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Los secretos de Dickens: moralista, infiel, mentiroso, racista….

Charles Dickens, mayo de 1852

Charles Dickens, mayo de 1852

La fiebre de las efemérides es como uno de esos amigos que sale del subsuelo en tu cumpleaños tras haber permanecido en la Antártida los 364 días anteriores.

La más reciente gran efeméride ha traido de regreso a quien nunca se había ausentado: Charles Dickens (1812-1870), de cuyo nacimiento se celebró el bicentenario hace unos días.

El término inglés dickensian (dickensiano), dice el diccionario, es aquello que no alcanza las condiciones mínimas de vida o trabajo que garanticen la dignidad humana, pero también puede aplicarse a las trabas burocráticas, la lentitud de la justicia, la vida urbana regida por la cobardía y el individualismo…

En la última temporada de la serie The Wire -que a Dickens le hubiese encantado por su esplendor coral-, un editor de prensa que quiere ganar el Pulitzer antes que contar la verdad se empeña en promover el punto de vista “dickensiano” sobre cualquier tema. Cuando emitieron el último capítulo de la serie, el New York Times, con bastante acierto, tituló la crónica: “Sin  final feliz en la dickensiana Baltimore“.

Dickensiano, como kafkiano, borgiano, términos aceptados por la Academia, o ballardiano, que los académicos, no pidamos milagros en la casa de la artritis literaria, aún no saben lo que significa, son adjetivos que, además de explotar en significados variados, siempre entrevistos a través de los cristales de aumento de las obras de los  escritores, dicen lo obvio: la fusión de un cuerpo literario con la vida, la confusión de lo real con lo imaginado…

Es placentero -y un poco vertiginoso- pensar que los confusos jardines de Babilonia fueron borgianos siglos antes de que un escritor llamado Borges ganara horas a la noche lidiando con la tinta para describirlos con justicia o que la expoliación española de la colonias de ultramar diera lugar a una muy dickensiana madeja de rapiña y abusos sin que ningún Dickens estuviera allí para contarlo.

Dada la dickensmanía del bicentenario -injusta como toda celebración de pum, se acabó- y, sin pretender nada más que aportar unas pinceladas al dibujo de un personaje que a todos nos acompaña de forma contundente exista o no la efeméride, dedicamos este Cotilleando a… -nuestra sección de biopsias– a algunos de los secretos de Charles Dickens, moralista, mentiroso, infiel, mujeriego a la chita callando y con vergüenza, racista, engreído y enorme escritor que, sin ninguna modestia, se refería a si mismo como El Inimitable.

Dibujo de la prisión de Marshalsea, 1729

Dibujo de la prisión de Marshalsea, 1729

1. Hijo de un prisionero. John Dickens, el padre del escritor, empleado en la oficina de pagos de la Armada Real, era un hombre que no sabía administrar sus escasos ingresos y el siglo XIX en Inglaterra era muy peligroso para los deudores. Al señor Dickens lo encarcelaron en 1824 en la tenebrosa y húmeda prisión londinense de Marshalsea, fundada dos siglos antes para encerrar a los acusados de practicar la sodomía y el bestialismo. ¿Delito? Adeudar a un panadero 40 libras y diez chelines.

La mujer del reo y los tres hijos pequeños del matrimonio tuvieron que irse a vivir a la cárcel -injusticia habitual en aquel tiempo- porque no les quedaba nada tras los embargos judiciales.

El primogénito, Charles Dickens, que tenía 12 años, se quedó en casa de una amiga de la familia, tuvo que dejar los estudios y ponerse a trabajar diez horas al día, siete días a la semana, en una fábrica de betún para el calzado. Le pagaban seis chelines a la semana.

Aunque el padre logró salir de la cárcel a los tres meses (recibió la herencia testamentaria de su madre y pagó parte de las deudas), el fantasma de la insolvencia siguió acechando a la familia y Charles, que nunca perdonó a su madre que no trabajara ella, tuvo que seguir produciendo plusvalías: primero como empleado en un juzgado y luego, tras aprender por su cuenta taquigrafía, como cronista judicial y parlamentario para periódicos.

Sintió tanto la humillación de ser hijo de un deudor insolvente que sólo reveló la verdad a su íntimo amigo y editor John Forster, que hizo públicos los hechos cuatro años después de la muerte de Dickens.

Ellen Ternant

Ellen Ternan

2. La amante secreta. Dickens se casó joven, a los 24 años, con una chica tres años más joven, Catherine Thompson Hogarth, hija de un editor de prensa para el que trabajaba el escritor. Tuvieron diez hijos. Todos se marcharon de casa en cuanto les fue posible porque no soportaban el carácter del padre, una persona que exigía a los demás que fuesen como él creía ser, “perfecto”.

Hay constancia de que el marido fue infiel a su mujer en varias ocasiones, pero el gran amor de Dickens fue la actriz Ellen Lawless Ternan, a la que conoció en 1857, cuando él tenía 45 años y ella 18.

Fueron amantes durante 13 años, pero Dickens, al que gustaba su imagen pública como pilar de la sociedad y la moral victorianas, hizo todo lo posible para ocultar la relación: alquiló para Ternan una casa en las afueras de Londres y la veía en secreto.

Más tarde ordenó a Ternan que quemara todas las cartas que le había enviado.

El matrimonio con Catherine Hogarth terminó un año después de que comenzara la aventura, pero el divorcio era impensable para los Dickens, demasiado pendientes del qué dirán, y los cónyuges se separaron.

Seis años después de la muerte del escritor, Ternan, que tenía 37 años se casó con un pastor de 25. Tuvieron dos hijos y ninguno, ni tampoco el marido, supieron nada de la relación de Ellen con Dickens.

Los protagonistas de la historia fueron tan celosos con los rastros del adulterio que sólo en 1991 logró conocerse con detalle la verdad, revelada en el libro de la historiadora Claire Tomalin The Invisible Woman: The Story of Nelly Ternan and Charles Dickens. El libro afirma que la pareja tuvo un hijo en secreto, nacido en Francia y nunca reconocido por Dickens. Otros biógrafos del escritor rechazan esta tesis.

Grabado sobre el accidente de tren de Staplehurst

Grabado sobre el accidente de tren de Staplehurst

3. Héroe (pero mentiroso). El 9 de junio de 1865, Dickens, Ternan y la madre de ésta regresaban a Londres en un vagón de primera clase de un tren que procedía de Francia. En Stapelhurst (Kent), varias unidades del ferrocarril cayeron a un río, en un accidente en el que murieron diez personas y 40 resultaron heridas, entre ellas la amante del escritor. Una de las lesionadas fue la amante del escritor.

Dickens se comportó como un “héroe” ayudando a los moribundos y heridos, dijeron los diarios de la época.

El escritor, que sacó buenos réditos de la fama, no rechazó ninguna entrevista y escribió un relato inspirado en la catástrofe, se encargó de hablar con cada uno de los periodistas que se acercaron al lugar y las autoridades policiales para que ocultasen la identidad de sus acompañantes.

En su fuero interno Dickens resultó tocado por la experiencia y evitó volver a viajar en tren.

El 'Urania Cottage'

El 'Urania Cottage'

4. Una casa para mujeres de mala vida. Gustoso de presentarse como un filántropo preocupado por los “poco favorecidos”, Dickens se embarcó en la promoción de una institución para “redimir” a las “mujeres caídas”, eufemismo que ocultaba la mención directa a las prostitutas, madres solteras, víctimas de delitos sexuales y otras formas de deshonra para la puritana pero hipócrita sociedad victoriana.

Angela Burdett Coutts, heredera de una fortuna procedente de la banca, puso el dinero para la compra del Urania Cottage, en Shepherds Bush (Londres), y Dickens escribió en 1949 un formulario de invitación: “Sabéis lo que son las calles, lo crueles que son las compañías, los vicios que abundan, las consecuencias que pueden acarrear, sobre todo si sois jóvenes”.

Dickens se encargaba de entrevistar a las aspirantes, a las que, aseguraba, sólo utilizaba para perfilar futuros personajes literarios, pero el fondo de la cuestión era discutible: tras pasar unos meses en el cottage, las mujeres (se calcula que unas cien fueron atendidas entre 1847 y 1859) eran obligadas a emigrar a Canadá o Australia, los acostumbrados basureros sociales del Imperio Británico.

Charles Dickens, aprox. 1860

Charles Dickens, aprox. 1860

5. Racista. “Los dos entraron en una habitación de paredes negras y sucias donde un viejo judío de aspecto repugnante estaba friendo salchichas”. La descripción es del anciano Fagin, el director de la escuela de niños-ladrones de Oliver Twist.

En todos capítulos de la novela, Dickens menciona al personaje como El Judío (casi 300 veces). Cuando influyentes lectores de ascendencia judía se quejaron del trato racial nada ecuánime, el escritor insertó en su siguiente novela a un judío bueno.

No fue el único patinazo de un autor que gustaba de presentarse como “campeón” de los pobres y oprimidos y firme defensor de la justicia social.

En las American Notes que publicó tras el primero de sus dos viajes a los EE UU se burla de los modales y formas de un cochero negro, que se mueve, escribió, “como una versión demente de un cochero inglés”.

Aunque se manifestaba como un firme defensor de la abolición de la esclavitud, a veces salía al exterior el conservador que anidaba en él. Apoyó al Sur en la Guerra Civil y en 1868 declaró que otorgar a los negros derecho al voto era “absurdo”.

Algo parecido le sucedía con los habitantes de las colonias inglesas. En una carta a una amiga escribió: “Ojalá fuese el comandante en jefe en la India. Haría todo lo posible por exterminar a esa raza y borrarla de la faz de la tierra”.

Ánxel Grove

Chester: 300 crímenes sin resolver y un fotógrafo con vergüenza

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

Foto #1
Doretha Washington, a la izquierda, llora sobre el ataúd la muerte de su hermana menor, Kathy Ann Stewart (49 años, madre de tres hijos), cuyo cadáver aparece a la derecha. Kathy Ann fue alcanzada por una bala perdida mientras estaba en cama, descansando tras cuidar a su madre, enferma de cáncer. Horas después del crimen, un grupo reza ante la casa de Stewart, situada en las viviendas sociales William Penn, una de las zonas más violentas de la ciudad. 

Usted no querría vivir en Chester, condado de Delaware, estado de Pennsylvania, Estados Unidos. Usted no podría vivir en Chester. A usted también le alcanzarían las balas perdidas. Si, por ser negro o pobre o haber nacido con la marca de Caín de la desgracia o todo a la vez, usted se viese obligado a vivir en Chester, olerían su culo débil a millas de distancia. Usted se iría a cama y escucharía los tiros. Usted declararía una mentira: “No vi nada, estaba durmiendo”. Al agente de Policía, que sabe que usted miente, le importa un carajo que mienta. En la comisaría de Chester hay 300 expedientes de asesinatos sin resolver cometidos desde mediados de los años noventa. Gracias a su ayuda y el nulo interés del agente, serán 301.

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

Foto #2
Una niñita en pañales espera en la puerta de la casa de su tío. La madre de la cría ha ido a todo correr al badulaque de la esquina. Una prima juega en el suelo con un ordenador. En la casa viven 12 personas. Algunos duermen sobre el suelo del comedor y el salón.

Usted sería otro paria en Chester. Ganaría, según los ingresos medios de la ciudad, 6.000 euros al año. Seis veces menos que un estadounidense-tipo, tres veces menos que un españolito-tipo. Tendría la sensación de que vive en el pecho de un cadáver. Entre 1960 y hoy Chester ha perdido la mitad de su población, de 60.000 a 30.000 habitantes. No, no me venga con la teoría ultrasur-cospedal de la mano blanda: el porcentaje de población negra es el mismo que entonces (un 75 por ciento). Usted sería negro en Chester. Se acostaría sobre el suelo a esperar. En el pecho del cadáver.

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

Foto #3
Después de ver la tele hasta medianoche, los niños duermen en casa de un amigo de la familia. Los padres tenían fiesta y no querían a los críos cerca.

Sus hijos, que también serían tan negros como usted y su amantísima esposa, no tendrían colegio decente, pero sí mucha escuela de calle y esquina (y una de las tasas de mortalidad infantil más altas del país). Un buen laboratorio a su entera disposición de la aplicación práctica de la teoría de las expectativas racionales de Reagan, Bush, Aznar, Zapatero, Merkel, Blair y todos esos tiguerasos por los que usted votó cuando era blanco, antes de ser negro. No tema. Obama está tranquilo: “vivimos en la era post-racial”. Obama compra la comida en Whole Foods el supermercado nerd que te permite acceder a hortalizas y nectarinas orgánicas (cultivadas en China), dulces como sueños de una noche de verano. No hay sucursal en Chester, tierra de badulaques.

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

Foto #4
Joven en su casa. Noche.

¿Juegan en Chester? ¿Alzan los brazos, como en un movimiento de un tai-chi funerario, y los elevan, inspirando con languidez, hasta parecer cristos crucificados con una sonrisa que en la noche es una mueca grotesca? ¿Hay reglas sociales en Chester, un municipio cuyo alcalde, desde una pulcra página web, se vanagloria de que no hayan subido los impuestos locales durante “dieciseis años consecutivos”, pero no menciona la criminalidad, el desplome, la osadía de la maldad en los corazones, el índice de cáncer y asma por las emisiones de la industria pesada instalada en las orillas del río Delaware? Si usted no fuese el negro que es, ¿qué razón le conduciría a Chester, donde cuatro de cada diez menores de 18 años son pobres de solemnidad, dos de cada cuatro viviendas están abandonadas, tres de cada diez cabezas de familia son mujeres solas, los índices de polución industrial son los más altos del país y las Glock circulan con cristiana solidaridad de mano en mano, repartiendo mútuamente la paz eterna de la pólvora? ¿Iría usted a Chester para visitar el viejo Seminario de Teología Crozer, donde Martin Luther King Jr. terminó en 1951 un bachillerato en Divinidad (lo juro, existe)? ¿Tuvo usted alguna vez un sueño? ¿Le hizo falta soñar ante de ser el negro de badulaque que es ahora?

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

Foto #5
Latasha Bacon (21 años) fuma un cigarrillo. Está en arresto domiciliario tras un mes en la cárcel por una pelea doméstica con el padre de sus hijos.

Entre 2007 y 2009 en Chester asesinaron a 58 personas (ocho veces más que la media de crímenes mortales de EE UU según la incidencia porcentual sobre la población). Si la ciudad de Madrid fuese Chester habría 1.700 cadáveres al año por disparos (la navaja ya no se lleva). Madrid-Chester tendría anualmente 1.852 violaciones, 21.271 robos y 62.121 asaltos con violencia. ¿Qué dirían los ultrasur-cospedal, la chulapa de hierro Aguirre, el tirillas Gallardón?  ¿”No vi nada, estaba durmiendo”? Es probable: también serían negros.

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

De la serie "When the Spirit Moves"- Justin Maxon

Foto #6
Personas a pie y en bicicleta durante una tormenta invernal con un metro de nieve. La pobreza impide a casi todos los vecinos tener vehículos propios. A la izquierda, un chico posa como si disparase una pistola, un gesto común entre los niños de Chester.

El autor de estas seis fotos se llama Justin Maxon. Nació en 1983. Lo traigo hoy a Xpo porque, a diferencia de los ególatras del objetivo, Maxon siente vergüenza por hacer tan buenas fotos.

Desde hace tres años está embarcado en el proyecto When the Spirit Moves (Cuando el espíritu se moviliza), una crónica fotográfica desoladora y valiente de lo que sucede en Chester. Suyos son también los textos en cursiva que explican cada imágen. Hay más fotos en esta pieza de la revista Burn.

Maxon ha escrito:

“En estos tres años he aprendido que Chester es un lugar donde, por un efecto dominó de problemas socio económicos, agravados por una larga historia de corrupción administrativa, la comunidad se ha revelado como un microcosmos de las heridas del racismo (…) He sido testigo de una cantidad enorme de tragedias y me he comportado a menudo como un espectador desamparado con una cámara. Nunca he visto que mi trabajo haya beneficiado de manera tangible a la comunidad. Siento que muchos fotógrafos, yo incluido, no utilizamos nuestro trabajo en pro de aquellos que retratamos. Las fotos acaban en una web o, como mucho, publicadas por una revista o un diario, lugares donde el fotógrafo no tiene control sobre el dialogo que resulta de las images. Las lanzamos a los abismos de la imagineria, esperando de forma idealista que pase algo. Casi nunca pasa nada. La gente pasa la página”.

El fotógrafo que tiene vergüenza de ser fotografo está buscando fondos para que sus fotos no sean tristes como un recorte. Quiere emplear el dinero en un proyecto comunitario contra la violencia en Chester. Como primer paso, hará fotos de gran formato de los familiares de los 300 muertos en asesinatos sin resolver y organizará una manifestación. Es un fotógrafo que desea regresar a la escena del crimen. No declarará: “No vi nada, estaba haciendo fotos”.

Ánxel Grove