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Nuevo disco (supuestamente) pirata de Bob Dylan, el músico más pirateado

"Great White Wonder", 1969

“Great White Wonder”, 1969

En inglés los llaman bootlegs, un término que nació con los bootlegers que se dedicaban al contrabando ilegal de alcohol. En español nos hemos quedado con pirata como el adjetivo calificativo para los productos culturales que no provienen de los canales de fabricación, distribución y explotación oficiales.

Los discos pirata —borrados de la faz del mundo por el aluvión digital, que incluso nos ha hurtado lo prohibido tal como lo entendíamos— fueron, sobre todo durante los años setenta y ochenta, grandes objetos de deseo. No siempre eran fáciles de encontrar, tenían precios elevados y exigían una persistente dedicación en la búsqueda.

Suele considerarse que el primer bootleg de la historia es Great White Wonder, un disco prensado y publicado en los EE UU en el verano de 1969 con ventitantas canciones —en algunas ediciones 24, en otras 26—, casi todas inéditas, de Bob Dylan. El músico había sufrido un accidente de moto en 1966 y desde entonces estaba enclaustrado. Algunos decían que no volvería a grabar; otros, que había visto a Dios y prefería ser un buen padre de familia a un roquero disoluto y los más extremos aseguraban que había muerto.

El disco, que se emitió profusamente por las radios más modernas de ambos lados del Atlántico, mereció un comunicado de la casa discográfica del autor: “Un abuso contra la integridad de un gran artista (…) Sin nuestro conocimiento ni aprobación (…) Difama a Bob Dylan y defraudará a sus seguidores (…) Nuestros abogados tomarán todas las medidas”… Un antecedente, vaya, de ese bla bla bla pro copyright que es el esperanto de nuestro tiempo.

Dylan es el artista más pirateado de la historia. Navegar por cada meandro de la base de datos Bobsboots que agrupa todas las grabaciones ilegales exige una dedicación profunda y requiere semanas. Hay centenares, quizá miles, de grabaciones no autorizadas por el músico.

Bob Dylan Walking With Top Hat, Philadelphia, 1964  © Daniel Kramer

Bob Dylan Walking With Top Hat, Philadelphia, 1964 © Daniel Kramer

Sagaz como pocos, Dylan inició en 1991 una inteligente maniobra: editar oficialmente grabaciones que hasta entonces sólo se podían encontrar en versiones pirata —las titula, en un golpe de cinismo muy apropiado a su carácter socarrón, The Bootleg Series (Las Series Pirata) cuando de extraoficiales no tienen nada—.

Desde el punto de vista musical, nada que objetar: restauración, mejora del sonido con filtraje digital antirruidos, nuevas mezclas, añadido de documentación gráfica e histórica y bastantes sorpresas inesperadas.

Desde el punto de vista del bolsillo: un robo. La política de precios tiene muy en cuenta que se trata de objetos para fanáticos dispuestos a quitarle a sus hijos la cuchara de la boca con tal de hacerse con este o aquel inédito.

Para apuntalar la condición de única persona autorizada para publicar material no autorizado, Dylan tiene en nómina a una despiadada oficina legal que rastrea Internet con tenacidad de hormigas obreras y corta por lo sano todo aquello que encuentra que no produce regalías a las arcas. Encontrar canciones del músico en YouTube, por ejemplo, es una tarea cada vez más estéril.

"Another Self Portrait " (2013)

“Another Self Portrait ” (2013)

Las Bootleg Series de Dylan llegarán en unos días al volumen número diez —en realidad son siete, ya que la primera entrega contenía tres volúmenes—.

El nuevo capítulo es Another Self Portrait (1969-1971), que será editado el 27 de agosto. Son canciones encontradas recientemente, según nos dicen, en una labor de reordenación de archivos, de una de las etapas más tristes del artista, la que media entre Self Portrait (1969) —el peor disco de su carrera, etapa pentecostalista incluida— y New Morning (1971).

El producto, con óleo pintado por el cantante en la capa y notas del crítico Greil Marcus (autor de la mítica reseña de Self Portrait que condensaba en la frase inicial todo lo que era necesario saber sobre aquella pestilencia: “¿Que mierda es ésta?”), se puede reservar en la tienda online del artista. Los interesados deben empezar a ahorrar: se anuncian tres versiones que van de la proletaria de dos cedés a 18.98 dólares a la deluxe para bolsillos bien forrados, con cuatro discos y dos libretos a 99.98.

La percha informativa del nuevo disco-pirata-que-no-es-pirata de Dylan, es una pertinente excusa para dar un repaso a las entregas anteriores de la serie.

Volumes 1-3

Volumes 1-3

The Bootleg Series Volumes 1–3: Rare & Unreleased (1961–1991)

Editado en 1991, cubre treinta años y no parece diseñado teniendo en mente la serie posterior. Contiene 58 canciones, 46 de las cuales son ensayos o maquetas previas a las grabaciones, pero algunos de los temas están entre lo mejor de la carrera de Dylan, sobre todo las sesiones improvisadas de sus años bencedrínicos (1965-1967), cuando era un orate capaz de llevar a su terreno, sin instrucciones previas, a los tremendos músicos que le acompañaban.

También hay dos tomas originales que luego fueron insertadas, con muchas menos aristas, en Blood on the Tracks (1975), el disco temático sobre su cruel (por ambas partes) primer divorcio.

La canción del vídeo es mi pieza favorita. Es casi milagroso proseguir el camino de cada uno por su lado inicial a la arrasadora cohesión final.

Vol. 4

Vol. 4

The Bootleg Series, Vol 4: Bob Dylan Live 1966

Quizá se trate del disco pirata más famoso de todos los tiempos, pero fue necesario esperar a 1998 para escucharlo en condiciones y tener constancia de que aquello que presentíamos en los malos prensajes previos era cierto: nadie tocaba en 1966 tan fuerte y con tanta rabia rocker como Dylan y su grupo eléctrico —unos años después bautizados como The Band—.

El disco recoge la actuación del 17 de mayo de 1966 en el Free Trade Hall de Manchester. Hay dos partes: la acústica, con Dylan jaleado por el público inglés, y la eléctrica, donde son audibles los abucheos de la masa que no admitía el tránsito al rock and roll del cantante-miliciano de la protesta social.

Podría escucharlo cada día y cada día admirarlo.

Vol. 5

Vol. 5

The Bootleg Series, Vol 5: Bob Dylan Live 1975

Publicado en 2002, el doble disco recoge algunos momentos de la memorable Rolling Thunder Revue, la loquísima, concurrida —había por momentos 15 músicos en escena— y acelerada por la cocaína gira de Dylan como cómico de la legua por pequeños locales de los EE UU, en algunos de los cuales las actuaciones sólo era anunciadas en el último momento.

Aunque parte de la turnée está documentada en la delirante película Renaldo and Clara —culpemos al speed de la coca de las pretensiones de Dylan al creerse capaz de dirigir— y en el disco faltan muchas de las versiones que era improvisadas en cada show (mención especial: una vibrante recreación de Never Let Me Go del gran Johnny Ace), el volumen es un gran disco en directo.

Vol. 6

Vol. 6

The Bootleg Series, Vol 6: Bob Dylan Live 1964

El mayor de los patinazos de las Bootleg Series.

Publicado en 2004 presenta íntegro un concierto de Dylan, celebrado 40 años antes en el Philharmonic Hall de Nueva York.

El material es de los discos de protesta y el cantante, que ya estaba rumiando el final de la etapa, afronta las canciones con bastante aburrimiento.

Además estaba muy ciego tras haber fumado mucha marihuana antes del concierto y perdía el tono con frecuencia en medio de los temas.

Vol. 7

Vol. 7

The Bootleg Series, Vol 7: No Direction Home, The Soundtrack

Banda sonora del documental de Martin Scorsese No Direction Home (2005) a partir de centenares de horas de material grabado en cine y casi nunca publicado.

Contiene momentos inolvidables como una muy temprana grabación casera de Dylan (1959), la primera actuación eléctrica de su carrera, en el Festival de Newport de 1965, y uno de los momentos cruciales de la historia del rock: la versión de Like a Rolling Stone en Manchester en 1966, precedido por el grito acusador de un asistente (“¡Judas!), la respuesta de Dylan (“no te creo, eres un mentiroso”), la orden a los músicos del guitarrista Robbie Robertson (“¡tocad jodidamente fuerte!”) y la versión volcánica del himno.

Vol. 8

Vol. 8

The Bootleg Series, Vol 8: Tell Tale Signs

Colección de rarezas de entre 1989 y 2006, casi todas descartes de las grabaciones de los discos Oh Mercy (1989), World Gone Wrong (1993), Time Out of Mind (1997) y Modern Times (2006).

Dylan se mostró especialmente dadivoso en esta ocasión: permitió la descarga de un tema desde su web y mantuvo todo el disco en streaming durante una semana en la National Public Radio de los EE UU.

Claro que estas decisiones llegaron después del aluvión de críticas por el precio desmedido del disco: 129.99 dólares.

Vol. 9

Vol. 9

The Bootleg Series, Vol 9: The Witmark Demos: 1962-1964

En 2010 apareció la novena entrega de las Bootleg Series, 47 canciones grabadas por Dylan como demos para sus primeras empresas editoras y para intentar hacer negocio vendiendo los temas a otros artistas.

Aunque nunca fueron pensadas como material de consumo público —la producción no existe y las piezas están grabadas en directo, con Dylan (que tenía entre 20 y 22 años) tocando en solitario—, el futuro del cantante y compositor más influyente de la historia es palpable en la contenida ferocidad con que afronta algunos de los temas que se convertirían en himnos sociales y generacionales en pocos meses.

"The genuine Basement Tapes Vol. 1"

“The genuine Basement Tapes Vol. 1”

¿Tiene Dylan material en cartera para seguir echando mano del archivo? La respuesta es: desde luego.

Queda pendiente, por ejemplo, la insistentemente reclamada edición íntegra de las Basement Tapes que grabó entre abril y octubre de 1967 en su casa de campo en Woodstock con The Band. Circulan desde hace años en cinco discos [ con más de un centenar de canciones [1, 2, 3, 4, 5] y sólo una mínima porción fueron editadas oficialmente en un doble disco en 1975.

El viejo zorro tiene (aún más) material pirata para seguir haciendo negocio.

Ánxel Grove

Levon Helm: diez años de vida extra gracias a un establo

The Band, 1967 (Foto: Elliot Landy)

The Band, 1968 (Foto: © Elliot Landy)

Tres de las cinco personas de la foto están muertas. El del medio se suicidó en 1968 1986, a los 42 años. El del extremo izquierdo falleció de un ataque al corazón en 1999, a los 55. El que está entre ambos murió el jueves pasado de un cáncer, un mes antes de cumplir 72.

No menciono sus nombres en el primer párrafo porque nunca cometieron la grosería de obligarnos a la veneración genealógica ni practicaron el apostolado egoísta de la sacra iglesia del rock, despreciable como toda congregación, poblada por medianías, frecuentada por fanáticos ciegos.

Esos cinco tipos retratados por Elliott Landy en el buen año de 1968 en las montañas Catskills (no se trata de un plató de ocasión para hacerse pasar por chicos de campo: vivían allí) se llamaban The Band. Eran la única banda posible.

Levon Helm, 1969 (© Magnum Photos)

Levon Helm, 1969 (© Magnum Photos)

La tercera muerte estaba anunciada desde 1998. “Tiene usted cáncer de garganta”, dijeron los médicos a Levon Helm —hijo de granjeros de algodón de Arkansas, la tierra de gente con sombrero y uñas sucias donde sedimentó el blues, fuente única—. Dios te da donde más duele. De las cuerdas vocales de Mark Levon Helm había nacido el grito arrugado de los derrotados: la suya era una voz  que condensaba la sarga mojada por el chaparrón bíblico de la injusticia, el contrabando como senda de iluminación, la sombra de los barrancos donde van a morir los perros viejos, el alcohol de los pobres como única compensación por tanta miseria… Bruce Springsteen, que busca el mismo tono, lo dijo con lengua llana: “Hablamos mucho sobre el asunto, pero Levon es el asunto”.

“Podrá vivir unos cuantos años, pero se quedará sin voz”. Los médicos lo anunciaron con firmeza inmutable de avatares de Krishna. Cáncer en la garganta, bisturí, quimioterapia… Un barranco postrero para el perro enfermo. En 1998 todos comenzamos la cuenta atrás para Levon Helm. Concluímos que solamente nos quedaban las grabaciones como consuelo.

Establo-estudio de grabación de la casa de Levon Helm

Establo-estudio de grabación de la casa de Levon Helm

Después de dos años sin voz ni canciones, dos años blancos como hospitales, Helm empezó a hablar de nuevo, a cantar. La culpa del milagro la tuvo un establo en las montañas. Montañas y pelo de bestias, acaso no haya otra cura.

Fue como un inesperado bis. En 2004 Levon Helm, que debía muchos recibos a los médicos que le habían condenado antes de tiempo, organizó un concierto en el establo, adaptado como estudio de grabación. Los vecinos y amigos llevaron mazorcas de maíz, puré de calabaza y costillas asadas. El establo y el hijo de granjeros de Arkansas pusieron la música. Desde entonces, hasta hace pocos meses, la fiesta se celebró cada sábado. La llamaron Midnight Ramble y era una sorpresa. Reservabas la entrada, llegabas con algo de comida, te sentabas cerca de la chimenea y te dejabas caer por el barranco.

El elenco de cada noche dependía del azar y parecía dictado por un dios bondadoso. Podía incluir a Elvis Costello, Jackson Browne, Emmylou Harris, Dr. John, Gillian Welch, Rickie Lee Jones, Los Lobos… Hay un par de discos que sintetizan el milagro del establo.

Levon Helm sonreía, cantaba, tocaba la batería y la mandolina, renacía en una marcha atrás que le llevaba hacia delante. No tenía la rabia tensa de los años setenta y los músculos doloridos le obligaban a golpear los tambores con menos pegada, pero la sonrisa era un guiño a la muerte. “Te estoy ganando, chica”, parecía decir.


En los últimos cinco años, Helm grabó tres discos. Todos ganaron un Grammy, pero es injusto reducirlos a la entidad difusa de un premio. Dirt Farmer (2007), Electric Dirt (2009) y Ramble at the Ryman (2011) son adultos, no tienen la desesperada pureza redentora de las grabaciones de The Band, pero hablan de asuntos de gravedad intensa en este tiempo de desprecio por la siembra, el arado, las cosechas y el riego: la desaparición, tal vez definitiva, de la cultura rural y su templada elegancia. Percibir que los enuncia un condenado que araña tiempo a la muerte los convierte en sobrecogedores.

"Dirt Farm" (2007), "Electric Dirt" (2009) y "Ramble at the Ryman" (2011)

"Dirt Farmer" (2007), "Electric Dirt" (2009) y "Ramble at the Ryman" (2011)

El escenario final para Helm, el establo celeste, fue congruente, como también lo habían sido los de sus dos colegas en The Band que le precedieron en la muerte: el motel barato donde Richard Manuel se colgó de una puerta con su propio cinturón —los chicos de campo prefieren el cuero— y la casa familiar de pueblo —esta gente nunca babeaba por las bruñidas luces de las vanidosas noches urbanas— donde Rick Danko fue sorprendido por el reventón cardíaco mientras dormía, tras haber declarado a un entrevistador, el día anterior, la verdad necesaria: “Las cosas buenas nunca se planean”.

Desde la izquierda, Hudson, Manuel, Helm, Robertson y Danko

Desde la izquierda, Hudson, Manuel, Helm, Robertson y Danko

The Band, la única banda, era un fruto accidental que condensaba todos los sabores del plantío americano: tres canadienses de Ontario —Danko, Manuel y Garth Hudson (1937)—, el medio indio mohawk Robbie Robertson (1943) y el hijo de granjeros Helm. Siendo adolescentes se foguearon en garitos donde, según la ley, eran demasiado jóvenes para entrar. Se llamaban The Hawks y acompañaban al viejo loco Ronnie Hawkins, que les pagó las primeras copas.

El resto es leyenda: entraron en contacto con Bob Dylan, al que apoyaron en la sideral transición del folk al rock eléctrico (1965). En julio de 1966, el cantautor, también nativo de las brumosas tierras de la imprecisa frontera cultural entre los EE UU y Canadá, fue víctima de un accidente de motocicleta. Las secuelas no fueron únicamente físicas. Alquilaron por una renta de trescientos dólares una casa de madera pintada de rosa, Big Pink, en Woodstock, el pueblo montañoso del estado de Nueva York donde Helm levantaría su estudio-establo, y llevaron a término la Gran Pastoral Americana, el  menos es más del rock de los años sesenta.

Dylan y The Band grabaron cientos de canciones complicadas y peligrosas que ni siquiera intentaron editar (circularon profusamente en grabaciones pirata, conquistaron a los Beatles —George Harrison visitó Big Pink y salió transformado— hasta que una selección, The Basement Tapes, fue publicada en 1975). Mientras los hijos de las flores apuraban al máximo el volumen de los amplificadores Marshall y volaban sobre paisajes de gelatina, volvieron la vista al territorio, la verdad de la orografía, y llevaron al rock a terrenos donde resonaban las voces alunadas y góticas de William Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers, los libros bíblicos, Robert Johnson, las jigas tradicionales y los cantos de ciego con perro lazarillo.

Segundo álbum de The Band, 1969

Segundo álbum de The Band, 1969

Cuando The Band emergió como grupo, sobre todo con los dos primeros elepés, Music from Big Pink (1968) y The Band (1969), el compositor devocional Robertson preparó sagas sobre la gran frontera norteamericana para las voces de Helm, Manuel y Danko, de timbres, respectivamente, rugoso, frágil y conmovedor. En los dos discos establecieron una simbiosis total con los ciclos, con frecuencia desalmados, de la naturaleza y con el escenario inmutable del devenir errático de los humanos.

En piezas como Long Black Veil, The Shape I’m In, Chest Fever, Stage Fright, The Weight, The Nigth they Drove Old Dixie Down, In a Station o King Harvest había un tono de serenata, no por matizado menos intenso, desconocido en el rock. The Band hablaba el idioma eterno de la desesperanza con un matiz de sermón y plegaria que abrió las puertas para una nueva derivación humana del rock. Después llegó la admiración de todos, algunos discos erráticos y el concierto de despedida The last waltz (1976), convertido por Martin Scorsese en la mejor película de rock and roll de la historia. Les dejo con un fragmento en el que Helm canta una pieza que mientras escribo intenté escuchar, pero que, lo confieso, no puedo afrontar ahora. Duele demasiado.

Ánxel Grove