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La terapeuta que baila semidesnuda con 12.000 abejas

Pasos de ladrona de colmenas. Cautela absoluta. 12.000 aguijones curiosean por su carne. Esperan un espasmo, un grito, una señal de alarma, un aliento químico que dispare el ataque. Así debe moverse. Es una coreografía, un dúo entre muchos, dice.

Baña su cuerpo con una feromona. Las abejas luego se posan en la piel como atraídas por un conjuro de polen. Aguijones móviles, excitación eusocial. Entonces ella baila, casi desnuda, cubierta por un manto de seres que zumban, una masa promiscua.

Las atrae con esa sustancia que copia al componente que segregan las abejas reinas para mantener la cohesión en la colonia. La reina será el primer insecto que colocará sobre su piel. Miles de abejas la cubren después con devoción real. Invaden el torso y la cara de esta terapeuta y artista. Y ella, convertida en colmena ambulante, baila como si existiera el invento de la Madre de las abejas, como si las abejas entendieran a la mujer y pudieran amamantarse de ella, como si fuera posible esta sincronía que recuerda a la temeridad del hipnótico baile de las serpientes.

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Son abejas artistas y tienen un mensaje para ti

En el taller de Aganetha Dyck vuelan las artistas invitadas, cual arquitectas callejeras de una república dulce. Son creativas y eusociales. Antófilas (del griego, “que aman las flores”). Matemáticas intrépidas. Poetisas obreras que trabajan sobre una estructura vibrante: construyen miles de pisos que huelen a propóleo y saben a miel.

En el arte de esta escultora canadiense de 81 años las “artistas invitadas” son abejas.

 

 

Pequeños seres que baten sus alas 200 veces por segundo. Insectos capaces de dedicar su corta existencia -unos 85 días de vuelo rasante- a su comunidad, pasando por distintos oficios que jadean dignidad, siendo recolectoras del preciado polen, limpiadoras de celdas, cocineras del néctar, exploradoras campestres, cuidadoras de larvas o infatigables guerreras. Animales que son una metáfora viviente que zumba en nuestros oídos:

“Todas formamos parte de esta colmena. Dejémonos de estupideces”.

Este es el mensaje de la abeja obrera para ti, un insecto que no dudará en decapitar a su reina si no cumple con la comunidad.

Aganetha hace la propuesta: una escultura de cerámica, por ejemplo. Abandona luego este elemento al genio de las abejas en apiarios especialmente diseñados para este propósito, su taller.

Así nace una colaboración creativa entre las distintas especies.

 

Las abejas construyen las colmenas guiadas por el instinto, la sabiduría genética, el arte sin nombre, la fuerza vital. Lo hacen en esa figura de cerámica, un zapato o un casco de rugby. Los elementos se conjugan para crear un espectáculo de singular belleza. Es un mensaje poético, geométrico e irracional, unido al símbolo de una humanidad doméstica.

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Deja que tus ojos sean un restaurante de lágrimas para insectos

Foto: Center for Genomic Gastronomy

Foto: Center for Genomic Gastronomy

El ojo de los seres humanos puede ser un restaurante de alta cocina para muchos tipos de insectos. Eso opinan los integrantes del Center for Genomic Gastronomy (Centro de Gastronomía Genómica), un colectivo de artistas  y científicos que desea funcionar como un think tank sobre biotecnología, biodiversidad y genómica para investigar polémicas relacionadas con la alimentación y buscar “fórmulas culinarias alternativas”. Desean ejercer el derecho a “imaginar un futuro sistema alimentario más justo y hermoso”.

El último proyecto del grupo es To Flavour Our Tears (Dar sabor a nuestras lágrimas), un “restaurante experimental” para “investigar las propiedades culinarias de las lágrimas” y compararlas con las necesidades alimenticias de los insectos y otros pequeños animales que se pueden alimentar de las secreciones de los seres humanos. La foto que abre esta entrada es de abejas amazónicas bebiendo líquido lacrimal de un investigador.

La lacrifagia —el acto de beber lágrimas— ha sido comprobada en las mariposas que se nutren de los líquidos excretados por los ojos de los cocodrilos. No está claro el motivo, pero, al parecer, los insectos buscan nutrientes como el sodio y aprovechan la pasividad de los grandes lagartos cuando están semiadormecidos para chupar y darse un atracón sin ser molestados.

Teorías parecidas explicarían un comportamiento similar en polillas que beben de los ojos de aves dormidas e incluso de mamíferos tan voluminosos como búfalos de agua. Se ha comprobado que las de la especie Calyptra eustrigata tienen algo de vámpiras: se alimentan de sangre humana mientras las víctimas duermen.

Si a algunos insectos les gustan nuestros fluidos y los necesitan para vivir, ¿podemos ponérselo más fácil para que, sin hacernos daño, se alimenten a su gusto?, se preguntan en el Centro de Gastronomía Genómica.

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