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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Los autorretratos de un fotógrafo heroinómano

© Graham MacIndoe

© Graham MacIndoe

“El comerciante no vende su producto al consumidor, vende el consumidor a su producto“. La afirmación, cruda como es norma procediendo de la boca hambrienta de William S. Burroughs, se ajusta a la foto como un buen cinturón al antebrazo.

El fotógrafo ha dejado programada la cámara —una digital barata, no es necesaria complejidad alguna para mostrar la víscera que somos— para que dispare por sí sola. La imagen es un autorretrato y Graham MacIndoe hizo muchos durante sus años en el subsuelo.  Con la jeringa clavada, frente al cobalto azulado de la televisión, el fotógrafo-consumidor posa para, también en el tiempo anestésico del opio, reconocerse.

Escocés nacido en 1963, MacIndoe es desde 2010 un adicto sobrio —la noción de exadicto es una figura retórica: la edad me ha llevado al convencimiento de que con las drogas, con todas ellas, firmas contratos de permanencia vitalicios—. Desde la limpieza sigue ejerciendo la profesión de fotógrafo, ahora quizá con un nuevo tipo de benevolencia, la de saberse débil como cualquiera.

© Graham MacIndoe

© Graham MacIndoe

En un pliego de descargo retroactivo que nadie tiene el derecho de recusar, MacIndoe ha decidido sacar a la luz sus años de relación, mientras vivía en Nueva York, con, por este orden, la cocaína, la heroína y el crack y mostrar bastantes de los autorretratos que hasta ahora había mantenido ocultos. En la pieza audiovisual My addiction: a self-portrait (Mi adicción, un autrorretrato), publicada por The Guardian, diario en el que colabora, el fotógrafo muestra y comenta las imágenes.

En una entrevista editada en paralelo por el mismo medio, Coming clean: the photo diary of a heroin addict (Limpiándose: el fotodiario de un adicto a la heroína), se confiesa a su exnovia, la periodista y escritora Susan Stellin, que estuvo liada con MacIndoe durante los años de aguja y rompió con él por las consecuencias de la adicción en la convivencia. No se enteró, o al menos eso asegura, de la grave intensidad de lo que estaba sucediendo con su pareja. Precisa que sólo tuvo una conciencia exacta del hundimiento cuando, una vez separados, encontró los 342 autorretratos de MacIndoe en el trámite de chutarse o en los posteriores vuelos opiáceos.

“De alguna forma, esto era lo que tenía curiosidad por ver (…) Todos estos primeros planos de la aguja entrando en una vena, su expresión durante y después (…) Quizá la clave sea: ‘¿Querías ver? Aquí lo tienes’. Entonces quizá nos enferme nuestro voyeurismo, porque no necesitábamos ver nada de esto”, escribe Stellin recobrando una nota que redactó al encontar las fotos y a la que ahora añade una coletilla: “Creo que sí debemos verlo e intentar entender la adicción desde dentro como nos la describe Graham y no con una mirada exterior”.

© Graham MacIndoe

© Graham MacIndoe

La versión en primera persona del enganche y sus rituales es una narración de la infinita soledad del adicto y del mundo de un solo habitante en el que reside. Juicios personales aparte —y el fotógrafo es el primero en recordar aquellos años con una “enorme vergüenza personal”—, los autorretratos demuestran que los motivos para caer podrían resumirse, en una exageración quizá injusta pero no por ello menos certera, en que los opiáceos eliminan todo tipo de dolor o sufrimiento, incluso aquellos que ni siquiera padeces.

El diario fotográfico de drogadicción, un trabajo que es un grito pero también un testimonio de valentía, coloca al fotógrafo en un terreno extraterritorial, la patria sin fronteras donde es innecesario preocuparse por la muerte porque siempre la llevas de tu mano.

© Graham MacIndoe

© Graham MacIndoe

MacIndoe cita la canción de Lou Reed Perfect Day para explicar la opción del fije intravenoso: Es un día perfecto / Has logrado que me olvide de mí mismo / Creí que era otra persona, / una buena persona.

Los autorretratos demuestran la indomable hipnosis que ejerce la droga sobre el adicto y que el fotógrafo capturó con exactitud, pero alivia saber que MacIndoe —que hoy, tras pasar por la cárcel y una rehabilitación que, en su caso, ha funcionado, luce el aspecto saludable que merece— también se dejó someter por una segunda sustancia tóxica, la fotografía.

Algunas de las secuelas de esta segunda dependencia brotan de la colección de autorretratos: el triunfo del ojo sobre la cámara; la ausencia de todo límite excepto los que imponga el fotógrafo; las puertas abiertas al pasado o, como decía Julio Cortázar, las fotos como forma de “combatir la nada”… A las imágenes de MacIndoe les cuadra, sobre todo, la definición esquiva de Diane Arbus, otra notable drogadicta —en su caso, de barbitúricos y otros venenos psiquiátricos—: “La fotografia es un secreto de un secreto. Cuanto más cuentas, menos sabes”.

Ánxel Grove

2 comentarios

  1. Dice ser omega333

    Me ha sorprendido la buena redacción del texto tanto como las fotografías.

    03 julio 2014 | 18:43

  2. Dice ser ah1h

    Menuda chusta de comentarios, que exageración y cuanto teatrero. Yo como ex-adicto hablo desde la experiencia.

    En el mundo de la heroína y los opiáceos solo hay un problema para quien realmente quiere salir de ese rollo.
    SOLO UNO. El acceso a la droga.
    Es por eso que los que toman metadona y se quedan ahí van a ser adictos casi todos para siempre, pero al menos no van a tener mayor problema que el tomar 1 pastilla al día si son capaces de establecerse en alguna cifra inferior a 30 mg y mantenerse.
    Es posible que tengas un compañero de trabajo que lleve 10 años tomando metadona sin notar absolamente nada extraño, quitando el tema socio-cultural que sería otra historia.

    Un adicto con dinero y con acceso a un material de calidad (Opio, oxycodona, heroína, morfina, es igual…) estable tiene muchas facilidades para salir del enganche porque no tiene que sufrir los daños colaterales, que son los que hacen que la pescadilla siempre se acabe mordiendo la cola. Agujas, enfermedades, mala alimentación, infelicidad, penurias, problemas familiares, etc..

    Es algo muy difícil de entender para las personas que no han tenido este problema, y solo deseo que el menor número de personas posible tienda a probar este tipo de sustancias tan adictivas, como la heroína y el crack, ya que tanto las mismas sustancias como los lugares donde se compran están específicamente hechos para el simple y puro vicio.
    Saludos.

    03 julio 2014 | 20:26

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