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Europa inquieta Europa inquieta

Bienvenidos a lo que Kurt Tucholsky llamaba el manicomio multicolor.

Europa es una presencia transversal

Lo de transversal se lo he leído a Juan Cuesta, presidente de Europa en Suma, en el libro colectivo Europa 3.0: 90 miradas desde España a la UE (Plaza y Valdés, 2014); me he apropiado alegremente del término porque define con precisión lo que llevo pensando y experimentando mucho tiempo.

En mi trabajo diario como periodista Europa está cada vez más presente. Y no porque yo esté especializado en Europa (lo estoy aquí, en el blog, pero no fuera, por desgracia), sino porque del ingente volumen de noticias con las que trato cada día, muchas de ellas tiene un hilo conductor europeo.

Montón de periódicos (Gtres)

Montón de periódicos (Gtres)

Bien sea por cuestiones económicas (informes de la Comisión), por resoluciones judiciales (sentencias de Estrasburgo) o por cuestiones sociales, de seguridad alimentaria, de acceso a Internet o de cultura (Parlamento Europeo), apenas hay aspectos mi vida cotidiana como editor de noticias que no estén salpicados por Bruselas. Y cuando digo salpicados creo que me quedo corto.

Pero tampoco pierdo la perspectiva ni pretendo llevar el argumento mucho más allá, a un non sequitur optimista. Que los periodistas estemos cada vez más en contacto con la realidad europea, que en muchas de las piezas que manejamos aparezca un día sí y otro también las siglas EU, no se colige de ello que los lectores, el público o los ciudadanos aprecien conscientemente esa transformación.

Es verdad que con la crisis, como creo que ya demostré hace unos meses, se ha multiplicado exponencialmente las referencias a Europa en los medios. Pero el estado de crisis no durará siempre y las informaciones exclusivamente económicas irán dando paso de nuevo a una visión más relajada de la actualidad (aunque ojalá perviva el homo aeconomicus alimentado con ansiedad durante estos años).

Pese a todo, habrá lectores atentos que sí hayan percibido esta colonización débil de Europa. Habrá muchos otros, en cambio, que no se hayan dado cuenta de que aunque los medios siguen siendo en apariencia estatal, pero poco a poco quizá de forma mansa—,  lo específicamente europeo engulle lo nacional. Solo falta que cambien las secciones, para sancionar oficialmente ese cambio.

Después de todo, y si esta evolución no se de detiene (no parece que haber motivos para ello), quizá no sea tan urgente y necesario la creación  ex nihilo de un gran medio de comunicación europeo; bastaría con que los viejos medios nacionales vayan transformando su naturaleza, sin grandes aspavientos, de terruño a continente.

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