Las medidas más drásticas contra la pandemia son mejores para la salud, la economía y las libertades, según un análisis científico

Solo algunas voces públicas, de las que llegan a la gente, han dicho a lo largo de esta pandemia que esto es una carrera de largo recorrido, y que por lo tanto las medidas deben tomarse poniendo la vista en los próximos años, no en las próximas semanas ni en las próximas elecciones. Los científicos llevan repitiendo este mensaje desde hace un año. Pero nadie les ha escuchado. Ni los políticos, ni los medios, ni la gente.

Por ello, las autoridades toman decisiones caprichosas, arbitrarias y cortoplacistas, como se han encargado de denunciar diversos científicos incluso a través de editoriales en varias de las principales revistas médicas del mundo. Son muchos los motivos por los que esta pandemia pasará a la historia. Pero desde el punto de vista del mundo de la ciencia, pasará como un momento histórico en el que los gobernantes tuvieron la oportunidad de basar sus políticas en el conocimiento científico, y la desperdiciaron. El alejamiento entre política y ciencia nunca antes había sido tan evidente, ni tan peligroso. En España, quienes decidirán ahora qué medidas se toman contra la pandemia y cuáles no son los jueces, lo cual añade una capa más de pintura al cuadro surrealista en el que estamos viviendo.

Pero como la aldea gala de Astérix, en el mundo ha habido un pequeño y selecto puñado de excepciones, países que se han resistido a la invasión del populismo dominante: Australia, Islandia, Japón, Nueva Zelanda y Corea del Sur, entre otros pocos, han optado por estrategias de eliminación, no de mitigación como el resto; el objetivo de sus gobernantes no ha sido aplanar la curva para no saturar el sistema sanitario, sino erradicar el virus. No ha sido mantener contentos a algunos, los que van a votar en las próximas elecciones, mientras se deja morir a otros, los que no van a votar en las próximas elecciones.

Carnaval en marzo de 2021 en Sídney (Australia). Imagen de Bruce Baker from Sydney, Australia / Wikipedia.

Carnaval en marzo de 2021 en Sídney (Australia). Imagen de Bruce Baker from Sydney, Australia / Wikipedia.

Por supuesto, la estrategia de eliminación es muy arriesgada, dado que hoy no es posible erradicar el virus mientras continúe circulando por el mundo. A priori, parecería que la estrategia de eliminación, consistente en tomar medidas enormemente drásticas a todos los niveles, en la práctica cerrar la sociedad y el país a cal y canto, va a ser beneficiosa desde el punto de vista de la salud, ya que va a salvar más vidas. Pero que, en cambio, va a ser desastrosa en todos los demás aspectos, arruinando la economía y condenando a sus ciudadanos a vivir prácticamente en un estado de excepción bajo un régimen totalitario. Y que, claro, esto va a enfadar a la gente.

Resulta que no. A los países citados no les va nada mal. No solo sus cifras de muertes durante la pandemia son ridículas, sino que la economía funciona mejor que en el resto y su nivel de libertades también es mayor. Líderes como la neozelandesa Jacinda Ardern gozan de una enorme popularidad; en las elecciones de octubre de 2020, después de meses de pandemia, Ardern consiguió una mayoría absoluta como nunca antes ningún primer ministro de Nueva Zelanda había obtenido. Evidentemente, los criterios de los electores no parecen los mismos en todas partes: en la hoja de servicios de Ardern figuran 26 muertes por coronavirus en todo el país durante toda la pandemia.

Pero paremos un momento: la salud, sí, pero la economía y las libertades, no es posible. ¿Cómo va a ser que allí donde se cierra todo la economía funcione mejor y las libertades de las personas resulten menos agredidas?

Pues así es, amigos. O al menos esto es lo que presenta un equipo de expertos en salud pública, epidemiología, política y economía de Reino Unido, Francia, Suiza y España en un comentario publicado en The Lancet.

Los autores han comparado el grupo de países que han optado por la estrategia de eliminación (los mencionados más arriba) con el resto de los países de la OCDE que han seguido estrategias de mitigación, entre ellos España y el resto de la UE. Y han comparado ambos grupos a lo largo del tiempo, en todo 2020 y lo que llevamos de 2021, en función de tres parámetros: las muertes por la pandemia por millón de habitantes, la evolución semanal del PIB con respecto a 2019, y las restricciones en la libertad de la población, esto último según un indicador desarrollado anteriormente por la Universidad de Oxford.

Como puede verse en estos tres gráficos, según el estudio los países que han optado por la estrategia de la eliminación salen favorecidos en los tres aspectos. Sus cifras de muertes son la envidia del resto del mundo: Japón, 10.328 fallecimientos en un país de 125 millones de habitantes; Corea del Sur, 1.833; Australia, 910; Islandia, 29; y Nueva Zelanda, solo esas 26 muertes entre 5 millones de habitantes. La Comunidad de Madrid, con algo más de población que Nueva Zelanda, 6 millones largos, acumula casi 15.000 muertes.

Evolución de la mortalidad por COVID-19, cambios en el PIB respecto a 2019 y restricción de las libertades en los países de la OCDE con estrategias de eliminación del virus (rojo) frente a los países con estrategias de mitigación (azul). Imagen de Oliu-Barton et al, The Lancet 2021.

Evolución de la mortalidad por COVID-19, cambios en el PIB respecto a 2019 y restricción de las libertades en los países de la OCDE con estrategias de eliminación del virus (rojo) frente a los países con estrategias de mitigación (azul). Imagen de Oliu-Barton et al, The Lancet 2021.

Pero además, como se ve en la línea roja del segundo gráfico, estos países no han sufrido más en su economía que aquellos que han optado por medidas mucho más blandas. Casi en todo momento se han mantenido por encima del resto en su evolución del PIB. Y en el último tramo, en 2021, despegan claramente por encima del resto. El crecimiento del PIB regresó a niveles pre-pandemia a comienzos de 2021 en los cinco países que optaron por la eliminación, mientras que el crecimiento todavía es negativo para los otros 32 países de la OCDE“, escriben los autores.

Esto resultará difícil de creer para muchos, pero ahí estan los datos. Según los autores, la razón de que estos países que han adoptado medidas mucho más drásticas que el resto estén progresando mejor económicamente es que precisamente esas medidas les permiten volver a la normalidad mucho más rápida y fácilmente, abriendo sus economías sin asumir la terrible carga de mortalidad de otros lugares donde se ha intentado hacer vida normal como si no ocurriera nada; difícilmente puede llamarse valentía abrirlo todo cuando el virus está circulando libremente, a menos que consideremos valentía mantener contentos a los vivos mientras se sigue enterrando a los muertos.

Pero llegamos al último punto, el más conflictivo: ¿cómo puede ser que los ciudadanos sean más libres en los países donde se ha cerrado todo y se han repetido los confinamientos estrictos? La respuesta está también en el gráfico: en un primer momento, las medidas más restrictivas de estos países coartaron más la libertad de los ciudadanos. Pero una vez que consiguieron mantener el virus a raya, les ha bastado con repetir algún episodio breve de confinamiento y cierres estrictos para controlar los ocasionales brotes; durante el resto del tiempo, estos países viven sin ningún tipo de limitación a la actividad o la movilidad. Sin siquiera utilizar mascarillas. Como si el virus no existiera. Porque, de hecho, allí no existe.

Un ejemplo: en abril se detectaron DOS casos positivos de COVID-19 en la ciudad australiana de Perth, después de más de un año sin ningún contagio comunitario. La respuesta de las autoridades fue un confinamiento domiciliario estricto de tres días, con cierre total de todos los establecimientos. Tres días. Después de aquello, se volvió a la normalidad. La de verdad. La de antes; por supuesto, contando con un rastreo extensivo para descartar nuevos contagios, algo que aquí tampoco se hace. Mientras, otros llevamos más de un año con prohibiciones, y lo que nos queda. Es del todo natural que la gente esté harta de pandemia y de restricciones cuando estas se prolongan y se prolongan y se prolongan y se prolongan y se prolongan, durante meses o años.

La eliminación se ha enfocado como una estrategia de solidaridad cívica que restaurará las libertades civiles más pronto; este enfoque en el propósito común a menudo se olvida en el debate político“, escriben los autores. “La acción nacional por sí sola es insuficiente, y se necesita un plan global claro para salir de la pandemia. Los países que optan por vivir con el virus probablemente serán una amenaza para otros países, especialmente aquellos que tienen menos acceso a las vacunas de COVID-19“.

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