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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

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El cine español también habla en catalán

La Academia de Cine español, o de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España, como pomposamente se denomina oficialmente, ha mostrado mucho, muchísimo sentido de la oportunidad al revelar el jueves 7 que el seleccionado para representar a España en la feria hollywoodiense es un pequeño gran filme rodado en catalán: Estiu 1993, también estrenado en su versión en castellano, con las voces de los mismos actores como Verano 1993.

Si los miembros de la Academia se hubiesen puesto de acuerdo para planificar la coincidencia no les habría podido salir mejor. Lo anuncian precisamente en pleno vórtice del huracán, justo el momento en que todos los demonios se han desatado en el Parlament para ofrecer urbi et orbi un espectáculo que en algunos episodios parece seguir el guión anticipado por Groucho Marx en esta escena de Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933). Confrontados los presidentes Rajoy y Puigdemont con el de Fridonia y el embajador de Silvania no sabría yo decir quién de ellos me ofrece mayor fiabilidad.

La elección de Verano 1993 puede leerse como una proclama a los cuatro vientos con gato encerrado político : “el cine catalán es español y aquí no discriminamos a nadie”. Aunque no digo yo que los señores académicos hayan pretendido colar ese mensaje por lo bajini, sería ridículo pensarlo porque los tiempos de las instituciones concernidas son muy diferentes. De hecho hay otros precedentes que eliminan cualquier sospecha de oportunismo: Pa Negre, de Agustí Villaronga (2012) en catalán, y Loreak, de José María Goenaga y Jon Garaño (2016), en euskera, dan fe de ello. Nadie entonces se rasgó las vestiduras, salvo los profesionales de la “desastrería”. Mucho más lejos queda Ese oscuro objeto de deseo, de Luis Buñuel, que al fin y al cabo había sido rodada en español y francés en 1978.

Pero la Academia dobla la apuesta: “Y para mejor prueba de que sólo elegimos las que consideramos mejores, no aquellas que puedan tener mayores posibilidades de agradarles, les decimos a los yanquis que a son de qué tantos millones para producir bazofia embrutecedora cuando se puede hacer una buena película que nos hable del alma humana con cuatro euros”. Otra cosa es cómo se tomarán allí semejantes lecciones. Ya se lo puedo anticipar: mal; lo más probable, y no quiero ser agorero, ojalá me equivoque, es que no pase la criba y no la admitan entre las finalistas. Tranquila, Carla Simón, eso no debe importarte, lo que estaba en tu mano ya lo has hecho muy bien. Y que salga el sol por la Costa Brava.

Me pregunto desde cuándo prevalece este criterio en la Academia, porque hubo un tiempo en que era más bien el contrario, se elegía, o pretendía elegir, la película que más posibilidades tenía de sintonizar con los gustos norteamericanos. Después del Oscar que ganó José Luis Garci, hasta nueve veces confiaron en su mano para repetir la jugada. Luego las cosas acabaron mal entre el director de Solos en la madrugada y la Academia, y enhorabuena al premiado, si me ven contigo diré que no te conozco. A ¡Pedroooo! también le tuvieron la misma fe, otras nueve veces. Y luego la cosa se fue repartiendo de tal manera que ya resultó imposible comprender los designios de ese cerebro colectivo que conforman los académicos reunidos y desentrañar algún patrón de análisis que diera con el éxito en The Academy. Entre el cine de Carlos Saura y el de Juan Antonio Bayona, o el de Antonio Giménez-Rico y Fernando León de Aranoa, o el de Carlos Vermut y Vicente Escribá, por citar algunos ejemplos dispares, ha oscilado el olfato. Por probar que no quede, total se trata de una lotería, deben de pensar.

Con sin criterio, cuatro son los Oscars (a la Mejor película de habla no inglesa) que han recalado en nuestra cinematografía: Volver a empezar, de José Luis Garci en 1982, Belle Epoque de Fernando Trueba en 1993, Todo sobre mi madre de Pedro Almodóvar en 1999 y Mar adentro de Alejandro Amenábar en 2004. Cuatro bingos y diecinueve líneas. O sea, cuatro Oscars de diecinueve participaciones en la final. Sin contar ni el de don Luis Buñuel, que tuvo que rodar El discreto encanto de la burguesía en Francia y representar a ese país en 1973; ni el de Juan José Campanella con El secreto de sus ojos, que figura como algo nuestro por ser coproducción hispano-argentina. El irredento Buñuel (“don Luis”, como llamaba Paco Rabal a quien le trataba como “sobrino”) no fue a recoger la figurilla, pero posó disfrazado de esta guisa con ella:

Don Luis Buñuel se burla del Oscar

En cualquier caso, más allá de que se considere acertada o no respecto a lo que se persigue, o en términos meramente de narrativa cinematográfica (uno, por ejemplo, hubiera escogido No sé decir adiós, de Lino Escalera, que ni siquiera estuvo en la terna final) la decisión de la Academia este año demuestra mucha más cordura y racionalidad, y desde luego mucho menos sectarismo, que la política seguida por nuestros insufribles gobernantes, Gobierno central-PP y Gobierno autonómico-independentistas. Y no andamos muy sobrados precisamente, dado el clima de intolerancia y enfrentamiento que entre todos ellos han alentado.

Véase como ilustración la cadena de réplicas y contrarréplicas que sigue al anuncio oficial en Twitter. Hay quien se muestra hipersensible si se usa el título en castellano, a quien se le pasa por la cabeza las implicaciones políticas de las que he hablado aquí, a quien le parece un disparate y mayor aún por la participación de Televisión Española, a quien le escuece que se subtitule en inglés y no en castellano, y a quien le parece que “no tenéis vergüenza”. ¡Faltaría más que no hubiera salido ningún elemento de la caverna a opinar de la cosa!

 

Por lo pronto, la elección de esta pequeña joya intimista como candidata a competir por el Oscar, de la que no se alabará suficientemente el conmovedor trabajo de la pequeña Laia Artigas, ha servido para que se estrene en 21 salas más, 15 de ellas en versión doblada al castellano, y para que aumentara su taquilla un 320%. Y esto, que está muy bien, tan sólo acaba de comenzar.

Laia Artigas en un plano de Estiu 1993

El dolor en tres tiempos

El dolor de una niña huérfana, el dolor de una hija ante la agonía de su padre, el dolor de una madre por su hijo y por su pueblo. Tres películas que conmueven porque nos acercan a la comprensión del ser humano en todas sus escalas, individual, colectiva e histórica. Dos de ellas son españolas, Verano 1993 y No sé decir adiós y ayer fueron honradas por el Festival de Málaga, no tardarán en estrenarse. La tercera es francesa, Una historia de locos (Une histoire de fou) y nos llega con un retraso de dos años, incomprensible, pues la firma Robert Guèdigian, el director francés que testimonia con su cinematografía valores tan devaluados en el tiempo presente como la solidaridad, la amistad y el amor, que dice él puede sonar cursi pero es el oxígeno para la vida humana.

  1. EL DOLOR DE UNA NIÑA. VERANO 1993 (Estíu 1993). Carla Simón.

Captar el dolor y el estupor de una niña de seis años cuando pierde a su madre y se ve obligada a cambiar de vida, de colegio, de espacio de juegos, de padres a los que sustituyen sus tíos, es una tarea dificilísima. Carla Simón ha optado por una estrategia narrativa naturalista con la que reproduce la cotidianeidad expresada en los detalles que aparentemente carecen de toda relevancia pero que son las cosas que configuran el universo infantil, la negativa de la niña a beber la leche, el baño en el rio, los juegos con muñecas de ella y su prima… Toda la película pasa a través de los ojos de esa niña, prodigiosamente encarnada por Laia Artigas, que nos pregunta constantemente con su tristeza contenida si es justo lo que le ha pasado.

En su opera prima, que llegó a Málaga con el premio del jurado Generación Kplus de la Berlinale y se lleva del Festival la Biznaga de oro a Mejor Película, Carla Simón afronta la labor de mostrar ese dolor, el dolor de su propia infancia y la pérdida de sus padres, con la decisión firme de desdramatizar la situación, poseída por un sentido del pudor que le impide crear secuencias lacrimógenas que desvirtúen la verdad de algo tan vigorosamente incomprensible. A la voluntad manifiesta de los tíos de la niña de desterrar la tristeza para que no sufra y supere lo antes posible la herida se suma idéntico propósito en la directora.

La aflicción soterrada en el ánimo de la pequeña asoma de tanto en tanto de manera imprevista y sofocada y alcanza su máxima expresión en la última secuencia, la única en que la emoción desborda todo deseo de contención de Carla Simón y pone de relieve tanto el valor de su apuesta estilística como el de la increíble interpretación de la niña Laia Artigas, que instantes después de estar jugando alegremente prorrumpe en un llanto desconsolado que le impide articular una sola palabra.

Y la Academia, que tiene prohibido conceder Goyas a menores no podrá ni nominarla. Que me perdonen pero yo no lo entiendo.

  1. EL DOLOR DE UNA HIJA. NO SÉ DECIR ADIÓS. Lino Escalera. 

Lo que lleva a Carla, inmensa Nathalie Poza, como acostumbra, a llevarse a su padre, inmenso Juan Diego como siempre, a otro hospital tiene mucho más que ver con la impotencia que con el raciocinio, con la negación de la realidad que con el cálculo de probabilidades de cura del cáncer, tan avanzado como para ofrecer una perspectiva de vida cifrada en semanas.

Natalie Poza ha sido reconocida con la Biznaga de Plata a Mejor Actriz en Málaga y doy fe de que no es una decisión tomada a la ligera porque en mi humilde opinión es una de las intérpretes más sólidas y creíbles de nuestra escena, que lamentablemente no se prodiga demasiado en el cine. Desde que Manuel Martín Cuenca me permitiera tomar conciencia de su valor, primero en La flaqueza del bolchevique (2003) y después y sobre todo en Malas temporadas (2005) tengo para mí que estaba pidiendo a gritos un personaje como el que le ha ofrecido el también debutante, Lino Escalera, él igualmente necesitado de exorcizar fantasmas del pasado, como Carla Simón,  y arreglar cuentas emocionales con un destino que le arrebató a su padre sin contemplaciones y con paños avinagrados por el cáncer.

Lino Escalera y su coguionista Pablo Remón han cerrado el arco descriptivo de los personajes hasta dejarlo en la médula, la esencia del relato que penetra en los pacientes, no sólo en el moribundo, sino en sus sufrientes hijas, para reventar el dolor en carne viva. Ese moribundo, como he dicho más arriba, es Juan Diego a quien el jurado de Málaga ha querido pedir perdón por no otorgarle una Biznaga de Plata a Mejor Actor sacando de la chistera la idea de la Biznaga a actor secundario. Poco importa. No hay premios ya que estén a la altura de una carrera en la que, papel tras papel, el actor se la juega entregando el alma. El Festival de Málaga ha sido avispado y generoso con Juan Diego y se ha prestigiado a sí mismo concediéndose el honor de premiarle hasta en cuatro ocasiones, una de ellas, en la décimo segunda edición en 2009, a toda su carrera; la última vez en 2014 por su entrañable y gruñón paralítico en Anochece en la India (Chema Rodríguez).

Es sorprendente el rigor y la espartana determinación de Lino Escalera de contar cómo se muere su padre y en qué extraño desconcierto se sumen sus dos hijas (“chapeau” también para Lola Dueñas con un personaje menos propicio para el lucimiento). Directo al hueso del suplicio, sin regodearse en él y sin la menor concesión, sin coartadas de humor desengrasante, sin elementos de relajación para el espectador. Tan solo la minuciosa descripción de cómo el cuerpo de un padre se apaga y una hija siente cómo le amputan una parte importante de sí misma.

  1. EL DOLOR DE UNA MADRE. UNA HISTORIA DE LOCOS (Une histoire de fou). ROBERT GUÈDIGUIAN.

Hay quienes se empeñan en que Robert Guèdiguian no salga con sus bártulos de Marsella. Con su troupe de actores irrenunciables y sus temas locales que él convierte en universales gracias a la alquimia de su cámara, a este francés de origen armenioalemán, ateo y comunista irredento, se le toleran todas las variaciones de que sea capaz en un estilo que alcanzó su máxima definición en Marius y Jeannette (Un amor en Marsella), 1997, pero se le reprocha que saque los pies del tiesto con obras históricas rodadas en otras tierras

Lo hizo con un retrato sereno del último presidente francés que reclamaba para sí la estirpe de la “grandeur” en la recta final de su ciclo político y vital: Presidente Miterrand (El paseante del Champ de Mars), 2005. Y cuatro años después narró la lucha heroica de combatientes internacionales en la Resistencia francesa comandados por el poeta obrero armenio Missak Manouchian: El ejército del crimen. Pero tenía pendiente un encargo que había recibido decenas de veces allá por donde iba con sus películas, dar testimonio del dolor de su pueblo, el dolor que no cesa por la memoria de un genocidio que ocupa un puesto muy bajo en la clasificación por importancia de los holocaustos (porque hay uno de primera y los demás son de segunda o de tercera división), el genocidio armenio de principios del siglo XX perpetrado por el imperio otomano, cuyos descendientes turcos nunca reconocieron.

Una madre armenia, quién si no Ariane Ascaride, se siente responsable de haber empujado a su joven hijo a combatir por su pueblo. Aram, nacido en Marsella, se enrola en una organización terrorista a través de la que hacer estallar una bomba contra el embajador turco en París y posteriormente parte para ser adiestrado en Beirut. La madre vive un infierno cuando conoce las actividades de su hijo y decide ir al encuentro de un superviviente, víctima casual del atentado.

Guèdiguian nos habla del dolor de la madre con la fuerza que le da la interpretación de su fiel compañera, Ascaride; nos habla del destrozo físico y moral sufrido por el joven que accidentalmente se encontraba en el lugar del atentado. Y sobre todo nos habla de la mutilación de todo un pueblo, el armenio que sufrió entre 1915 y 1923 el asesinato indiscriminado y la deportación de más de millón y medio de ciudadanos. Un pueblo que reclama desde hace casi un siglo la reparación del Gobierno turco mediante el reconocimiento de aquéllos brutales hechos históricos que aún hoy sigue tozudamente negando.

José Antonio Gurriarán se encuentra con los autores del atentado

Para elaborar el guion de Una historia de locos Guèdiguian ha rescatado la historia del periodista español José Antonio Gurriarán, subdirector del diario Pueblo cuando sufrió en su propia carne el 30 de diciembre de 1980 la fatalidad de encontrarse en el lugar de un atentado. Lo que le interesó de ella fue la inaudita decisión de Gurriarán, narrada en su novela La bomba, de interesarse por los motivos que movían a quienes le habían destrozado las piernas y la vida. El periodista español, como el protagonista de la película de Guèdiguian, viajó a Beirut para encontrarse cara a cara con el hombre que pulsó el detonador. No para reprochárselo amargamente, sino para que ambos compartieran y comprendieran el dolor del otro. Toda una lección de humanidad. (Ver reportaje en Días de cine)