Europa inquieta Europa inquieta

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Treinta años de España en la Unión Europea: una celebración agridulce

La magnitud de la celebración de un aniversario no depende tanto de lo que supuso entonces un acontecimiento, sino de lo que en realidad supone hoy para los que se ven en la obligación de celebrarlo. Hace 30 años España firmaba el Tratado de Adhesión a la CEE. España dejaba de ser un verso sin estrofa, una anomalía europea, y se integraba en la modernidad.

Hasta ahí, el relato es sencillo y asumible para la mayoría adulta del país. Los beneficios materiales que conllevo la adhesión ayudaron, además, a disimular el escaso conocimiento, más allá de un puñado de tópicos, de la opinión pública ¡y de los propios políticos! sobre lo que significaba ser realmente europeo. Fue más un acoplamiento material que una unión sentimental.

Felipe González firma el documento de Adhesión en 1985 (FUENTE: Ministerio de Exteriores)

El presidente del Gobierno Felipe González firma el documento de Adhesión en 1985 (FUENTE: Ministerio de Exteriores)

El relato se empezó a truncar hace menos de una década, y precisamente por su lado más frágil: la juventud. Se da la contradicción que la generación más vinculada al continente viajes baratos, Erasmus, idiomas, etc. es al mismo tiempo la que hoy ejerce la bandera si no del antieuropeísmo, sí al menos del europeísmo crítico… barnizado a veces de franco pesimismo.

Los que hoy tienen 30 años han heredado el discurso optimista (también algo paternalista) sobre Europa en el marco de una realidad que no lo refrenda. Es decir: los jóvenes, que son los que deberían recoger el testigo de los pioneros que nos llevaron a Europa, no se creen no nos creemos: yo sigo siendo aún joven hasta los 36, según decía JGB que Europa sea capaz de proporcionarles la misma estabilidad e ilusión.

No es casualidad que haya sido El País, muy vinculado a ese primer impulso europeísta de los años ochenta, el único gran periódico nacional que se ha guardado tiempo, espacio y firmas para recordar el 30 aniversario. El resto, con involuntario desdén, ha preferido reservarse el derecho de celebración. En un fugaz vistazo a las firmas que incluye el diario, uno echa en falta precisamente ese impulso desde abajo de la edad.

Se recuerda estos días la frase de Ortega que nos enseñaron en el colegio: “España es el problema, Europa la solución”. Se evoca, incluso, para darle la vuelta. Pero hay otro pensamiento orteguiano que le viene mejor a la fase que ahora experimentamos: “El esfuerzo inútil conduce a la melancolía”. Decía Jane Kramer, la histórica corresponsal del New Yorker, que la idea de Europa avanzaba en la medida en que nadie sufriera o creyera sufrir a causa de ella. Si en España el progreso de la idea se ha estancado, es muy problablemente por esa incómoda razón.

Ampliación: He realizado una pequeña selección de temas a través de Twitter que tratan el aniversario. Merecen la pena.

Donde el asco era un lujo: Mauthausen, el campo de los españoles, en tres libros

Antes de que los rescoldos del aniversario de su liberación se apaguen, me gustaría traer Mauthausen. El campo de concentración nazi donde más presos españoles vivieron (casi 8.000) y murieron (la mitad no sobrevivió). Uno de los lugares más atroces del universo concentracionario alemán. No puedo competir con las buenas historias que estos días pasados se han ido publicado. Pero puedo compartirlas. Esta sobre los tuits desde el infierno. O este relato sereno y conmovido de Cuartango, visitante por un día. También puedo traer varios libros, muy recientes.

El primero de un historiador, Benito Bermejo. El segundo de un periodista, Carlos Hernández de Miguel, sobrino de un deportado que sobrevivió al cautiverio. El fotógrafo del terror (RBA, 2015), el primero de ellos, rescata la biografía y el legado de Francisco Boix, preso socialista que logró sustraer miles de fotografías que documentan las atrocidades de Mauthausen. Fotografías tomadas por los propios alemanes. Un testimonio que sería clave en Nuremberg, aunque Boix murió poco después, a los 31 años, con lo que su memoria y su coraje fueron amputados de los fastos en décadas futuras.

Miembros del Comité Internacional de Mauthausen, en los exteriores del que fuera campo de extermino nazi. (ARCHIVO / 20MINUTOS)

Miembros del Comité Internacional de Mauthausen, en los exteriores del que fuera campo de extermino nazi. (ARCHIVO / 20MINUTOS)

El segundo libro es Los últimos españoles de Mauthausen (Ediciones B, 2015). Una historia oral que recoge el testimonio de españoles supervivientes algunos ya centenarios y que recopila la memoria de los presos, la mayoría excombatientes republicanos de la guerra civil española. Pero hay un tercer libro, una novela en concreto, mucho más antigua que los otros dos. Se titula K. L. Reich (Libros del Asteroide, 2014) y la escribió Joaquim Amat-Piniella. Sobre él me extenderé más. Lo acabo de leer y me gustaría contribuir con razones, aunque lo haga peor que otros, a que vosotros también lo disfrutéis.

K. L. Reich es milagrosamente atípico. Una novela escrita en el siglo pasado… ¡publicada en los años sesenta en España! Toda una hazaña viniéndose de donde se venía: un régimen, el franquista, que hasta hacía nada había sido valedor de la Alemania hitleriana. Una novela testimonio que contiene universales humanos trágicamente similares a los de obras más conocidas (y quizá de mayor poso literaria).

Piniella, preso él mismo en Mauthausen, no es Jorge Semprún o Primo Levi, de acuerdo, pero su escritura más sencilla y menos elaborada, sobre todo comparada con la del autor de La escritura o la vida regurgita con más efectividad lo que fue la experiencia concentracionaria. En K. L. Reich reluce, con toda su tragedia a cuestas, la ‘culpa del superviviente’ (la sensación de haber conservado la vida cuando lo suyo era morir: “¿Estaré realmente estigmatizado?”). También otras vivencias clásicas de los campos: como las zonas grises alrededor de los kapos, la desinhibición fisiológica (“el asco es un lujo aquí”) o la renuncia mental (“O te acostumbras o te mueres”).

Este año de conmemoraciones redondas (70 años) merece la pena pararse a leer un libro así. Un libro doble: un testimonio de primera mano y al mismo tiempo un ‘producto’ que sufrió las caprichosas contingencias de su tiempo. Es significativo, aunque el relato oficial lo obvie, las dificultades y el olvido que muchos testigos sobrevivientes padecieron para lograr publicar sus experiencias de muerte. Nadie, o pocos, les hacían caso. No tocaba. No estaba de moda. Hoy parecería que Europa tuvo una reacción instintiva e inmediata de protección y honra hacia ellos, pero no fue así para nada. Y en el prólogo del propio Piniella se percibe este desdén (y la sombra de la censura) cuando escribe:

No es nuestra la culpa de que este libro no haya salido hasta ahora, y si se edita pese a la mengua de actualidad que el tema ha experimentado es por creer que antes de olvidar una cosa es necesario haberla conocido.

NOTA: Espero que este texto os sirva a modo de recomendaciones indirectas para la Feria del Libro, a la que este año no le he dedicado un post específico, para desazón de mi amigo @raulnash.

 

Diez años de la no Constitución: el fracaso que inauguró una década convulsa para la construcción europea

Han pasado diez años del referéndum que nos otorgaría una Constitución para Europa, que no europea (en aquella extraña sintaxis se escondía la trampa). Tengo dos recuerdos premonitorios del desastre final, posterior en unos meses a la pírrica victoria en España: en mi facultad, los debates para discutir el texto tuvieron menos repercusión que un congreso de Paleografía medieval. Y entre mis amigos, el interés estaba más en la ya cercana primavera que en la cubierta azul de ese corpus legal de buenas intenciones.

Los entonces príncipes de Asturias, votando en el referéndum constitucional. (EFE)

Los entonces príncipes de Asturias, votando en el referéndum constitucional. (EFE)

Confieso que yo fui de los que hizo apología. Mi primera y quizá única acción como europeísta fue ir a la sede en Madrid del Parlamento Europeo y hacerme con un puñado de ejemplares para repartir entre amigos y conocidos. Por ello me gané bromas a izquierda y derecha del espectro ideológico: siervo de Zapatero para unos; de las multinacionales para otros. El ulterior ‘no’ francés de mayo cuyos ecos todavía resuenan me hizo aparecer como un paria ingenuo a ojos de la mayoría.

He preguntado a varias personas cómo recuerdan todo aquello de la Constitución. No recuerdan. La amnesia sobre aquel hito negativo para la construcción europea es total, definitiva. Un sueño que se trocó en pesadilla en Francia y Holanda. Hoy, las instituciones pasan de puntillas y a quien más quien menos aún le dura la resaca. Una década después, la paradoja es que lo que no logró la Constitución la aceleración del proceso de integración lo consiguió, a regañadientes, la crisis económica.

En realidad, la fallida Constitución fue pionera del gran debate posterior en la UE sobre la falta de legitimidad del proyecto y el ‘déficit democrático’. Ya entonces, en 2005, muchos advertían de que la palabra Constitución era quizá demasiado excelsa para un demos europeo tan pequeño. Una forma de decir que los europeos no estábamos preparados para tanto… y que, en realidad, las instituciones tampoco lo estaban. Y así se demostró.

Los años posteriores al no constitucional, y hasta que irrumpió la crisis económica, fueron un tiempo de dudas, de escepticismo y de parálisis. Las élites europeas dirigistas habían fracasado en otorgar una carta magna al arinoso pueblo europeo. Y los ciudadanos, desconectados de los debates y la retórica de Bruselas, habían pasado página con total tranquilidad. No es que Europa retrocediera aquel 2005, sino que no avanzó, lo que viene ser, para este ente tan extraño, una forma de retroceso.

Carteles pidiendo el 'No' a la Constitución Europea en Francia en 2005 (WIKIPEDIA)

Carteles pidiendo el ‘no’ a la Constitución Europea en Francia en 2005 (WIKIPEDIA)

El Tratado de Lisboa, farragoso y apto solo para iniciados, incluye casi el 100% de lo planteado en aquel tratado constitucional. Entró en vigor en 2009, otorgando más poder al Parlamento, a los tribunales de Justicia de la UE, etc. Todo lo que ya más o menos nos sabemos. Pero lo que no ha conseguido Lisboa es eliminar los recelos que dieron origen al fracaso de 2005. Las instituciones europeas han querido sustituir el apego sentimental a Europa por la eficacia en la toma de decisiones.

El gran problema, y quizá la gran mala suerte de estos años, ha sido que las turbulencias económicas han dificultado esa ilusión de eficacia. Donde antes, hace una década, solo había un problema de desapego, legitimidad y falta de sintonía con los ciudadanos, en unos años hay todo eso, multiplicado exponencialmente, y además miedo al futuro económico y la pérdida de la sacrosanta prosperidad.

Reflexiones históricas (e historiográficas) sobre la caída del Muro de Berlín

Le pedí de nuevo ayuda a la profesora Montserrat Huguet para un artículo pausado sobre la dimensión política e histórica de la caída del Muro de Berlín. El reportaje lo he escrito para el periódico y completa un magnífico especial, empeño feliz de mi compañero Alejandro Herrera, que se publica el viernes que viene. Utilicé las respuestas de Montserrat para perfilar algunos argumentos que por mí mismo no hubiera sabido plasmar con esa brillantez. No me parecía justo, eso sí, dejar el grueso de sus reflexiones en la bandeja de entrada. Espero que os guste este aperitivo del aniversario que viene.

Pregunta: ¿Sigue hoy interpretándose el derribo del Muro de Berlín como un parteluz entre dos periodos diferentes de la historia contemporánea? ¿Por qué sí o por qué no?

Respuesta: Sí, en la mayoría de los textos de Historia del Mundo Actual o de Historia Reciente, la caída del Muro de Berlín sigue siendo un antes y un después por lo que se refiere a las ‘épocas de la Historia Contemporánea. Resulta hasta cierto punto sencillo utilizar una fecha universalmente reconocible, 1989, para señalar un cambio de ‘época. No obstante, al entrar en el discurso sobre la historia del siglo XX e ir viendo la naturaleza de las transformaciones de las sociedades contemporáneas en el ‘último tercio, los historiadores matizan siempre esta fecha, apuntando que la transición social en Occidente corresponde a una década antes, al igual que por ejemplo los cambios tecnológicos que preludian nuestro tiempo. De manera que 1989 puede ser una fecha de referencia para mostrar el punto y final de un tipo de relaciones internacionales marcada por la existencia de dos sistemas enfrentados, el occidental y el comunista, pero no sirve para explicar los procesos de evolución interna en los flancos atlánticos, la evolución de las relaciones entre las antiguas metrópolis y antiguas colonias, ahora potencias emergentes, o los procesos de mundialización, que son previos a 1989 y que hicieron también su trabajo en la caída del muro.

muro

P: 2. ¿Cómo se interpretó la caída del Muro entonces y cómo se reinterpreta hoy a la luz de los nuevos archivos y las nuevas corrientes historiográficas?

R: La Caída del Muro fue interpretada como la Victoria de Occidente o, si se prefiere, como la derrota del experimento comunista. Matices al margen, el liberalismo interpretó 1989 como el fracaso de un experimento que algunos se habían empeñado en llevar adelante y otros, incluida la historia propagandística, en ensalzar. Desde este punto de vista se trataba de la justicia llevada a término, en cuanto con el fin del comunismo casaba el sufrimiento de décadas de opresión, control y hasta terror de millones de personas al otro lado del Telón de Acero. Para los historiadores en general, también aquellos de influencia marxista, solo cabía explicarse razonadamente el porqué de la caída del Comunismo. Algunos hallaron respuestas en las disfunciones internas del sistema y otros optaron por ver en la presión del capitalismo mundializado una especie de tenaza que acabó rompiendo la pieza comunista. Desde luego, a la luz de las nuevas fuentes, archivos documentales, grabaciones y fotografías, etc… ya muchas de ellas accesibles, sobre todo en Alemania, y que permiten a los historiadores ver el Comunismo desde dentro, se puede decir que la Historia del Comunismo y de la Caída del Muro, sobre las que ya se han escrito muchas obras importante, está por rehacer. Desde las historiografías de la postmodernidad pueden añadirse enfoques renovados como los de la Historia Cultural, que seguramente pueden dar resultados excelentes.

P: 3. ¿Políticamente, cómo ha transformado, si lo ha hecho, a la democracia liberal el fin de la ilusión comunista?

R: Durante los años noventa el así llamado fin de la utopía comunista o modelo comunista a secas fue un argumento muy utilizado por los más activos defensores de las virtudes globales del liberalismo, y no solo de la democracia liberal, sino del Sistema del Capitalismo liberal en su forma más moderna, el Neoliberalismo. La omnipresencia de un modelo ‘único, el Capitalista, expresaba a juicio de sus defensores el ‘éxito pleno y definitivo del modelo liberal y del Capital. El Comunismo, en sus diversos modelos nacionales, se mantenía activo sin embargo en países como Cuba, China o Corea del Norte, y los partidos políticos de raíz comunista no desaparecían pese al escaso voto en las urnas. El nacimiento de terceras vías o de movimientos sociales que pretendían denunciar o acabar con los males de los excesos del Capital, fueron opciones recurrentes en la vida pública de todos los países de democracia liberal durante las dos décadas pasadas. De la ilusión comunista apenas parecían quedar resquicios, pero los movimientos sociales de izquierdas y, en algunos países la irrupción de fuerzas populistas de orientación comunista o populista, véase el caso de Venezuela o Bolivia, sugerían que, de una manera u otra, se iba a seguir dando la crítica al modelo de la Democracia Liberal.

P: 4. ¿Fue la caída del Muro el ‘evenement’ por excelencia del siglo? ¿Un hecho de tal magnitud e intensidad que obligó a recuperar el concepto de ‘acontecimiento’ entre los historiadores?

R: Sin duda, la Caída del Muro, no por más deseada fue menos impredecible y sorpresiva. Desde luego, cuando se produjo impacto en la mentalidad de quienes miraban al Este acostumbrados a la existencia del así llamado Mundo Comunista. En los primeros años recibió la condición de Hito, que en historia significa el punto de referencia en el tiempo en torno al que miramos, ordenamos e interpretamos los acontecimientos. La Caída del Muro fue un hito tan relevante para la generación que no había vivido la II Guerra Mundial, como para la generación que había protagonizado los acontecimientos de la Guerra lo fue el día en que se puso fin a la misma, aunque ello fuse sinónimo de que la Guerra había terminado en todos los escenarios a la vez. Pero, como suele suceder, a 1989 le saldría un serio competidor, 2001, y el 11S, cuyos efectos a escala mundial tuvieron un rango parangonable en el sentido de cambiar las estrategias del sistema internacional, resucitando los temores al enemigo y hacienda que se desplegasen las estrategias defensivas del nuevo milenio. Teniendo en cuenta que la generación más joven en buena parte del mundo desconoce siquiera la existencia del Comunismo en la historia del siglo XX, y de conocerla tiene ella unos referentes excesivamente vagos, la caída del Muro pierde cada vez más fuerza en su condición de hito.

IMAGEN: Postdamer Platz, en noviembre de 1989 (igrid Marotz)