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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

Entradas etiquetadas como ‘bomba atómica’

Desclasifican y digitalizan filmaciones de pruebas atómicas de los EE UU

Con el tam-tam atómico sonando de nuevo y los monstruos del pasado reapareciendo en la psique colectiva, nos muestran una parte de lo que hasta ahora habían escondido: filmaciones de algunas de las 210 pruebas nucleares realizadas por los EE UU entre 1945 y 1962. Han sido desclasificadas por mediación del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore (LLNL, en las siglas inglesas), una institución de propiedad mixta, pública y privada, cuya sede californiana vista desde el aire parece una pacífica ciudad suburbana, tiene casi seis mil empleados, un presupuesto anual de 1.500 millones de dólares y un objetivo basado en una paradoja absoluta: garantizar la seguridad de las armas nucleares.

En medio de la crisis entre los EE UU y Corea del Norte, la gente del laboratorio —con un accionariado que mete un poco de miedo (Bechtel, BWX Technologies, AECOM y otras consultoras de ingeniería con poder y sin escrúpulos) y en el que no sería difícil imaginar a hombres que fuman y se mueven en helicópteros pintados de negro y sin matrícula— nos regala la “desclasificación” de unas 500 filmaciones de detonaciones nucleares.

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¿Qué año salvó al rock and roll del aburrimiento?

Cubierta del libro 'Never a Dull Moment', de David Hepworth

Cubierta del libro ‘Never a Dull Moment’, de David Hepworth

La foto que ocupa la portada del libro encaja con el título, lo describe con hiperrealismo, es una huella digital. El periodista inglés David Hepworth sabía lo que hacía cuando eligió abrir Never a Dull Moment – 1971, The Year that Rock Exploded (Ni un momento aburrido – 1971, el año en que explotó el rock) con la imagen de disoluta belleza de Keith Richards, Gram Parsons y Anita Pallenberg en uno de los lujosos salones de Villa Nellcôte, la mansión de 16 habitaciones de Villefranche sur Mer, en la Costa Azul francesa, donde los Rolling Stones se habían refugiaron para:

  1. Grabar el mejor disco de su carrera y quizá uno de los mejores de todos los tiempos, Exile on Main Street.
  2. Dejar de pagar impuestos en el Reino Unido, donde el gobierno laborista apretaba las tuercas a los multimillonarios sin que desgravará ni un céntimo lo galanre de su porte.
  3. Drogarse en comunidad en una villa con alambicadas yeserías y lámparas de araña en cada aposesnto, acompañados de amigos, allegados y parientes —John Lennon y Yoko Ono se dejaron ver y también el magnate magnate financiero Ahmet Ertegum, fundador de la discográfica Atlantic—. Los proveedores de drogas casi vivían allí.
  4. Grabar sin la presión de horarios y agendas. El estudio movil del grupo, instalado en un camión, estaba aparcado en los jardines y en los sótanos de la casona, con mínimas adaptaciones, se conseguía un sonido pastoso en el cada nota parecía un grito. Algún amante de lo esotérico puede aducir que era lógico el tenebrismo: Villa Nellcôte había sido cuartel general de la Gestapo en la zona y escenario de cuerpos y almas torturados.

Las piernas largas y desnudas de Anita, Lady Rolling Stone, lánguida pin-up, satanista, buscadora de problemas, voraz politoxicómana, modelo, musa y novia intercambiable de Jagger y Richards, tienen la misma indolencia hedonista que la imagen, tomada por Domique Tarlé, fotógrafo al que permitieron moverse con libertad en el escenario belle epoque ocupado por el animalario perverso.

No crean ni por un momento que la estampa de paciente de quirófano de Richards significa que la heroína le hubiese anestesiado los sentidos: durante aquellos meses robó varias canciones al ingenuo y más triste de los vaqueros, Gram Parsons, que, acaso porque actuaba maravillado por tener entrada para el festín, creyó que aquellos malvados ególatras eran sus amigos.

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El reloj de Nagasaki

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu, 1961

“Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura menos que la liviana melodía que sólo es tiempo“, escribió el infinito Borges, quizá en la no menos perdurable extensión de una noche de pérdida en las dunas del insomnio.

Shōmei Tōmatsu, nacido en 1930 en Nagoya, una ciudad cuya etimología japonesa conduce a la palabra pacífico, amplió la sentencia del escritor en la foto que encabeza esta entrada: un reloj de pulsera detenido a las 11:02 horas del 9 de agosto de 1945, momento exacto en que una bomba atómica de los EE UU explotó sobre Nagasaki, una ciudad pesquera colonizada por portugueses y españoles cuya etimología no conduce a ningún significado preciso. Tras los 3.900 grados centígrados a los que la fisión nuclear elevó la temperatura ambiente, toda ley etimológica dejó de ser necesaria.

Como Borges, Tōmatsu es un poeta, acaso el más poético de los fotógrafos contemporáneos. Cuando en 1961 una revista le encargó retratar el corolario del asesinato masivo (150.000 cadáveres a las 11:02) un cuarto de siglo después, el fotógrafo se detuvo en una botella derretida hasta el punto de parecer el Cristo de una capilla rural española o portuguesa, las tumbas de un cementerio todavía volteado, un reloj recuperado del brazo de un anónimo habitante de Nagasaki que estaba a 700 metros del epicentro de la explosión…

Hace dos semanas, en este blog y también en la sección de cada jueves, Xpo, dedicada a la fotografía, quienes las hacen y quienes se dejan hacer, hablé de otra foto de Nagasaki: la de un niño sosteniendo el cadáver de su hermano chico en espera de cremación. La imagen contenía, intentaba abreviar, la hiel, el absurdo, la desdicha, infinita como el tiempo, que se concentró en el segundo en que el tiempo dejó de existir, también carbonizado.

Vista desde la amnesia la foto de Tōmatsu puede ser una metáfora de un sol derrotado. También, claro, el bosquejo de una bandera opcional de Japón: un mecanismo que mide el tiempo en torno a un trapo blanco que configura una levísima orografía bajo el peso del reloj calcinado.

Imagino al fotógrafo preparando el bodegón en un estado de trance en el que tal vez pidió la ayuda de los dioses de la amnesia.

Admiro a Tōmatsu. Creo que es uno de los, digamos, tres grandes fotógrafos vivos —los otros dos también son japoneses—. Si tuviese dinero, ese arcano, compraría copias de muchas de sus fotos, todas las que inserto tras este post, para colocarlas en una pared virgen y componer una cartografía ante la cual perderme.

Siempre imagino a Tōmatsu, sin embargo, en el momento previo a la foto del reloj de Nagasaki, sosteniendo con dedos de cristal la esfera liviana y muerta para tejer la bandera que todos deberíamos alzar con cada amanecer.

Ánxel Grove

Shomei Tomatsu - Protest, Tokyo, 1969

Shōmei Tōmatsu – Protest, Tokyo, 1969

Shōmei Tōmatsu - Coca Cola, Tokyo,1969

Shōmei Tōmatsu – Coca Cola, Tokyo,1969

Chewing Gum and Chocolates,Ykosuka-Kanagawa Prefecture American Sailors,1969

Shōmei Tōmatsu – Chewing Gum and Chocolates,Ykosuka-Kanagawa Prefecture American Sailors,1969

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu – Kadena-cho, Okinawa, 1969

Shōmei Tōmatsu - Botella derretida, Nagasaki, 1961

Shōmei Tōmatsu – Botella derretida, Nagasaki, 1961

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu

La borrosa historia de una foto del horror de Nagasaki

Brothers at Cremation Site (Joe O'Donnel, 1945)

Brothers at Cremation Site (Joe O’Donnell, 1945)

La historia que transmitió Joe O’Donnell sostiene que fue él quien hizo la foto. Tenía 23 años, era marine del Ejército de los EE UU y estaba en Nagaski, la ciudad japonesa contra la cual un objeto llamado Fat Man —3,3 metros de largo; 1,5 de diámetro y un peso de 4.600 kilos— había sido lanzado desde un avión militar a las 11 de la mañana del 9 de agosto de 1945.

La explosión del artefacto atómico, de una potencia —equivalente a la detonación de 22.000 toneladas de dinamita— que la mente humana sólo puede imaginar como una ecuación, causó la muerte inmediata de 150.000 personas. Fue la segunda bomba atómica en tres días que los EE UU lanzaron sobre población civil de Japón.

Muchos años después, en 1989, O’Donnell contó la historia de la foto por primera vez. La conocemos por una tercera persona, su hijo Tyge, entonces un adolescente.

Una copia de la imagen estaba sobre la mesa de la cocina del hogar familiar de Nashville.

— El pequeño está muy dormido, comentó Tyge, que nunca antes había visto la foto en casa.

— No, hijo, no está dormido. Está muerto y su hermano espera para incinerarlo. Cuando quemaron el cadáver el chico mayor se hizo sangre en los labios de lo fuerte que se mordía para no llorar .

Esa es la historia que O’Donnell —fallecido en 2007, a los 85 años— se encargó de difundir y su hijo, ahora un adulto, quiere mantener viva.

En resumen, los O’Donnell sostiene que tras la rendición de Japón y la invasión posterior, el marine fue enviado por el Ejército a Nagasaki para que registrase los efectos de la bomba atómica. Lo que vio —orfandad, un cementerio inmenso, personas con quemaduras con dimensión de pesadilla…— cambió su vida. Algunas de las fotos, entre ellas la del niño con el cadáver de su hermano, las escondió porque tenía miedo de que los mandos las incautasen. Al volver a los EE UU las guardó en unas cajas que depositó en el ático durante más de cuarenta años.

Three Brothers (Joe O'Donell, 1945)

Three Brothers (Joe O’Donell, 1945)

Esa, digo, es la historia. Pero los fotógrafos, como cualquier ser humano, pueden mentir.

Durante años, O’Donnell se dedicó a dar conferencias y conceder entrevistas. En ellas, además de volver al horror que encontró en Nagasaki, recordaba sus años como fotógrafo oficial de la Casa Blanca y presentaba como suyas fotos que hicieron otros. Eran maniobras de una enorme inocencia: se adjudicaba imágenes tan conocidas como la del niño John F. Kennedy Jr saludando a lo militar el ataud de su padre, el presidente JFK, que hizo Stan Stearns. Aunque nunca trabajó para la Casa Blanca, O’Donnell posaba ante una pared repleta de retratos de mandatarios a los que decía haber retratado. Ninguna de las fotos era suya.

Cuando el escándalo, como era previsible, saltó a la luz, O’Donnell no se retractó. Su hijo, que entonces encabezaba una empresa para intentar sacar beneficios de las fotos del padre, atribuyó las fantasías a un episodio de “demencia senil”.

No hay constancia, según los archivos del Ejército que lanzaba bombas atómicas sobre civiles, de que el marine fuera destinado a Nagasaki en 1945. Tampoco, y de ese pormenor sí hay constancia, trabajó jamás para la Casa Blanca.

Nada sabía de la foto de los hermanos hasta que la encontré en un blog personal que frecuento. De la intrahistoria me fui enterando, con pasmo y asombro, más tarde.

Las mentiras de O’Donnell convierten en pertinentes algunas preguntas: ¿son ciertas las fotos de Nagasaki?, ¿las hizo O’Donnell?, ¿es real la historia, el pie de foto, del niño esperando la cremación de su hermano?, ¿por qué el fotógrafo escondió las imágenes durante tantos años, demasiados como para protegerse de la censura militar?, ¿está muerto o está dormido el niño japonés?.

También deberíamos formular otra pregunta que acaso sea la unica primordial: ¿importan las mentiras presuntas de un ser humano cuando hablamos de una carnicería cometida por otros seres humanos, también mentirosos, pero, y eso los diferencia de O’Donnell, indiferentes al horror?

Ánxel Grove