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Guitarras hechas con maletas viejas

Jeff Conley

Jeff Conley

Hace tres años, tras un concierto, Jeff Conley descubrió que le habían robado del coche sus dos guitarras Gibson de los años sesenta. La Jeff Conley Band tenía por delante un calendario lleno de actuaciones: “Necesitaba seguir tocando, pero no podía permitirme otras guitarras. En casa tenía muchas piezas viejas sueltas y decidí construir en lugar de comprar“.

Siguiendo la tradición de las cigarbox guitars (guitarras de cajas de puros) —artilugios baratos e improvisados en los que se han fijado Carl Perkins, Jimi Hendrix, B.B. King o Tom Waits— el músico estadounidense de Boston (Massachusetts) utiliza maletas viejas, de estructuras metálicas acolchadas con colores oscuros, como cajas de resonancia de los instrumentos acústicos y eléctricos que fabrica.

Lo que parecía una solución de emergencia es ahora una pasión que configura el sonido del grupo. Conley utiliza su maleta-guitarra y otra maleta modificada para tocar la percusión con el pie. Con algunas variantes, un ukelele, una guitarra tocada con slide y a veces una armónica suelen bastar para completar el cuadro de sonidos de cada canción.

A pesar de haber superado el bache que le permitió descubrir que las maletas pueden ser buenas aliadas para su música, sigue melancólico por la pérdida de sus dos Gibson. For Gibby (Para Gibby) es una canción dedicada a uno de los instrumentos robados, en la que cuenta su romance adictivo: “Chica estás endemoniadamente loca/ ella dijo ‘sí, pero te conozco mejor que tú mismo”.

Helena Celdrán

Willie Nelson y la guitarra Trigger se retirarán juntos

Trigger

Trigger

La guitarra se llama Trigger (Gatillo) en honor al caballo palomino del vaquero cantante Roy Rogers. Es un modelo N-20 de Martin, la marca de guitarras que ha escrito la historia con mayor precisión que las estilográficas más escrupulosas.

Como demuestran los costurones de la madera mellada, la existencia de Trigger ha sido un continuado alboroto. Está en el mundo desde 1969, fue salvada de un incendio al año siguiente (junto con una partida de marihuana), está agujereada de tanta canción, fue escondida en un zulo para hurtarla de las pesquisas de los inspectores de Hacienda que tramitaban un embargo…

El dueño de la guitarra no tiene mejor pinta que el instrumento: Willie Nelson, un tipo de 79 años, cuyo aspecto alguna vez ha sido definido con bastante justicia como similar al de “Jesucristo en un mal día”.

Nelson —que en España es confinado al papel de cantante de música country sin otro motivo que el desconocimiento de una obra esencial— editó hace pocos meses un nuevo disco, Heroes. No es comprable a sus mejores obras —Shotgun Willie (1973), Red Headed Stranger (1975), The Great Divide (2002), por citar sólo mis favoritos—, pero supera con creces en honestidad y sentimiento a tanto disco vacío que puebla la sección de novedades.

Willie Nelson

Willie Nelson

Hay muchas razones para admirar a Nelson. La menor de ellas es haber compuesto, desde que empezó a cantar, hace 56 años,  unas tres mil canciones —entre ellas algunas que difundieron otros artistas, como Crazy, que Patsy Cline elevó a lamento sobre la locura de amar y Julio Iglesias pervitió hasta el delito criminal—, inspirado a buena parte de los forajidos del country, sobre todo a su gran colega Waylon Jennings (escuchen esta maravilla a dúo: Mammas Don’t Let Your Babies Grow Up to Be Cowboys, un canto de indignación primaria contra los médicos, abogados, ingenieros, periodistas y otros miserables licenciados) y defendido con el ejemplo una forma de vida libérrima y cercana al anarquismo.

Nacido en la Gran Depresión y criado por sus abuelos tras la fuga, cada uno por su lado, de los padres, Nelson fue un niño recogedor de algodón a quince céntimos la hora y aprendió la ingratitud de los hombres hacia los granjeros, primer y más endeble eslabón de la cadena del capitalismo dirigido desde y para las grandes ciudades. No olvidó aquella lección: en 1985 montó, con Neil Young y John Mellecamp (y la inspiración de Bob Dylan, primero que enunció la idea), la organización Farm Aid para ayudar a los granjeros sometidos a amenazas de embargo por los bancos.

El autobús-vivienda de Nelson

El autobús-vivienda de Nelson

Aunque tiene tres casas, Nelson pasa en su autobús más tiempo que en ninguna. Se siente bien sobre ruedas, aparcando en terrenos baldíos y llevando un horario no sujeto a condiciones. El vehículo se mueve con biodisel de soja comercializado por BioWillie, la empresa de combustible verde montada por el músico en 2004. La compañía gestiona dos plantas de producción y sendas gasolineras.

Otra de las campañas públicas de Nelson tiene que ver con la legalización de la marihuana, por cuya posesión y consumo ha sido detenido varias veces. Es consejero de la National Organization for the Reform of Marijuana Laws (Organización Nacional para la Reforma de la Legislación sobre la Marihuana) y en 2010, tras la última detención policial, fundó el partido político TeaPot Party, cuyo lema es: “Grávala fiscalmente,  regúlala y legalízala”. Hace poco rechazó una invitación del Green Party estadounidense para presentarse como vicepresidente a las elecciones generales de este año. “No quiero ser un partisano. Pase lo que pase, además, las grandes corporaciones van a seguir arruinando la democracia”, declaró.

Nelson fumando marihuana en el autobús

Nelson fumando marihuana en el autobús

No todo ha sido alegría en la vida de este tipo indomable que cultivó durante décadas una afición desmedida por el alcohol —su primogénito, Billy, también alcohólico, se suicidó en 1991 al sentirse incapaz de afrontar los desastres de la vida— y dilapidó con bastante locura la fortuna que ha ganado con la música (“hay poca diferencia entre tener 10 millones y un millón, sólo necesito un par de zapatos, un colchón y un techo“).

Consumido pero incansable, Nelson ha prometido que no se retirará de los escenarios. Eso sí, ha puesto límite a su permanencia en la tierra. Dejará el mundo cuando lo decida su guitarra: “Cuando Trigger se vaya me voy yo”.

Ánxel Grove

Nels Cline, un guitarrista de 56 años con mañas de adolescente

El artista que ocupa el Top Secret de este lunes es un secreto sólo parcial.

Nels Cline (Los Angeles-EE UU, 1956), el autor de la improvisación que abre esta entrada (Blood Drawings), tiene muchas vidas. Una de ellas, la que comparte desde 2004, como guitarrista, con el el grupo Wilco, le ha trasladado a la fama pero no es la más notable.

Nels Cline

Nels Cline

Toca la guitarra desde los 12 años, pero en el caso de Cline, el vasto verbo tocar , que tiene casi treinta acepciones en el diccionario, debe ser entendido en el sentidos menos cromático o armónico. Lo que hace está más cerca de, por ejemplo, “golpear algo, para reconocer su calidad por el sonido”.

El nombre de Cline puede ser encontrado -con frecuencia escondido en un discreto segundo plano: no es persona de ego desmedido- en casi 200 discos editados desde 1979. El arco de géneros es amplio: del jazz o el rock melódico a la vanguardia.

La revista Rolling Stone le situó hace unos meses en el puesto 82º de la lista de los cien mejores instrumentistas de la historia. El diario New York Times, con mayor justicia y menos afán competitivo, le considera “uno de los mejores guitarristas [vivos] en cualquier género”.

¿Exageración? Juzguen. Vale la pena ver el vídeo completo, pero si desean comprobar de lo que es capaz Cline en directo y sin trucos, reproduzcan el lapso que va desde el código de tiempo 2:40 hasta el final de la canción.

Pero lo que hoy les propongo no es regresar a Wilco, sino revisar la obra mohicana de Cline, sus trabajos como solista o en colaboración con otros músicos tan curiosos como él por las variadas conjugaciones del verbo tocar.

En la página web de Cline hay una completa colección de piezas en mp3. Aunque algunas -las que pertenecen a discos publicados- son sólo fragmentos, otras -las colaboraciones más extremas y arriesgadas o las actuaciones en directo- son temas completos. Vale la pena perderse en esa jungla y dejarse arañar.

Pedalera de Nels Cline

Pedalera de Nels Cline

En una entrevista de hace apenas una semana, Cline afirma que tiene la sensación de vivir dentro de una “adolescencia prolongada”.

Tal vez tenga razón y el afán por la travesura de este músico curioso e intolerante a la hora de compartimentar la expresión musical en nichos de estilos, tenga que ver con un rechazo radical al envejecimiento.

A los 56 años, Nels Cline quiere seguir jugando.

Ánxel Grove

La guitarra más barata del mundo: cuatro clavos, una cuerda, una botella y un madero

¿Quién dice que es necesario comprar una guitarra con un PVP de cuatro dígitos para quemar los tímpanos del vecindario?

El cabra loca Jack White, que de volumen sabe bastante, demuestra en el vídeo anterior que con unos clavos, dos trozos de madera, una botella de cristal, una cuerda y, si se opta por la electricidad, una pastilla vieja y un amplificador, se puede tocar tanto y tan bien como con una Gibson Firebird de varios miles de euros.

En estos tiempos de regalos a menudo onerosos para los bolsillos vacíos es apropiado proponer el regreso a la verdad de la cuerda única, la vibración simple y pretérita de la que todo emergió.

Seasick Steve echa chispas a su diddley bow (arco de diddley). No es más que un oficiante de una muy antigua tradición -los etnógrafos dicen que nacida en Ghana y otras zonas del oriente africano-: la de cantar con ritmo narrativo sobre la base monótona de una cuerda vibrante clavada a un palo.

Era el único instrumento al alcance de los niños negros y esclavos del sur de los EE UU. Robert Johnson tocó un diddley bow antes de poder adquirir una guitarra y cantar blues.

Guitarras de cajas de puros

Guitarras de caja de puros

Hay otras formas de guitarra proletaria. Las cigar box tienen la caja de resonancia construida con un estuche de puros o una lata. Pueden ser de una, dos, tres o cuatro cuerdas y han sido tocadas, entre otros, por Charlie Christian, Carl Perkins, Jimi Hendrix, B.B. King y Tom Waits; el washtub bass es un bajo que utiliza una tina de metal como resonador; el ramkie se monta con un bidón metálico de aceite…

Pero la guitarra esencial, más divertida, barata y fácil de tocar es la de una sola cuerda. Se puede construir en diez minutos (en este vídeo explican claramente cómo), requiere menos arte que instinto y no tiene nada que ver con el virtuosismo: es una guitarra esencial, un juguete espectral, una revolución contra las academias y las élites.

Ánxel Grove

John Fahey: el guitarrista-alien

Hace unos días, escribiendo una pieza sobre los cuarenta años de Layla, la canción de Derek and the Dominos, recordé una cita de Louis Amstrong:

Hay que amar para poder tocar.

No albergo ninguna duda: los intépretes de Layla amaban. Algunos (Eric Clapton), a la mujer de un amigo; otros (Duane Allman), al recuerdo de un magnolio en el jardín de los abuelos. Todos, al cálido abrazo de la heroína.

Hay tantos avatares del amor como espejos, ríos o delirios.

Recordé otra versión de Layla. La de John Fahey.

Hay que ser muy valiente o muy temerario para intentar revivir una canción tan encerrada como un tesoro en un museo nacional. A nadie le prestan la llave, la combinación dorada, para abrir algunas celdas.

Fahey reunía las condiciones: tenía la destreza de los aventureros y estaba como una cabra. Era un alien.

John Fahey (1939-2001)

John Fahey (1939-2001)

Vean la foto: un scholar estadounidense. Vernáculo, aseado, con varios carnets de bibliotecas en la chaqueta de mezclilla.

Nativo de Washington pero criado en Takoma-Maryland (1939), fue un niño infeliz blanco. La tristeza nunca dejó de ser su único regazo. El vientre de algunos es una fuente sucia.

Una noche de 1954 escuchó en la radio a Bill Monroe, uno de los padres del bluegrass. Un señor con traje y sombrero, pero con la piel de serpiente y las manos de río de los vecinos de Appalachia.

Años más tarde Fahey describiría el impacto de la pedrada de Monroe en un libro que deberían almacenar en la sección de poesía, How Bluegrass Music Destroyed My Life (Cómo la música bluegrass destruyó mi vida):

No había escuchado nunca bluegrass.
Yo era una niño querido. Tenía amigos. Uno más en la pandilla.
Estábamos juntos todo el día. Nos separaban para asuntos artificiales como la escuela.
Esa clase de asuntos.
Estábamos terriblemente solos. Éramos excesivamente sociales. Éramos agresivamente sociales.
Compulsivamente sociales.
Sí.
No podíamos luchar contra eso.
Divorcios. Sobre todo, divorcios.
Algunos de nuestros padres eran criminales. A veces los encerraban y no los veíamos durante una temporada.
No teníamos a nadie para aconsejarnos. Para entendernos. Para compadecernos. Para
AYUDARNOS.
Algunos de nuestros padres estaban enfermos o en el paro. Esa clase de asuntos.
Pero sobre todo divorcios.
(…)
Y aquella noche escuché a Bill Monroe.
¡Dios!
No estás a salvo en ninguna parte.
No del bluegrass.
No.
Era un sonido horrible, enloquecido. Me volví loco, perdí la chaveta. Era lo más repugnante que había escuchado nunca. Era un ataque terrorista revolucionario a mi sistema nervioso a través de la estética.
Era más negro que el disco más negro que había escuchado.
Me mutiló. Me tiró del sofá. Tenía la boca abierta y los ojos expandidos. Me encontré a mí mismo.
Nada fue lo mismo desde entonces.
He enloquecido.

"Blind Joe Death" (1964)

"Blind Joe Death" (1964)

En 1959, a los 20 añitos, Fahey había grabado el primero de sus varias docenas de discos.

Firmó con un seudónimo que secundaríamos todos los melancólicos: Blind Joe Death (Joe Muerte, el Ciego). Sólo prensaron 95 copias. Él en persona vendía ejemplares en mano a los automovilistas que repostaban en la gasolinera donde trabajaba. Nada mejor que el olor a nafta para saber que debes largarte de aquí.

Al tiempo, escribió una tesis universitaria sobre Charley Patton, a quien todavía entonces nadie otorgaba el reconocimiento de fuente sucia de la que emergió toda la música.

Porque nada más que una guitarra y diez dedos separan a algunos hombres de su destino, grabó discos instrumentales en la majestuosa clandestinidad de quienes aman.

Fahey ejerció muchos y variopintos idilios: con villancicos, material funerario, polkas matrimoniales, cantos de montañeses tristes como lobos, elegías de divorcios y bautizos…

Actuaba en universidades, centros culturales, pequeños tugurios de humo y público con anteojos. Los hippies ni siquiera le hacían caso: estaban demasiado ocupados en balancear el sari.

Según la calidad y la cantidad del alcohol consumido, los conciertos eran desastrosos o actos de fe.

"The Dance of Death and Other Plantation Favourites" (1964)

"The Dance of Death and Other Plantation Favourites" (1964)

Desde los coches de quienes le recogían en autoestop lanzaba viejos discos desde los puentes. No necesitaba escuchar nada más y había decidido que la mejor patria para la música es un río.

Desde mediados de la década de los setenta y durante unos veinte años, Fahey malvivió, vendiendo poco a poco su colección de acetatos clásicos, ejemplares casi únicos de blues y bluegrass a 78 rpm, para poder comprar una botella más.

El último acto de expiación fue la entrega a la usura de las casas de empeño de su guitarra, la mejor acústica steel de la historia.

Sufría el virus de la fatiga crónica (Epstein-Barr, según la nomenclatura médica) y diabetes y, en 1991, fue operado de un bypass. Vivía en un motel. Había perdido el virtuosismo de sus diez dedos.

"The Voice of the Turtle" (1968)

"The Voice of the Turtle" (1968)

Regresó en los años noventa. Lo redescubrieron los post-punks, tan locos como él. Jim O’Rourke -el guitarrista y productor que ha trabajado con Sonic Youth, Wilco, Joanna Newsom y tantos otros- le promocionó con desinterés y simpatía. No podía entender como Fahey sufría el abandono mientras tanto mediocre era elevado a los altares.

El renacimiento impulsó un final más o menos feliz. Fahey volvió a dar conciertos, fundó en 1996 la discográfica Revenant e hizo discos tan memorables como Red Cross (2001), donde toca la guitarra eléctrica, juega a la disonancia, cruza el blues del sur con las ragas indias, improvisa a partir de líneas de Bela Bartok, toca con el instrumento desafinado y encuentra la música en el espacio abierto.

"Red Cross" (2001)

"Red Cross" (2001)

En febrero de ese año, unos días antes de cumplir 62, murió en un hospital tras una operación a corazón abierto.

Muy poco conocido en España -por eso le busco refugio en la sección Top Secret-, Fahey supo amar para tocar. Amó hasta la demencia.

Hay muchas e inmediatas posibilidades de escucharle y verle. Dejo unos cuantos vínculos de vídeos para los curiosos:

On the Sunny Side of the Ocean | Wine and Roses | Poor Boy | Dance of the Invisible Inhabitants of Bladensburg | In Christh There Is No East and West | Candy Man | How Green Was My Valley | Lion | Summertime

En una de sus escasas visitas a Europa, dos años antes de morir, Fahey estaba anunciado para tocar en el estirado Queen Elizabeth Hall del Southbank Center de Londres. Había mucha gente con anteojos en el público.

Fahey recordó una canción de Bill Monroe en 1954 y un río en el que se hundían discos en 1968.

Afinó, sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón, se sonó los mocos, interpretó un tema y dió por terminada la actuación diciendo:

– Creo que es hora de volver a casa.

De eso se trata. Esa clase de asuntos.

Ánxel Grove