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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

Capítulo 36 de Mastín: Cinco perros que no eran de nadie y que nadie quería

Todos los viernes desde enero publico en este blog un capítulo de Mastín, una novela juvenil apta para adultos con la protección animal como fondo.

CAPÍTULO 36:

En aquel saloncito no podía entrar más gente. Miguel y Violeta estaban sentados en el pequeño sofá; encaramada en el brazo de un sillón, a su lado, estaba Alicia; Mal se había sentado en el suelo frente a ellos; Mario y Fran ocupaban las dos únicas sillas y Lobo e Irene se apoyaban en un mueble que contenía unos cuantos libros y la escasa vajilla de aquel peculiar hogar.

Podría haber sido peor. Eso había dicho Mal. Menos mal que estaba Miguel allí durmiendo. Menos mal que los perros se habían puesto a ladrar y le habían despertado. No habían sido unos gamberros, tampoco unos borrachos en busca de diversión a costa de lo que se les cruzara por delante. Los que habían acudido sabían lo que se hacían. Habían aparcado una furgoneta al lado de la protectora y accedido por la parte más alejada de la casa en la que vivía Miguel, saltando del techo del vehículo a los tejados de las casetas. Habían ido derechos a por los pitbulls. Cinco se habían llevado a toda velocidad, dejándolos caer desde lo alto del murete al suelo, metiéndolos en la trasera de la furgoneta y saliendo por patas en cuanto vieron que se encendía luz en la casa.

– Tenía que haber ido a oscuras, así hubiera pillado a esos hijos de puta – repetía Miguel sacudiendo la cabeza, con un acento eslavo más acusado de lo normal, sobre todo cuando profería insultos.

– Si hubieras ido a oscuras y te los hubieras encontrado de frente, tal vez tendríamos algo peor que lamentar – dijo Alicia, que también había acudido a la llamada del guardés. Violeta, siempre silenciosa, se limitaba a asentir mirando a su marido.

– Tengo que poner alambre de espino sobre el muro. O unos cristales rotos, que será más barato – dijo Miguel – No puede volver a pasar –

– No le des más vueltas. Gracias a ti no se han llevado más perros y no ha habido destrozos ni gamberradas – apuntó Mal – Deberíais acostaros e intentar dormir algo. Y nosotros también tendríamos que irnos. Aquí ya no podemos hacer nada más –

Pero nadie hizo amago de moverse. Aquello parecía un velatorio. De la ira se había pasado a la impotencia, y con ella había llegado el desánimo.

Allí dentro hacía un calor infernal. Martín salió de la habitación atestada. Resultaba curioso como aquel lugar conocido parecía otro distinto en plena noche. Las puertas de la perrera seguían abiertas y él estaba agotado, física y mentalmente. ¿Por qué tanto y tan distinto en una noche? Otra vez sentía que unas pocas horas contenían una vida entera. Se sentó en aquella tierra seca, con la pared apoyada en el muro. Sacó el móvil y mandó un mensaje a su madre avisando que volvería pronto; las flechas azules no tardaron en aparecer. Cuando había hablado con ella contándole lo que había pasado, había insistido en que durmiera, que estaba bien, que no pasaba nada; pero sabía que era inútil y que ella esperaría despierta hasta que llegase, aunque no saliera de su cuarto y se conformase con oír las vueltas de llave en la puerta de casa. Martín guardó de nuevo el móvil y miró al frente. El firmamento allí nunca era negro del todo, apenas había estrellas. Desde allí podía ver parte de la silueta de la gran ciudad de la que habían venido, la culpable de ese cielo gris y enfermo, como se sentía él en aquel momento. Ascuas de una rabia que se había agotado pronto.

La Policía se había ido al poco de llegar Martín, y al chico le daba la impresión de que poco iban a poder hacer. Cinco perros robados. Cinco perros que no eran de nadie, que nadie quería, que casi con toda seguridad serían usados para peleas. A Martín seguía sin entrarle en la cabeza que hubiera hombres que disfrutaran viendo como dos perros se destrozaban, que apostaran sobre la sangre de los animales. Era incapaz de comprenderlo, pero era incapaz de no creerlo. Durante aquellos meses había visto con sus propios ojos demasiados perros procedentes de ese mundo, animales con las orejas casi cortadas al ras de mala manera, con marcas de mordiscos, con el cuello en carne viva. Algunos realmente complicados de manejar, incapaces de relacionarse con otros perros, pero la mayoría sorprendentemente nobles. Los cinco perros que se habían llevado eran así, sociables y dóciles. Los recordaba bien, había dos hembras de color canela que habían aparecido vagando juntas por la carretera, un stanford procedente de un decomiso, otro casi cachorro que era cruce con algo de caza y que había nacido en la protectora y uno blanco y negro, como Logan. Pitbulls, cruces de pitbulls y de otras razas de presa. Perros como cualquier otro con la maldición de una mordida poderosa y un aspecto imponente. Aunque no solo esos le servían a los hijos de puta que los querían para pelear. Le habían contado que también usaban perros grandes de cualquier raza, incluso pequeños como entrenamiento de los futuros campeones. No solo eso, por lo visto en otras regiones había una modalidad de peleas en la que apostaban a ver cuántas ratas mataba un perro pequeño. Le habían contado también que no era la primera vez que robaban animales. Antes de que Miguel y Violeta fueran a vivir allí, y precisamente por eso lo hicieron, habían entrado una noche y se habían llevado todos los galgos que tenían, las pocas cosas medio útiles que había en la oficina y habían metido tres perros en las gateras solo por divertirse; ningún gato había resultado herido, pero uno de los perros se llevó un buen arañazo en un ojo y el hocico. Le habían contado que casi todas las perreras y protectoras habían sufrido robos, intentos de robo e incursiones de gamberros, en algunos casos dignas de una película de terror. Le habían contado que hacía unos seis años unos monstruos habían entrado en una protectora valenciana y habían torturado y violado a una pobre mastina, la habían dejado allí, destrozada y moribunda para que los voluntarios se encontraran con el horror a la mañana siguiente. ¡La habían violado! Tampoco eso le cabía en la cabeza, pero también eso lo creía. Regina se llamaba aquella pobre perra le había dicho Alicia.

– Adiós –

Martín se incorporó sobresaltado.

– Adiós – respondió sin pensar.

Lobo lo miró con una sonrisa imperceptible, de nuevo con ese aire de “sé lo que estás pensando”. Luego se cerró la chaqueta, se puso el casco, arrancó aquella moto que parecía sacada de Sons of Anarchy y desapareció por el camino que conectaba la perrera con la Nacional. Martín se lo quedó mirando como si fuera la versión de extrarradio del final de una vieja película de vaqueros, en la que el protagonista se perdía cabalgando y levantando polvo por el horizonte. Se lo quedó mirando como un gilipollas, decidió el chico sacudiendo la cabeza y buscando cualquier otra cosa en la que centrar su atención.

– Nosotros también nos vamos – dijo Irene poniéndole la mano en el brazo – Creo que Alicia se encarga de llevaros a ti y a Mal a casa-

– Ha sido un placer conocerte. Y también ha sido una noche de sábado rara de cojones – dijo Mario.

Mastín se despidió de ellos. También lo hicieron Mal y Alicia, que habían dejado al matrimonio de guardeses recobrando la calma y el sueño perdidos. Mal cerró las puertas mientras Alicia maniobraba con su coche para enfilar la carretera.

El breve camino a casa transcurrió en silencio, no había mucho más que decir, estaban cansados y la madrugada invitaba a la introspección. Alicia los dejó al pie del portal. Martín abrió la puerta y dejó que Mal pasara, y ella pasó, muy cerca, con su vestido corto y el maquillaje borrado. El portal estaba agradablemente fresco, una suerte de panteón de mármol que velaba el sueño de todos sus vecinos. Mal se dirigió a las escaleras sin encender la luz y Martín la siguió. No eran como aquellas otras escaleras, Martín apenas veía nada, pero ella sí era la misma y el chico no pudo evitar recordar la sensación de su piel en la punta de sus dedos apenas un par de horas antes, el sonido de aquel suspiro que había querido oír. Mal se detuvo frente a su puerta, al otro lado ya se sentía a Trancos esperando. La chica se giró para despedirse y Martín no lo pensó. Por segunda vez, casi en el mismo sitio que la primera, la besó. Un beso temeroso al rechazo, a no encontrar respuesta. No fue así en esta ocasión. Ella respondió primero con sus labios, luego con su cuerpo, apretándolo contra el suyo. ¡Era tan pequeña! ¡Parecía tan frágil entre sus brazos! Pero no lo era. En aquellos instantes podría haber logrado que él hiciese lo que fuera. Martín se atrevió a enredar las manos en su pelo, sintiendo las de ella aferrando sus brazos. Y allí estuvieron, besándose, perdidos el uno en el otro contra la puerta tras la que el galgo se había tumbado, sin importar el cansancio, los años que tuvieran, la rabia y la impotencia de momentos antes.

Pararon y Martín vio que ella mantenía los ojos cerrados.

– ¿Porque no abres los ojos? – susurró en la quietud del descansillo.

– No tienes la voz de un niño, ni el tamaño de un niño, ni las manos de un niño – dijo ella buscando sus manos – con los ojos cerrados puedo imaginar que he encontrado mi hombre de treinta años perfecto –

– Bueno, has encontrado a uno de casi dieciocho que está loco por ti – dijo él sobre su pelo.

– Me costó mucho no responder a aquel primer beso, no creas que no. Tuve que luchar contra mi misma para no reaccionar – confesó ella abriendo al fin los ojos para mirarle.

– Ahora no tienes que hacerlo – dijo él besándola de nuevo.

11 ARGOS PROTE

1 ARGOS SEÑALA Argos me lo presentan como el mastín más bueno del mundo. Está en Salamanca, en el refugio de la Protectora de Animales de Salamanca (ASPAP).

A Argos lo rescataron con una señal de tráfico enorme colgada del cuello, que le habían puesto para que no se escapara (tremendo), sin comida ni agua por que su dueño insistía en que “los perros aguantan bien sin comer”, en un lugar cochambroso. “Encontramos un precioso mastín muy jovencito que en cuánto nos vió empezó a mover el rabo y a poner su cabeza contra los barrotes de la puerta para recibir una caricia de dos extrañas”.

Argos es noble, bueno, cariñoso, obediente, le encantan los niños, “es muy delicado cuando le damos las chuches y sobre todo el perro ideal para dar abrazos”.

Contacto: Asociacion Salmantina Protectora de Animales y Plantas protectora_salmantina@hotmail.com

10 ARGOS PROTE

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

  1. Dice ser Jeans para Damas

    Muy bueno.. Gracias por la infofmación…

    13 enero 2017 | 12:45

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