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La inteligencia del ser humanoes la capacidad que tiene para adaptarse a la realidad.Xavier Zubiri, filósofo. (San Sebastián, 1889 - Madrid, 1983)

Marraquech podría morir de éxito

Unos 150, de los 220 km que separan Tarudant de Marraquech, discurren entre montañas. La subida hacia el Este culmina en el paso del Tiz n´Test (2.092 m.), tras más de 30 km de ascensión permanente, salvando desniveles de vértigo. Aquí dejamos ya, a nuestra espalda, definitivamente, ese mundo misterioso y desértico del que he hablado estos días. Ahora miramos hacia la gran ciudad ocre, a la que en esta ocasión llegamos siguiendo el río Nfiss, y tras recorrer más de 100 km de curvas continuas y desfiladeros. Por el camino van quedando diseminadas las kasbas, asentamientos milenarios cuyas construcciones de barro, incrustadas literalmente en las laderas de las montañas, se asoman al río y los bancales donde el verde de los cultivos de cereal, hortalizas, nogales y olivos, sobre todo, dominan el paisaje terroso.

Pero Marraquech está ahí, ¡nos aguarda!, y la llanura se abre de par en par de pronto para recibir al viajero por avenidas cuidadas, con parterres de flores y palmeras perfectamente alineadas. Mas Marraquech podría morir de éxito ante tanta opulencia y promoción. La marabunta turística es tal que los pobladores autóctonos parecen ahora invisibles. En la plaza de la Yemaa el-Fna —patrimonio de la humanidad— y en las grandes avenidas que acercan a ella, los turistas ¡todos los días del año y a todas horas! casi superan en número a los propios vecinos. De modo que uno va por la calle y ya no se fija en tal o cuál persona, si va con chilaba o sin ella, en ésta u otra fachada o edificio, sino en los hombres y mujeres de piel blanca y cabello aclarado; todos ligeros de ropa. Ahora Marraquech ofrece en su famosa plaza de la Yemaa espectáculos absurdos, para entretener a los visitantes occidentales, como pescar una botella de coca-cola con un pequeño aro atado al final de la cuerda que cuelga de un palo, o el juego de meter una pelota de golf en un hoyo, o un combate de boxeo simulado entre adolescentes… Sí, la actividad de la plaza ha ido degenerando. Y, aunque todavía sobreviven en ella los encantadores de serpientes, los cuenta-cuentos, las echadoras de cartas, las alcahuetas que te leen el futuro en la mano…, da la impresión de que la demanda turística es tal que cualquier inventiva (aunque no tenga gracia) será dada por buena si al organizar un sarao en un corro, ante una audiencia aburrida, deja algunas monedas de propina.

Aún así hay que vivir intensamente Marraquech. Tiene demasiada belleza como para pasarla por alto. El color rojizo de sus edificios, el verde de las palmeras, el azul inmaculado de un cielo sin nubes y el ribeteado horizonte de las cumbres nevadas del Atlas componen un cuadro único. Y si alguien quiere extasiarse mirando la Kutubia —la torre hermana de la Giralda— que no se prive. Por lo además, se puede pasear en calesa o a pie, conocer todo tipo de restaurantes, chiringuitos nocturnos ocultos, o perderse entre el enjambre de hoteles que se han construido últimamente en la ciudad moderna. Están la medina, los museos, los palacios, las tumbas sadianas y los jardines de Menara… Y aún se puede ir más lejos: al valle del Ourika, a 80 km, que culmina en la estación de ski de Oukaimeden.

En fin, en Marraquech se puede cenar por 10 dirhans (no llega a un euro) en la plaza de la Yemaa el-Fna a base de sopa, caracoles, dátiles y té… O por un millar (más de 100 €) en alguno de sus lujosos restaurantes. En Marraquech termina este viaje de 3.465 km, según el cuanta-kilómetros del coche, contando también los 580 que aún faltan para regresar a Tánger; un trayecto éste que se hace en poco más de 6 horas, cómodamente, por autopista.

Espero que les haya gustado el viaje. A partir de mañana les contaré alguna anécdota. Mientras, seguiré haciéndome preguntas. Preguntas, que, honradamente pienso, pueden ayudar a mejorar ciertas cosas… Mientras tanto… ¡Salud!

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