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Palomitas que en el cine son lentejas (y muy caras): o las compras allí o no hay palomitas

 Ir al cine es una actividad de riesgo. Al menos para el bolsillo. El otro día fui con mis hijos, y al palo de las entradas se añadió el de las palomitas: ocho euros, ocho, por una caja de cartón de palomitas y dos euros por cada botella de agua. Vamos, que hay menús de tres platos más baratos.

Así que me dije: la próxima vez las llevo de casa. Pero no, al salir de la película pregunté y me dijeron que no se permite la entrada con productos de fuera del cine. Es decir, que si has ido a comprar al súper antes de ir a ver la peli y vas con la bolsa, por ejemplo, te pueden impedir entrar al cine con ella.

Hablábamos hace tres entradas de lo que ocurre en los parques de ocio y veíamos que era misión imposible en casi todos entrar con comida. Con esto de las palomitas observamos que hay jurisprudencia y algunos de los que se han propuesto tener derecho a entrar en el cine con palomitas compradas fuera, lo han conseguido. Pero, ojo, otros no.

Quienes lo lograron lo hicieron gracias a aferrarse a una sentencia de diciembre de 1999 de un juzgado de A Coruña, y a algunas similares posteriores. Esta sentencia de ese juzgado gallego señalaba que “impedir el consumo de productos adquiridos fuera del local supone una limitación de los derechos de los consumidores y de la libre competencia”. Por esta circunstancia, el Instituto Galego de Consumo multó entonces al propietario del cine, Coruña Films SL, por “impedir la ingestión de productos adquiridos fuera de la sala”.
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La comida en los parques de ocio

gtres_u094725_009Tenía muchas ganas de llevar a los niños a ese parque temático del que tanto me hablaban. Me informé y comprobé que, por poco que me gastara, se me iba a ir un pastizal en la visita.

Dos niños y dos adultos, al margen de los gastos de desplazamiento, sólo en entrar al parque se me fueron 160 euros. Pero esto no me sorprendió, que ya lo sabía. Lo que me sorprendió es que el chaval de unos 20 años que me pidió los tiques en el torno de entrada, insistió en revisar todas nuestras mochilas, incluso las de los niños, en busca de alimentos.

“Está prohibido traer comida de fuera”, me dijo el empleado. Y, la verdad, que te diga esto un chaval de 20 años que luce una gorra con enormes orejas de conejo, mientras revisa las mochilas de tus hijos, es bastante desconcertante.

No llevábamos comida en las mochilas. Pero ahora entiendo la revisión. En el parque nos dejamos esa jornada casi 400 euros entre parking, entradas, souvenirs (pocos), bocadillos, bebidas y tonterías varias.

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