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“Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia…” Roy (Rutger Hauer) ante Deckard (Harrison Ford) en Blade Runner.

2017: una cosecha de cine regular

Este año no hemos tenido una gran cosecha de cine. De no ser porque en el apartado de intérpretes, masculino y femenino, sigue habiendo tortas para dilucidar el valor de los trabajos, en el de mejor película, por el contrario, el nivel deja mucho que desear a mi humilde entender. Sólo veo una película por encima de las demás, una película excepcional tanto en el apartado del reparto como en el de guion y dirección: No sé decir adiós, de Lino Escalera. Las demás nominadas a los premios de la crítica, los Premios Feroz, que acaban de hacer pública su selección, me parecen bastante irregulares.

Ya he hablado aquí en varias ocasiones de No sé decir adiós, un drama doloroso que escarba como un escalpelo en la carne de la enfermedad terminal y las relaciones paternofiliales, pero es portador de una soterrada carga de esperanza en el destino humano, que los tres intérpretes principales, Juan Diego, Natalie Poza y Lola Dueñas hacen inolvidable.

El autor supone para mí una decepción en un director al que siempre he considerado “el Antonioni español”, Manuel Martín Cuenca. Esta adaptación de una novela de Javier Cercas se me queda muy escasa de materia intelectual, no mucho más que una sencilla y sarcástica reflexión acerca de los egos de artistas y escritores que no alcanza para llegar a la duración estándar de una película. La salvan los actores, los siempre acojonantes Javier Gutiérrez (que le “echa huevos”, tanto en sentido figurado como literal) y Antonio de la Torre, a quien hay que escuchar alborozadamente  abroncar al aprendiz de escritor, uno de los momentos felices que no consiguen compensar el chasco final.

Handia, de Jon Garaño y Aitor Arregi es una emotiva fábula de amor fraternal escondida en una crónica de hechos reales en torno a un personaje muy singular, un guipuzcoano que vivió a mitad del siglo XIX atrapado en un cuerpo que no dejó de crecer hasta su muerte, a los 43 años de edad, interpretado reciamente por Eneko Sagardoy. Rodada en euskera, ambientada con esmero y fotografiada con mimo por la cámara de Javier Agirre, y arropada por unos efectos visuales de impactante realismo, Handia parecía encaminarse hacia el cuento de un monstruo triste e incomprendido, que sufre las burlas de sus contemporáneos, en la línea de El hombre elefante, pero apunta en otras direcciones con un marco referencial de época.

Verano de 1993, es la primera película, muy meritoria, de Carla Simón por arriesgada y conseguida, pero creo que cuenta con algunos inconvenientes para hacerse aceptar en la taquilla, el principal, el ritmo moroso y contemplativo que le impone un propósito de rigor y coherencia con el punto de partida. A su favor jugará que la Academia la eligió para representar a España en la carrera de los Oscar (y esperemos que llegue a la final aunque lo tienen muy difícil; de ganar, ni lo imaginamos) y también una especie de viento crítico a favor generalizado que pone en valor la verdad que transpiran sus imágenes, no afectadas por ningún tipo de impostura. Tanta es la verdad y la renuncia a cualquier artificio que no se permite ni siquiera usar algún recurso que levante la intensidad emocional con fines dramáticos; una sola secuencia, la que tiene que ver con la pequeña en la carretera (lo digo tan crípticamente para no desvelar nada) en manos de cualquier otro hubiera tenido un desarrollo mucho más efectista. La interpretación de la niña Laura Artigas es también memorable.

La librería tiene las virtudes habituales del cine de estilo depurado de Isabel Coixet. Hablada en inglés, como es habitual en sus películas, es elegante, cálida, perfumada de un toque de nostalgia y otro de rebeldía a partes iguales y cuenta, también, como las anteriores, con un gran elenco encabezado por tres actorazos: los británicos Emily Mortimer y Bill Nighy y la norteamericana Patricia Clarkson. Isabel consigue que veamos las partículas de polvo depositadas sobre los estantes de los templos sagrados de la feligresía lectora en peligro de extinción y que abominemos de las educadas maneras e hipocresía de las fuerzas reaccionarias, siempre alertas para frustrar las ilusiones y proyectos de quienes van por libre.

 A la altura de las anteriores, y por tanto uno o dos peldaños por debajo de No sé decir adiós, yo seleccioné para los Premios Días de Cine a La cordillera, coproducción con Argentina y Francia dirigida por Santiago Mitre, que con la ayuda de un grandísimo (como siempre) Ricardo Darín dibuja un retrato espeluznante y lleno de matices de un presidente del país austral. Lo más estimulante que aporta es la visión absolutamente verosímil de un cónclave de presidentes iberoamericanos como un nido de avispas en el que no sabes quién te va a clavar el aguijón, bien sea a traición o de la manera más fraternal. Lo menos es que incluye una subtrama esotérica de menor interés.

También incluí Selfie, un divertidísimo aguafuerte sobre los hilos de superchería que envuelven las idas y vueltas de la política española, que exhibe como cómico desternillante a Santiago Alverú. En los Premios Feroz participa en la categoría de Mejor Película de Comedia, que es como establecer involuntariamente un nivel de sutil inferioridad respecto al resto de las producciones. Yo no soy partidario de hacer esos distingos.

Días de Cine incluye entre las cinco mejores películas españolas a Proyecto Lázaro, una ciencia ficción en mi opinión muy menor de Mateo Gil sobre las posibilidades de la hibernación para intentar burlar a la muerte y deja fuera a La librería. Salvo en ese detalle coincido con mis compañeros, aunque en la votación ajustadísima se impuso la ópera prima de Carla Simón sobre la espléndida, también ópera prima, No sé decir adiós, que como digo, considero claramente superior.

Los Premios Forqué colocan la estrambótica comedia de Pablo Berger, que yo no pude digerir, Abracadabra, en el lugar de No sé decir adiós. Un experimento para mí fallido, que mezcla texturas de comedia costumbrista de los años 60-70 con un enfoque de vindicación feminista servido por secuencias que van de lo sublime a lo ridículo. Claro que hay que aclarar que en los Premios Forqué quienes votan al Mejor largometraje de Ficción y Animación son los productores, lo que significa que sus criterios se rigen por otros arcanos.

Mucho no podrán diferir estos títulos de los que los académicos convoquen a la Gala de los Goya el 3 de febrero. Yo llevo meses pronunciandome y no he tenido necesidad de modificar mi apuesta para establecer quiénes deben ser los ganadores de los cabezones principales: el Goya a la Mejor película, sin discusión, es para No sé decir adiós; el Goya a la Mejor actriz principal, sin discusión, es para Natalie Poza y el Goya al Mejor Actor, sin discusión, debería ser para Juan Diego, aunque mucho me temo que compita en la categoría de Mejor Actor de Reparto, lo que de ser así consideraría un pequeño error: suyo es el trabajo más impresionante y conmovedor de la temporada. Nadie se acerca ni de lejos a ese personaje y a lo que con él ha hecho Juan Diego.

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