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Graham Miller retrata a los habitantes del aislado occidente australiano

"Suburban Splendor" © Graham Miller

“Suburban Splendor” © Graham Miller

Las fotos de Graham Miller podrían residir entre las líneas de este poema, como cuervos punteando los cables del tendido eléctrico:

Miedo a ver un coche de la policía acercarse a mi puerta.
Miedo a dormirme por la noche.
Miedo a no dormirme.
Miedo al pasado resucitando.
Miedo al presente echando a volar.
Miedo al teléfono que suena en la quietud de la noche.
Miedo a las tormentas eléctricas.
¡Miedo a la limpiadora que tiene una mancha en la mejilla!
Miedo a los perros que me han dicho que no muerden.
Miedo a la ansiedad.
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo a quedarme sin dinero.
Miedo a tener demasiado, aunque la gente no creerá esto.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y miedo a llegar antes que nadie.
Miedo a la letra de mis hijos en los sobres.
Miedo a que mueran antes que yo y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre cuando ella sea vieja, y yo también.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día acabe con una nota infeliz.
Miedo a llegar y encontrarme con que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar lo suficiente.
Miedo de que lo que yo amo resulte letal para los que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado.
Miedo a la muerte.

Ya he dicho eso.

El autor de los versos, Raymond Carver, gran poeta recordado sobre todo como cuentista pese a que fue construido por su editor, ha pasado a la historia como el portavoz de los lacónicos personajes del hinterland suburbial de las macrociudades, esas urbanizaciones donde la desolación es aún más intensa que en la urbe y sólo puedes conversar con el zumbido de la televisión, escuchar la música de amoblamiento de los zumbidos de los electrodomésticos o espiar los perfiles fantasmagóricos de tus vecinos tras las cortinas de la casa de enfrente.

Las fotografías de Miller tienen el mismo escenario espiritual pero poco que ver en términos geográficos con los paisajes de los suburbios de los EE UU que han sido escenarios para la angustia contemporánea usados también por el escritor Richard Ford, el cineasta Paul Thomas Anderson o el pintor Edward Hopper. El fotógrafo cita a los tres como influencias. También a Carver, al músico de bluegrass aussie Paul Kelly y a los pintores románticos Turner y Friedrich, para quienes la naturaleza contenía mensajes divinos.

"Suburban Splendor" © Graham Miller

“Suburban Splendor” © Graham Miller

Lo que vemos, la inacción anterior a un clímax, la luz hipercromática, la densidad palpable de la soledad, sucede en torno a la ciudad de Fremtale, cerca de Perth, en la muy lejana Australia Occidental. Es conveniente ver un mapa cenital de la zona para entender la profundidad del aislamiento: poblaciones empujadas hacia el océano por el gran desierto —verdaderamente grande: la región, de ser país, sería el décimo del mundo en superficie—.

A Miller, nacido en 1966 en Hong Kong pero interno desde los diez años en un colegio de Perth —su padre era piloto de aviación comercial y no tenía tiempo para el hijo—, le interesa mostrar en la serie Suburban Splendor (Esplendor suburbano) el “gran asunto” para los habitantes de este confín, el “aislamiento” y la “desconexión con el resto del mundo”, el “vacío” palpable “pese a Internet y las comunidades virtuales”.

Según cuenta el fotógrafo en una entrevista en Trouble, las imágenes narran “tragedias cotidianas” que parecen casi siempre inasibles para los demás. Se trata de una colección pesimista —“al final terminas entendiendo que los otros, no importa cuan cerca estén de ti, siempre serán unos desconocidos”—, sólo compensada por la creencia de que estos personajes detenidos en una cápsula, en espera de una explosión, contando cada latido orgánico como pasando las cuentas de un rosario, “no están irremediablemente perdidos” porque son “dignos en su dureza”.

"Suburban Splendor" © Graham Miller

“Suburban Splendor” © Graham Miller

"Suburban Splendor" © Graham Miller

“Suburban Splendor” © Graham Miller

“La pintura sólo volverá a ser grande cuando trate sobre la vida con mayor detalle y menos oblicuamente“. Como tomando al pie de la letra la máxima esencial del espartano Hopper, cuyos cuadros parece llevar siempre prendidos en algún lugar de la retina, Miller busca a sus personajes antes de hacerlos posar y retratarlos. Deben entrarle por los ojos y emitir señales de que habrá conexión. Una vez seleccionados, los aborda, les cuenta la idea que se trae entre manos, intercambia pareceres y, como culminación del encuentro, los retrata en poses previamente convenidas entre ambas partes.

¿Artificio? No del todo. El fotógrafo asegura que se trata de escribir una historia en colaboración con las personas, los lugares, las situaciones, la luz… “Nunca lo tengo demasiado claro de antemano ni doy demasiadas indicaciones (…) Suburban Splendour nació como buscando localizaciones para una película antes de insertar a los actores y esperar la luz adecuada”, explica.

En otra de sus colecciones, Waiting for the Miracle (Esperando un milagro), este poeta de la inmovilidad eligió como punto de partida la canción del mismo título de Leonard Cohen sobre un hombre que en la vejez se queja de la falta de probabilidades de encontrar redención o amor. Esta vez Miller decidió lanzarse a la carretera y retratar a jóvenes vecinos de remotas y pequeñas localidades australianas, a los que intentó mostrar como si “buscasen sus verdaderos nombres” en un ejercicio de esperanza ilimitada, contraponiendo los retratos con paisajes que, como en los cuadros de los románticos, transmitiesen un guiño de Dios.

El pintor Hopper murió a los 85 años, mientras descansaba en un sillón. Fue una muerte sencilla, recordó su viuda, como si el artista se dejase vencer por la moderación que reina en sus cuadros: “Tardó un minuto en morir. Sin dolor, sin sonidos, con los ojos serenos, abiertos, felices. Era hermoso en la muerte, como un personaje de su pintor favorito, El Greco”.

Algo de esa atenuada actitud contiene la obra fotográfica de su admirador australiano. Sin dolor, sin sonidos, con los ojos serenos… desde uno de los lugares más aislados de un planeta donde no vivimos tan cerca unos de otros como nos dicen.

Jose Ángel González

‘Beauty’, una animación de pinturas clásicas en movimiento

La sucesión de imágenes comienza con un paisaje de Asher Brown Durand (1796-1886), uno de los pintores estadounidenses de la Escuela del río Hudson que, muy pendientes del romanticismo europeo, plasmaron en el siglo XIX su devoción por los parajes intocados de los jovencísimos Estados Unidos. Pronto comienzan a sucederse los personajes —mujeres jóvenes y niños; vírgenes y ángeles—, muchos de ellos obra del exitoso pintor realista de la burguesía francesa William Adolphe Bouguereau (1825-1905).

En Beauty (Belleza), una colección de 116 cuadros cobran vida en un vídeo de animación de casi 10 minutos. Cada pintura original se transforma en un instante de movimientos leves y suaves; en una visión acompañada de voces corales y sonidos de la naturaleza. Los personajes respiran lentamente, inclinan la cabeza relajados, actúan como si únicamente vivieran para alargar ese momento.

El director de la pieza es el italiano residente en Milán Rino Stefano Tagliafierro (Piacenza, 1980), que se apoya en el historiógrafo Giuliano Corti para explicar el proyecto. Corti habla de cómo la belleza ha sido descrita “desde la antigüedad” como “un efímero momento de felicidad”, un estado de plenitud vital “condenada desde el principio a un final redentor y sin embargo trágico”: “Esta interpretación de Rino Stefano Tagliaferro le devuelve a la belleza la fuerza expresiva de los gestos desde la inmovilidad del lienzo”.

Las pinturas —siempre acompañadas de sutiles sonidos que sirven de banda sonora a los elementos representados (pájaros, címbalos, una concha marina, risas femeninas…)— comienza con las visiones de inocencia y, muy poco a poco, dan paso a una atmósfera erótica y después a la penumbra, al dolor y a la violencia de obras de carácter religioso, historicista y mitológico cada vez más turbadoras.

Tras la tempestad llega la quietud de los cadáveres, examinados en pinturas de temática científica. El último cuadro es Abadía en un bosque, un templo en ruinas rodeado de árboles sin hojas, una melancólica y alegórica obra temprana del romántico alemán Caspar David Friedrich.

Renacentistas, manieristas, barrocas, neoclasicistas, románticas, simbolistas… Tagliaferro no tiene reparos en unir corrientes artísticas y autores muy diferentes. En el montaje, el academicismo de Bouguereau o de su rival directo Jules Joseph Lefebvre no desentonan con el tétrico bodegón de Pieter Claesz o con las brujas orientalistas del granadino Luis Ricardo Falero. Todo fluye en una acelerada historia de ascenso, esplendor y decadencia ilustrada con algunos de los testimonios artísticos más impresionantes de la pintura del siglo XVI al XIX.

Helena Celdrán

John-Everett-Millais---Ophelia

Enrique-Simonet---Anatomia-del-corazon

William-Adolphe-Bouguereau---A-Young-Girl-Defending-Herself-Against-Eros

William-Adolphe-Bouguereau---Le-Baiser

Luis-Ricardo-Falero---Witches-going-to-their-Sabbath

Rembrandt---Lezione-di-anatomia-del-dottor-Tulp