Leo en Vandal que Activistas pro derechos de los animales hackean un juego de peleas de perros.
Por lo que he visto era una especie de Nintendogs pero el objetivo era entrenar y alimentar a tu perro hasta convertirlo en una máquina de matar otros canes. Era un juego para teléfonos inteligentes Android.
El Tribunal Supremo de los EE.UU. había decidido en junio permitir este juego amparándose en libertad de expresión de los medios.
Y para mí, que soy periodista, la libertad de expresión es sagrada. Pero en este caso no puedo ser imparcial. Tal vez el Tribunal Supremo tenga razón y me ciegue por completo mi experiencia: he visto perros robados para peleas, muchos para ser usados de sparring, he visto a hermosos perros de presa con la cara marcada por los colmillos de congéneres con los que se han visto obligados a pelear. No entiendo que nadie pueda disfrutar viendo a dos animales destrozarse mutuamente. No lo entenderé nunca. Y por eso me alegro de ese hackeo, aunque sea ilegal y el juego no.
Un grupo de activistas defensores de los derechos de los animales ha atacado informáticamente un videojuego sobre peleas de perros que ya fue retirado del Android Marketplace en abril de este año al considerarse ofensivo.
El juego se llama Dog Wars y propone peleas de perros. Las primeras quejas de organizaciones pro derechos de los animales consiguieron que Google retirara el título del catálogo de distribución digital para Android, su sistema operativo para dispositivos móviles.
Sin embargo, dado el carácter abierto de la plataforma, el juego se podía descargar desde repositorios digitales de terceros e instalarse en los terminales, razón que ha motivado el ataque cibernético.
Se ha creado así una versión modificada del juego que contiene un troyano (software malicioso que espía y envía información sobre el usuario) que en esta ocasión se limita a enviar a todos sus contactos de la agenda un mensaje -en inglés- que dice “me gusta herir a pequeños animales, he pensado que te gustaría saberlo.”



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Por su carácter eminentemente jerárquico, es relativamente habitual que los perros se enzarcen en peleas para determinar quién es el que debe llevar la voz cantante.
La perra de la foto es una pastora alemana que está en la perrera de Zaragoza.


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