Europa inquieta Europa inquieta

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PEGIDA: “Somos el pueblo”… y queremos impedir que otros lo sean

En uno de los vídeos subidos a YouTube apenas se aprecian rasgos de tribu alguna. Una masa de gente heterogénea. Jóvenes, jubilados, trabajadores, precisa en su crónica Luis Doncel, corresponsal de El País. Eso parece, y eso al parecen son, con alguna llamativa excepción. Gritan, como hace 25 años, “somos el pueblo”. Con la diferencia que no lo gritan para constituirse en sujeto político –como lo hacían entonces sus compatriotas de la DDR– sino para impedir que otros opten también a ser ciudadanos de pleno derecho.

Miles de personas participan en la novena manifestación semanal convocada por Pegida (PEGIDA).

Miles de personas participan en la novena manifestación semanal convocada por Pegida (PEGIDA).

Son alemanes y se dicen patriotas. Se manifiestan todas las semanas desde hace unos meses, con puntualidad germánica, en algunas ciudades del país para denunciar “que no cabe un extranjero”, que “las autoridades nos traicionan” y algunas consignas más sacadas del prontuario xenófobo… que paradójicamente no conoce fronteras. Bajo el acrónimo de PEGIDA, los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente amalgaman los miedos viscerales de parte de la sociedad a la inmigración y la pluralidad religiosa y los traducen en marchas a mayor gloria de la cultura doméstica, “la nuestra”.

No se sabe demasiado sobre quiénes forman PEGIDA. Aquí, aquí y aquí tenéis varias crónicas sobre lo que estos días ha pasado en Dresde y otras ciudades; también detalles de la formación, que no es un partido político de extrema derecha, pero que tampoco se niega a recibir apoyos aunque estos provengan de rincones turbios. No exhiben la tradicional estética paramilitar, nostálgica del nazismo, que provoca rechazo instintivo en Alemania. Se presentan como eso, como El Pueblo, lo que hace más complicado aún su desactivación.

Hermann Tertsch escribe en ABC que el “problema no es PEGIDA”, sino “el brutal islamismo bélico en expansión”. Es una forma de verlo. Yo también estoy en contra de la islamización de occidente… y de la cristianización también, y de la runnerización si es necesario. Faltaría más. El “no leímos a Voltaire para acabar así” y todo eso. Pero el bueno de Hermann no lleva razón. Lo que pretenden los manifestantes de PEGIDA no es luchar contra el fanatismo religioso, sino impedir todos los fanatismos salvo el suyo. Dicen defender las raíces de Europa y en realidad no hacen más que arrancarlas de cuajo, atrincherarse en el pozo de su añorada weltanschauung.

PS: Me llama la atención, no sé a vosotros, el sintagma “patriotas europeos”. No porque no lo sean, sino porque me hace pensar, con  tristeza, en que los ciudadanos europeos que no somos ni xenófobos ni ultras ni fanáticos hemos desistido de considerarnos patriotas. Hemos abandonado, por omisión, el concepto ‘patriota europeo’ en manos de gente que no se merece tal calificativo, y que usa y abusa de él a mayor gloria de su visión cainita de la sociedad.

PS2: Espero poder contaros algo “nuevo” sobre PEGIDA cuando vayan conociéndose datos, filiaciones y lea análisis de especialistas (que de momento no he encontrado). Mientras tanto, os dejo con este vídeo que me ha pasado mi compi Guillermo sobre la manifestación del lunes.

El (mi) olvido de la Europa social

Lo que sigue es una especie de autocrítica:

Me regañaba cariñosamente el otro día mi prima María (que sabe mucho de muchas cosas, pero sobre todo dedica su vida profesional de abogada a asistir a los débiles) que veía el blog demasiado “intelectual” y poco “social”. Que estaba bien para fardar y tener una conversación un poco “elevada”, pero que había temas que apenas o nunca he tocado: entre ellos el de la inmigración.

Supervivientes del naufragio del barco de inmigrantes registrado frente a la isla de Lampedusa. (EFE)

Supervivientes del naufragio registrado frente a la isla de Lampedusa. (EFE)

No le pude contestar nada, porque fundamentalmente tiene razón (algo de eso sospechaba yo ya). En parte es por falta de tiempo y en parte es por falta de preparación. Me lleva muchas menos horas opinar o hablar de libros e historia (me siento más cómodo paseando por esos jardines). Además, no estoy preparado para escribir sobre según qué cosas, como la política migratoria de la UE, de la que desconozco sus recovecos.

Y no es por falta de ganas. De hecho, tengo en nevera escritos sobre Melilla y Schengen (a propuesta de un compañero del periódico que sí que sabe de ello mucho, Ángel Calleja) que aún no acabo de dar salida y algún que otro tema más “comprometido” sobre minorías que se sale de mi aburrida línea habitual. Europa tiene más lados que un dodecaedro, y es complicado satisfacer todas las peticiones… ¡incluso las mías propias!

Inevitablemente, después de un año de blog, tengo la sensación de que me dejo sin comentar aspectos importantes de la realidad (esta es una de las desventajas que veo a blog personal frente a uno colectivo). Me gustaría, a ser posible con vuestra ayuda, identificar estas lagunas y, con el tiempo, tratar de cubrirlas. El diablo está en los detalles, y en la UE más todavía. Para de aquí a unos años comprender cómo ha cambiado Europa, cuantas más caras de ese poliedro se hayan recorrido, mucho mejor. A ver si poco a poco voy ensanchándome.

(Ya puestos, en los comentarios podéis dejar vuestras peticiones y/o impresiones del asunto).

Cosas que han pasado en el mundo durante este verano y que afectarán a Europa

Es imposible ya eso de ‘estar desconectado’. Quien dice “me voy de vacaciones para desconectar” no está siendo sincero… o nunca ha estado realmente conectado. Otra cosa es que posiblemente observemos la realidad a través de un velo de indiferencia más grueso, donde los sucesos nos sacuden menos: la distancia es mayor, más soportable, pero enterarnos nos enteramos, vaya que sí.

Aclarado esto, y sin voluntad de ser nada puntilloso, os presento cinco acontecimientos esos que ahora el bueno de Slavo Zizek dice que ya no importan por no sé qué del capitalismo que han sido noticia este verano (noticia de verdad, no pasatiempo estival) y que más han afectado o pueden llegar a afectar a Europa.

1. La amenaza de Estado Islámico y los roces con los aliados

En el mes de julio, el IE en esta entrada del blog de Pablo Suanzes tenéis toda la información y el análisis que necesitáis para entenderlos empezó a trepar por las portadas de los medios digitales. Este grupo terrorista ultrafanatizado, exhibicionista, radicalmente antimoderno arrasa el norte de Irak. Su naturaleza, una pesadillesca evolución de Al Qaeda, y sus métodos, una cierta pose posmoderna con la que hacen branded content del terror, inquieta a las cancillerías occidentales, con EE UU a la cabeza. ¿Y Europa? Pues precisamente sucede que a raíz de los ataques de IS se ha puesto en evidencia la distinta política que llevan a cabo los países europeos y EE UU cuando hay secuestros de por medio. Una política que básicamente se caracteriza porque unos (los países de la UE) pagan por rescatar a sus nacionales y otros (EE UU y también Reino Unido) no transigen con el chantaje (en este artículo del New York Times están las cifras), lo que conduce a desenlaces trágicos, como los de los periodistas recientemente ajusticiados James Foley y Steven Sotloff. Los 28 ya firmaron un protocolo que condena que los estados aflojen dinero a los terroristas, pero parece que no ha surgido mucho efecto por el momento. ¿Se tomará más en serio la UE su posición? ¿Cómo actuará la nueva jefa de la diplomacia exterior? ¿Habrá unanimidad, se actuará como bloque o divididos? ¿Debería Europa dejar de pagar radicalmente?

2. La guerra en Gaza y el alto el fuego

Cincuenta días de bombardeos y un alto el fuego frágil que, pese a la propaganda, no parece ser ninguna bicoca ni para Israel ni para Palestina. Durante más de un mes este verano, el foco de los medios de comunicación y de la comunidad internacional estuvo puesto en la pequeña franja de tierra bombardeada por el Ejército israelí. Una operación militar que ha causado más de 2.000 muertos entre la población de Gaza y una nueva escisión entre partidarios y detractores de Israel, así como de Hamás.  El último episodio sangriento de un conflicto enquistado, que además ha sido, por la parte europea, una postrera oportunidad para Catherine Ashton de redimirse al frente de la política exterior de la UE. Su actuación durante y después de la crisis ha sido la condenar la violencia, pedir la reanudación del proceso de paz y vagas promesas de asumir un mayor papel en Gaza. Un desempeño escaso, al decir de muchos, que esperaban esta vez una UE más enérgica en sus críticas a la guerra y una diplomacia menos contemplativa. Así pues, lejos de servir, al menos, para comprobar si los modos de la política exterior europea estaban cambiando (a mejor), la guerra en Gaza ha vuelto a demostrar que Europa reacciona tarde y sin vigor cuando se trata de liderar la opinión internacional.

EI

3. El desplome de la economía brasileña

La UE es el destino principal de las exportaciones e importaciones de Brasil. Además, las empresas europeas son las que más tecnología transfieren a Brasil y América Latina. Con esta relación de dependencia mutua, y a pesar de que entre ambos no existe un tratado de libre comercio, el bache económico que experimenta Brasil salvo el último dato de crecimiento, que ha sido positivo, los dos anteriores situaban al país en recesión técnica puede suponer un hándicap para Europa, inmersa en una guerra comercial con Rusia de consecuencias imprevisibles. En uno de sus últimos servicios como presidente de la Comisión, Barroso visitó Brasilia el pasado mes de julio (cuando los datos macro de Brasil ya estaban en cuestión) para acelerar las conversaciones entre ambos para alumbrar un TLC. ¿Ralentizará o por el contrario acelerará este acuerdo la actual situación de incertidumbre del gigante latinoamericano?

4. ‘Gatopardismo’ en Turquía

Con el proceso de adhesión a la UE en vía muerta, y tras un año complicado donde la conflictividad social ha sido la norma, Turquía ha llevado a cabo un cambio de cromos en su jefatura de Estado (un poco a la manera de Rusia). El hasta ahora primer ministro Erdogan ha sido elegido nuevo presidente. Se establece así una continuidad con lo que ha sido el último decenio de la vida política turca, si bien la figura del presidente en la forma de gobierno del país es muy secundaria respecto a la del primer ministro (una naturaleza que según la oposición Erdogan quiere pervetir para hacerse con mayor poder efectivo). Aunque la desdeña, todo lo que sucede en Turquía importa a Europa. Prueba de ello fue la pronta felicitación de Van Rompuy a Erdogan, que vino acompañada de una suave recomendación: la de mantener “el papel conciliador” (lo que suena un tanto melifluo, visto lo visto) al frente de una nación con evidentes problemas de convivencia. Con estos antecedentes, habrá que seguir de cerca cómo reacciona la UE, con su renovada diplomacia, a los envites de Erdogan y las posibles inestabilidades que se puedan producir.

5. La catástrofe humanitaria en Siria

Mientras los temas de actualidad se solapan, la guerra en Siria continúa implacable, entre cierta indiferencia y dejación por parte de todos (periodistas incluidos). Cuestiones de RR II aparte, la guerra siria ha provocado ya la huida de 3 millones de refugiados (según los datos que publicó ACNUR a finales de agosto). Una cifra brutal, que se une a otras igualmente dramáticas, como el número de niños o cooperantes fallecidos a causa directa del conflicto. Una situación humanitaria sobre la que la UE debe cuanto antes hacer caso a las denuncias de ONG y otros colectivos y consensuar una posición clara, ya que nuestro continente ha sido y sigue siendo un muro para los refugiados: solo un pequeñísimo porcentaje de ellos son acogidos.

Imagen: Restos de una casa destruida en Mosul, norte de Irak, el 3 de septiembre del 2014, (EFE).

 

¿Por qué los llamamos ‘inmigrantes’ europeos cuando son ‘ciudadanos’?

Estadística y sociológicamente lo son, sí. Inmigrantes europeos. Cualquiera. Los franceses que vienen a España o los irlandeses que deciden marcharse a Italia. Pero esta denominación, con apariencia de locución aséptica, resulta un absoluto desprecio hacia los ciudadanos de los Estados que componen Europa.

Lo digo a propósito de esto. Alemania se plantea limitar el acceso de los ‘inmigrantes’ europeos a las prestaciones sociales y restringir sus permisos de residencia. Una barbaridad, de consumarse la idea. Porque, entre otras cosas, estos llamados inmigrantes son, en realidad, ciudadanos de la Unión Europea de pleno derecho, inclusive el derecho a la libre circulación.

Un grupo de rumanos coloca su equipaje en un autobús que los llevará desde Bucarest hasta Bélgica (EFE).

Un grupo de rumanos coloca su equipaje en un autobús que los llevará desde Bucarest hasta Bélgica (EFE).

¿Por qué entonces se les denomina, les denominamos, en los medios de comunicación, inmigrantes? Quizá porque son rumanos y búlgaros (desde enero, iguales a nosotros), y en el imaginario colectivo de las sociedades occidentales no se termina de aceptar que ellos son ciudadanos de un mismo Todo, lo mismo que lo somos los españoles o los portugueses.

El asunto del léxico sobre la inmigración es peliagudo. Las palabras pesan, y  a menudo las usamos sin tener en cuenta la carga de demonización que portan para un colectivo naturalmente frágil. La preocupación deontológica es, en este caso, justa, y las recomendaciones al respecto, bienvenidas (la deontología periodística no siempre lo es).

Por eso, creo, habría que tratar de evitar estas denominaciones, también cuando nos refiramos a personas que proceden de otros territorios de la UE que no son el nuestro. Hay una invisible carga eufemística al hablar de ‘inmigrantes europeos’, pues lo que viene a continuación, la posible sustracción de un derecho, se justifica gracias a esa imprecisión semántica que atenúa la solidaridad.

Parece que un titular que diga ‘Alemania estudia expulsar a los inmigrantes europeos si llevan seis meses sin trabajo’ nos resulta menos agresivo para la conciencia que otro que dijera ‘Alemania estudia expulsar a los ciudadanos europeos si llevan seis meses sin trabajo’. Pero no debiera.

Reino Unido y Polonia, hostilidad creciente por la política de inmigración de Cameron

La semana pasada tuvo lugar una fricción diplomática de alto nivel entre Polonia y Reino Unido. Un roce político relacionado con la inmigración que terminó como en los viejos tiempos de la era precibernética: con una llamada de David Cameron a Donald Tusk para matizar (más o menos) sus palabras y emplazarle a una serie de reuniones bilaterales para resolver estas y otras diferencias.

Reino Unido y Polonia llevan ya tiempo remando en direcciones opuestas. Lo advertía hace unos meses el casi siempre sagaz Timothy Garton Ash. Según los británicos, Polonia debería sentirse agradecida por todo lo que Reino Unido ha hecho por ellos (en el especial abrirle su mercado laboral en tiempos de Tony Blair), pero los polacos sienten que sus relaciones son cada vez más complicadas, y que los intereses de ambos países divergen mucho.

David Cameron (EFE)

David Cameron (EFE)

Así las cosas, hace unos días el primer ministro Cameron dijo que propondrá nuevas normas a la UE a fin de limitar el acceso de los inmigrantes a las prestaciones sociales del Reino Unido y puso a los polacos (cuya lengua ya es la segunda más hablada en Reino Unido tras el inglés) como ejemplo al hablar de la posibilidad de que se hubiera abusado de la generosidad del sistema británico de subsidios.

Unas declaraciones que cayeron como una bomba en Polonia. Donald Tusk, el primer ministro, no tardó en contestar y amenazar con vetar cualquier iniciativa dentro de la UE que vaya en contra de las libertades fundamentales en la Unión Europea (y la libre circulación de personas es una de ellas, quizá la más importante). Para Tusk, el comentario de Cameron –que refleja la posición de una buena parte del partido Tory– no es “aceptable” entre iguales.

Polonia entró en la UE en 2004, junto con otros países de la antigua órbita soviética. Ahora, las autoridades del país esperan cumplir con los requisitos para ingresar en el euro en breve, pero mientras tantos sus nacionales buscan trabajo en otros estados  miembros de la UE donde los sueldos son más altos y las condiciones labores mejores. Uno de estos países es Reino Unido, cuya habitual deriva euroescéptica está transformándose en franca hostilidad.

Lo que quiere hacer Reino Unido con los polacos es lo que pretende imponer con los trabajadores rumanos y los búlgaros, que desde este pasado 1 de enero han visto como las restricciones a su libertad de movimientos que sobre ellos pesaban en algunos países de la UE –entre ellos España- han desaparecido.

Para tratar de frenar lo que las autoridades locales de la isla consideran que puede ser una “avalancha”, tajantemente negada por Bruselas y por la realidad, el Gobierno de Cameron ha tomado una serie de medidas para desincentivar (quitar derechos sociales) –suena a eufemismo, sí– la entrada de extranjeros en Reino Unido. Una medida muy criticada que afectaría en gran medida a este colectivo enorme de trabajadores polacos que llevan años y años residiendo allí.

Reino Unido y Polonia han sido tradicionalmente naciones amigas. Paradójicamente, ahora que Polonia está en la UE y recibe grandes cantidades de dinero de Bruselas, su acercamiento a Alemania y su deseo de formar parte de una Unión fuerte pesa más que su antiguo sentimiento probritánico. El asunto de la inmigración, además de una barbaridad en términos políticos que a Cameron puede costarle cara, también se debería interpretar como otro capítulo de un movimiento más de fondo.