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Miruna Hilcu: “Los asuntos europeos parecen más serios; quizás no más sinceros, pero sí más decentes”

Miruna Hilcu tiene 24 años y habla más de Europa que de Rumanía, su país natal, que abandonó en 2013 para venirse a Madrid con una beca Erasmus. Entre manos tiene un trabajo fin de máster (TFM) sobre periodismo especializado en Unión Europea y mucha ilusión, dice, para “no volverse loca”. Posee un español hablado y escrito casi canónico. Un don envidiable que le abrió las puertas de Periodista Digital hace unos meses. Allí tiene contrato hasta mayo, y a partir de entonces “ya veremos”. En este punto se arranca con optimismo y convoca al karma: “Hay que ser positivos”. Esta entrevista es el boomerang de otra que ella me hizo para su futura tesina.

¿Cuándo empezó a interesarse por los asuntos europeos?
Comparándome con los chicos y chicas de mi edad españoles, no nací en el ámbito comunitario, dado que solo tengo 24 años y 16 en el momento de la adhesión de Rumanía a la Unión. Yo pude ver a primera mano lo importantes que son las decisiones europeas y como afectaron y cambiaron la cara de mi país en muy poco tiempo. Desde políticas de Gobierno hasta el hecho de que venían más artistas para dar conciertos en Bucarest. Esto me pareció impresionante. Luego, siempre son las personas del alrededor que influyen. Actualmente estoy haciendo un master de periodismo especializado y la profesora que mejor hizo llegar sus ideas es la que impartía la asignatura de Periodismo europeo. Y esto, claro, engancha. Y, por último, creo que no me estoy equivocando si digo que la política, y todo lo que significa, afecta demasiado a cada aspecto de nuestra vida. Desafortunadamente, la política nacional muchas veces tiene un enfoque de ‘politiquilla’. Y los asuntos europeos parecen más serios; quizás no más sinceros, pero sí más decentes.

Miruna Hilcu

¿En qué aspectos de la UE le gustaría especializarse para informar?
Si llegara a trabajar en este ámbito, y espero que eso suceda algún día, me encantaría que mi labor ayudase a acercar a los ciudadanos de los Estados miembros la idea de Europa y de una identidad común. Creo que campos como la economía y la alta política, que es lo que básicamente se encuentra más destacado en los medios hoy en día, son campos áridos para el gran público y esto puede provocar su rechazo. Creo que la mejor manera de alcanzar mi meta sería a través de información social o lo cultural, por ejemplo. Estas son áreas menos destacadas, pero son justo las que la gente necesita para sentirse menos ‘nacional’ y más ‘europea’.

¿Cómo se percibe la UE desde Rumania?
Depende de quien lo perciba. Si hablamos de los políticos rumanos, la UE es un paraguas tras el cual se pueden esconder cuando fallan con alguna decisión. Y en este sentido el público rumano no está muy bien enterado de como funciona Europa. Creo que ni siquiera se quiere que se sepa demasiado, para que los dirigentes del país puedan seguir disimulando. El gran público, para llamarlo de alguna forma, creo que está dividido en los que saben más o menos de que se trata y entienden que es algo necesario y beneficioso para el desarrollo del país. Y luego son los que ven a la Unión como un monstruo malo, que se encuentra por encima de la soberanía del Estado y que tiene la capacidad de decirles como deberían hacer las cosechas o sacrificar el cerdo en Navidades. Entonces, las opiniones se dividen. Pero, de cualquier forma, todo el mundo se alegra de cosas básicas como poder viajar sin visado o poder trabajar en otros países miembros.

¿Qué dificultades son las más difíciles de vencer a la hora de informar de la UE?
Antes que nada hay que entender exactamente como funciona todo el proceso decisional, que papel tiene cada institución y, aunque sean cosas básicas, al principio puedes llegar a confundirte. He escuchado a periodistas con experiencia quejarse. Además, es un campo rico en tecnicismos y hay que tratar de descodificar esto también. Otro problema es que, según mi opinión, como periodista que escribe sobre asuntos europeos, es mejor estás en Bruselas, para tener información de primera mano y contacto directo con la gente. Pero, claro, no podemos mudarnos todos ahí… Lo más difícil, no obstante, considero que sigue siendo hacer que la información europea interese al público.

¿Cómo haría para que la gente de su alrededor, amigos, compañeros, familia, se interesaran por Europa?
Creo que la política europea está un poco estigmatizada por las nacionales, por lo que a mucha gente llega a provocarles rechazo. Es, por tanto, una labor difícil, si pienso justo en las personas que me rodean a mí y que no tienen nada que ver con el periodismo. Y creo que sin el apoyo de un medio que avale tus opiniones es un poco difícil llegar hasta a la gente que te conoce. Pero me gustaría poder compartir mi ilusión por el proyecto europeo y creo que la manera que podría acertar es alejando la conversación de todo lo que significa política y enfocarla en cosas divertidas, cotidianas, en aspectos que afectan de una manera directa y positiva. La gente me parece que está tan harta de política y tan apartada de la economía que hay que evitarlas en un discurso sobre la Unión si quieres enganchar de alguna forma.

¿Por qué los llamamos ‘inmigrantes’ europeos cuando son ‘ciudadanos’?

Estadística y sociológicamente lo son, sí. Inmigrantes europeos. Cualquiera. Los franceses que vienen a España o los irlandeses que deciden marcharse a Italia. Pero esta denominación, con apariencia de locución aséptica, resulta un absoluto desprecio hacia los ciudadanos de los Estados que componen Europa.

Lo digo a propósito de esto. Alemania se plantea limitar el acceso de los ‘inmigrantes’ europeos a las prestaciones sociales y restringir sus permisos de residencia. Una barbaridad, de consumarse la idea. Porque, entre otras cosas, estos llamados inmigrantes son, en realidad, ciudadanos de la Unión Europea de pleno derecho, inclusive el derecho a la libre circulación.

Un grupo de rumanos coloca su equipaje en un autobús que los llevará desde Bucarest hasta Bélgica (EFE).

Un grupo de rumanos coloca su equipaje en un autobús que los llevará desde Bucarest hasta Bélgica (EFE).

¿Por qué entonces se les denomina, les denominamos, en los medios de comunicación, inmigrantes? Quizá porque son rumanos y búlgaros (desde enero, iguales a nosotros), y en el imaginario colectivo de las sociedades occidentales no se termina de aceptar que ellos son ciudadanos de un mismo Todo, lo mismo que lo somos los españoles o los portugueses.

El asunto del léxico sobre la inmigración es peliagudo. Las palabras pesan, y  a menudo las usamos sin tener en cuenta la carga de demonización que portan para un colectivo naturalmente frágil. La preocupación deontológica es, en este caso, justa, y las recomendaciones al respecto, bienvenidas (la deontología periodística no siempre lo es).

Por eso, creo, habría que tratar de evitar estas denominaciones, también cuando nos refiramos a personas que proceden de otros territorios de la UE que no son el nuestro. Hay una invisible carga eufemística al hablar de ‘inmigrantes europeos’, pues lo que viene a continuación, la posible sustracción de un derecho, se justifica gracias a esa imprecisión semántica que atenúa la solidaridad.

Parece que un titular que diga ‘Alemania estudia expulsar a los inmigrantes europeos si llevan seis meses sin trabajo’ nos resulta menos agresivo para la conciencia que otro que dijera ‘Alemania estudia expulsar a los ciudadanos europeos si llevan seis meses sin trabajo’. Pero no debiera.