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¿Qué fue de los microbios en el exterior de la ISS, y qué nos enseñarán?

Llevo más de un año tratando de seguir la pista a un experimento ruso en la Estación Espacial Internacional (ISS). Tratando, digo, porque Rusia siempre ha sido tan transparente como un botijo, y la caída de la URSS no ha mejorado las cosas; al menos en la parte de la que sé algo, la ciencia. Y aún puede ser peor, desde que hace unos meses Vladimir Putin decidió reinstaurar el pleno control político de la investigación científica a través de su nueva versión del KGB, como conté esta semana.

El cosmonauta Oleg Artemyev toma una muestra de la ventana nº 2 de 'Zvezda' el 19 de junio de 2014. Imagen de TsNIIMash.

El cosmonauta Oleg Artemyev toma una muestra de la ventana nº 2 de ‘Zvezda’ el 19 de junio de 2014. Imagen de TsNIIMash.

El experimento en cuestión, llamado TEST (Тест), forma parte de un programa más amplio destinado a evaluar el deterioro de las estructuras en el espacio. El cine nos tiene acostumbrados a las naves que pueden viajar por el cosmos durante años, décadas o siglos, y que siempre aparecen prístinas como si el chaval de Karate Kid acabara de darles cera y pulir cera. Pero incluso allí donde nadie puede oír tus gritos, y a pesar de que no haya meteorología atmosférica, ni columnas de aparcamientos, ni tráfico con el que colisionar en un semáforo, sí hay meteorología espacial: radiación ultravioleta, rayos cósmicos, viento solar, micrometeoroides, polvo espacial… Por no hablar de la propia fatiga de los materiales, que constantemente obliga a los astronautas de la ISS a ejercer de astroñapas.

En concreto, TEST analiza el posible daño debido al crecimiento de flora en el fuselaje exterior, es decir, microbios. Para ello, y como ya conté aquí, desde 2010 los cosmonautas rusos han estado recogiendo muestras de la superficie del Segmento Orbital Ruso de la ISS, que después se han bajado a la Tierra para su estudio microbiológico. El problema es que los experimentos rusos en la ISS dependen del Consejo Asesor Científico y Técnico para los Programas de Investigación Científica y Aplicada en Estaciones Espaciales Tripuladas (STAC), un órgano que a su vez pertenece al Instituto Central de Investigación en Construcción de Máquinas (TsNIIMash), rama de la agencia espacial Roscosmos que desarrolla tecnología aeroespacial con fines militares.

En otras palabras: con el ejército ruso hemos topado, a lo que se unen la rígida burocracia clásica en aquel país y el hecho de que muchos investigadores, como la responsable de TEST, Elena Shubralova, no hablen inglés (según me informaron). En mis intentos anteriores logré, después de meses pegándome cabezazos contra el acero de la maquinaria rusa, que me pasaran un documento (en ruso) en el que Shubralova resumía los progresos de TEST hasta octubre de 2014. Que yo sepa, aún no se han publicado resultados, aunque sí han aparecido conclusiones de otros experimentos relacionados llamados BAR y EXPERT sobre la microdestrucción de estructuras en la ISS (aquí, aquí y aquí).

En resumen, aquel documento revelaba que en el exterior de la ISS se habían encontrado esporas viables (=vivas) de bacterias de cuatro especies del género Bacillus, además de algo mucho más exótico: ADN de un tipo de bacterias que suelen encontrarse en el plancton del mar de Barents, un sector del océano Ártico.

Vayamos con las primeras. Bacillus es un género muy amplio de bacterias que pueden formar una especie de esporas latentes capaces de resistir condiciones muy adversas. El experimento TEST no es el primero que demuestra la viabilidad de las esporas de Bacillus en el espacio; como ya conté aquí, estudios anteriores en la ISS habían confirmado que estas bacterias pueden permanecer vivas en el exterior de la estación orbital durante un cierto tiempo. Pero lo que añade TEST es algo muy importante: muestra por primera vez (hasta donde sé) que la contaminación bacteriana puede sobrevivir en el espacio.

Al contrario que en experimentos anteriores, en el caso de TEST nadie puso ahí esas bacterias deliberadamente, sino que llegaron solas; tal vez ya estaban (los aparatos que se envían al espacio se esterilizan antes, pero algunos microbios resisten el tratamiento) o quizá escaparon del interior de la ISS, ya que algunas muestras se tomaron cerca de válvulas de drenaje y de escapes de los propulsores.

Y ahora, a lo que voy con todo esto. A propósito del reciente anuncio del posible descubrimiento de agua líquida en Marte, que ya comenté aquí, últimamente se ha discutido bastante sobre el problema de la protección planetaria, es decir, cómo evitar la contaminación biológica de los planetas y otros objetos espaciales visitados por sondas terrestres. Pongamos el caso de Marte: tal vez el ciudadano medio (el que tenga algún interés en la ciencia) pensaría que las misiones de la NASA en Marte se orientan intensamente a la búsqueda de marcianitos. No es así. La agencia estadounidense, la única que hasta ahora ha conseguido operar con éxito robots posados en Marte, esquiva deliberadamente los emplazamientos que se consideran más habitables, con el fin de prevenir una posible contaminación con microorganismos terrestres que viajen como polizones en las sondas.

En realidad, la NASA no hace sino cumplir la obligación que le impone el Tratado del Espacio Exterior, un acuerdo internacional promovido por la ONU en plena carrera espacial de los 60 y que tenía como fin prioritario la no militarización del espacio, pero que también prohíbe a los estados firmantes toda posible contaminación en el espacio profundo. Ahora hay quienes defienden esta exigencia a capa y espada, frente a quienes contemplan (contemplamos) la necesidad de trabajar paralelamente en el desarrollo de sistemas de mitigación que no bloqueen el progreso de la investigación astrobiológica en lugares como Marte, Encélado, Europa o Titán.

Estudios anteriores han demostrado la posible supervivencia de bacterias terrestres en el ambiente marciano y han revelado la contaminación de las sondas ya enviadas al planeta vecino. El experimento TEST hinca el penúltimo clavo en el ataúd de la protección planetaria: si la contaminación microbiana espontánea puede sobrevivir incluso en el espacio, cuánto más en una atmósfera como la de Marte; débil, pero atmósfera. Sería de esperar que los resultados de TEST, cuando lleguen a publicarse, se tomaran en cuenta a la hora de valorar si merece la pena seguir evitando los posibles hábitats más prometedores de Marte.

Polvo cósmico del fuselaje de la ISS en el guante del cosmonauta Oleg Artemyev. Imagen de TsNIIMash.

Polvo cósmico del fuselaje de la ISS en el guante del cosmonauta Oleg Artemyev. Imagen de TsNIIMash.

Por último, está ese extraño resultado del plancton marino. Aunque el informe de TEST no lo menciona, es casi seguro que en este caso de trata de restos de ADN de bacterias muertas. Pero en su documento, Shubralova no achacaba estos residuos a contaminación procedente del interior de la estación, sino a “una transferencia bacteriana significativa desde el mar a la órbita de la ISS”, algo que se apoyaba en el hecho de que la composición química del polvo cósmico recogido del fuselaje sugería “una contribución significativa de origen terrestre y marino”, escribía la investigadora. Shubralova concluía que probablemente se trataba de un mecanismo de “levantamiento de la ionosfera” que transfiere “aerosoles troposféricos”, es decir, minúsculas gotitas de agua, desde la superficie de la Tierra hasta la ISS, en órbita a 400 kilómetros de altura.

De ser cierto, sería un absoluto bombazo. Anteriormente se ha demostrado la presencia de microbios a una altitud de 15 kilómetros (los aviones comerciales vuelan a unos 11), a 20 kilómetros, e incluso tal vez a 41 kilómetros. Los resultados de TEST multiplicarían por 10 la altura a la que puede llegar la biosfera terrestre; habría que reescribir los libros de texto.

Pero además, en la órbita baja a la que se encuentra la ISS, la presión atmosférica es de 0,0000001 torrs (milímetros de mercurio), más o menos la diezmilmillonésima parte que al nivel del mar; es decir, que básicamente no hay aire, como todo el mundo sabe. Ni por tanto, corrientes de aire. ¿Cómo demonios llegan las bacterias hasta allí? La propuesta de Shubralova implicaría que esas gotitas de agua trepan por corrientes ascendentes de aire y luego, se supone, flotan libremente hasta una altura de 400 kilómetros, un fenómeno nunca antes descrito. Los geofísicos tendrían que volver a la pizarra.

El experimento TEST aún prosigue. El pasado 10 de agosto, los cosmonautas Gennady Padalka y Mikhail Kornienko efectuaron una caminata espacial en la que, entre otras tareas, tomaron nuevas muestras de los paneles solares y de las válvulas de drenaje de los sistemas Elektron y Vozdukh, situados en el módulo Zvezda y que sirven respectivamente para obtener oxígeno del agua y eliminar dióxido de carbono. También limpiaron los residuos del escape de los propulsores en la ventana número 2 de Zvezda, de donde se habían tomado algunas de las muestras analizadas anteriormente. Esperemos ver los resultados publicados algún día.

1 comentario

  1. Dice ser Nagas

    Interesante y buen documentado artículo.

    07 noviembre 2015 | 23:43

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