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‘Diferente de los otros’ (1919), la primera película progay de la historia

Fotograma de la pareja de amantes de 'Anders als die Arden'

Fotograma de la pareja de amantes de ‘Anders als die Andern’

Los amantes de la película lo tienen todo en contra: la incomprensión social, la desaprobación familiar y, sobre todo, la salvaje directriz del artículo 175 del Código Penal alemán:

Hay que basarse en que la opinión pública alemana considera la relación sexual entre hombre y hombre como un error, que es capaz de arruinar el carácter y destruir el sentido de la moral. Si este error se extiende, lleva a la degeneración del pueblo y a la decadencia de sus fuerzas.

Sobre esta situación gira Anders als die Andern (en español Diferente de los otros), la primera película en favor de los derechos de los homosexuales, producida en 1919 aprovechando que la censura había sido abolida el año anterior en la efímera República de Weimar, el periodo histórico convulso de la historia alemana que se inició en 1918, tras el final de la I Guerra Mundial, y terminó con la llegada de Hitler al poder.

La película, de cuyo argumento no revelaré detalles para mantener incólume la posible curiosidad del lector, fue inicialmente un largometraje pero no se conserva íntegra. Aunque hay muchas referencias bibliográficas y en hemerotecas, se consideró perdida hasta 1970, cuando fue localizada casi de chiripa una copia en Ucrania. Restaurada y completada con fotos fijas gracias al programa de recuperación de películas clásicas perdidas de la prestigiosa Universidad de California Los Ángeles (UCLA) —organizaron en 2012 un Kickstarter para buscar financiación—, hoy es posible ver este tempranísimo alegato progay casi completo.

Cinematográficamente no tiene demasiado valor —sólo resulta excepcional el actor principal, el gran Conrad Veidt, que al año siguiente se convertiría en la primera superestrella del cine alemán por su papel en la joya expresionista El gabinete del Dr. Caligari—, sobre todo porque Diferente de los otros sólo fue planteada como un pronunciamiento en contra de las leyes que castigaban a los homosexuales a penas que podían llegar a la castración bajo la cínica justificación de que las relaciones entre personas del mismo sexo resultaban peligrosas para la salud pública.

Magnus Hirschfeld (con bigotes) y algunos de sus amigos gay

Magnus Hirschfeld (segundo por la derecha) y algunos de sus amigos

Realizada por un equipo casi al completo homosexual, coescribieron el guión Richard Oswald —también director— y Magnus Hirschfeld, el médico y sexólogo que había desarrollado la teoría del tercer sexo y que actuaba como paladín de los derechos gay desde el Institut für Sexualwissenschaft de Berlín (Instituto para el estudio de la sexualidad).

Sin pelos en la lengua y muy bien relacionado intelectualmente, este precursor de la moderna idea del transexualismo y la libertad de género, montó una plataforma de opinión para demandar la anulación del artículo 175. Se adhirieron escritores, científicos e intelectuales de primer orden, entre ellos Albert Einstein, Hermann Hesse, Thomas Mann, Heinrich Mann, Rainer Maria Rilke, Max Brod y Stefan Zweig.

El estreno de la película derivó en un escándalo mayúsculo en la opinión pública alemana y, pese a las voces a favor de la tolerancia sexual, una rígida normativa devolvió la censura al país en 1920. Diferente de los otros tuvo una trayectoria comercial corta: un año después de su estreno fue retirada de los circuitos de exhibición y prohibida, aunque, en una magnánima y reveladora decisión legislativa, se permitía que fuera mostrada a “médicos e investigadores”.

Póster original de la película

Póster original de la película

El inicio de la era nazi del terror y la persecución de los diferentes culminó con la quema de todas las copias que existían en Alemania. La mayor parte de los implicados en la producción tuvieron que huir del país antes de ser detenidos y condenados a muerte. Los escuadrones hitlerianos destruyeron el Instituto para el estudio de la sexualidad y todos los libros de la enorme biblioteca del centro —una de las más importantes de Europa sobre el tema—. Osvald y Hirschfeld, ambos de orígenes judíos, escaparon y murieron en el exilio.

Los nazis no podían aplicar los criterios de persecución racial contra Veidt, alemán de pura cepa e ídolo de multitudes —le llamaban “el demonio de la pantalla” y era el actor mejor pagado de su tiempo—, pero iniciaron una campaña de desprestigio en su contra. El ministro nazi de Propaganda Goebbles aprovechó que el actor había interpretado a un personaje judío en una película inglesa para declarar: “Conrad Veidt ha sido recompensado por esta traición a su patria, con el elogio del pueblo judío. Por ello ya no es humanamente digno de que ni tan sólo un dedo se mueva en Alemania para alabarle“.

Conrad Veidt en 'Casablanca'

Conrad Veidt en ‘Casablanca’

Enterado de que la Gestapo planeaba asesinarle, Veidt escapó en 1933 y se estableció primero en Londres y luego en Hollywood. Participó en películas inolvidables y tuvo el impulso genial de aceptar el papel de un militar nazi curiosamente tolerante en Casablanca.

El artículo 175 del Código Penal alemán fue ampliado por los nazis. Ahora era delito cuando “de forma objetiva se daña el sentido del pundonor público y de forma subjetiva había intención lujuriosa de despertar la sensualidad de uno de los dos hombres o de un tercero”. Ni siquiera era necesario tocamiento alguno para ser condenado: la “subjetiva intención lujuriosa” bastaba.

La Reichzentrale zur Bekämpfung von Abtreibung und Homosexualität (en español, Central del Imperio para la lucha contra el aborto y la homosexualidad) fue creada en 1936 y gestionada por las SS. Se calcula que ficharon y condenaron a unos 100.000 homosexuales.

El final del nazismo y el regreso a la democracia no trajeron novedades rápidas para los gay alemanes. Aunque la tolerancia fue mayor y en ocasiones las autoridades hacían la vista gorda, la infamante criminalización de la sexualidad libre no fue retirada del Código Penal hasta 1994, tres cuartos de siglo después de Diferente de los otros.

Ánxel Grove

El inventor que quiso añadir globos y matasuegras al cine mudo

Ilustración de la patente de Pidgin

Ilustración de la patente de Pidgin

El piano era con frecuencia el único acompañamiento de las historias del cine mudo. Los personajes gesticulaban de manera teatral, las situaciones eran lo más claras posibles, los diálogos o cualquier explicación sobre la trama se tenían que resumir en intertítulos: frases escritas sobre un fondo negro, cuadros de texto que aparecían ocasionalmente para apoyar la imagen con palabras.

Las películas ganaban complejidad en la década de los años veinte. El gabinete del Dr. Caligari de Robert Wiene se estrenó en 1920, en 1921 Chaplin dirigía ya El chico, una de sus obras maestras; Harold Lloyd había protagonizaba El hombre mosca en 1923. La falta de sonido era el gran pero para el desarrollo lógico del cine. Los técnicos buscaban desde los años de la I Guerra Mundial sincronizar de alguna manera las palabras para evitar las interrupciones en la escena que suponían los bruscos mensajes sobre fondos negros.

Los intentos más serios ya se habían producido unos años antes con éxito, pero es El cantante de jazz (Alan Crosland, 1927) la película que se suele citar como la primera en incluir diálogos sonoros con solidez técnica. Por supuesto, antes de la década de los veinte también existieron propuestas.

El estadounidense Charles Felton Pidgin (1844-1923) era escritor y entre sus obras había novelas de ciencia ficción, de historia alternativa y de detectives. Ser inventor era su segunda gran pasión, ideó varios artefactos —entre ellos varias máquinas de cálculo— y acudía con frecuencia a la oficina de patentes. Sin duda, su proyecto más pintoresco fue el sistema para añadir mensajes a las películas mudas.

Motion-picture-and-method-of-producing-the-samePidgin presentó en 1916 la patente, publicada en 1917, para solucionar el problema de los carteles del modo más estético posible. Motion-picture and method of producing the same (Película y método para producir la misma) no propone sonido, sino un método rocambolesco para que las palabras aparezcan en pantalla mediante una especie de bocadillos de cómic desplegables.

“Con el fin de trasladar a los espectadores de una foto-novela o producción cinematográfica análoga el significado completo de la película mostrada, suele ser necesario añadir a las películas mismas ciertas características, palabras, letras y demás que se muestran en una pantalla separada. Esta separación entre el discurso y la acción es necesariamente inefectiva”, explica en el texto de la patente el inventor.

En el proyecto de Pidgin los actores llevan los mensajes escritos en un tubo “inflable y extensible”, similar a un matasuegras, detallado en las figuras 3 y 4 del documento. Pensando en personajes que necesiten más espacio para el texto, el autor propone utilizar globos de goma de diferentes tamaños y formas que se inflarían con una válvula conforme le tocara intervenir a cada uno: “Hinchar los artefactos (…) añadirá realismo (…), las palabras parecerán surgir de las bocas de los actores”.

Como es de suponer, la aparatosa idea, que más que a los bocadillos de cómic casi recuerda a las banderolas medievales, no llegó ni siquiera a la fase de prueba. Pidgin continuó escribiendo y —ya sea por casualidad o por desánimo— no inventó nada más.

Helena Celdrán