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La inteligencia del ser humanoes la capacidad que tiene para adaptarse a la realidad.Xavier Zubiri, filósofo. (San Sebastián, 1889 - Madrid, 1983)

Cuando las cabras se suben a los arganes

De Essauira a Agadir hay que recorrer 173 km por un paisaje abrupto y poblado de arganes; un árbol de la familia de la encina que da un fruto jugoso, similar a la aceituna, del que se extrae un aceite muy apreciado. Para el viajero que se adentra por primera vez por este territorio, las cabras encaramadas en las copas de los árboles son un espectáculo que hay que detenerse a ver. El pastor le pide entonces “algo” al turista por dejarle fotografiar(1) a sus animales haciendo equilibrios sobre las ramas; yo he llegado a contar más de 20 cabras danzando en un sólo árbol.

La carretera rompe hacia la costa de pronto, salvando el último escollo de las estribaciones del Atlas atlántico. Nos acercamos a Agadir, una ciudad que ronda el millón de habitantes. En el pueblo de Tamri, a 46 km de la gran ciudad turística e industrial del sur, los plátanos recién cortados se amontonan en los puestos de la carretera en columnas imposibles. Agadir está rodeado de playas. Los turistas alemanes e ingleses las ocupan todo el año. Hoteles de 4 y 5 estrellas y complejos residenciales de elite, circunda la bahía; más de 9 km de playa a la que se asoma la ciudad. Una ciudad que el terremoto de 1960 destruyó en un 80%, pero que resurgió de sus cenizas enseguida gracias al turismo internacional.

Pasar un día en Agadir merece la pena; tiene, entre otros atractivos, el de ver la mezcla de pueblos. Los europeos a su aire, ligeros de ropa; ellos en bañador; ellas, en bikini, pantalón corto, camisetas atrevidas… mientras pasan a su lado las mujeres marroquíes con chilaba y pañuelo, cubiertas hasta los ojos. El contraste de mil mundos, ¿no? Aunque hay hoteles a 20 € (y por menos), un hotel de 4 estrellas puede costar una noche 70 euros con desayuno / buffet. ¡Y hay que verlo! Porque acudir al comedor a las 8 de la mañana y encontrarse con decenas de alemanes gigantes, obesos, a los que las carnes les rebosan por todas partes, engullendo a destajo salchichas, queso, huevos revueltos, bollería industrial, mantequilla untada en pan crujiente… hace pensar. Aunque en el hotel no haya Internet… Sólo el favor de una secretaria hace posible el acceso a la Red.

Una vuelta por la noche por su paseo marítimo también merecerá la pena. ¡Tanta gente diferente! Desde el millonario saudí que lleva a su mujer tres pasos por detrás, envuelta en una túnica blanca, y a la que sólo se le ven los ojos, hasta la pareja de homosexuales o lesbianas europeas que, muy discretamente, eso sí, se hacen arrumacos. La noche en Agadir hierve en las discotecas y en los clubs privados… Pero nosotros tenemos que madrugar par viajar a Sidi Ifni.

(1) No ofrezco fotos por ahora, de este encuentro con las cabras bailando en los arganes, ni de otros acontecimientos acaecidos en el viaje por la costa atlántica de Marruecos, porque la cámara fotográfica se me estropeó, desgraciadamente, nada más salir de Tánger. Pero, como el viaje es repetido, habrá otra ocasión pera que ustedes vean fotos de los lugares por los que discurre este peregrinar atlántico.

1 comentario

  1. Dice ser argan

    El aceite de argan ya lo utilizaban los egipcios. Fue una civilización de la que deberíamos aprender muchas cosas. Un saludo.

    03 Abril 2008 | 10:09

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