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El big data del alma

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A quien tenga o cuide niños, el sueldo más alto

Ante el invierno demográfico, el paro absoluto y el trabajo de las máquinas hay una alternativa elemental: aquellas personas que quieran ser padres o madres son remunerados por el Estado y/o la Unión Europea por este trabajo que garantiza la renovación generacional.

Lo mismo para inmigrantes, parados, etc. Cualquier persona, por el hecho de existir, recibe lo suficiente para vivir. Y los que tienen o cuidan niños, capitaes generales. No hay oficio más importante, ni mejor pagado.

El estado del bienestar, en la práctica.

La deuda pública ya se ha disparado desde hace años solo que se ha repartido dinero a una parte mínima de la población. Que no lo ha capilarizado. Así que ahora podría hacerse con todos. Y los robots que trabajen y espabilen.

La iA ya viene preparada de serie para condonarse a sí misma la deuda.

Muchos niños todos ingenieros y expertos. Niños felices y padres y madres contentos, sin miedo al futuro.

Si la IA está mal diseñada y nos mata, allá se apañe, pero mientras tanto mejor repartir los millones que se imprimen cada día.

Etc.

Luego, y al mismo tiempo (pero luego) el cambio climático, la pandemia sindemia, etc.

La sindemia es la mezcla destroy de varias pandemias, una de ellas la desigualdad absoluta e irresoluble. Otras, obesidad, malnutrición, desesperación -> populismos, fin de la democracia, etc.

Y China presionando.

Estamos entre Soylent Green (Cuando el destino nos alcance, Richard Fleischer, 1973) y Rollerball (Norman Jewison, 1975).

 

El doc definitivo en este momento sindémico es:

“¡Akagoro kototo molunda sindeio!” (¿De qué sirve tener riqueza si el vecino no tiene pan?).

Lo dice Ayub, en Historias lamentables, de Javier Fesser.

Mercibeaucoup pues.

 

 

 

 

 

Se acaba el año covídeo

Se acaba el año infame y empiezan los felices 20 bis, El gran Gatsby, la generación perdida, la era del jazz, que ahora se llama perreo, etc.

Aunque generaciones perdidas hay bastantes, o muchas.

Postperreo, ya cultu(r)al, feminista, social, narcisismo del tú, nuevas remixeaciones, copiapega de octava mano, nuevos consumismos del karma, que es casi gratis, excepto el aire y el agua, ya en bolsa ambos. ¿Qué queda?

Schopenhauer, Spinoza…

La eólica ha marcado otro record, y los propios ventiladores acaban por producir el viento, que va y viene entre ellos en una jaula de Faraday, hemos llegado al movimiento perpetuo, la alquimia va a estar de moda en el 21, año ideal para disfrutar de todo lo reprimido, que es todo.

Disfrutar de lo prohibido, recuperar lo nunca visto, aprovechar lo deshechado.

El 21, a poco que se deje, va a ser una fiesta perpetua, con la eólica y la eléctrica zumbando casi gratis por esos desmontes.

Todos los beneficios podremos dedicarlos a corrupción.

La España vacía produce más watios que toda África y Alaska y los pegamoides juntas, la España tuareg, animismo ilustrado, ciencia inexplicable a fuerza de IA: resultados que parecen milagros. Algoritmos a punto de imaginar el mundo. (En otros países, aunque todos son España o anhelan serlo).

Las cuatro letras y el uracilo aun tienen todo por crear y descubrir. ¡Libertad combinatoria!

Se acaba por fin el año covídeo, un numero redondo 20-20, el desastre micro, casi nano, el desastre oblicuo (el virus vuela de lado).

En fin.

Aun queda un día y otra eternidad.

 

 

 

 

 

 

 

El gob está digiriendo su propio éxito mientras el país sigue en coma

El país está de luto masivo, 50.122 muertos por coronavirus reconocidos oficialmente, cuando llegan las primeras vacunas a una velocidad inédita y con un método nuevo.

Si no son tuyos los 50.122 son un número, que mañana habrá que aumentar, pues ese algoritmo nunca disminuye (excepto una vez, ya muy lejana, aunque su impacto perdura).

La sanchería está desaparecida de vacaciones, preparando la próxima jugada rápida. El país está en coma, en modo pause, temblando y tiritando, con la esperanza puesta en esas cajas con el escudo… y en una regeneración en la que nadie sueña.

El país reposa de sí mismo, de sus iracundias y su apocamiento global, que las vacunas vienen de fuera, donde investigan y pagan bien a los científicos. La ciencia básica, que no sirve para nada… hasta que sirve para todo. Hay que darle tiempo y dinero. Es de cajón.

Tras el derrumbe del turismo, hostelería y hedonística no hemos vuelto a respirar, la apnea del shock nos ha sumido en la normalidad forzosa, encefalograma plano, instalados en el cero.

Éramos los líderes en una cosa que no sirve para nada.

Los 50.122, aunque hacemos como si no existieran, reclaman sus derechos, memoria, dolor, presencia individual, uno a una, siempre.

Los anteriores olvidados, tantos de tantas calamidades, son insumables, excepto que accedan a la IA, que se usa para otras cosas. Nadie quiere digitalizar a los muertos. Ocupan demasiado tiempo y espacio, y la nube no es ilimitada, la nube no es gratis. Cualquier día a los vivos os cobran o ya os han cobrado por ese trocito de inmortalidad prestada, precariado inalámbrico provisional.

No solo en especias, también en dinero.

El país descansa de sí en las infinitas soledades dispersas, unidas a bits, a ratos, a nuncas. El país no puede con tanta ausencia y tanta espera. Los gobs no dicen nada útil, el cambio de sistema, de industria, ciencia, clima, etc. sigue siendo tan borroso que asusta, todo es difuso, ocurre lejos, y la excusa de esperar a los euromillones y sus cláusulas es pura pereza. Sin una idea todo es burocracia.

Nuestra idea del éxito es que no pase nada nunca.

El sanchazgo se ha instalado a sus anchas, ocupa casi todo, excepto algunos reductos del estado oscuro, pero no hay indicios de que esté reclutando talento, recuperando a los mejores que están fuera y dentro, activando estímulos… El gob está tieso, todavía digiere su propio fulminante éxito.

Hace falta tanto que es legítimo dudar de este gob. Al menos que demuestre que lo está intentando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Inteligencia Artificial nos está ayudando a plegar proteinas

La IA ya nos tiene cogida la medida, hasta la última molécula. El algoritmo de DeepMind de Google ha conseguido un hito sobre cómo se pliegan las proteinas. Algo impensable hace unos años/meses.

La IA funciona a tope, y nos está ayudando. Comete errores, sesgos de programación, chapuzas, prisas, parches, revisiones… pero funciona. El autoaprendizaje es un enigma, se le meten millones de datos, adn, arn, cadenas de aminoácidos (todo está ya en la nube) y de forma milagrosa, el programilla aprende cómo funciona eso, en este caso la vida, y zas, pliega las proteínas. Fin/Principio.

El universo es diferente. Esta hazaña va a cambiarlo todo, y deprisa, el algoritmo aprende solo, y deprisa. Si lo programamos bien nos va a ayudar. Existe el riesgo de que se equivoque o tenga instrucciones equivocadas y acabe con la humanidad sin darse cuenta, mera rutina. Oh, un desliz y zas.

Hace años que advierten, entre muchos muy notables, Bill Gates, de este desafío. Esperemos que no se nos vaya de las manos, de los bits.

Cuando esta poderosa herramienta (o cómo llamarla) se complete con la computación cuántica será la bomba. Hay que abrir el debate mundial para que este megapoder no destruya a la humanidad, para que nos ayude a salir adelante y que todos podamos vivir bien y paz.

AlphaFold de DeepMind de Google

Proteínas, vaya lío

Plegando con AlphaFold de DeepMind 

Alfonso Valencia dio las claves hace 35 años