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¿Y si las plantas decidieran a dónde quieren ir?

Ruidosos y dinámicos, los humanos tendemos a creer que la inmovilidad de un árbol, un arbusto o una flor equivale a una forma de vida sumamente básica que sustituye los sentimientos por reflejos.

Un amplio abanico de disciplinas y subdisciplinas (biología molecular, fisiología vegetal, fitoquímica…) cuestionan la simpleza en la percepción de estos seres. Las plantas producen proteínas que se encuentran también los sistemas neuronales animales, pueden cambiar su fisiología si les faltan la luz o los nutrientes, pueden emitir a las plantas de alrededor señales de peligro en caso de ser heridas… No tienen cerebro, pero siguen patrones de aprendizaje y memoria y desarrollan soluciones para problemas.

Contemplar el armazón poligonal de Hortum Machina B prueba que las plantas también pueden opinar sobre lo que les conviene o apetece. Todavía en fase de prototipo, la esfera geodésica de tres metros de alto se traslada por la ciudad obedeciendo a las necesidades fisiológicas de las plantas que tiene en su interior.

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Justine Smith, la ‘jardinera’ de los billetes

'Orchid', obra de Justine Smith hecha con billetes británicos, estadounidenses, suizos y suecos

‘Orchid’, obra de Justine Smith hecha con billetes británicos, estadounidenses, suizos y suecos

“En lo físico, un billete es sólo un trozo de papel”, escribe la artista Justine Smith en un breve texto de presentación de su trabajo. Interesada en “el concepto del dinero” y en el rol que le otorgamos “como conductor de poder”, lo utiliza como material principal para sus obras.

'Specimen Viola Odorata' - Justine Smith

‘Specimen Viola Odorata’ – Justine Smith

Cubiertas por campanas de cristal, florecen las piezas de Nature (Naturaleza) su colección más extensa de trabajos. Los tallos y las hojas son dólares, libras esterlinas, yuanes chinos, riyales cataríes, rupias de Mauricio, o antiguos dracmas griegos. La jardinera de los billetes da forma a los bodegones con alambres para enderezar las ramas, les concede a sus plantas el honor de crecer dentro de la caja de un anillo, crea un ecosistema de moscas disecadas.

'Old Europe' - Justine Smith

‘Old Europe’ – Justine Smith

Descuartizados los rostros de políticos y notables, los símbolos nacionales y los monumentos, queda el color serio del papel original. Las plantas artificiales son una metáfora más en su camino creativo. Antes ya había transformado el dinero en una exquisita cartografía mundial, había puesto en evidencia — con esculturas en forma de pistolas y granadas— la violencia que implica, también los había fragmentado hasta lo caleidoscópico. Smith confiesa su interés por “el concepto del dinero y cómo toca casi todos los aspectos de nuestras vidas” y se autoimpone la misión de recordarlo de la manera más gráfica posible.

Helena Celdrán

'The Way of the Gun II' - Justine Smith

‘The Way of the Gun II’ – Justine Smith

'Instrument of State - Myanmar' - Justine Smith

‘Instrument of State – Myanmar’ – Justine Smith

'Specimen Taraxacum Officinale II' - Justine Smith

‘Specimen Taraxacum Officinale II’ – Justine Smith

'Money Map of the World' - Justine Smith

‘Money Map of the World’ – Justine Smith

'Instrument of State - China' - Justine Smith

‘Instrument of State – China’ – Justine Smith

¿Malas hierbas o plantas valientes?

Ensimismados en nuestra soberbia las llamamos malas hierbas. Son especies autóctonas y de una resistencia loable, muchas veces con espinas, otras con flores o (como es el caso de la menta) aptas para el consumo, despreciadas sólo porque no las queremos en el lugar en el que nacen y no están dispuestas a obecernos.

“Puede que sean pequeñas, pero atraviesan el cemento. Están en todas partes y sin embargo no se ven. Y cuanto más se las pisa, con más fuerza vuelven a crecer“. Mona Caron admira a la maleza que se entromete en los planes de jardineros y agricultores y que en la ciudad se atreve a rebelarse contra la condición estéril de una superficie asfaltada.

La ilustradora, pintora y muralista estadounidense busca malas hierbas en las ciudades, hace bocetos de ellas y después escoge paredes cercanas para reproducirlas en manifestaciones de arte urbano, siempre a gran tamaño, “a escala inversamente proporcional a la atención y el reconocimiento que reciben”. La planta crece en lugares inesperados y Caron ha empezado a añadir dinamismo a la iniciativa grabando el proceso en vídeos que, una vez montados, imitan en “animaciones” el crecimiento de una planta real.

En el proyecto —Weeds (Malas hierbas)— Hay una ideología detrás de la decisión de ensalzar a esas especies. “Suelo elegir el lugar para cada hierba en correspondencia con la metáfora social: sitios en los que las alternativas se están creando, que marcan la diferencia y resisten a la entropía de nuestro mundo enfermo”. Las obras “son un homenaje a la capacidad de recuperación que tienen todos aquellos para los que nadie ha dejado lugar, los que no eran parte del plan y aún así siguen volviendo, abriéndose paso y alzándose”.

Un aster pintado en Asheville (Carolina del Norte), una de las 'malas hierbas' del proyecto 'Weeds' de Mona Caron

Un aster pintado en Asheville (Carolina del Norte), una de las ‘malas hierbas’ del proyecto ‘Weeds’ de Mona Caron

Puntiagudas, con hojas recias, flores de colores descaradamente alegres… Caron ha pintado ortigas, coronopus, cerrajas, dientes de león. Además de poblar ciudades estadounidenses, las plantas han llegado a Europa e incluso hay algún ejemplo oculto en Barcelona.

Vivir en San Francisco (California, EE UU) es sin duda una motivación para reconocer el mérito de las malas hierbas. La ciudad de la protesta y la contracultura experimenta una situación trágica: las viviendas han alcanzado un precio desorbitado y sólo las pueden comprar y alquilar con sueldos de la industria de Internet. El panorama social cambia, los artistas y excéntricos, las familias, la clase trabajadora y la clase media (los residentes de siempre) se ven empujados a abandonar su ciudad para que los felices millonarios del 2.0 —sin remordimientos por los desahucios— ocupen casas a precios estrafalarios. A pesar de todo, todavía, aunque cada vez más castigada y enmudecida, sigue existiendo una resistencia.

Helena Celdrán

'Stinging Nettle', Barcelona -  Mona Caron

‘Stinging Nettle’, Barcelona – Mona Caron

Una de las malas hierbas de Mona Caron en el humilde barrio de Ahmedabad, en la India - Mona Caron

Una de las malas hierbas de Mona Caron en el humilde barrio de Ahmedabad, en la India – Mona Caron

Intervención de Caron en Atenas, Grecia - Mona Caron

Intervención de Caron en Atenas, Grecia – Mona Caron

Diente de león en San Francisco - Mona Caron

Diente de león en San Francisco – Mona Caron

El fotógrafo que no hacía fotos porque recogía plantas

Karl Blossfeldt - Eranthis hyemalis

Karl Blossfeldt - Eranthis hyemalis

En 1928 apareció en Berlín el libro Urformen der Kunst (Formas artísticas en la naturaleza).

Cuatro años más tarde, su autor, Karl Blossfeldt, de 67 años, murió en un hospital de la ciudad de un cáncer de escroto.

Algunos sostienen que la obra dejaba entrever la simiente del arte conceptual. Otros dicen que simplemente se trataba de un producto derivado del art nouveau y su querencia por la ornamentación. Otros más ven en las fotos de plantas un primer paso de la nueva objetividad que rechazaba la complejidad -en ocasiones demasiado rebuscada- de los expresionistas.

Blossfeldt había aprendido técnicas de escultura en una ferrería y dió clases durante 31 años en el instituto de formación asociado al Kunstgewerbemuseum (Museo de Artes Decorativas).

Su asignatura tenía un nombre que parece la contraseña de entrada a un cierto tipo de paraíso: Modelado según plantas vivas.

Karl Blossfeldt - Dianthus plumarius

Karl Blossfeldt - Dianthus plumarius

Cuando fotografiaba plantas -y lo hacía con una constancia cercana a la neurosis- no pretendía ejercer de artista. Su catalogación de gineceos, estambres, ovarios, bulbos, periantos y demás partes o sistemas florales tenía una razón práctica: quería que sus alumnos se ejercitasen en el dibujo artístico a partir de la observación de las formas naturales que les mostraba.

Blossfeldt, uno de esos centroeuropeos del siglo XIX nacidos con el gen del nomadismo, recorrió Italia, Grecia y el norte de África para recoger materiales.

Es fácil imaginar que se desplazaba, sobre todo, a pie. Aquella gente tenía un lema: mi casa está donde están mis botas.

Al regresar a la soledad inmensa del invierno berlinés, fotografiaba las plantas.

Usaba una cámara de negativos de 9 por 12 centímetros y placas de cristal tratadas con emulsiones en blanco y negro ortocromáticas, sensibles al azul y al verde, pero no al rojo ni al naranja.

Karl Blossfeldt - "Seseli gummiferum (Umbelliferae)"

Karl Blossfeldt - "Seseli gummiferum (Umbelliferae)"

El acercamiento de Blossfeldt  era formalista. No se complicaba la vida: tomas frontales, a veces cenitales y en muy raras ocasiones, diagonales.

Como forillo trasero utilizaba cartulinas blancas, grises o negras. Un fondo neutral para que la joya luzca.

La iluminación era impecable, la mejor para crear una difusa sensación de volumen: la luz que salpicaba el cuarto desde una ventana orientada al norte.

Así vivió Karl Blossfeldt durante más de treinta años: entregado a la pasión suave de fotografiar semillas y tallos secos que parecen rendirse ante el homenaje y simular inmortales ornamentos de piedra.

Nunca pretendió nada más.

La única vez que expuso en vida, en 1926, lo hizo empujado por sus amigos y familiares. Pese a la gran recepción crítica, no se dejó adular. No creía que lo suyo fuese algo más que una pasión botánica, una metodología práctica de clasificación de plantas.

Karl Blossfeldt - Impatiens glandulifera

Karl Blossfeldt - Impatiens glandulifera

En 1932, poco antes de morir, publicó una segunda recopilación de su obra, Wundergarten der Natur (El jardín de las maravillas de la naturaleza), donde, acaso por la cercanía de la muerte, hay un fondo más esteticista, pero es muy ligero: el libro sigue siendo un catálogo de plantas.

Colocarlo en la sección de fotografía sería correcto, pero no justo.

Me atrevo a imaginar a Blossfeldt emparentado con las cabras en un roquedal griego, en la bruma de arena de un sistema dunar de Marruecos, en los olivares ténues de Sicilia…

Sus manos grandes de alemán alimentado con buena leche de frisona palpan el suelo en busca del bulbo, del brote o la yema perfectos, sin mácula.

De vez en cuando suspira con placer no disimulado. Las fotos llegarán más tarde.

En esa actitud, creo, está la lección de fotografía de hoy: olvida el aparato y concéntrate en la flor.

Ánxel Grove