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"La libertad produce monstruos, pero la falta de libertad produce infinitamente más monstruos"

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¿Quién conoce a Carmen de Burgos?

El dictador Franco la tenía enfilada desde que cubrió la Guerra de Africa como primera mujer corresponsal de prensa en lengua española. Desde luego, la dictadura machacó y frivolizó su memoria con notable éxito y, hoy día, hay muy pocas mujeres y hombres que la recuerden.

Apenas unas 30 o 40 personas nos reunimos el viernes pasado, 9 de octubre, aniversario de su muerte, en el Cementerio Civil de Madrid para rendir homenaje a esta mujer almeriense tan singular: Carmen de Burgos, más conocida como La Colombine. Rodeada de tumbas de librepensadores ilustres, su biógrafa, Concha Núñez, hizo un perfil magnífico de nuestra gran desconocida. El general Franco, nada más ganar la Guera Civil, prohibió todos sus libros (más de 200) e incluyó su nombre en la lista de autores prohibidos por el régimen fascista.

Así, mi paisana Carmen de Burgos, espejo de periodistas independientes, se convirtió en la primera mujer de la lista de autores prohibidos por el dictador. En ese macabro cuadro de honor del fascismo, La Colombine iba precedida por hombres como Emile Zola, J.J. Rouseau, Voltaire y Gorki. ¡Casi na!

Hubo concentración silenciosa ante su abandonada sepultura con motivo del aniversario de su muerte (8 de octubre de 1932) y del Primer Centenario de sus crónicas de guerra (el desastre del Barranco del Lobo en 1909, que incendió la Semana Trágica de Barcelona y el ¡”Maura no”!). Pero, en ese raro placer que siente la izquierda laica por los cementerios civiles, también hubo lectura de poemas (Miguel Hernández, Pablo Neruda, que yo recuerde) y dulcísima música de cuerda, en una mañana espléndida de otoño. No podían faltar -¡cómo no!- claveles y cintas moradas, rojas y gualdas para tan insigne santa laica y republicana. (En esta foto me acompañan Federico Utrera, Miguel Naveros y María Jesús Orbegozo).

El acto mereció, al menos, la atención del diario La Voz de Almería que publicó esta crónica.

El periodista y escritor almeriense, Federico Utrera, es uno de los especialistas que, con sus libros y artículos como éste de La Voz, me tiene al corriente de las excelencias de La Colombine (1867-1932) y de sus andanzas como activista pionera en defensa de los derechos de la mujer.

En un resumen rápido (hay mucho más en Google) diré que Carmen de Burgos nació en Almería, vivió en Rodalquilar (Nijar) y una de sus novelas (“Puñal de claveles”) sobre el crimen del Cortijo del Fraile inspiró la obra “Bodas de sangre” de a Federico García Lorca.

Fue redactora del Diario Universal, del Heraldo de Madrid, de El País, de Nuevo Mundo, La Esfera, etc. Mamó el periodismo y la tipografía en la imprenta de su suegro, editor de un diario local. Cuando murió su hijo se separó de su marido y salió de Almería en busca de nuevos horizontes como maestra en Guadalajara, primero, y como periodista en Madrid y en la Guerra de Africa, después. Vivió, en lo que hoy llamaríamos pareja de hecho, con Ramón Gómez de la Serna durante 20 años y su casa madrileña estuvo siempre abierta a creadores de la época: Galdós, Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez, Casinos, Romero de Torres, Sorolla, etc.

En Wikipedia dicen que La Colombine defendió la libertad y el goce de existir”. Por lo que he leido de ella, debe ser verdad. Fue una “feminista temprana”, adelantada en casi todo a su tiempo y defensora de los marginados. Triunfó en los paraninfos de La Soborna y de muchas universidades españolas y latinoamericanas. Gobernantes, intelectuales y artistas de todo el mundo la celebraron como una mujer sin par en su tiempo. Y murió, con las botas puestas, hablando ante el público.

Agradezco a Maria Serrano, presidenta de la Fundación Carmen de Burgos, que me invitara a este homenaje. Necesitaba yo, en plena crisis económica, un buen ataque de nostalgia y el recordatorio de que hay valores evidentes por los que luchar y mujeres a las que admirar como Carmen de Burgos, cuya vida y obra nos reconcilian con la condición humana.

Al separarme de la sencilla sepultura de La Colombine me topé con el mausoleo de don Nicolás Salmerón, otro insigne almeriense que dimitió como Presidente de la I República por no firmar una pena de muerte. Saqué una foto de esta leyenda con mi móvil para enseñarla a mis hijos. Mi padre me llevó emocionado ante el mausoleo de Salmerón cuando yo tenía apenas 15 años, en nuestra primera escala madrileña camino de Soria. Jamás olvidaré esa emoción salmeroniana, renovada el viernes pasado por el recuerdo de las virtudes cívicas de la grandísima periodista y paisana Carmen de Burgos.