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Cuando la pequeña pantalla se comió a la grande

‘Game of Thrones’, mucho más que una serie de fantasía

game_of_thrones_season_4-wideSi habían dos regresos que los seriéfilos esperábamos como agua de mayo eran, sin duda, la cuarta temporada de ‘Game of Thrones’ y la séptima (y última) de ‘Mad Men’. Ambas series representan para mí lo mejor que nos está dando la pequeña pantalla en los últimos tiempos. ‘Game of Thrones’, después de una asombrosa tercera temporada que demostró que tanto guión, estructura narrativa (fallida en la segunda temporada) y estética se estaban conjugando para crear un universo asombroso plagado de política, poesía, ritmo, actuaciones y diálogos memorables, ha arrancado con la misma fuerza de la temporada pasada, demostrando que Daniel B. Weiss y David Benioff están haciendo un formidable trabajo de adaptación, pese a algunas licencias argumentales que pueden molestar a los fans más acérrimos.

No seré yo quien critique estas licencias. Pese a ser lectora de los libros (aunque me he quedado estancada a la mitad de ‘Danza de dragones’), creo que las adaptaciones deben ser fieles al espíritu del libro aunque argumentalmente difieran, y buscar los recursos que doten a la ficción televisiva de más poder visual, acción y épica. De hecho, una de las cosas más curiosas que me suceden viendo ‘Game of Thrones’ es que me fascinan tramas que en el libro me interesaban menos, como la de Daenerys o la de Jaime y Brienne de Tarth. Los cuatro primeros episodios me han parecido un dechado de virtuosismo audiovisual, con tiempo necesario para que cada personaje desarrolle su trama, un guión que combina las intrigas palaciegas con la acción en el exterior y un trabajo espléndido en composición de planos, montaje, música, ambientación, vestuario y efectos especiales.

Púrpura como la muerte (Spoilers del S04E02)

Como no va a ser menos, y para entrar un poco en materia argumental, vamos a hablar de ESE momento que todos anhelábamos. Aunque yo era de los que sabían lo que iba a suceder en The Lion and the Rose (S04E02), sentía gran expectación por ver cómo resolvían una de las escenas cúspide de ‘Canción de hielo y fuego’. En la novela (‘Tormenta de espadas’) es de una brillantez extraordinaria. Al igual que ocurre durante la lectura de la Boda Roja, sientes una profunda desazón ante los dramáticos acontecimientos que se suceden, y aunque no dejas de experimentar desquite cuando Joffrey obtiene lo que se merece, la tensión acumulada, la sordidez de los hechos y el padecimiento por el destino de Sansa y Tyrion (junto con sus pensamientos internos, ya que la boda está escrita la perspectiva de este último) logran un toque siniestro y una fuerza dramática que no alcanzó, para mi gusto, la secuencia televisiva, con un tono excesivo de guiñol burlesco y humor negro.

Si no hubiera leído los libros sencillamente habría dicho que a la escena le faltó dramatismo (el plano de la cara de Joffrey me resultó un poco de serie B). Desde el punto de vista del análisis, creo que es interesante —para discernir cuáles son las decisiones y resultados a la hora de efectuar la adaptación—, saber cuál era el tono de la escena original en comparación con el de la serie. En este caso, la licencia no radica tanto el argumento en sí (aunque evidentemente hay elementos que difieren), sino en la sensación que se traslada a la pantalla en contraposición a la que se obtiene de la lectura. Para que os hagáis una idea más clara de lo que digo, os dejo un extracto de la novela. Hay que tener en cuenta a la hora de leer el pasaje (si no sois lectores de las novelas, claro) que, en la creación del clima, faltan detalles anteriores que van estableciendo una escalada de tensión hasta el momento de la muerte del rey como, por ejemplo, que la espada que corta la empanada de paloma es Hielo, la espada de Ned Stark (con algunas modificaciones), hecho que provoca todavía más desazón en Sansa y, por ende, en Tyrion.

Un punto sensacionalista para mi gusto.

Un punto sensacionalista para mi gusto, muy de la Hammer

Extracto

«—Mi tío aún no se ha comido la empanada de paloma. —Joffrey sostuvo el cáliz con una mano y metió la otra en la ración de empanada de Tyrion—. No comerse la empanada trae mala suerte —le recriminó al tiempo que se llenaba la boca de paloma caliente y especiada—. Mira qué buena está. —Escupió los trozos de corteza, tosió y se metió en la boca otro puñado—. Aunque un poco seca. Habrá que pasarla con algo. —Joff bebió un trago de vino y volvió a toser, esa vez con más violencia—. Quiero verte… cof… montar en esa… cof, cof, cerda, tío. Quiero…
Un ataque de tos le impidió seguir hablando. Margaery lo miró con preocupación.
—¿Alteza?
—Es… cof… la empanada, no… cof… la empanada… —Joff bebió otro trago, o más bien lo intentó, porque escupió el vino cuando lo dominó otro ataque de tos que lo hizo doblarse por la cintura. Se le estaba poniendo la cara muy roja—. No… cof… no puedo… cof, cof…
El cáliz se le escapó de la mano y el oscuro vino tinto corrió por el estrado.
—¡Se está ahogando! —exclamó la reina Margaery.
Su abuela corrió a su lado.
—¡Ayudad al pobre muchacho! —gritó la Reina de Espinas con una voz que era diez veces su estatura—. ¡Imbéciles! ¿Os vais a quedar ahí mirando? ¡Ayudad a vuestro rey!
Ser Garlan empujó a Tyrion a un lado y empezó a golpear a Joffrey en la espalda. Ser Osmund Kettleblack le abrió el cuello del jubón. De la garganta del muchacho salió un sonido agudo espantoso, como el de alguien que tratara de sorber todo un río a través de un junco hueco; luego el sonido cesó y el silencio fue aún más espantoso.
—¡Dadle la vuelta! —gritó Mace Tyrell a nadie en concreto—. ¡Dadle la vuelta, sacudidlo por los tobillos!
—¡Agua, que beba agua! —pedía alguien más allá.
El Septon Supremo empezó a rezar en voz alta. El Gran Maestre Pycelle gritó pidiendo que lo llevaran a sus habitaciones para coger unas pócimas. Joffrey se llevó las manos engarfiadas a la garganta; las uñas dejaron surcos ensangrentados en la carne. Bajo la piel, tenía los músculos duros como piedras. El príncipe Tommen gritaba y lloraba.
«Va a morir», comprendió Tyrion. Sentía una extraña calma, aunque a su alrededor reinaba el caos. Otra vez estaban dando golpes en la espalda a Joff, pero tenía el rostro cada vez más oscuro. Los perros ladraban, los niños chillaban, los hombres se gritaban consejos inútiles unos a otros. La mitad de los invitados al banquete se habían puesto de pie, unos se empujaban para ver mejor, otros corrían hacia las puertas ansiosos por salir lo antes posible.
Ser Meryn le abrió la boca al rey para meterle una cuchara por la garganta. En
aquel momento, los ojos del muchacho se cruzaron con los de Tyrion.
«Tiene los ojos de Jaime. —Aunque nunca había visto a Jaime tan asustado—. No tiene más que trece años. —Joffrey intentó hablar, pero sólo emitió un sonido seco como un chasquido. Tenía los ojos dilatados de terror y alzó una mano… en busca de la de su tío o señalando—. ¿Me está pidiendo perdón o cree que puedo salvarlo?»
—¡Nooo! —aulló Cersei—. Ayúdalo, padre, que alguien lo ayude, ¡mi hijo! ¡Mi hijo!
«Visto lo visto —Tyrion pensó en Robb Stark—, mi boda parece cada vez mejor.» Buscó con la mirada a Sansa para saber cómo se estaba tomando aquello, pero en el salón había demasiada confusión y no la vio. Lo que sí vio en cambio fue el cáliz nupcial, en el suelo, olvidado por todos. Se dirigió hacia donde estaba y lo recogió. Aun quedaba en el fondo un dedo de vino purpúreo. Tyrion pensó un momento y lo derramó en el suelo.
Margaery Tyrell lloraba abrazada a su abuela.
—Sé valiente, sé valiente —le repetía la anciana.
La mayor parte de los músicos habían huido, aunque en la galería quedaba un flautista que tocaba una marcha fúnebre. Al fondo del salón del trono los invitados se arremolinaban y se empujaban en torno a las puertas. Los capas doradas de Ser Addam se dirigieron hacia allí para restaurar el orden. Hombres y mujeres salían a la noche; unos lloraban, otros se tambaleaban y vomitaban, algunos estaban pálidos de miedo. Tyrion pensó demasiado tarde que tal vez habría sido mejor que él también se hubiera marchado.
Cuando oyó el grito de Cersei supo que todo había terminado.
«Debería marcharme —pensó Tyrion—. Ahora mismo.» En vez de eso se acercó hacia ella.
Su hermana estaba sentada en un charco de vino y acunaba el cadáver de su hijo. Tenía el vestido manchado y desgarrado, y el rostro blanco como la nieve. Un perro negro y flaco se acercó a ella y olfateó el cuerpo de Joffrey.
—El chico ha muerto, Cersei —dijo Lord Tywin. Puso una mano enguantada en el hombro de su hija al tiempo que uno de los guardias espantaba al perro—. Suéltalo. Déjalo ya.
Ella no lo oyó. Hicieron falta dos guardias reales para obligarla a aflojar los dedos de manera que el cadáver del rey Joffrey Baratheon cayera al suelo, inerte.
El Septon Supremo se arrodilló junto a él.
—Padre de los cielos, juzga con justicia a nuestro bondadoso rey Joffrey —entonó el comienzo de la plegaria por los muertos.
Margaery Tyrell empezó a sollozar, y Tyrion oyó a su madre, Lady Alerie, intentando consolarla.
—Se ha ahogado, cariño. Se ha ahogado con la empanada. No ha tenido nada que ver contigo. Se ha ahogado, lo hemos visto todos.
—No se ha ahogado. —La voz de Cersei era más afilada que la espada de Ser Ilyn—. Mi hijo ha sido envenenado. —Miró a los caballeros blancos, que la rodeaban sin saber qué hacer—. ¡Guardia real, cumplid con vuestro deber!
—¿Cómo decís, mi señora? —preguntó Ser Loras Tyrell, inseguro.
—¡Arrestad a mi hermano! —le ordenó Cersei—. ¡Ha sido él, el enano! ¡Y su mujer! Han matado a mi hijo, a vuestro rey. ¡Apresadlos! ¡Apresadlos a los dos!»

La grandeza de la historia

A pesar de mi pequeña discrepancia con el tono de la Boda Púrpura, tengo la sensación de estar asistiendo a la creación de una de las series más relevantes en la historia de la televisión. Su ambición por mantener la calidad tanto a nivel de escritura como en desarrollo visual la están llevando a trascender el género para equipararse a otras puntas de lanza de la edad dorada de la tele. ‘Game of Thrones’ es mucho más que una serie de fantasía: es una obra subyugante sobre las relaciones humanas, sobre política, sobre las motivaciones que todos escondemos en nuestro interior, sobre la ambición sin límites, el poder y la traición más refinada.

La historia está enmarcada en un universo complejo, con mundos contrapuestos, cada uno con sus peculiaridades y prolíficos detalles tanto en religión, política, sociedad (comida, cómo no, George) y arquitectura; con personajes extraordinariamente construidos y un uso de los elementos fantásticos perfectamente integrados en la trama, sin abusos innecesarios. Esta multitud de aspectos positivos están confluyendo en la consolidación de una obra de una riqueza imaginativa y épica que me deja sencillamente sin aliento. La tercera temporada fue formidable. No adelantaré acontecimientos, pero lo que he visto de la cuarta sigue en esa línea sin decaer ni un instante.

PD Tenía pensado hablar en este artículo también sobre ‘Mad Men’ pero, dado lo que me enrollo, mejor lo dejo para la semana siguiente.

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