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Algunos tesoros semiescondidos de The Black Keys

Discografía de los Black Keys (2002-2014)

Discografía de los Black Keys (2002-2014)

Pese a que no alcanzaron los dudosos galones de la aceptación masiva hasta 2010 cuando su sexto álbum, el siempre socorrido para animar todo tipo verbenas y colmar palacios de deportes Brothers —donde las trifulcas personales de los dos llaves negras, las domésticas con sus parejas, los consiguientes divorcios, el alcoholismo, la rugosa producción del mago Danger Mouse, la grabación en un galpón con poder de sagrario (los estudios Muscle Schoals de Alabama, puestos a funcionar para la ocasión tras 30 años de parón) y, sobre todo, la docena y pico de soberbias canciones nacidas del blues 100% fuzz y la psicodelia de garaje cocinaron un brebaje tóxico—, The Black Keys no son unos niñatos recién llegados a la fiesta sin invitación.

En 2002

En 2002

Dan Auerbach, el guitarrista-cantante-compositor-aquí-mando-yo, tiene 34 años, y su colega Peter Carney, batería-compositor-lo-que-tú-digas-Dan, uno menos. La historia es de fábula: amigos desde la infancia, nacidos en Akron (Ohio) —ese lugar donde algo deben añadir al agua del sistema municipal de abastecimiento que fomenta el rock y la demencia (200.00 habitantes y, entre ellos, Devo, Chrissie Hynde, David Allan Coe y The Black Keys)—.

Hijos de familias acomodadas (los padres del primero son una profesora de francés y un marchante antigüedades y los del segundo, periodistas), montaron el dúo en 2001. Es fácil imaginar el panorama natal: el garaje paterno, los watios ensordeciendo al vecindario suburbano, la luz de la cerveza como faro y el humo de la marihuana trenzando volutas espaciales. Los “pringados del instituto”, como ellos mismos se definen recordando aquel tiempo, eran los reyes del mundo allí dentro.

No voy a proseguir con los detalles de la historia. The Black Keys me gustaron desde el primer disco y siempre los antepuse, en la infértil encuesta sobre cuál es el mejor dúo del rock and roll contemporáneo, a The White Stripes, que me parecían en exceso pendientes de la pose arty de portada de dominical y de enamorar a los modernos con el corte del vestuario. Donde los primeros ofrecían sudor, los segundos ponían diseño y el rock siempre ha preferido a la gente que se deja la piel antes que a la gente preocupada por las pieles.

Ahora que sale a la venta Turn Blue, el octavo álbum de Auerbach y Carney, con Danger Mouse otra vez a los mandos —sólo he escuchado el single Fever— me parece un buen momento para recordar algunas obras semiescondidas de la pareja.

"Chulahoma: The Songs of Junior Kimbrough", 2006

“Chulahoma: The Songs of Junior Kimbrough”, 2006

Chulahoma: The Songs of Junior Kimbrough
The Black Keys, 2006
Siete versiones en extremo respetuosas, casi siguiendo el canon del blues más profundo, en un extended play editado en 2006 como homenaje a uno de los grandes héroes del dúo, Junior Kimbrough (1930-1998), un bluesman canalla y de vida torrencial: cuando murió, a los 67 años, tenía 36 hijos de varias mujeres y regentaba el tugurio Junior’s Place, en Chulahoma, una localidad rural del norte de Misisipi con una importancia musical no acorde con su tamaño —el local lo regentaron algunos de los muchos herederos del propietario pero ardió hasta los cimientos en un incendio en 2000—.

Los Black Keys ya habían versionado canciones de Kimbrough, cuyo estilo sincopado y profundo (no muy diferente al de John Lee Hooker) es una notable influencia en el sonido del dúo, en discos anteriores —Do the Rump en el primer álbum y Everywhere I Go en el segundoy en 2005 participaron en el homenaje Sunday Nights: The Songs of Junior Kimbrough con My Mind is Ramblin.

Grabado en directo en el local de ensayo de la banda, un sótano de Akron, fue el último disco que publicaron con su primera discográfica, la independiente Fat Possum Records, muy poco antes de firmar con la major Nonesuch que les llevó a la fama universal.

"Keep It Hid", 2009

“Keep It Hid”, 2009

Keep It Hid
Dan Auerbach, 2009

El primer y único disco en solitario del inquieto Auerbach es una consecuencia de una muy mala racha. El guitarrista no se hablaba con Carney porque no soportaba a la esposa de éste (“la odié desde el primer momento, no quería tener nada que ver con ella”) y la estabilidad del grupo estaba en peligro.

Auerbach decidió poner distancia para tratar de enfriar las diferencias, montó un estudio propio en Akron y lo estrenó grabando esta magnífica colección de canciones, que son, al tiempo, similares en estructura a las de The Black Keys pero diferentes. La falta de la pegada terrorífica del batería es aprovechada con inteligencia por el guitarrista-cantante para dar espacio a los temas, moverlos con menos ímpetu y abrir el abanico de estilos hacia el pop y la psicodelia.

Cuando Carney se enteró de la grabación, de la que no fue avisado, pilló un mosqueo de mil demonios y, como consecuencia, decidió montar también un proyecto paralelo.

"Feel Good Together", 2009

“Feel Good Together”, 2009

Feel Good Together
Drummer, 2009

Con mucha ironía y cierta mala baba, Carney respondió a su colega montando el grupo Drummer (en inglés, bateria) juntando a cinco intérpretes del instrumento de otras tantas bandas de Akron. Él decidió tocar el bajo.

El disco que editaron pocos meses después del de Auerbach —con una vitríolica referencia en el título, Sentirse bien juntos no oculta que los implicados dominan las formas de crear y mantener ritmos: las canciones son pegadizas por lo métrico de su estructura.

Esas mismas virtudes lastran el álbum con cierta torpeza mecánica, solamente rota en un par de temas: Mature Fantasy, una balada muy sobria y tensa, y Every Nineteen Minutes, que tiene cadencia épica.

Después de algunas actuaciones, la banda se separó tal como había nacido, en un guiño, y Carney y Auerbach, una vez divorciado el primero —que durante el proceso se entregó a la diletancia alcohólica y engordó más de quince kilos en pocos meses— hicieron las paces.

"Blakroc", 2009

“Blakroc”, 2009

Blakroc
(The Black Keys
y 11 invitados), 2009

Si tuviera que colocarme en la tesitura de elegir un sólo disco de The Black Keys, sería éste. Más allá de que las canciones me parezcan sublimes, Blakroc demuestra que el dúo es permeable y no comulga con el integrismo de quienes denigran al hip-hop sin conocimiento de causa y, al tiempo, es una prueba de que el rap conlleva el mismo espíritu de éxtasis físico y ardor que el rock.

Con once músicos y cantantes de hip-hop —entre ellos Raekwon, RZA y el fallecido Ol’ Dirty Bastard (los tres de Wu-Tang Clan), Jim Jones y NOE (de ByrdGang), Mos Def, Nicole Wray, Pharoahe Monch, Ludacris y Q-Tip (de A Tribe Called Quest)—, esta obra abierta quita el aliento por su descarada frescura, nacida y gestada en el estudio durante sesiones abiertas, nocturnas y alimentadas con todo tipo de sustancias donde se mezclaron la efervescencia del rhythm & blues con el nuevo soul callejero.

El ambiente colaborativo y chispeante fue grabado en un documental que puede verse aquí. Dejo abajo los vídeos de algunas de las canciones de esta explosión atómica en la que advierto la reunión probable de Elvis Presley y Otis Redding.

Ánxel Grove

Un nigromante de 71 años y un furioso guitarrista de 33 firman el mejor disco de 2012

Era fácil de adivinar. Sucede casi siempre cuando un fan respetuoso, un heredero sin ínfulas —en este caso Dan Auerbach (80% de The Black Keys)— se marida con un maestro —Dr. John— dispuesto a aprender algo de los descendientes.

El disco, Locked Down, es el mejor albergue en un año de chabolismo musical infamante. Lo prefiero, de calle, a cualquier producto musical de 2012, incluido el celebrado El camino, lo último de The Black Keys. Dr. John & Dan Auerbach suenan mucho más peligrosos y mucho menos encorsetados en la fórmula, que Dan Auerbach & Patric Carney.

Dr. John cubre la espalda de Dan Auerbach

Dr. John cubre la espalda de Dan Auerbach

La historia es conocida. El black key, admirador veterano de Mac Rebennack, el Doctor, fue a visitar al ídolo a sus cuarteles de Nueva Orleans en 2010. Dijo: “Si hacemos un disco juntos será tu mejor disco en décadas”.

El viejo brujo —uno de los mejores músicos vivos pese al daño del alcoholismo y algunos movimientos musicales erráticos para paliar una vida de chiflado dispendio económico — no había escuchado nunca al grupo de Auerbach, pese a que el dúo lleva una década editando discos —no, amigo moderno, no empezaron con Brothers (2010) y esos videoclips que tanto te gustan—.

Para asesorarse Dr. John buscó a los mejores consejeros: “Pregunté a mis hijos y me dijeron que los Black Keys son uno de sus grupos favoritos desde The Big Come Up. Me dejaron los discos y, vaya, me gustó lo que escuché”, ha declarado. Sin problema alguno se puso en manos de Auerbach y le entregó las riendas: producción, búsqueda de músicos para las sesiones y grabación en los estudios Easy Eye Sound, que el guitarrista abrió en Nashville hace dos años.

La brecha de la edad no existió durante la grabación porque las sensibilidades son los únicos puentes necesarios para salvar obstáculos temporales. Auerbach, para quien Dr. John fue una inspiración diaria “musical, espiritual y cósmicamente” durante la grabación (“es uno de los mejores músicos de todos los tiempos”), dejó de lado las mañas de los Blac Keys y abrió el abanico hacia un sonido más espeso basado en el modelo caliente del funk de los pantanos.

"Locked Down"

“Locked Down”

Locked Down brota de la unión de dos músicos sin complejos (Auerbach ha compuesto y tocado rap, esa música que desprecian el 99% de los roquistas, y Dr. John —además de ser la piedra angular del guiso criollo de Nueva Orleans— ha colaborado con el space químico de Spiritualized, atrevimiento que acometen muy pocos músicos de su generación). Ambos consideran sagrada la fórmula de fiebre y ritmo de burdel por la que circula el rhythm and blues —sí, amigo moderno, eso inspira a The Black Keys y no garaje como estoy cansado de leer— y sus muchas carreteras secundarias, pero no cometen la tropelía de dejarse enclaustrar por dogmas o modas.

Es un disco potente, abrasivo y contagioso. El sonido es viejo en el sentido ortodoxo —si el rock no suena a metal oxidado o alimento podrido no es rock— , no hay miedo a la disonancia y el vudú de estilos otorga la dignidad de evitar las caricaturas.

Me parece la más bella de las metáforas que en un año tan exiguo en buena música el mejor de los discos —en lo que mí respecta, el único decente— venga firmado por un viejo nigromante de 71 años y un tipo de 33 cuya sensibilidad furiosa es discordante con esta época de flojera musical.

Ánxel Grove