Europa inquieta Europa inquieta

Bienvenidos a lo que Kurt Tucholsky llamaba el manicomio multicolor.

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Los europeos del sur dicen estar menos satisfechos con su vida que los del norte

Eurostat, que como sabéis es la agencia europea de estadística, se ha sacado de la manga un nuevo índice, que lo han denominado de “satisfacción general con la vida”, y que mide cuán orgullosos y felices estamos o no con nuestra existencia los europeos. Un concepto “multi-dimensional”, lo llaman, que están muy relacionado con los diferentes índices de calidad de vida que el organismo viene publicando desde hace años (salud, empleo, igualdad), pero que añade una percepción más global, subjetiva y diversa de la vida.

Aquí tenéis un telegráfico resumen de la encuesta. España está por debajo de la media europea, las mujeres y los hombres dicen estar casi igual de satisfechos con su vida, los jóvenes son los más satisfechos, etc. Lo que a mí me ha llamado la atención, sin embargo, es una de las tablas que acompaña al documento de Eurostat (abajo), y que desglosa esa satisfacción por países.

Daneses, suecos y finlandeses son los más satisfechos con su vida. Ciudadanos del norte de Europa. Portugueses, griegos, españoles e italianos, ciudadanos del sur. En la escala de satisfacción, la mayoría de países del norte están por encima de 7, mientras que los del sur –salvo Malta– están entre 6 y 7 (más cerca del 6 que del 7 la mayoría de ellos). El plato estadístico está elaborado con ingredientes del 2013, es decir cuando la crisis económica en Europa había dejado atrás ya su momento más crítico, pero arrastraba consigo cinco años de incertidumbres y dificultades.

Solemos decir los sureños, para consolarnos, que los de la Europa nórdica serán más ricos, sabrán más idiomas y tendrán mejores trabajos, pero que son menos felices. Con todas las salvedades que estudios como este me suscitan (no porque no sean rigurosos, sino porque lo de tasar matemáticamente la felicidad me parece un tanto marciano), quizá ha llegado el momento de ir cambiando esta ¿percepción?

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España como problema, Europa como comparación

Demasiadas veces se ha repetido que Europa es la solución. Tantas que la afirmación orteguiana ha sido vaciada casi de sentido. Yo optaría por cambiarla, y diría que si España es el problema, Europa es la comparación. Antes de la crisis es muy probable que la UE fuera un horizonte de soluciones al alcance de la mano, pero desde hace unos años Europa es un espejo cóncavo donde nuestra imagen se refleja distorsionada: esto, tan poco, es lo que somos.

(Imagen: GTRES)

(Imagen: GTRES)

Las estadísticas –el último ejemplo, el informe de Unicef sobre pobreza infantil– no solo dejan a España en mal lugar, sino lo que es peor, nos avergüenzan. Comparada con el grueso de los socios importantes de la UE, nuestro país siempre sale muy mal parado. Hay una sensación, que los datos reflejan (es pues más que una sensación: es una constatación), que España se aleja de Europa justamente en aquello que, por pertenecer a ella, debería estar más a salvo.

Los índices de percepción de la corrupción o la tasa de paro juvenil, por poner solo dos ejemplos de los asuntos que más preocupan a los ciudadanos, no sólo desnudan nuestras carencias, sino que lustran la buena fortuna de los demás. Pertenecer al club europeo, ahora, es una cura de humildad de los años de bonanza ilimitada, pero también es una fuente constante de frustración. Porque, además, tanta comparación más que ayudar a la movilización, paraliza.

Me decían hace poco: “¿No tienes la impresión de que estamos en una época en la que la gente tiene miedo a proponer?”. Y es verdad. Somos especialistas en hacer autopsias (la crisis del modelo europeo ha sido estudiada con primoroso detalle desde hace un lustro), pero dedicamos demasiado tiempo a destruir y poco a construir. Nos quedamos con la imagen estéril de una comparación en la que siempre –al menos los españoles– salimos perdiendo. Y eso es casi todo.

¿De qué escribíamos antes de la crisis?

Es una conversación recurrente entre periodistas, como si una rara forma de amnesia afectara a su trabajo. ¿De qué escribíamos antes de que hubiera crisis? No hay una respuesta unívoca: cada uno escribiría de aquello que le obligaran a escribir, de lo que mejor supiera o de lo que felizmente siguiera de cerca, como un sabueso.

Yo no lo sé, porque empecé en esto casi con un pan negro bajo el brazo (Lehman Brothers), pero supongo que las historias pecaban de menos vicios circulares (‘x’ baja por que hay crisis; hay crisis porque ‘x’ baja) y por el contrario estarían algo más huérfanas de precisión y estadísticas (bienvenido sea el homo œconomicus, que dice @nicolasmsarries).

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¿Más frivolidad? No necesariamente. Los periódicos, como la Puerta del Sol y otros paisajes neomedievales, son un decamerón donde lo zafio convive con lo desgarrador, donde lo sublime y lo ridículo se rozan continuamente sin margen para la aflicción o el arrepentimiento.

He preguntado a varios compañeros. Nada sistemático. Simplemente les hice la misma pregunta que encabeza el post. Para @pelayogades, antes había más variedad de temas, ahora en cambio prima lo económico. Las historias que afectan a la clase trabajadora, para destacar la crudeza de la crisis, son ahora las más demandadas, me cuenta.

De una opinión similiar es @agrados, para quien todo o casi todo se lee en clave económica. En este punto, @rruiz, otro compañero, es el más incisivo. El 90% de los temas, me dice, actualidad, local, deportes e incluso cultura se enfocan desde la crisis. Además, cree que somos mucho más alarmistas ante cualquier problema; somos más dramáticos y menos literarios.

Así que es posible que los temas, después de todo, sean los mismos y lo que realmente haya cambiado sea la forma de escribirlos. El dichoso cómo, que obesionaba al gran Christopher Hitchens: lo importante no es lo que se piensa, sino cómo se piensa.

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Esta es la gráfica que se obtiene con Google Trends cuando introduces los términos ‘Europa’ y ‘crisis’. Quizá no sea el colmo de la exactitud estadística, pero sirve para hacerse una idea rápida de cuánto han aumentado las búsquedas relacionadas con la UE y su líos. Con elevados picos en 2008 —con el comienzo de los rescates bancarios— y 2010 —uno de los puntos de inflexión de la crisis comunitaria— esta sinuosa línea azul es la cronología de una gran preocupación.

Y en esta otra gráfica, obtenida de la hemeroteca de La Vanguardia, también se observa un fenómeno similar, pero ampliado. Europa es una etapa de montaña del Tour de Francia que llanea hasta los años sesenta y que poco a poco va empinándose hasta llegar a nuestros días convertida en puerto de categoría especial.

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Europa siempre fue crisis, pero desde hace unos años es una crisis sobrerevolucionada. Los lectores demandan más Europa, más historias continentales, y los medios de comunicaciones les devuelven titulares sobre cumbres políticas al borde del abismo, sobre cómo se extiende la inevitable la mancha negra del populismo o sobre las conclusiones de Basilea III.

Ha habido, en los últimos años, una invasión de nuevas siglas al tiempo que el foco dirigido sobre la UE se ha politizado (creo que para bien). Antes, las noticias reflejaban una rutina casi hegeliana:  todo era soberanamente aburrido, pero se progresaba. Hoy, eso ha cambiado. Los periódicos han introducido una variable nueva que hasta ahora no se tenía en cuenta: la duda. Y con ella la emoción. Las noticias sobre Europa se escriben con un fervor que antes no existía. Ahora faltaría por saber si se leen o no con la misma urgencia.

Curiosidades del último Eurobarómetro: la fe en China, los Estados ganan terreno y los hombres son más optimistas

Hace unos días se publicó la segunda parte del Eurobarómetro A un año de las elecciones europeas, la encuesta encargada por el Parlamento Europeo que analiza la percepción que los ciudadanos tienen de cuestiones relacionadas con el estado de la unión, como las reacciones ante la crisis económica, el papel del euro, la reforma del sistema bancario o las prioridades del presupuesto de la UE.

De cada uno de los puntos –he mencionado solo algunos– saldría material suficiente para publicar un post jugoso, pero soy consciente de que las estadísticas alejan. Es una apreciación personal, pero desde hace ya tiempo tengo la sensación de que las estadísticas más que aportar una visión simplificada del mundo lo oscurecen todavía más. Y creo que no soy el único.

Aún así, y como esto es un blog sobre Europa y la naturaleza de Europa, exagerando un poco, es en un 90% estadística, comentaré los aspectos que más me han llamado la atención, que son tres: la confianza en el ascenso imparable de China, el empate entre los gobiernos nacionales y la UE en relación con la eficacia para afrontar la crisis y el mayor optimismo –no sé si será el término apropiado– paneuropeo de los hombres en comparación con las mujeres.

El ascenso imparable de China

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En el horizonte de 2025, los europeos tienen clara una cosa: China. Tres de cada cuatro ciudadanos (un 73%) cree que el país asiático será para entonces la primera potencia económica. Un 51% considera que será EE UU y solo un 24% piensa que ese título será para la UE. Los franceses (un 80%), los alemanes (también un 80%) y los daneses (un 90%) son los que más confían en China. España está en la media (un 73%) con relación a la superioridad económica china para dentro de una década, pero por debajo de la media (un 15%) en la creencia en las posibilidades de Europa de regir el contexto económico futuro.

Los gobiernos nacionales casi igualan a la UE

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Otra conclusión estadística que me ha llamado la atención es la que se refiere a qué actor está en mejores condiciones para responder eficazmente a la crisis económica y sus consecuencias. El resultado de esta pregunta es un casi empate entre los que consideran que son los Estados los mejor preparados para afrontar este desafío y los que creen que es el conjunto de la UE: en el primer caso es un 21%; en el segundo, un 22%. Hace un año la diferencia era de 3 puntos porcentuales a favor de las instituciones comunitarias (23%) y en detrimento de los Estados (20%).

Los hombres, más conformes con Europa

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Una de las constantes estadísticas más curiosas (no sé en qué medida relevante) es la que muestra un mayor porcentaje de satisfacción con la UE entre los hombres que entre las mujeres. Así, un 52% de los europeos son favorables a que se tomen medidas coordinadas frente a la crisis (por un 49% de las europeas). Además, un 42% de los hombres están satisfechos con los presupuestos europeos, si bien esta visión positiva de las cuentas comunitarias no llega al 40% entre las mujeres (un 37%). Además, la percepción de que el euro ha atenuado los efectos nocivos de la crisis también es mayor entre europeos (un 41% frente a un 35%).