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Ancianos ‘hedonistas’ para vender un perfume

La colaboración entre la premiada perfumista, Azzi Glasser, y el fotógrafo y director de moda John Rankin, crea cosas distintas, conceptos que parecen querer escapar al típico perfume en cuanto a su publicidad y estilo.

Mientras que la mayoría de los spots publicitarios venden la imagen de una juventud que parece afectada por gigantismo, con la sobredimensión de las excentricidades de un ego VIP, Rankin ha apostado por un anuncio sencillo que juega con la idea de “libertad”, un homenaje “sin disculpas” al sexo y la sensualidad.

De este modo, bajo el elegante influjo de la música clásica, podemos ver a dos ancianos jugando con sus cuerpos como si acabaran de conocerse, o a dos mujeres jóvenes dejándose llevar por encima de los códigos morales, o la exaltación del amor andrógino masculino.

Los vídeos hablan de la supervivencia de la misma pasión por encima de las estructuras biológicas y sociales. Distintas edades, un mismo impulso vital.

La idea de dos personas mayores haciendo el amor para vender un perfume se acontece como disruptiva en una mercado que glorifica la juventud eterna o la aspiración a la misma, en una sociedad donde lo viejo no vende y es apartado, concebido como una antesala de la muerte que no merece atención alguna.

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Madeleine, “una cámara fotográfica del olor”

A menudo olvidamos el poder evocador del olfato, el sentido que menos ejercitamos y al que se le suele dar una importancia secundaria frente a los otros cuatro. La diseñadora británica Amy Radcliffe defiende la memoria olfativa como posible aliada para “nuestro bienestar emocional” y como una herramienta más para documentar el mundo que nos rodea.

Basado en la tecnología Headspace, desarrollada en los años ochenta para la industria del perfume, el aparato exhibe un aspecto que en principio no aclara su modo de funcionamiento: es de un blanco farmacéutico, tiene tubos transparentes y una campana de cristal. La máquina se llama Madeleine y su creadora, Radcliffe, la describe como una “cámara analógica del olor”: “La cámara registra la información de la luz para crear una réplica. Madeleine registra la información molecular de un aroma“.

El proceso es sencillo. Hay que cubrir con la campana el objeto que contiene el olor que se quiere capturar, conectar una probeta de dos extremos (“el atrapador de olor”) a los cables que salen del cuerpo del aparato, encender el interruptor para comenzar con el proceso “de absorción”… En las vías transparentes se ve fluir líquido producto de la condensación. Después sólo queda retirar y sellar el tubo, que contiene los matices de la fragancia original. Si se quiere recrear y multiplicar como si se tratara de un perfume, sólo hay que mandar la muesta a un laboratorio para que analice la composición que permita reproducirla.

La diseñadora denomina “scent-ography” (que se podría traducir por aromagrafía) a estas instantáneas aromáticas y ve el proceso como una manera alternativa de documentar recuerdos. “De olores de ambiente a la fragancia absolutamente única de una persona, nuestra memoria olfativa es un valioso recurso para ser capturado y archivado de modo sistemático”.

Helena Celdrán