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40 años haciendo un autorretrato de cumpleaños en ‘topless’ y con el mismo modelo de bragas

Izquierda, 1974, 29 años - Derecha, 2013, 69 años © Lucy Hilmer

Izquierda, 1974, 29 años – Derecha, 2014, 69 años © Lucy Hilmer

La misma mujer, la misma ropa interior —unas bragas lollipop de algodón blanco—, la misma piel, la misma pose, el mismo topless… Durante cuarenta años.

Lucy Hilmer ha tomado la misma foto el mismo día del año, el 22 de abril, su cumpleaños, desde 1974.

La serie de autorretratos, titulada con sorna y buen humor Birthday Suits (Trajes de cumpleaños), es un canto de amor al tiempo y a la vida, una cronología gozosa de una mujer que, como puede advertirse al contraponer las poses de la primera y la última fotos, ya no tiene miedo ni necesita colocarse a cinco metros de la cámara. Lucy Hilmer ha empleado radicalmente el derecho a exponerse.

El proyecto de Hilmer, que ahora va camino de ser un libro y quizá una película, ha ganado uno de los premios de talentos fotográficos emergentes de 2014 del prestigioso blog Lens Culture.

La mujer, una de esas aficionadas a hacer fotos que sólo admiten con cierto rubor que, “está bien, si quieres puedes decir que soy fotógrafa, pero es una palabra demasiado grande“, sólo se atrevió hace poco a sacar del encierro familiar y mostrar en público la serie de imágenes de su cita anual consigo misma.

Empezó casi en broma, en el Valle de la Muerte al que decidió viajar en 1974, cuando cumplía 29, como homenaje privado a la película de Antonioni Zabriskie PointHilmer es una hippie y no se avergüenza—. Tomó varios autorretratos, con varios atuendos y en distintas poses. “Sólo me vi a mí misma con zapatos, calcetines y las bragas Lollipop. Las demás no se parecían a mí”, explica para justificar la elección de la foto que seguiría haciendo, cada 22 de abril, durante las siguientes cuatro décadas.

El resultado de la crónica de trajes de cumpleaños es “una historia codificada del viaje de una mujer a través del tiempo”, añade Hilmer, a quien movió cierto espíritu de rebeldía: “Quería ir contra los estereotipos de una cultura que me marcaba como a una chica bonita, lo suficientemente delgada para ser una modelo de moda y no mucho más”.

Luego, con el paso de los años tuvo la intuición de que aquel rito era una alianza que la acompañaría de por vida: “Armada con mi cámara y el trípode, encontré una manera de definirme en mis propios términos y en la forma más abierta y vulnerable que pude. Mi proyecto es a largo plazo y continuará el tiempo que viva”.

Visto en conjunto, el suave viaje de autorrepresentación en topless y bragas de esta fotógrafa con la mirada iluminada, compone una narrativa superpuesta a la fotográfica. Es simple —el matrimonio, los hijos, los nietos, el inevitable avance de las arrugas…— pero de hondo consuelo: Hilmer ha sembrado el camino de señales para regresar sin drama a la casa común de la tierra que a todos nos aguarda.

Ánxel Grove

El reloj de Nagasaki

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu, 1961

“Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura menos que la liviana melodía que sólo es tiempo“, escribió el infinito Borges, quizá en la no menos perdurable extensión de una noche de pérdida en las dunas del insomnio.

Shōmei Tōmatsu, nacido en 1930 en Nagoya, una ciudad cuya etimología japonesa conduce a la palabra pacífico, amplió la sentencia del escritor en la foto que encabeza esta entrada: un reloj de pulsera detenido a las 11:02 horas del 9 de agosto de 1945, momento exacto en que una bomba atómica de los EE UU explotó sobre Nagasaki, una ciudad pesquera colonizada por portugueses y españoles cuya etimología no conduce a ningún significado preciso. Tras los 3.900 grados centígrados a los que la fisión nuclear elevó la temperatura ambiente, toda ley etimológica dejó de ser necesaria.

Como Borges, Tōmatsu es un poeta, acaso el más poético de los fotógrafos contemporáneos. Cuando en 1961 una revista le encargó retratar el corolario del asesinato masivo (150.000 cadáveres a las 11:02) un cuarto de siglo después, el fotógrafo se detuvo en una botella derretida hasta el punto de parecer el Cristo de una capilla rural española o portuguesa, las tumbas de un cementerio todavía volteado, un reloj recuperado del brazo de un anónimo habitante de Nagasaki que estaba a 700 metros del epicentro de la explosión…

Hace dos semanas, en este blog y también en la sección de cada jueves, Xpo, dedicada a la fotografía, quienes las hacen y quienes se dejan hacer, hablé de otra foto de Nagasaki: la de un niño sosteniendo el cadáver de su hermano chico en espera de cremación. La imagen contenía, intentaba abreviar, la hiel, el absurdo, la desdicha, infinita como el tiempo, que se concentró en el segundo en que el tiempo dejó de existir, también carbonizado.

Vista desde la amnesia la foto de Tōmatsu puede ser una metáfora de un sol derrotado. También, claro, el bosquejo de una bandera opcional de Japón: un mecanismo que mide el tiempo en torno a un trapo blanco que configura una levísima orografía bajo el peso del reloj calcinado.

Imagino al fotógrafo preparando el bodegón en un estado de trance en el que tal vez pidió la ayuda de los dioses de la amnesia.

Admiro a Tōmatsu. Creo que es uno de los, digamos, tres grandes fotógrafos vivos —los otros dos también son japoneses—. Si tuviese dinero, ese arcano, compraría copias de muchas de sus fotos, todas las que inserto tras este post, para colocarlas en una pared virgen y componer una cartografía ante la cual perderme.

Siempre imagino a Tōmatsu, sin embargo, en el momento previo a la foto del reloj de Nagasaki, sosteniendo con dedos de cristal la esfera liviana y muerta para tejer la bandera que todos deberíamos alzar con cada amanecer.

Ánxel Grove

Shomei Tomatsu - Protest, Tokyo, 1969

Shōmei Tōmatsu – Protest, Tokyo, 1969

Shōmei Tōmatsu - Coca Cola, Tokyo,1969

Shōmei Tōmatsu – Coca Cola, Tokyo,1969

Chewing Gum and Chocolates,Ykosuka-Kanagawa Prefecture American Sailors,1969

Shōmei Tōmatsu – Chewing Gum and Chocolates,Ykosuka-Kanagawa Prefecture American Sailors,1969

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu – Kadena-cho, Okinawa, 1969

Shōmei Tōmatsu - Botella derretida, Nagasaki, 1961

Shōmei Tōmatsu – Botella derretida, Nagasaki, 1961

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu

Shōmei Tōmatsu

Un pintor de un solo tema: la espera

'Waiting  #81' - Brett Amory

'Waiting #81' - Brett Amory

Lleva tatuada en el antebrazo la silueta de un hombre esperando: “Mientras esperas piensas en lo siguiente que vas a hacer, en el pasado, en la comida que hace falta comprar, en tu cuenta del Facebook, el bar al que fuiste la otra noche… Nunca piensas en el presente“.

El estadounidense Brett Amory (Portsmouth-Virginia, 1975) estudia el momento muerto entre una acción y otra, el paseo circular, la observación de cualquier cartel, las técnicas para hacer tiempo, los minutos gastados en mirar el reloj varias veces sin que la otra persona llegue.

'Waiting #79' - Brett Amory

'Waiting #79' - Brett Amory

Empezó a trabajar en 2001 en una serie de pinturas que tituló Waiting (Esperando) y todavía sigue enganchado a las sensaciones que le produce ilustrar el tiempo detenido de quien aguarda.

Las numera como coleccionándolas: la espera número 88 tiene lugar en la entrada solitaria de un badulaque, la número 90 transcurre en el porche de una casa unifamiliar, la 80 es para un hombre que agacha la cabeza frente a una gasolinera cerrada y con banderines de colores.

'Waiting #84' - Brett Amory

'Waiting #84' - Brett Amory

Vive en Oakland (California-EE UU), separada de San Francisco por una pequeña bahía y unida por un tren de cercanías. Al principio la serie retrataba a personas esperando la llegada del tren, “pero a medida que las pinturas evolucionaban, dejaron de ser sólo viajeros”. Amory confiesa que pronto comenzó a alejarse “de la tarea mundana a algo más trascendente”.

Le gusta jugar con el espacio negativo, dejar cada vez más huecos vacíos. La oscuridad envuelve a los personajes y la luz que emanan los edificios es de un blanco desolador. Le ha dado por buscar que el lugar y la persona “compartan algo que flota en el ambiente”. Ha ido despojando gradualmente al ser humano de todo lo que rodea al lugar de la espera eterna, como para que no se distraiga y se enfrente a sus demonios.

Helena Celdrán

Blaise Cendrars, rompiendo relojes a martillazos

Blaise Cendrars, pintado por Amadeo Modigliani

Blaise Cendrars, pintado por Amadeo Modigliani

Henry Miller afirmaba que para escribir “hay que estar poseído y obsesionado”.

Blaise Cendrars (1887-1961) -a quien Miller idolatraba- cumplía ambos requisitos.

Vivió cada mañana como si fuese la primera y cada noche como si fuese la última. Se dió de baja en todo para ejercer la vida.

Renunció a la educación por castrante. Renunció a su tierra natal, Suiza, por somnífera. Renunció a su clase social, la burguesía (si es suiza, insufrible), para largarse a Rusia a los 17 años y trabajar como aprendiz de relojero. Sólo se llevó unos paquetes de cigarrillos.

En el oscuro taller de San Petesburgo donde se maneja con las miniaturas que pretenden en vano simplificar el tiempo a través de la mecánica comprendio que el único destino de los relojes es el martillo.

En Rusia es testigo del domingo negro del 9 de enero de 1905: los cosacos del zar atacan espada a mano a los 20.000 hambrientos, sobre todo campesinos, que se manifiestan ante la residencia de verano del tirano. Mil muertos.

Blaise Cendrars (1887-1961)

Blaise Cendrars (1887-1961)

El relojero suizo cultiva la amistad de anarquistas y bolcheviques. Algunos de sus colegas son condenados a muerte.

Empieza a escribir y publicar.

“No mojaré la pluma en un tintero, sino en la vida”, afirma una mañana. No faltó a su palabra.

En 1913, establecido en el  trepidante París de la primera década del XX, amigo de los radicales del arte (Chagall, Léger, Modigliani), publica este poema:

Disonancias del arco iris en la telegrafía inalámbrica de la Torre
Mediodía
Medianoche
En todos los rincones del universo se murmura: “Merde”
Rayos
Cromo amarillo
Nos hemos contactado
Los transatlánticos se acercan desde todas las direcciones
Desaparecen
Todos están en movimiento
Y los relojes marchan
Paris-Midi informa que un profesor alemán fue devorado por los caníbales en el Congo
Bien hecho

Tiene agujas en los zapatos y se le clavan en la planta de los pies. No puede evitar el movimiento.

Habla seis idiomas. Intenta estudiar medicina en Berna para indagar en la verdad definitiva del desorden nervioso. Entiende que no son biológicos nuestros fantasmas y se matricula en Filosofía. Lo deja por el amor de su vida, la polaca Féla Poznanska. Regresa a San Petesburgo, viaja a Nueva York, vuelve a París en un barco en el que deportan a delincuentes y trabajadores del sexo. Se mezcla con ellos.

Renuncia a su filiación registral (Frédéric Louis Sauser) para incinerar el pasado. Elige nombre: Blaise Cendrars. En francés la palabra cendres significa cenizas. Un arte (ars) calcinado.

“Lo he derribado todo. He dejado atrás mi vida anterior, todo lo que sé, todo lo que ignoro, mis ideas, mis creencias, mis vulgaridades, mis demencias, mis estupideces, la vida y la muerte”, escribe.

Apollinare le saluda como el mejor poeta del momento.

"Moravagine"

"Moravagine"

Escribe 19 poemas elásticos y prepara la que será su mejor novela, Moravagine. Vive con Féla en una granja. En  abril de 1914 nace su hijo Odilon, en honor al príncipe de los sueños Odilon Redon.

Sin que nadie en su círculo entienda por qué, se alista en la Legión Extranjera para combatir en la I Guerra Mundial. “Odio a los alemanes”, se justifica con parquedad.

En febrero de 1915, en un combate sangriento, la metralla le arranca el brazo derecho. Describe las consecuencias, años más tarde, en la novela La mano cortada: “Me he comprometido y como muchas veces en mi vida, estaba listo para ir hasta el fondo de mis actos. Pero no sabía que la Legión me haría beber de ese cáliz hasta los excrementos para conquistar mi libertad como hombre. Ser. Ser un hombre. Y descubrir la soledad“.

El manco viaja a Brasil, a Hollywood, edita reportajes catárticos y vivenciales que predicen el nuevo periodismo; recopila literatura africana de tradición oral; escribe dos de las novelas más peculiares del siglo XX, Moravagine (1926) y El Hombre fulminado (1945)…

Varios adjetivos cuadran con la obra de Cendrars, lo cual implica que también se ajustan a su devenir sobre el mundo. Acaso el más justo sea vertiginoso.

Me entristece que en castellano sean tan escasas las posibilidades de encontrar sus libros (bellamente editados en el pasado, pero inencontrables entre tanta miseria en las librerías de hoy).

Por esa dejadez editorial tengo el atrevimiento de incluir a Cendrars -de cuya muerte se cumplieron cincuenta años en enero- en la sección Top Secret, admitiendo que su figura es demasiado grande para la consideración de autor de culto.

“La eternidad no es más que un breve instante en el espacio y el infinito lo atrapa a uno por los cabellos y lo fulmina en el acto. El tiempo no cuenta”, escribió.

Siempre con el martillo a mano para romper relojes.

Ánxel Grove