Entradas etiquetadas como ‘M.C. Escher’

Pinturas de un planeta que pide socorro

'Compulsive Actions' - Michael Kerbow

‘Compulsive Actions’ – Michael Kerbow

Convoy es una pintura terrorífica y gris, una procesión de vehículos tan densa que no parece existir el suelo bajo ellos. El cielo está atiborrado de helicópteros, aviones de combate y de pasajeros. Todos van en la misma dirección, pero en realidad desconocen el destino. Michael Kerbow reflexiona así sobre “nuestra continua confianza en el combustible fósil”. Sentencia que “hemos escogido un camino”, y sin embargo “no está claro a dónde nos lleva este viaje”.

En diferentes series de trabajos se refiere al consumo, a la aberración, a la transgresión… Los planteamientos que escoge para representar estas ideas no son agradables, pero las obras contienen cierta belleza aterradora en la composición. El modo en que se entrelazan las carretera es una evocación de M.C. Escher; en la distópica visión industrial de una inmensa construcción ennegrecida hay un homenaje a La torre de Babel de Pieter Bruegel el Viejo.

'Convoy' - Michael Kerbow

‘Convoy’ – Michael Kerbow

Las pinturas son excesivas como las montañas de un vertedero saturado. En la brutal masa de coches destrozados, cangrejos vivos trepando unos sobre otros o carreteras enmarañadas subyace un mensaje de sobreexplotación y socorro, una alerta sobre el inminente agotamiento de la Tierra.

El autor estadounidense se adentra en “las posibles consecuencias de nuestras acciones” y cuestiona “la racionalidad” del ser humano cuando se trata de evitar el desastre. Las figuras humanas, sin embargo, no existen. No conviene olvidar que las visiones de Kerbow descubren un mundo que cada vez tiene menos de fantasía y más de naturaleza muerta.

Helena Celdrán

'Barrow' - Michael Kerbow

‘Barrow’ – Michael Kerbow

'False Hope' - Michael Kerbow

‘False Hope’ – Michael Kerbow

'Their Refinement of the Decline' - Michael Kerbow

‘Their Refinement of the Decline’ – Michael Kerbow

'Snarl' - Michael Kerbow

‘Snarl’ – Michael Kerbow

'Black Swarm' - Michael Kerbow

‘Black Swarm’ – Michael Kerbow

'The Sad Times' - Michael Kerbow

‘The Sad Times’ – Michael Kerbow

Un trabalenguas visual con sólo un par de manos

La mano izquierda tiene un reloj en la muñeca y una anotación en el envés: “comprar tinta”; la derecha tiene una araña tatuada. El truco permite al espectador darse cuenta de que el par de manos que se reproduce es siempre el mismo y el comienzo es más o menos claro, pero pronto las acciones son demasiado rápidas y es fácil perderse, la espiral de imágenes que manipulan los dedos es cada vez más compleja y la mente no sabe interpretar el despiste.

Willie Witte, el autor del trabalenguas visual, hace documentales y en sus ratos libres explora las posibilidades del montaje de vídeo. En Screengrab (que se podría traducir por agarrar la pantalla) desarrolla un proceso con el que todavía está experimentando: imprime fotogramas (frames) de la misma grabación y con las imágenes congeladas construye transiciones que seguramente cautivarían  a M.C. Escher. Según Witte, el vídeo no contiene imágenes generadas por ordenador, sólo material grabado con una cámara y montado para crear las ilusiones.

Helena Celdrán

Redescubren a Domencio Gnoli, el último renacentista

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli – Chemisette Verte, 1967

Como si se tratase de una cartografía, un conjunto de primerísimos planos a la altura de la piel, los cuadros del pintor Domenico Gnoli trocean el cuerpo humano y sus vestimentas. Son acrílicos de delicadeza renacentista que encapsulan un cuello, una botonadura, la raya de un peinado, la silueta de un zapato, la arquitectura de la trenza del pelo femenino, la perfección mecánica del nudo de una corbata…

Pintor olvidado —por eso hoy lo asomamos a Top Secret, nuestra sección dedicada a tesoros ocultos—, prematuramente muerto (a los 36 años, de un cáncer fulminante) y muy ajeno a las modas conceptuales de su tiempo o al arte povera de sus compañeros italianos de generación, Gnoli tuvo éxito en vida, pero sobre todo como ilustrador de revistas y diarios. Sus cuadros, diseminados en colecciones privadas, sólo han salido a la luz gracias a la reciente exposición Paintings, 1964-1969, que celebró este año la galería Luxembourg & Dayan de Nueva York.

Domenico Gnoli - Braid, 1969

Domenico Gnoli – Braid, 1969

Hijo de un historiador de arte y una ceramista, Gnoli (Roma, 1933 – Nueva York, 1970) fue un bon vivant (un “muchacho dorado que tuvo éxito en todo”, según recuerda la galerista neoyorquina responsable del redescubrimiento) que se dedicó a la escenografía teatral en Londres y París, a la pintura por simple placer personal, a la ilustración en revistas de renombre (Sports Illustrated, Horizons…) y a recorrer mundo. Desde 1963 vivio en Mallorca, en el pueblo bohemio de Deià, donde conoció y se casó con la también artista Yannick Vu.

“Siempre utilizo elementos simples a los que no añado ni quito nada. No pretendo distorsionarlos: los aislo y represento. Proceden de la vida cotidiana y no quiero actuar contra ellos. Siento la magia de su presencia“, explicó el artista en una de las escasas declaraciones que se conservan de su corta estadía en el mundo.

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Los críticos, que han visto en la exposición guiños al surrealismo en vigilia de Rene Magritte, los mundos de absurda pero lógica regulación de M.C. Escher y la delicadeza detallista y proporcionada del Quatroccento, destacan a Gnoli como cirujano de la burguesía pudiente de los años sesenta, a la que sistematiza mediante la ampliación, casi hasta el absurdo, de los rincones de la vestimenta y el aspecto. Creo que esta lectura, quizá cierta, es demasiado fría.

Resulta más justo situar a este pintor deslumbrante —sobre todo en su extrañeza al compararlo con sus contemporáneos— en la misma estela que Mantegna y Massacio, obsesionados con la luz, la perspectiva y la observación. Al contrario que los fabricantes del arte pop, fotocopiadores mecánicos, Gnoli era un artesano convencido, con razón, de que los detalles de nuestra segunda piel nos edifican y revelan.

Ánxel Grove

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Domenico Gnoli

Como dibujar con dos tocadiscos

“Las revoluciones del tocadiscos crean dibujos que sirven como indicadores de temporalidad“, dice el estadounidense Robert Howsare, inventor de Drawing Apparatus (Aparato de dibujo).

Es una máquina simple, pero de resultados complejos. Howsare añade un saliente a cada uno de los dos vinilos que giran en dos tocadiscos. El de la izquierda se mueve a 33 revoluciones por minuto; el de la derecha, a 45.

A esos dos salientes les adjunta un brazo de madera que sostiene un bolígrafo. El papel se llena de elipses -al principio caóticas- que comienzan pronto a organizarse en curvas matemáticas que forman figuras en tres dimensiones. El sonido del bolígrafo, guiado por el brazo de trayectoria cíclica, marca un ritmo monótono pero atractivo que el diseñador describe como “hipnótico y sensual”.

Cuantas más veces gira el disco, mas intrincada se vuelve la ilustración. La técnica recuerda al viejo espirógrafo, a un patrón infinito de M.C. Escher, a una clase de geometría.

Howsare, estudiante de Bellas Artes en la Universidad de Ohio, no tenía más pretensión que jugar con elementos conocidos para explotar sus posibilidades creativas, buscar la belleza de la sencillez. bujInvirtió menos de 50 dólares (unos 37 euros) en su robot dibujante y los giradiscos son aparatos de los años setenta que rondaban por la casa familiar.

Helena Celdrán

Un oso saliendo de las fauces de un oso

'Polar Bear' - Jessica Fortner

'Polar Bear' - Jessica Fortner

En muchas de sus obras, la canadiense Jessica Fortner parece dibujar con el único pretexto de crear cenefas infinitas que salen de sí mismas como en un cuadro de M.C. Escher.

Tuvo un pasado de escultora que la encorsetaba. Se sentía incómoda con la masa moldeable y le faltaba espacio en el diminuto apartamento que comparte con su novio en Toronto. Hace poco dejó de modelar y se rindió a la ilustración. “Me encanta la libertad de simplemente dibujar cualquier cosa que pueda imaginar”, dice entusiasmada.

Esta semana traigo a la sección de Obsesiones el trabajo de Fortner, que causa una especie de hipnosis cuando se observa con detenimiento: las escamas de una serpiente enroscada, el pelaje y los dientes de unas criaturas diabólicas que se multiplican, los garabatos que sustituyen a las caras de una multitud pasiva, un oso saliendo de las fauces de un oso…

Sabe imaginar y lo mejor de todo es que no puede dejar de hacerlo. Confiesa que se obsesiona con rapidez cuando dibuja patrones complejos, que ama la simetría, la geometría y los reflejos. Cuando inicia uno de estos esquemas sin planearlos, los dibujos se complican más y más. Jessica Fortner sólo puede dejar el lápiz sobre la mesa cuando, exhausta, ha terminado.

Helena Celdrán