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‘Encarcelan’ a un doble del presidente Trump tras colarse en su lujosa Torre

El pasado 30 de marzo un colectivo artístico se coló en el hotel de la Torre Trump de Nueva York para realizar una performance de 24 horas sin permiso alguno. Contrataron una lujosa habitación que cuesta 1.000 dólares la noche. La convirtieron en una cárcel reivindicativa y sucia, una pocilga posfuturista. Después encerraron en ella a un doble del presidente de los Estados Unidos, luciendo su característica gorra roja y esposado. Invitaron a un reducido grupo de periodistas a asistir a este espectáculo que llamaron People’s Prison.

La acción de guerrilla artística fue llevada a cabo por el grupo Indeclinecuya última acción, sonada en 2016, había sido dejar por las calles de varias ciudades americanas estatuas del presidente desnudo (muchas de ellas fueron destruidas por votantes enfadados). Este colectivo está formado por artistas anónimos muy críticos con la figura de Donald Trump y el pensamiento neoliberal.

 

Documentaron todo el proceso en un vídeo que han colgado en las redes sociales (al final de esta entrada). Fueron los propios trabajadores del hotel quienes sin saberlo les ayudaron a subir a la espaciosa suite el material necesario, incluyendo obras de arte que exhibirían en esta galería subversiva. Allí desmontaron la habitación con la maña de un albañil espía, y levantaron los barrotes de hierro. Ensuciaron el escenario utilizando residuos de comida rápida. Cubrieron las paredes con una exposición de varios retratos- rostros enmarcados en banderas americanas invertidas como símbolo de disconformidad-, realizados por 13 artistas.

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La mujer que le cambió la vida a Fela Kuti no era una de sus quince esposas

Fela Kuti y sus esposas

Fela Kuti y sus esposas

Fela Anikulapo Kuti (1938-1997) y sus quince esposas: Remi, Naa Lamiley, Aduni, Kevwe, Funmilayo, Alake, Adejonwo, Najite, ADeola, Kikelomo, Ihase, Omowunmi, Omolara, Fehintola y Sewaa.

“Reinas”, prefería llamarlas. “Aunque tenga favoritas, nunca te diré quiénes son”, respondió a un periodista occidental confuso e indignado por la poligamia.

Ellas también hablaron sobre la vida yoruba en comunidad con un esposo. “La palabra celos no es una palabra africana“, resumió alguna. “Estamos todas enamoradas de Fela”, dijo otra.

Uno de los grandes músicos del siglo XX –Miles Davis le consideraba el mejor, el más radical, el más brillante-, Fela era una contradicción: visionario y cruel, fanático y anarquista, tradicionalista y loco.

Fundó una religión de la que era sumo sacerdote; hizo política en Nigeria; fue mancillado, atacado y torturado por la dictadura militar; gestionó un club nocturno-comuna-vivienda-estudio de grabación-estado-independiente donde nació el afrobeatKalakuta Republic (incendiado tras un asalto militar en 1977); compuso centenares de canciones salvajes e insuperables; murió por complicaciones derivadas del sida…

Las quince reinas de Fela -retratadas con las típicas maneras paterno-occidentales en el musical Fela!, que enloquece al público de Broadway desde 2009 y que ahora empieza una gira mundial- participaban en las actuaciones como bailarinas. Ninguna tuvo otra intervención en la música además de la expansivas coreografías.

Sandra Smith

Sandra Smith

La mujer que tuvo un mayor predicamento sobre Fela no era africana y nunca fue una de sus reinas. Se llamaba Sandra Smith, era estadounidense, sus tatarabuelos habían sido esclavos y militaba en los Black Panther (Panteras Negras), la organización radical de autodefensa de los afroamericanos de los EE UU.

Sandra, a la que no se otorga demasiado crédito en las muchas publicaciones y ensayos sobre Fela (por eso la traigo hoy a Top Secret), estuvo liada con el músico en 1969 en Los Ángeles.

Fue ella quien le hizo consciente de su africanidad, le pasó la autobiografía de Malcolm X, los libros de Angela Davis, le hizo escuchar a Miles Davis, John Coltrane, el free jazz, Jimi Hendrix, Bob Dylan, le puso en la senda de la música como medio de liberación personal y combate colectivo, le invitó al primer LSD, le enseñó a pensar

Eran tiempos duros para el nigeriano. Había llegado a los EE UU con su primer grupo, Koola Lobitos. Querían conquistar América y se econtraron con pobreza, segregación y la constante persecución de la policía de inmigración. Tras escapar de Nueva York, se establecieron en Los Ángeles. No tenían ni para comer.

Sandra les encontró trabajo en el club Citadel d’Haiti, donde tocaban seis días a la semana. Al local, que estaba abierto hasta el amanecer, acudían luminarias golfas de Hollywood, entre ellos Frank Sinatra. La leyenda dice que una noche Frankie cantó con Fela y su grupo, que se habían cambiado el nombre por Nigeria 70 (por recomendación de Sandra).

“Sandra me abrió los ojos. Me hizo entender mi condición. Me puso en la senda de la verdadera música africana”, declaró Fela.

Ella le amó durante toda su vida. Fue a Nigeria dos veces. Los militares intentaron detenerla, pero los partidarios de Fela la escondieron.

Sandra, que ahora lleva el apellido de su marido, Isidore, nunca quiso formar parte del harem de reinas del músico.

Ánxel Grove