que lanza al aire demasiadas pelotas como para hacerlas volver en orden a sus manos cuando termina el número; se puede disfrutar de su desbordante imaginación o agotar la paciencia abrumados por el barroquismo de sus películas catedralicias; se puede uno dejar encandilar por su fecundo vitalismo o desistir de seguir algunos de sus enrevesados argumentos. Pero nadie puede negarle a Terry Gilliam que es poseedor de un universo reconocible y exclusivo que inunda todas y cada una de sus películas”.

El reportaje concluía haciendo votos porque se hiciera realidad por fin su tan anhelado delirio de El hombre que mató a Don Quijote. Si soy sincero, a la vista de los precedentes, no podía imaginar que en efecto este vitalista cabezota se saldría con la suya y llegaría a decir: “Cualquier persona sensata habría renunciado hace años, pero a veces los cabezotas soñadores ganan al final, así que doy las gracias a todos los idealistas que se han unido para hacer realidad este sueño”.

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