Una infancia que no está en mi mano dar a mis hijos

Este fin de semana hemos estado Jaime y yo solos en casa. Julia y su padre se fueron a evento familiar que les tuvo primero en Aranda, que está en fiestas, y luego en un pequeño pueblo burgalés de poco más de doscientos habitantes.

Hemos estado a gusto y felices los dos. A Jaime le gusta que estemos todos juntos y nos demuestra que nos ha echado de menos a su manera, pero no os voy a decir que no agradezca de vez en cuando tener a mamá o a papá para él solo.

Nos gusta ir todos juntos siempre que podemos, pero ya sabemos que hay planes en los que no tiene sentido incluir a un niño con autismo, que únicamente va a pasarlo mal. Él no entiende que haya que estar tres horas (o más) sentado en un restaurante no es capaz de entretenerse jugando entre las mesas como harían otros niños de su edad. Por eso tampoco estará el mes que viene en la boda de uno de nuestros mejores amigos. Tampoco habría aguantado el bullicio de las calles de una ciudad en fiestas.

Hemos aprovechado para ir a lavar el coche, pasear a Troya, estar con los abuelos, hacernos cosquillas, ver alguna película en casa, hacer compras… planes tranquilos y habituales.

Con Julia ha sido otro cantar. Vio por primera vez gigantes y cabezudos, estuvo en la feria y jugando con sus primos. Pero lo que realmente la entusiasmó fue pasar el día siguiente en el huerto, recogiendo patatas, zanahorias, calabazas, ciruelas y huevos de gallina.

“¡Pero sí están calientes”, dijo sorprendida al cogerlos.

“Claro, ¿de dónde te crees que han salido?”.

Hay una infancia que no puedo darle a mi hijos, la infancia que yo tuve y atesoro en el monte asturiano, que me hizo en parte como soy, que siempre agradeceré y que Julia también disfrutaría.

Jaime también lo haría. Corriendo por el verde, trepando y saltando en libertad y sin peligros

De niña pasaba todo el verano con mis abuelos en Asturias, llevando y trayendo a las vacas del prao junto a mis primos, recorriendo libre en bici toda aquella zona, ayudando con las varas de hierba, pañando patata y manzana, guiando las fabes, recogiendo ciruelas y melocotones, viendo nacer terneros, cogiendo renacuajos, dando tréboles a los conejos y caracoles a las gallinas.

No me atrevería a decir que ese tipo de infancia ya no existe, sé que sí. Aunque tienda a ir a menos, igual que se está perdiendo lo que mi abuelo y los demás abuelos sabían sobre cómo atender la tierra y los animales. Ese trabajo duro y con frecuencia desagradecido para el que eran necesarios mas conocimientos de los que imaginamos.

Pero aunque aún haya sitios en los que exista, me apena no poder regalarle esa infancia a mis hijos. No está en mi mano.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Juan Gámez

    Tengo un niño de 8 años con autismo (Guille). Estoy de acuerdo en todo lo que dices, yo también me crié en el campo, en una aldea (no es ni pueblo), LIBERTAD TOTAL, CASAS ENORMES COMO CASTILLOS, LA CALLE , LOS JUEGOS, LOS AMIGOS, LAS TRAVESURAS (Y SUS CASTIGOS…). Para mí, con diferencia, la mejor etapa de nuestras vidas. Yo quisiera también darle esa infancia también a mis hijos… pero aquí cuesta tanto tener un trabajo seguro, que no tenemos el VALOR de dejarlo e irme al pueblo…

    14 septiembre 2015 | 12:18

  2. Dice ser Sicólogo Astral

    ¿Que?¿que las gallinas comen caracoles?¿pero no comian grano? que asquerosas.

    14 septiembre 2015 | 20:10

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