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Trasdós Trasdós

No nos disgusta la definición del término trasdós: la "superficie exterior convexa de un arco o bóveda". En este blog perseguimos estar en alerta y con el objetivo siempre dispuesto para capturar los reflejos, destellos, brillos y fulgores que el arte proyecta.

El tesoro del folclore: 17.400 canciones en streaming, entre ellas muchas españolas

Algunas de las grabaciones españolas de Alan Lomax

Algunas de las grabaciones españolas de Alan Lomax

Si alguien tiene curiosidad por saber qué y cómo cantaban las tierras españolas en los años de acero y frío de la postguerra, tiene poco futuro en los lares patrios, bastante desentendidos de eso que se llama, cada vez poniendo mayor ímpetu en la supuesta hondura cateta del término, folclore. Como si quisiéramos sacudirnos la tierra vieja del nuevo chasis del XXI, lo rústico parece dar miedo: ninguna institición, pública o privada, con muy pocas excepciones, guarda, conserva y retiene lo que fuimos los de a pie y quienes nos precedieron en el deambular.

Por ese abandono, por ese pecado de dejadez, por esa deserción de lo que nos cimentó, tiene mayor importancia el gesto de la asociación estadounidense Cultural Equity, que acaba de colgar en la red 17.400 grabaciones del patrimonio universal de la música folclórica. Todas fueron registradas al raso, en torno a fogatas, en labradíos, penitenciarías, patios, eras y otros terrenos poblados por los comunes por Alan Lomax (1915-2002).

Es el mayor archivo de música popular del mundo e incluye buena parte de las grabaciones de Lomax en más de treinta localizaciones españolas de Andalucía, Aragón, Asturias, Cantabria, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Cataluña, Extremadura, Galicia, Islas Baleares, Madrid, Murcia, País Vasco, Valencia

Alan Lomax (derecha), fotografiado en una aldea de Aragón en 1952 - Foto: American Folklife Center

Alan Lomax (derecha), fotografiado en una aldea de Aragón en 1952 – Foto: American Folklife Center

Durante seis décadas Lomax tragó caminos con un solo afán: reunir un archivo de cantos, lamentos, voces, bromas, cuentos, sermones… Tenía tanta hambre de grabar cintas magentofónicas o acetatos que a veces dejaba encendidos los aparatos y registraba anuncios de emisoras de radio, vendavales, pasos, procesiones…

Aprovechando el estreno del documental Lomax: the songhunter, recordé sus idas y venidas, vigilado por la Guardia Civil, en un reportaje ya lejano en 20 minutos:

Entre 1952 y 1953 el afán por rastrear los cantos del mundo trajo a Lomax a la España negra y famélica de la posguerra civil. La estancia duró seis meses. El folclorista iba solo, con la única compañía de un enorme grabador de acetatos y una cámara de fotos Leica. Se desplazaba en autobuses allá donde le decían los paisanos que había un buen intérprete de gaita o un cantador de jotas.

No le importaban las distancias, los caminos de caballería o la Guardia Civil, que le marcaba de cerca sospechando revoltosas intenciones en aquel yanqui rechoncho con un micrófono y un magnetofón a baterías en la maleta.

Del viaje, reconstruido ahora en el documental, salieron 75 horas de grabaciones in situ y catorce discos, los primeros de música popular grabados en España fuera de los estudios. Hay volúmenes dedicados a Galicia, el País Vasco, Aragón, Mallorca, Ibiza, Asturias, Murcia, Castilla, Santander, Valencia, Navarra y León.

Vaqueiradas, albaes, desafíos y hasta toques de gaita para acompañar la castración de los cerdos. La música, en suma, que hemos perdido en el camino hacia esta inmensa pero, dicen, divertida miseria en la que nos solazamos. Lomax lo predijo: “Llegará un día en que el arte de la grabación estará por encima del arte de la creación musical”.

En los archivos que se pueden escuchar en streaming hay una diversidad que asombra y enternece: Ti en que pensas alma miña canta-llora Manuela Sande en la marinera villa de Corcubión; José Manuel López toca en Coria una salida de las carretas que pega en el pecho porque parece provenir de un tiempo anterior al nuestro; una trapera-cacharrera vocea sus servicios por un Madrid que nunca será tan amable pese a la miseria; un coro de marineros de Zarautz entona un Boga boga sobrecogedor que huele a mar…

No deben perderse tampoco las grabaciones especialmente brillantes de Marruecos, el mítico concierto de calipso celebrado en Nueva York en 1946, los cantos de prisioneros del Sur de los EE UU, la vibrante colección de música irlandesa

Canciones interpretadas por voces en ocasiones anónimas, esa ambigüedad que empleamos para reconocernos egoístas, caprichosos y fanáticos: sabemos qué canta el último necio a la moda pero no recordamos qué cantaban nuestros abuelos.

Jose Ángel González

1 comentario

  1. Dice ser stavros

    seguro

    06 Abril 2016 | 03:08

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