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Gresca inglesa por la subasta de los trapos de Margaret Thatcher

Foto: Christies/PA

Foto: Christies/PA

Además de declarar una guerra, reconvertir varios sectores industriales, defender la bondad del librecambismo y hacerse amiga, lo cual roza lo milagroso, del replicante Ronald Reagan, la política británica Margaret Thatcher pasará a la historia por ser la responsable de una innovación verbal.

Desde que la señora se metió en la cosa pública usó un muy expeditivo y práctico método para espantar a enemigos: atacarlos con el bolso. De ahí el gerundio verbal handbagging, del que nos dice el diccionario McMillan:

Golpear verbal y psicológicamente a oponentes o colegas. Usado a partir de Margaret Thatcher, que generalmente llevaba bolsos de cierto tamaño e intimidaba a los demás con ellos.

Como es sabido, el inglés no tiene parangón como idioma siempre naciente, adecuándose a los tiempos y los modos de la common people. Tampoco sorprende que la señora Thatcher haya perfeccionado el arte del ataque mediante el arma que tenía más a mano. Ella misma lo había advertido con el estilo de los camareros de pub, empleados que en el Reino Unido tienen categoría de maestros zen:

Por supuesto que soy obstinada en la defensa de las leyes ¡Para eso llevo un bolso!

La doctrina Thatcher no estaba sustentada tanto en el conservadurismo neoliberal como en la amenaza de que aquella señorona te zurrase con el accesorio en el que vaya a saber usted qué guardaba. Los golpeados fueron tantos que la BBC los entrevista de vez en cuando en plan asociación de afectados. I was handbagged by Mrs Thatcher (“A mí me bolseó la Señora Thatcher“) no es el título de un capítulo de Benny Hill. Es una crónica real de sucesos.

El bolso de la foto de arriba, un clásico Launer azul marino (royal navy, dicen en el Reino Unido, siempre tan orgullosos de su dominio ancestral sobre los siete mares), pertenecía al guardarropa-armería de la exprimera ministra.

¿Le apetecería comprobar la efectividad del dispositivo en el cuerpo a cuerpo? Vaya preparando al menos 4.000 euros.

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Pistolas cantoras

Una de las dos pistolas con pájaro cantor atribuidas a los hermanos Rochat

Una de las dos pistolas con pájaro cantor atribuidas a los hermanos Rochat

Eran los años veinte del siglo XIX. Los tres hermanos suizos Rochat, originarios del valle de Joux y afincados en Ginebra, eran más que relojeros: expertos en fabricar cualquier objeto mecánico relacionado con música, autómatas y, en especial, pájaros cantores.

La delicadeza de sus creaciones era tan esmerada que uno olvida el toque cursi estilo Sisí emperatriz que a veces caracteriza a la estética centroeuropea de antaño, con abundante dorados, motivos florales y angelotes innecesarios.

La sección de Artefactos de esta semana es para un invento tan supérfluo en su finalidad como admirable por su precisión y pura belleza. Es un capricho frívolo de los que uno no puede apartar la mirada así como así.

La casa de subastas Christie’s ha presentado recientemente en su catálogo de objetos selectos un juego de dos pequeñas pistolas gemelas que se atribuyen a los Frères Rochat (marca que todavía existe).

No son armas de fuego: al accionar el gatillo, un pájaro mecánico, diminuto y con plumas de colores (verdaderas), comienza a cantar con una naturalidad que pilla desprevenido a quien espere ver un simple juguetito. El aleteo del ave supera con dignidad incluso la prueba de la cámara lenta.

“Es una de las obras de arte mecánicas más apasionantes. El interior está compuesto por cientos de tornillos y engranajes que empujan al pájaro fuera del cañón, lo sitúan sobre él y hacen que mueva las alas, la cola y el pico mientras canta. Todo está dentro de la pistola”, explica con precisión y elegancia exagerada Aurel Bacs, Director del Departamento de Relojes de Christie’s.

Hechas de oro y ornamentadas con esmaltes azules y rojos, están perfiladas por hileras de perlas y diamantes que resaltan el perfil. En cada lado de la empuñadura, dos placas doradas muestran un león por un lado, y en el otro, un ciervo.

El objeto buscaba satisfacer la demanda creciente de relojes y autómatas de la realeza y la aristocracia europeas y sobre todo de la corte imperial china, gran consumidora de las maravillas de la técnica europea en los siglos XVIII y XIX.

Se tiene constancia de la existencia de sólo cuatro pistolas más de este tipo. Una está en el Museo de Arte Islámico de Jerusalén, otra dentro de la colección Maurice Sandoz de Suiza y otras dos en el museo Patek Phillipe de Ginebra. Éste es el único set de dos ejemplares que existe en el mundo y se espera que alcancen un precio que oscila entre los 2,5 y los 5 millones de dólares (entre 1,8 y 3,7 millones de euros).

La banalidad de los pequeños cachivaches nunca volverá a ser tan sofisticada, por mucho que Apple intente vendernos motos. ¿Quién pagará esas sumas por un vulgar iPad del 2011 (que ni siquiera funcionará) dentro de 190 años?

Helena Celdrán