Entradas etiquetadas como ‘Simon Reynolds’

Los Rolling Stones y Patti Smith hacen ‘monumentos’ de sus ‘momentos’

'Sticky Fingers' (The Rolling Stones, 1971) y 'Horses' (Patti Smith, 1975)

‘Sticky Fingers’ (The Rolling Stones, 1971) y ‘Horses’ (Patti Smith, 1975)

Casi en conexión los Rolling Stones y Patti Smith, ese par de joint ventures que deberían disfrutar de la jubilación —merecida, sin duda, han cotizado—, han decidido conducir en retroceso.

Los primeros, cuya salud musical es delicada —las transfusiones de sangre y el personal coaching retrasan el deterioro biológico, pero no el creativo— desde, digamos con benevolencia, It’s Only Rock ‘N Roll (1974), reeditan Sticky Fingers (1971) —lo tocaron íntegro en una actuación sorpresa en Los Ángeles, gran cementerio de elefantes—.

El grupo califica el disco en el material promocional de la reedición como “el mejor del grupo” y alguna prensa musical repite el entrecomillado con sumiso respeto. Anoto que estoy de acuerdo en parte: es un tremendo álbum, ardiente y sucio —incluso cumplen una antigua aspiración por vez primera: parecer negros (Can’t Your Hear Me Knocking), pero no mejor que el siguiente disco, el lóbrego (por la heroína consumida) y disparatado (por el alcohol) Exile on Main St. (1972), que grabaron en un château de la costa francesa que había sido cuartel de las SS durante el nazismo.

La señora Smith, que ni siquiera tiene a estas alturas salud musical atribuible y ejerce de embajadora pleniponteciaria de los viejos tiempos, se esmera mientras tanto en clonar en directo Horses, el álbum con el que debutó en 1975 y no sólo el mejor de su carrera, sino el único que no ha criado moho y no merece, como los demás de una discografía con más angosturas que lucidez, residir en el cubo de plásticos y envases.

Lee el resto de la entrada »

Seis libros de 2012 que erizan el alma

Media docena de libros de 2012

Media docena de libros de 2012

¿Cansado del neón cada día más caduco de Murakami, las pendencias no menos rancias de Elvira Lindo, la enésima caricatura de sí mismo de Auster, las guerras dinásticas de Martin y las pendejadas de Pérez-Reverte a quien la vida quizá haya despojado de certezas pero no de capacidad para masturbarse con su propio reflejo?

Van desde este blog, que de vez en cuando acoge libros, seis propuestas, tres de ficción y otros tantos ensayos, de libros publicados en 2012.

Todos llegaron sin el acompañamiento de los feroces tambores de guerra de la mercadotecnia editorial, sin plata para ser anunciados en banners en el gran tablón de anuncios digital, pero son honestos, potentes y —las únicas condiciones necesarias— están bien escritos y mejor construidos.

Literatura,vaya, de esa que te eriza el alma y te acompañará hasta la muerte.

Hagan lo que quieran. Cómprenlos, pídanlos en préstamo, exíjanlos como prueba final de amor o róbenlos (recuerden, como sostenía Roberto Bolaño, que “lo bueno de robar libros y no cajas fuertes es que uno puede examinar con detenimiento su contenido antes de perpretar el delito”).

Para justificar la selección de cada una de las seis obras, republico las reseñas que escribí en su momento, firmadas con mi otra identidad periodística, en la revista Calle 20. En el caso de Nostalgia, al que considero el mejor libro editado en español en 2012, se trata de una entrevista con su autor, el rumano Mircea Cartarescu.

"Retromanía"

“Retromanía”

Adrenalina contra la retroexótica

«¿Puede ser que el peligro más grande para el futuro de nuestra cultura musical sea… su pasado?». Sobre esta pregunta ―temible por su implicación más íntima: si vamos hacia atrás somos retrógrados―, Simon Reynolds desarrolla un análisis de casi medio millar de páginas. Retromanía, el segundo título del crítico músico-social británico que publica la editorial argentina Caja Negra, documenta el «debilitamiento gradual» del pop-rock, su «museificación» (monumento en vez de movimiento, reescenificación y conmemoración en vez de evento), tan ajena al «estar en contra» primario. La conexión malévola de lo hipster con lo retro-fetichista, dice Reynolds, apunta una desoladora escena final: «Así termina el pop, no con un BANG sino con una caja recopilatoria cuyo cuarto disco nunca llegamos a escuchar». ¿Consejo? Dejemos de vivir en el shuffle, superemos el «mal de archivo», sacudámonos de la «retroexótica» y la nostalgia entendidas como «un melancólico languidecer por un tiempo idílico perdido de la propia vida» y busquemos la adrenalina del futuro: «Una sensación eléctrica pero impersonal; se trata de formas nuevas, no de caras nuevas; es un golpe mucho más puro, y más duro. Es la misma adrenalina tan aterradora como eufórica que produce la mejor ciencia ficción: el vértigo de lo ilimitado».
Retromanía. Caja Negra / 448 páginas / 30 €

"Mejor que ficción"

“Mejor que ficción”

Cronistas que sintonizan con la música del presente

Para alguien que alguna vez soñó con ser cronista y se despertó descubriéndose vulgar gacetillero, este libro es una ceremonia bondage: duele y place, amarra y libera. Mejor que ficción es la antología definitiva de la crónica periodística de ahora en idioma español. A la editorial Anagrama, que importó el fulgor del nuevo periodismo yanqui cuando Franco todavía estaba caliente en el ataúd, corresponde el mérito comercial. Al editor, Jorge Carrión, la trasmisión selectiva de 21 nuevos cronistas («humanos capaces de sintonizar con la música del presente, leerla y transcribirla para que también los demás la podamos leer») con gusto, rigor y, sobre todo, compromiso con la no ficción, el género informativo que ha de ser «mejor que la realidad». Las piezas elegidas, todas recientes, no todas pensadas para el papel ―el e-periodismo no es sólo corta-y-pega― están firmadas por Caparrós, Cozarinsky, Guerriero, Vásquez, Wiener…, generosos ejercitantes de la «literatura bajo presión» que no dribla ningún tema de la pesadilla contemporánea. Pese a la adocenante labor de estandarización premiada desde los lobbies y al queme de buena parte del maltratado gremio de los plumillas, la «investigación periodística de ambición literaria», como esta radiante selección pone de manifiesto, triunfa sobre la molicie.
Mejor que ficción. Anagrama / 440 páginas / 22,9 euros

"El show de Berlusconi"

“El show de Berlusconi”

Disparando sobre Il Cavaliere con su propia munición

Declaraciones textuales del ex primer ministro y empresario global Silvio Berlusconi:  «Yo no cuento chistes sin más. Hago uso de los chistes para esculpir conceptos». Il Cavaliere es tan extremadamente paródico (crooner de cruceros, orgías, liftings, mafia, lobby mediático…) que resulta casi imposible parodiarle. Era él mismo quien contaba los chistes y utilizaba todos los escenarios, desde las conferencias de prensa hasta las visitas de Estado. Este libro de Simone Barilari, subtitulado Una historia crítica de la quiebra política, económica y moral de Italia a través de los chistes del Cavaliere, es un retrato de la «carnavelesca época» (casi 18 años) de Berlusconi, utilizando su propia munición, la chanza. ¿Ejemplo? «¿Sabéis cuántos chistes hay sobre los carabinieri? Dos, todo lo demás son historias reales». Para troncharse. O llorar.
El show de Berlusconi. Errata Naturae / 256 páginas / 19,9 euros

"Trilobites"

“Trilobites”

Breece D’J Pancake, el suceso del año

Hace muchos años que no leía nada tan estremecedor como la escueta docena de cuentos que dejó Breece D’J Pancake antes de pegarse un tiro en la boca en 1979, a los 26. Los relatos de Trilobites, que obligan al respeto, al asombro y a la tristeza de la orfandad, nunca antes habían sido publicados en español y la editorial Alpha Decay ocupa otro anaquel de la biblioteca de mi corazón al revelar a un escritor que recuerda al tono epifánico del joven Rilke, pero sin metáforas y en las granjas angustiadas de Virginia Occidental. Tres ejemplos: «Papá y yo levantamos el granero juntos. Miro cada clavo con el mismo dolor sordo»; «siento que mis temores empiezan a disiparse en anillos concéntricos a través del tiempo, durante un millón de años»; «quiero hablar, pero la imagen no quiere convertirse en palabras. Me veo a mí mismo desparramado, cada célula de mi cuerpo a millas de las demás». Construidos con el mismo sangriento esfuerzo con que un poeta consuma el verso final que contiene cualquier posible verso, de una elegante y rural tristeza (¡cuánta falta hace lo rural!), los relatos de Pancake son uno de los sucesos literarios del año. Sólo deseo acabar con estas torpes líneas de recomendación para volver a releerlos.
Trilobites. Alpha Decay / 232 páginas / 21 euros

"Una puerta que nunca encontré"

“Una puerta que nunca encontré”

Pérdida, búsqueda y deseos imposibles de satisfacer

Lo que Thomas Wolfe (1900-1938) dejó por decir pertenece al terreno de la conjetura. Una tuberculosis cerebral a los 38 años le mató demasiado pronto, pero ya era señalado como uno de los narradores estadounidenses de mayor sensibilidad pese a que solo la mitad de su obra había encontrado editor. La novela Una puerta que nunca encontré había sido publicada en 1933, antes que la extraordinaria El niño perdido (1937) ―recuperada el año pasado por Periférica―, pero funciona como una continuación de ésta. Pérdida (de un padre, de un hermano) y búsqueda (en las carreteras sin fin, en la noche) marcan, otra vez, el swing lírico de un escritor que habla como pocos el lenguaje de la tristeza perenne de quienes somos «un amasijo de nervios y de sangre por el peso de los deseos imposibles de satisfacer; porque estábamos carcomidos por un hambre insaciable».
Una puerta que nunca encontré. Periférica / 104 páginas / 15,5 euros

"Nostalgia"

“Nostalgia”

 Mircea Cartarescu: escribir con el tintero en las venas

El viaje de Mircea Cartarescu —cuyo apellido se escribe con los signos diacríticos que del antetítulo, no admitidos por la familia tipografica que utiliza esta revista en los cuerpos de las piezas— se transita en un rewind que culmina en el mareo y conduce a un lugar estriado por las mismas «perspectivas infinitas» de los cuadros de Chirico, entre un viejo molino «rojizo siniestro» y un edificio sin rematar de la periferia quebrada de Bucarest.

«Fuera de ese pasillo estrecho, todo el resto del espacio, del tiempo y del destino humano me resultaba ajeno y temible», dice el escritor, nacido en la capital rumana en 1956. Es una de las voces más potentes y personales de la literatura mundial y un más que posible candidato al Nobel  («a veces pienso en el premio, no tanto por mí como por el hecho de que los rumanos tienen una autoestima muy baja, pero yo ni siquiera albergo esperanzas»).

En España aparece este mes Nostalgia, una colección de relatos sobre «lo que ha sido y no va a volver a ser jamás». El libro, uno de los sucesos editoriales del año, lo publica Impedimenta, que ya había puesto  en el mercado la turbadora nouvelle El ruletista (2010, incluida también en Nostalgia) y Lulu (2011) y anuncia la trilogía Orbitor.

Trabaja como profesor universitario y, aunque ha pensado en dejar su país («me gustaría tener un euro por cada una de las veces en que me he planteado emigrar de Rumania, sin duda me haría rico»), al que considera aquejado de un clima moral «insoportable» y con la clase política «dominada por un populismo sin escrúpulos», asegura que nunca traicionará al paisaje de su memoria a no ser que le obliguen. En tanto, este hombre de mirada azabache compone libros que parecen escritos con la pluma mojada en el tintero de las venas o el «hálito helado de la locura».

¿Por qué Nostalgia entiende la mirada al pasado como una profundización en «la ruina de todas las cosas» ?, ¿qué nos estamos dejando en el camino?, pregunto al escritor en una entrevista por correo electrónico. «Nuestro mundo común, ese que aprendemos de las palabras de los adultos, no es menos ilusorio que el de la infancia. Está tan solo más organizado y, por ello, es más pobre. Y si queda en él algo todavía poético (es decir, imprevisible y enigmático), ese algo solo pueden serlo las ruinas. Las ruinas y la nostalgia son una y la misma cosa. No conocemos sino la poesía de la destrucción, de la renuncia, de la decepción, de la resignación. Sabemos que no podemos progresar mucho más en la dirección en la que avanzamos. Nos obsesiona el final, el apocalipsis. De ahí que imaginemos el pasado como un paraíso».

Mircea Cartaarescu, © Zsolnay Verlag  - Heribert Cornbn

Mircea Cartaarescu, © Zsolnay Verlag – Heribert Cornbn

En el relato El Mendébil, un niño prodigioso como un monstruo se convierte en un oráculo para una pandilla de pillastres entre los que está, lo sabemos, Cartarescu. El niño proclama: «La bóveda celeste no es sino el cráneo de un niño gigante, que también es idéntico a mí». Una de las preguntas que formulo a distancia al escritor se refiere a la calidad fosfórica de Bucarest, el brillo verdinegro que parece emanar del interior de la ciudad. «Mi Bucarest no es el de la realidad sino el que ha sido construido bajo mi bóveda craneal, como esas bolas de cristal en las que nieva si les das la vuelta. No tiene nada que ver con la ciudad real, está construido a partir de la lógica de mi mente, ha crecido conmigo y se  parece a mí. Mi Bucarest es el verdadero,  no la aglomeración de edificios que recibe ese nombre», contesta, él mismo un mendébil alucinado.

Como los escritores a los que admira («cada nueva lectura era como una nueva vida. Fui, sucesivamente, Camus, Kafka, Sartre, Céline…»), la exploración de Cartarescu, que se define como «solitario, un buscador de la verdad interior, el único cartarescólogo del planeta», es temática: encontrar y enfrentarse a su «hermano negro», su doble. ¿Quién es? «Mi hermano negro (porque no puedo recordarlo) es mi gemelo Víctor, desaparecido a la edad de un año. Todos los años, el día de mi cumpleaños, deposito flores en su tumba. He escrito 1.500 páginas [Orbitor] para poder reencontrarlo en los sótanos de mi mente. La trilogía termina con nuestro encuentro en el laberinto de la historia, dramático como el enfrentamiento entre Teseo y el Minotauro.  Este reencuentro cierra mi libro y, junto con él, el universo. Más allá de este accidente biográfico, todos tenemos un gemelo escondido, recesivo, oprimido. Se trata habitualmente de una hermana si somos hombres y de un hermano si somos mujeres. Muchas veces, en nuestra vida, el gemelo se rebela y exige sus derechos».

La respuesta devastadora me lleva a escribirle un email con cierta urgencia: «Necesito saber, y creo que los lectores también querrán saberlo, qué pasó con Víctor, cómo murió». A los pocos minutos el escritor responde desde un iPad: «Ojalá supiera lo que pasó con mi hermano. Nadie lo sabe. El asunto es demasiado doloroso y no quiero insistir en él».

Nostalgia. Impedimenta / 384 páginas / 23,95 €

 Ánxel Grove

La ‘retronostalgia’ del ‘Swinging London’

Frank Habicht - "My heart leaps up when I behold"

Frank Habicht - "My heart leaps up when I behold"

Propuesta de resumen abreviado del Swinging London.

Primero, un mandamiento de la suma sacerdotisa Mary Quant: “Una mujer es tan joven como sus rodillas”. Es inncesario añadir que la señora Quant vendía minifaldas.

Segundo, una canción: Itchycoo Park, de los siempre bien planchados Small Faces. La letra pringa como melaza y tiene el grado exacto de himno para el campo de fútbol: Be nice and have fun in the sun / It’s all too beatiful (Sé amable y disfruta al sol / Todo es tan hermoso).

Tercero: un símbolo femenino. Jean Shrimpton, La Gamba (The Shrimp). Una patada al canon de la voluptuosidad: piernas extralargas, figura delgada, melena con flequillo, pestañas ténues pero extremas, cejas arqueadas y —algunos pecados nunca cambian— labios sensuales.

Cuarto, un símbolo masculino. Mick Jagger, dandy, vicioso, millonario, con agenda social repleta y un Aston Martin en las antiguas caballerizas de la mansión. Tenía ventitantos y ya necesitaba asesores contables.

Frank Habicht - "Mick Jagger profile"

Frank Habicht - "Mick Jagger profile"

Quinto, un icono gráfico. La Union Jack. Un símbolo patriotico del siglo XVII para una supuesta revolución. Muy british: vamos a ponernos hasta las cejas, pero el té, ni un minuto después de las 5 de la tarde.

Sexto: ¿vamos esta tarde otra vez a Carnaby Street?.

Séptimo: una película. Modesty Blaise (Joseph Losey, 1966). No compensa ni el tiempo de bajada desde un torrent.

Octavo: una serie de televisión. The Avengers (Los vengadores), cuyos actores tienen gran importancia en los estampados de los bolsos de la fauna modernaria de hoy. Ella llevaba catsuit y él —ya les hablé del té a las cinco, ¿verdad?— bombín y paraguas.

Noveno: gurús. Los Beatles, primera industria nacional en importación de divisas e intocables moralmente pese a que actuaban en países sometidos a dictaduras donde se reprimían las libertades de pensamiento y expresión: la España de Francisco Franco (1965) y la Filipinas de Ferdinand Marcos (1966).

Décimo: una crónica condensada. “Parecía que nadie estaba fuera de la burbuja, observando qué raro, superficial, egocéntrico e incluso horrible era todo“, escribió el periodista Christopher Booker.

Frank Habicht - "Live it to the hilt!"

Frank Habicht - "Live it to the hilt!"

Retratándo el elenco al completo —siempre hay excepciones: a los Beatles nunca consiguió hacerles una foto, el manager Brian Epstein filtraba a los fotógrafos segúnlos dictados del capricho personal— estaba Frank Habicht.

Nacido en Hamburgo (Alemania) en 1938, lo tenía todo para triunfar en el Swinging London: gracia, caradura y belleza física, un valor que los ingleses tienen bastante en cuenta, acaso porque en general son de un rojizo que se inclina hacia lo desagradable. Habicht tenía la edad justa (ventitantos, un pasaporte a la gloria entonces), el aspecto justo (pelo ensortijado, labios carnosos, cierta catadura de truhán) y estaba en el lugar justo.

Las fotos que hizo como freelance durante los años en que la capital inglesa era el lugar más dinámico del mundo —sobre todo según los editores de moda, entre ellos la gran manejadora Diana Vreeland, boss de Vogue— son hoy un agradable pasatiempo para ejercer la retronostalgia, eso que Simon Reynolds llama el “melancólico languidecer por un tiempo idílico perdido de la propia vida” y que queda tan adecuado colgado de la pared del vestidor.

Una falsa motorista sostiene un cigarrillo en la comisura de los labios como una falsa fumadora, una chica desnuda avanza hacia un señor —¡bingo!, con bombín— montado en un caballo, los asistentes a un marriage a la mode —que viene a ser una boda pero en ropa interior— posan con descuidado cuidado…

Frank Habicht - "Bare essentials"

Frank Habicht - "Bare essentials"

El gran Paul Strand opinaba que la fotografía debe ser un “registro de tu vida”. Según esa acertada y simple máxima, la vida de Habicht fue una pose.

En su página web —una de ésas que están escritas en tercera persona, lo cual nos otorga la visión de fantaciencia del fotógrafo tratándose a sí mismo de él, como siendo capaz de desgajarse en dos entes diferenciados—, Habicht afirma que sus imágenes capturan el “espíritu deshinbido” de un tiempo arcádico y “documentan socialmente a la juventud de Londres”. Aprovecha para intentar vender el par de libros que ha publicado con el mismo mensaje.

Ni un mohín de disgusto, ni un atisbo de angustia, ni una sola expresión de la náusea de la existencia y el terrario de insectos de la vida… Esto no es un inventario, es un álbum de vacaciones, un flashback manipulado. Excepción —siempre las hay, nada es rígido—: la foto de la manifestación pacifista con la actriz troskista Vanessa Redgrave al frente.

No me sorprende saber que el autor de estas fotos frías de un tiempo en apariencia caliente vive desde los años ochenta en una remota isla de Nueva Zelanda y se dedica a retratar paisajes y arrecifes de coral. Quizá en esa labor no necesite mentir: un atardecer no se desnuda aunque el fotógrafo se lo ordene.

Ánxel Grove

Frank Habitch - "Peace Message (Vanessa Redgrave)"

Frank Habitch - "Peace Message (Vanessa Redgrave)"

Frank Habicht - "Marriage a la mode"

Frank Habicht - "Marriage a la mode"

Frank Habicht - "Amazed to be"

Frank Habicht - "Amazed to be"