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‘Habitaciones’ en las alcantarillas: arte callejero para despertar conciencias

'Borderlife' - Fra Biancoshock

‘Borderlife’ – Fra Biancoshock

Bajo la superficie de la ciudad de Bucarest, en el sistema de alcantarillado de la capital rumana, existe una realidad sumergida. Las cloacas son el hogar de un número indeterminado (se barajan cifras de 600 a 5.000 personas) de adultos y niños.

Muchos de ellos no conocen otro hogar, han vivido así siempre: cuando en la navidad de 1989 cayó el régimen comunista de Ceaucescu y los orfanatos estatales fueron clausurados, miles de niños buscaron refugio en las alcantarillas. Con el tiempo se sumaron gente sin hogar, drogadictos, marginados sociales… Sólo hay una ONG —Samusocial— que les proporcione comida, ropa y asistencia médica. Los habitantes del subsuelo forman una masa de población invisible.

Dueño de un lenguaje crítico con la sociedad, aficionado a poblar las calles con intervenciones callejeras que espoleen las conciencias o actúen como potentes parodias, el artista italiano Fra Biancoshock (Milán, 1982) asegura con amargura que el mundo se encuentra en situación límite, saturado y cansado.

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Mircea Cărtărescu, el rumano más negro

Mircea Cărtărescu

Mircea Cărtărescu

Este tipo de mirada de azabache y rasgos cromados se llama Mircea Cărtărescu. Nació en Bucarest, la febril capital de Rumanía, el 1 de junio de 1956. En los mentideros le sugieren como el posible primer Nobel de Literatura rumano.

No esperen a que los mentideros tengan razón (sucede con poca frecuencia, pero sucede) y háganse el favor de leerlo cuanto antes. Algunos venenos, como algunos besos, no se merecen la injusticia de la espera.

La modélica editorial Impedimenta -que ilumina estos tiempos de consolación como una antorcha en una noche de vampyrs– ha publicado en España dos libros de Cărtărescu: El ruletista y Lulu.

Los traigo hoy a la sección Top secret con certeza de tropelía: ambas obras han dejado de ser secretas para convertirse, sobre todo la primera, en uno de esos bellísimos fenómenos literarios de ampliación popular, discreta e incesante.

“¿Has leído El ruletista?” es una pregunta-contraseña, un signo de complicidad entre quienes vivimos aterrorizados, convencidos de que ahí afuera sólo hay, como escribe Cărtărescu,  “una noche sólida como un infinito témpano de brea”.

"El ruletista"

"El ruletista"

Novella extrema, escrita con la misma enajenada matemática que poblaba las noches insomnes de Kafka o los inmemoriales desiertos de Borges, El ruletista refiere la vida de un loser drástico, un jugador de ruleta rusa que busca el nirvana frente a la “luz feroz de la pólvora” en letales sesiones financiadas por la cresta de la sociedad.

El narrador, magnetizado por la persecución de la muerte y el free jazz de los sesos reventados, es “un ovillo de harapos y cartílagos”, un anciano a quien nadie puede ya sustraer nada, porque agoniza en “una niebla negra que ha engullido lentamente, a medida que he ido envejeciendo, las ciudades, las casas, las calles, los rostros”.

Nada más riguroso se me ocurre para recomendar el libro que someterlo a la prueba de la apertura al azar de algunas páginas. Tomo en mis manos el volumen ahora y dejo que el papel impreso sea arbitrario como el tambor de la pistola del ruletista:

Página 26: “Ahora sé, con toda seguridad, que estaba siendo sometido a un control exhaustivo porque había sido propuesto para comenzar mi noviciado en el mundo subterráneo de la ruleta”.

Página 59: “Ahora la respuesta me parece simple; primitiva pero, al mismo tiempo, genialmente simple: el Ruletista apostaba contra sí mismo“.

Página 44: “Ni las señoras más refinadas de la sala se cubrían los ojos; en ellos se leía el perverso deseo de ver con sus propios ojos lo que algunas conocían solo de oídas: el cráneo reventado como una cáscara de huevo y esa sustancia ambigua, líquida, del cerebro salpicando sus vestidos”.

Página 56: “Y al abrir la cremallera en mi vuelo, he desvelado el pecho del Dios verdadero, un raccourci más grandioso que cualquier otra cosa de este mundo”.

No extiendo la lotería. Jueguen ustedes mismos a la ruleta rusa en un libro sobre “la muerte individual de cada uno, el gemelo negro que nació junto con él”.

Ánxel Grove

El fotógrafo no asimilable

Eslovaquia, 1966

Eslovaquia, 1966

Al ingeniero aeronáutico Josef Koudelka (1938), hijo de una aldea diminuta de Moravia, le gustaba bien poco su trabajo. Estudió porque tenía que hacerlo, porque la fortuna era equívoca en el inmenso teatro del comunismo demencial de Europa del Este, porque o eras obediente o el Estado te tiraba de las orejas y te marcaba a fuego el estigma de los incómodos.

Koudelka prefería hacer fotos. De adolescente había retratado a su familia y a los habitantes del micromundo moravio con una cámara de baquelita. En 1961 alguien le prestó una Rolleiflex de segunda mano. La cámara dió el tiro de gracia al título de ingeniero.

Cinco años antes, en las cómodas y bien decoradas salas del Museo de Arte Moderno de Nueva York, Edward Steichen había montado The Family of Man, la exposición fotográfica más ambiciosa jamás organizada: 503 fotografías de 273 fotógrafos de 68 países, profesionales y aficionados, famosos y desconocidos, nueve millones de visitantes, todavía viva (fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 2003)… La lista de participantes en la muestra quita el hipo.

Una pregunta distópica: ¿hubiera participado Koudelka, de estar activo, en la ambiciosa exposición sobre la humanidad?

Durante la primera mitad de los años sesenta el ingeniero aburrido de ser ingeniero se dedicó a retratar a las comunidades gitanas de Eslovaquia. El Estado quería asimilarlos, forma con que todos los Estados se refieren, en aras de la corrección semántica, al aniquilamiento de los débiles.

Bohemia, 1966

Bohemia, 1966

Expuso las fotos en Praga en 1967. Tuvieron éxito. Los comisarios políticos rotularon al autor como incómodo. Koudelka respondió abordando un tren hacia Rumanía, donde había un montón de gitanos esperando.

Al año siguiente los tanques rusos entraron en Checoslovaquia para abortar la Primavera de Praga. Las mejores fotos de la revolución aplastada las hizo Koudelka. Sacó las imágenes del país con métodos de contrabandista, sin pretender cobrar por su publicación.

En 1970 se fue de su patria y el Estado le quitó la nacionalidad. Le admitieron como refugiado en Inglaterra, le invitaron a entrar en la agencia Magnum. Aceptó el halago pero impuso condiciones: nada de encargos periodísticos. Prefería vagar por Europa, por los límites, a su propio ritmo.

A Koudelka no le gusta rendir cuentas. “Muchas de mis fotografías”, ha declarado, “las hago sin mirar el objetivo. Es como si no existiera la cámara, un acto sumamente mecánico”. Si no miras, no te pagan. Si no miras y no te explicas, te patean.

"Gypsies"

"Gypsies"

Acaban de reeditar Gypsies en una versión ampliada (30 fotos inéditas) con respecto a la original de 1975. Los gitanos -gracias al cielo nunca asimilados– son de Bohemia, Moravia, Eslovaquia, Rumanía, Hungría, Francia y España.

Era un libro tan difícil de encontrar como necesario. Uno de los foto-ensayos más bellos de la historia.

He leído en algún lugar que Koudelka, que tiene 73 años, vive en un humilde apartamento de Praga y se dedica, sobre todo, a ordenar sus negativos.

Teniendo en cuenta que se trata de uno de los mejores reporteros del siglo XX -ojo: reportero-emocional, no de staff, no de acreditación en el bolsillo y chaleco de Coronel Tapioca-, la situación admite seguir ejerciendo la esperanza: no todos somos asimilables.

¿Hubiera participado Koudelka en The Family of Man junto a los muy asimilables (y cojonudos) Richard Avedon, Robert Doisneau o Garry Winogrand, por citar a tres sin más ánimo que establecer extremos?

"Bohemia, 1966"

"Bohemia, 1966"

Me atrevo a soñar que, como en el caso de Magnum, se sentiría halagado pero diría que los deadline no van con él, que le gustaría dar una vuelta por alguna zona tan despoblada como olvidada antes de decidirse, que quizá pero más tarde, que por qué no nos vamos a tomar café y fumar cigarrillos…

Acaso en su fuero interno pensase que la idea de compendiar a la humanidad y su interés humano sólo podría ser aceptada viniendo de una deidad celestial, jamás de un hombre tan doliente como cualquiera.

Acaso Koudelka intentaría, con los ojos cerrados, hacer otra foto inmensa, definitiva, ciega de tan luminosa, como ésta de la izquierda. Una foto no asimilable.

Ánxel Grove

 

Veinte razones para seguir aullando

Emile Cioran (1911- 1995) Foto: Editions del'Herneok

Emile Cioran (1911- 1995) Foto: Editions del'Herneok

1. Emile Cioran, el “filósofo aullador”, como el mismo gustaba de llamarse, nació hace un siglo, el 8 de abril de 1911, en un pueblo de la rumana Transilvania, Rasinari. La zona pertenecía entonces al Imperio Austrohúngaro. Su padre era sacerdote ortodoxo.

2. De niño a Cioran le gustaban las manzanas, los libros de Diderot y Tagore, las caminatas y las visitas al cementerio en busca de calaveras para jugar con ellas al fútbol.

3. Desde que dejó Rumanía, en 1937, nunca regresó. Confesaba que sólo estaría dispuesto a hacerlo para volver a Rasinari. En la aldea hay una Pensión Cioran donde aseguran que contarán al visitante anécdotas de la niñez del escritor. Es dudoso que sea cierto.

4. Sufrió de insomnio desde la adolescencia, una etapa que pasó “entre bibliotecas y burdeles”.

5. A los 23 años, en su primer libro, En las cimas de la desesperación, escribió: “Soy uno de esos que, por millones, se arrastran sobre la superficie de la tierra. Uno más solamente. Esa banalidad justifica cualquier conclusión, cualquier conducta: libertinaje, castidad, suicidio, trabajo, crimen, pereza, rebeldía. Cada cual tiene razón en hacer lo que hace”.

5. En 1935, cuando ya se había manifestado como un nihilista convencido de la futilidad de la vida y de que “cada ser es un himno destruido”, su madre le dijo: “Si supiese que ibas a sufrir tanto, habría abortado”.

6. En 1937 flirteó con el ideario fascista de la Guardia de Hierro. Fue un acercamiento sólo teórico del que se arrepintió toda su vida (“era un pretencioso y un estúpido”). Le han crucificado por aquellos pecados de pensamiento.

7. Ese mismo año se fue a Francia con una beca. En París, como era de prever, no pisó la Sorbona. Empleó el dinero de la beca en recorrer el país en bicicleta. En cada ciudad universitaria pedía que le invitasen en el comedor de las facultades de Filosofía. No dormía ni un minuto. Caminaba o pedaleaba durante a la luz de la luna.

8. Una noche, ante un matadero, comprobó como las vacas se negaban a avanzar hacia la cuchillada final y se sintió como una de ellas:  “Esta escena es la misma que cuando, rechazado por el sueño, no tengo fuerzas para afrontar el suplicio cotidiano del tiempo”.

9. Un amanecer, al borde del mar, le torturó el griterío de una bandada de gaviotas. Las espantó a pedradas. “No necesitaba a nadie, pero esos chillidos estridentes y sobrenaturales me hicieron entender que sólo lo siniestro podía apaciguarme”.

10. Escribía sin pausa, siempre en francés. El insomnio eran un buen aliado. Los libros fueron muchos y demoledores: El ocaso del pensamiento (1940), Breviario de podredumbre (1949), Silogismos de la amargura (1952), La tentación de existir (1956), El aciago demiurgo (1969)…

11. Durante un tiempo meditó con seriedad hacerse español. “Uno tras otro, he adorado y execrado a muchos pueblos: nunca se me pasó por la cabeza renegar del español que hubiera querido ser”, escribió.

12. Escuchaba flamenco y tangos (“quien ame el tango es mi cómplice”), se veía con Samuel Beckett para ir de putas. Algunos intelectuales le admiraban (Susan Sontag, Saint-John Perse), otros, la mayoría, le consideraban un “filósofo de taberna”. A él le importaban poco unas u otras consideraciones.

13. En 1941, en un comedor universitario al que había entrado para mendigar un plato de sopa, conoció a Simone Boué, profesora de Licéo. Se casaron y vivieron juntos cincuenta años, siempre en el mismo domicilio, un pequeño apartamento en el número 21 de la rue de l’Odeon, en el Distrito Latino.

14. Adoraba a Proust, Dostoievski y, sobre todo, a Borges.

15. Despreciaba a la humanidad entera (“¡el hombre debe desaparecer!”), pero, sobre todo, a los incapaces de emocionarse con la música: “Si dios le debe todo a alguien es a Bach”.

16. Nunca concedió entrevistas. “Cuanta más cultura tiene uno, más peligroso resulta el periodismo”, escribió en una carta a un amigo en 1932

17 . Nos dejó aforismos a todos los vencidos. Uno: “Amar al prójimo es algo inconcebible. ¿Acaso se le pide a un virus que ame a otro virus?”.  Otro: “No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas, lo cual vale más que tratar de llenarlas”. Un tercero: “Toda literatura empieza con himnos y acaba con ejercicios“.

18. El Alzheimer que padeció Cioran en los últimos años de su vida le impidió consumar el suicidio que había planeado.

19. Murió el 20 de junio de 1995. Simone Boué falleció ahogada en la playa francesa de Dieppe dos años después. Ambos están enterrados en la misma tumba en Montparnasse.

20. Hace un par de días el empresario rumano George Brailoiu compró por 405.000 euros  unos manuscritos de Emil Cioran subastados en París. “Los donaré al Estado rumano”, dijo el comprador a la prensa. Brailoiu es propietario de la empresa KDF Energy, líder del mercado de certificados de emisiones de dióxido de carbono en Rumanía, con filiales en Bulgaria, Grecia y Lituania. Es lícito imaginar la sonrisa sardónica de una de las calaveras de Montparnasse.

Ánxel Grove