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La canción que mandó a paseo a los adultos cumple 50 años

Esta tormenta de dos minutos y poco es de 1956, hace medio siglo. Se titula Roll Over Beethoven. En la versión original la canta su compositor, el mejor letrista del rock and roll: Chuck Berry.

Un año antes, Vladimir Nabokov había publicado Lolita. Ya escribí en el blog sobre el eco del libro.

En un momento dado, el narrador de la novela dice:

Entre los límites de los nueve y los catorce años, surgen doncellas que revelan a ciertos viajeros embrujados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica; propongo llamar ‘Nínfulas’ a esas criaturas escogidas.

Chuck Berry tenía debilidad por las adolescentes (en 1962 un juez racista le condenó a tres años de cárcel utilizando una ley de 1910 por transportar de un estado a otro a una niña de 14 años para, según el magistrado, prostituirla).

No sé si Chuck Berry leyó el libro de Nabokov, pero escribía canciones pensando en las lolitas y ellas, todas ellas (sobre todo las de piel blanca), las creían a pies juntillas.

Dedicamos este Cotilleando a… a una canción que mandó a paseo a los adultos y, como dice algún historiador, es “una declaración de independencia cultural”, Roll Over Beethoven.

Edificio donde estaba Chess

Edificio donde estaba Chess

1. La discográfica. La dirección debería ser preguntada como salvoconducto de ingreso en el cielo: ¿2120 South Michican Avenue, Chicago?. Quien no responda: “sede de Chess Records” se queda sin derecho al paraíso. Era el más valiente sello editor de los EE UU: grababa música de negros y la vendía a los blancos en la década de los cincuenta, cuando en algunos lugares del país te colgaban de un roble por menos. Los dueños eran judíos de Częstochowa (entonces Polonia, hoy Bielorrusia), hermanos y canallas: Leonard (1917-1969) y Phillip Chess (1921), apellido que al llegar a América tomó la familia Czyz. Primero se dedicaron a traficar con alcohol durante los años secos. Luego montaron garitos de noches afiebradas, entre ellos el Macomba. En 1947 compraron una parte de Aristocrat Records y en 1950, ya dueños de la empresa, la rebautizaron como Chess. Se dieron cuenta de que Chicago se estaba llenando de músicos negros del sur y decidieron grabarlos. El catálogo de Chess es impecable: Muddy Waters, Little Walter, Bo Diddley, Memphis Slim, Eddie Boyd, John Lee Hooker, Howlin’ Wolf, Rufus Thomas, Etta James… Nadie les hacía sombra. Eran chulos, peleones, auténticos y sonaban con una potencia que parecía extraterrena.

Chuck Berry

Chuck Berry

2. El cantante. Charles Edward Anderson Chuck Berry, nacido en octubre de 1926 en St. Louis-Misuri, no era un chiquillo cuando grabó Roll Over Beethoven. Le faltaban sólo unos meses para cumplir 30 años y algunos consideraban que estaba demasiado pasado para ser un ídolo juvenil. Era el cuarto hijo de una familia de clase media de seis (el padre era trabajador de la construcción), pasaba de estudiar, había estado en la cárcel tres años por reincidir en pequeños robos (le habían condenado a diez), se casó, tuvo un hijo, trabajó en lo que pudo (una factoría, conserje…), estudió peluquería y ganaba un sobresueldo tocando en locales de blues. Siempre le había gustado la música y sabía tocar la guitarra y el piano. En 1955, cansado de malvivir, se fue a Chicago, conoció a Muddy Waters y en cosa de días grabó Maybellene para Chess. Un pasmo: número cuatro entre las canciones más vendidas del año. Un negro con el pelo aceitoso, la sonrisa lúbrica y una guitarra eléctrica que reclamaba acción insertado entre blanquitos angelicales.

Single de "Roll Over Beethoven"

Single de “Roll Over Beethoven”

3. La canción. Rápida y furiosa. Empieza con un solo de guitarra -estructura nada frecuente por entonces- que es una proclama. El grupo se une a la parranda y la temperatura aumenta. Los músicos (ninguneados en el disco, que atribuye la pieza a Chuck Berry and His Combo) fueron Fred Below, el batería de confianza de Muddy Waters; Johnnie Johnson, que toca un feroz arreglo de boogie al piano; Willie Dixon, el sólido contrabajista de casi todas las grabaciones de Chess, y Leroy C. Davis (futuro acompañante de James Brown), que sopla un lejano y constante solo de saxo. Durante toda la canción Berry parece drogado con alguna clase de anfetamina: canta con vehemencia -se le escucha escupir las palabras ante el micrófono- y toca la guitarra como poseído por una urgencia palpable en las gónadas.

Chuck Berry

Chuck Berry

4. La letra. Entre 1956 y 1958, Berry estaba en estado de gracia. Sus letras, picantes, divertidas y generacionales (aunque destinadas a personas con la mitad de su edad) parecían brotar de un inagotable manantial. El mensaje de Roll Over Beethoven (que, resumido, sería algo así: “déjanos en paz Beethoven, intenta entender este rhythm & blues y dale la noticia a Tchaikovsky”) era una proclama de emancipación y suficiencia. Berry escribió en su autobiografía que se le ocurrió el estribillo recordando a su hermana mayor, que iba para cantante de ópera, ensayando interminablemente música seria en la casa familiar mientras él no podía encender la radio para escuchar blues y rhythm & blues. A la canción siguieron, en una admirable continuidad, otras sagas adolescentes de rebelión contra el aburrimiento del colegio, sexo, diversión, coches y asco hacia la alienación adulta: School Days, Oh Baby Doll, Rock & Roll Music, Sweet Little Sixteen, Johnny B. Goode, Brown Eyed Handsome Man, Too Much Monkey Business, Memphis, Tennessee… Berry parecía imparable y nadie era capaz de hacerle sombra. Incluso Elvis Presley, que cantaba y bailaba como nadie pero no podía componer, tocar o escribir letras, salía perdiendo en la comparativa.

The Beatles, 1963

The Beatles, 1963

5. Los herederos. De Roll Over Beethoven se han grabado más de doscientas versiones en unos cincuenta países y casi otros tantos idiomas. La canción ha sido homenajeada, transformada (heavy, sinfónica, salsa, reggae…) y mancillada, pero ninguna versión supera el arisco temperamento de la original grabada por Berry en 1956. La han tocado, entre otros, Jerry Lee Lewis, Electric Light Orchestra, Mountain, Ten Years After, Leon Russell, Status Quo, The Byrds, The 13th Floor Elevators, The Sonics, Gene Vincent, M. Ward e Iron Maiden. La más conocida de las versiones es, desde luego, la de los Beatles, cantada por George Harrison e incluida en su segundo disco, With the Beatles (1963). También la tocaron The Rolling Stones, que adoraban la música de Chess (Brian Jones abordó por primera vez a Keith Richards cuando vió que llevaba encima un disco de Chess de Mudy Waters) y grabaron en 1964 y 1965 en los estudios de Chicago.

Chuck Berry

Chuck Berry

6. La muerte. Chuck Berry cumplió en octubre 85 años. Sigue tocando en directo, con escaso pulso, las mismas canciones, las dos docenas de milagros que compuso hace 50 años. Después del bienio dorado algo se le apagó por dentro (intentó encenderlo con la penosa oda a la masturbación My Ding-a-Ling de 1972, que vendió bien). Se repite cada vez que actúa, no tiene grupo estable desde los años sesenta porque prefiere tocar con músicos locales que no cobren por pasar 45 minutos al lado del genio, afirma que “el nombre de este juego es billete de dólar”… Tengo la sospecha de que Chuck Berry se murió cuando dejó de hablar el idioma de las lolitas.

Ánxel Grove

 

“Mi pecado, mi alma, Lo-li-ta”

Josef Szabo

Josef Szabo - "Priscilla", 1969

La foto incluye poema. Sé que duele, dice la primera línea.

Fue publicada en 1978 en un libro admirable, Almost Grown. Está descatalogado y son necesarios billetes grandes para comprarlo como antigüedad, esa condición a la que jamás deberían ser reducidos algunos libros.

[Nota informativa para comentaristas marisabidillos: algunos reconocerán en la foto de Priscilla, agresiva, con el prohibido cigarrillo como ariete generacional y palabrota contra el mundo, la cubierta de un disco de J Mascis. Se titulaba Green Mind (1991). Además de vulnerar la foto con un corte rudimentario y una tipografía de tag de WC, la música nada tiene que ver con la elegancia escandalosa y turbia de Priscilla: es basura, música sin poemas].

El año 1978 duele. Fue uno de los que han descatalogado, extremo, himaláyico, de jugar a la ruleta rusa con la vida, de ensuciarte para lavarte y volver a ensuciarte. Un año que sentías hasta la médula, que sobrecogía en tiempo real, que no necesitaba Vimeo para conmover.

En 1978 regularon los anticonceptivos (pude decirle a la farmaceútica protofascista: “estás obligada por ley, vieja bruja”); nos endilgaron una Constitución vuelta y vuelta; estrenaron El cazador, que quizá sea la película de mi vida; nadie tosía a Bruce Springsteen, pillo de callejón sin desbravar, y si alguien podía toserle era de su misma calaña: los Ramones, por ejemplo, que editaron Road to Ruin, el último disco generacional (I Want Everything, ¿para qué pedir más?)…

Josef Szabo

Josef Szabo - "Hurt", 1972

La segunda foto, del mismo libro, del mismo año, también incluye poema. Acaba así: Esta es Mi Casa y Mi Cuarto y Mi Reloj y el tiempo está maduro / para pelar la piel de este cuerpo y dejar que baile, dejar que baile.

Josef Szabo -que hoy ocupa Xpo, la sección de fotografía del blog- tenía 34 años en 1978, solamente siete más que Springsteen. Como éste, había nacido en una ciudad industrial y adormilada. En la de Szabo, además, soplaba un viento capaz de helarte la sangre: Toledo, Ohio, en la esquina occidental del Lago Eire, donde ningún cuerpo maduraba lo suficiente para pelarlo y bailar. Una letrina social.

Se fue pronto de aquel malpaís norteño. Se matriculó en fotografía en una de las escuelas de arte más elitistas y de mejor fama (cualidades que suelen ir en el mismo pack en la tierra de las oportunidades de los EE UU), el Pratt Institute de Nueva York, que cobra entre 35.000 y 42.000 euros por curso. O sales convertido en un monstruo en lo tuyo o ya puedes ir pensando en tirarte al Hudson con una piedra atada a la cintura.

Joseph Szabo

Joseph Szabo - de "Teenage" (ed. 2003)

Szabo no debía estar demasiado seguro de sí mismo como fotógrafo, porque prefirió el sancta santorum de las aulas, el acomodo de la libertad de cátedra y el orgullo docente. Entre 1977 y 1979 fue profesor de fotografía en un instituto de Long Island, el Malverne, que tiene un edificio con forma de penitenciaría, pero suficiente voluptuosidad adolescente en el interior de la cárcel como para volverse majara.

En 1977, cuando Szabo empezó a dar clases en el high school, Tom Petty & The Heartbreakers editaron una canción que esquematizaba el poder físico-económico y la corrupción existencial de las adolescentes.

Era una chica americana / Criada entre promesas, dice la letra en un inicio inolvidable, un prólogo galopante perfilado por una cósmica guitarra de doce cuerdas. Luego, tras recrearse en las posibilidades del mundo exterior, la chica americana acaba encaramada en barandilla de un balcón, dispuesta a comprobar si  la noche permite que las hadas de 15 años floten en el vacío.

El profesor Szabo, podría apostarlo, conocía la canción y su corolario. Estoy seguro de que también conocía la confesión de Humbert Humbert:

Joseph Szabo - "Long Island Girl", 1974

Joseph Szabo - "Long Island Girl", 1974

“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un trayecto en tres etapas a través del paladar e impacta, en la tercera, contra los dientes. Lo. Li. Ta. Era Lo, Lo a secas, de mañana, con su metro cincuenta y una sola media. Era Lola en pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores sobre la línea punteada. Pero en mis brazos, era siempre Lolita“.

Las fotos de teenagers de Szabo, que aprovechó para sus fines (fotográficos) la situación dominante de ser profesor, son impúdicas como la adolescencia. No moralizan el amor prematuro, el demonio mortífero del inmeso poder de las chicas y los chicos. Son húmedas y aceitosas, dejan los nervios del placer al descubierto.

Joseph Szabo - de "Jones Beach" (ed. 2010)

Joseph Szabo - de "Jones Beach" (ed. 2010)

Hoy no serían posibles. La paranoia impone su mandato, amparado por la ley de la corrección. Todo fotógrafo que se acerque a un adolescente (no digamos a un niño) es un pedófilo más culpable que presunto. Ni siquiera el permiso por escrito de los padres o tutores del menor permiten el acercamiento de la cámara, del ojo curioso que desea capturar una mínima porción del poder y los nervios del placer al descubierto que atesoran, quizá en exclusiva, los adolescentes.

La sociedad de la polineurosis y la dinámica hipócrita de la protección (esos mismos menores son avasallados por un sistema educativo que promueve la cosificación del individuo y le prepara para la inmoral carrera de ratas de la competencia y el sálvese quien pueda) llevaría a Szabo a la cárcel, o como poco, le colocaría frente a una actuación de oficio de la Fiscalía, a petición de un negociado oficial facultado por la Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor, que establece como preceptiva la intervención del ministerio público “en los casos en que la difusión de información o la utilización de imágenes o nombre de menores en los medios de comunicación pueda implicar una intromisión ilegítima en su intimidad, honra o reputación, o que sea contraria a sus intereses, incluso si consta el consentimiento del menor o de sus representantes legales” (el subrayado de la demencial expresión es mío).

Tal como están las cosas, es posible imaginar que la gran Sally Mann -que ha fotografiado a sus hijos desnudos y ha exhibido las fotos por medio mundo (van tres vínculos ejemplares: 1 | 2 | 3 )- tendría graves problemas legales en España y otras latitudes cercanas en la ortodoxia.

En tanto, se permite que las revistas de moda jueguen a la prostitución con niñas de seis años por capricho del diseñador estadounidense Tom Ford, seudo director de cine y gay a capa y espada de los de “no me tosas que soy maricón y tú una basura hetero”.

Joseph Szabo - de "Teenage" (ed. 2003)

Joseph Szabo - de "Teenage" (ed. 2003)

Joseph Szabo tuvo suerte. Hizo sus mejores fotos a finales de los años setenta, cuando la inquisición de lo correcto no había estallado y las cosas eran más sencillas para los fotógrafos enamorados de los adolescentes y su libertaria desvergüenza.

Sus series son voraces: la cámara muerde y los modelos admiten la dentellada.

En una reflexión de la novela Lolita, Vladimir Nabokov, distingue entre dos tipos de memoria visual. Con una “recreamos diestramente una imagen en el laboratorio de nuestra mente con los ojos abiertos”. Con la otra, “evocamos instantáneamente con los ojos cerrados, en la oscura intimidad de los párpados, el objetivo, réplica absolutamente óptica de un rostro amado, un diminuto espectro de colores naturales”.

Sospecho que Joseph Szabo utilizó siempre la segunda para abordar a sus adolescentes. Ellas, ellos, se dejaban y, ante el corazón desnudo del fotógrafo (¿qué otra cosa vive en “la oscura intimidad de los párpados”?), devolvían el veneno.

Eran tiempos en que un fotógrafo podía decir, con Humbert Humbert: “Oh, Lolita, tú eres mi niña, así como Virginia fue la de Poe y Beatriz la de Dante”.

Eran tiempos en que a los adolescentes, que saben bastante bien lo que se hacen, se les permitía corresponder.

Ánxel Grove