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En busca de una segunda oportunidad En busca de una segunda oportunidad

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado- 'El Principito'. Antoine de Saint-Exupéry.

Capítulo 25: Magullado por dentro y por fuera

El segundo capítulo de julio de mi folletín animalista, escrito a pesar del calor que da el portátil en estas noches madrileñas de verano. Ya sabéis que con Mastín pretendo hacer una buena novela juvenil, capaz de gustar a adultos y con el marco de la protección animal de fondo para dar a conocer la problemática existente.

CAPÍTULO 25:

El grito se había convertido en un lloriqueo. Martín corrió buscando el origen del sonido sin saber quién gritaba o qué haría ante lo que se encontrase, sin preocuparle por qué sentía esa imperiosa necesidad de responder a esa petición de auxilio.

Alguien pedía ayuda en el silencio oscuro de la madrugada, alguien que no podía estar a más de un par de calles. Oír su llamada le había sacado del estado ausente y sordamente doloroso en el que estaba inmerso, eso era todo lo que necesitaba saber en ese momento.

Se detuvo al final del callejón en el que encontró lo que había estado buscando. Al principio le costó ver lo que pasaba. Un bulto oscuro que era incapaz de reconocer se protegía la cabeza con las manos; estaba sentado en el suelo gimoteando. De pie, frente a él, estaba Alberto propinándole pataditas desganadas en las piernas.

– ¡Vamos, levántate! Si no te he hecho nada todavía. No seas tan marica –

Otra sombra que estaba apoyada en la esquina contemplando el espectáculo rio con la voz de Carlos.

– Levanta, que no te va a pasar nada. Tal vez te abofetearemos un poquito como a una chica, nada más. Solo si no eres buena –

Martín ya no necesitaba más para saber quién estaba ovillado contra la pared.

Tal vez si se hubiera parado a pensarlo no hubiera actuado así. Podría haber llamado al 112. También podría haberse dado la vuelta y vuelto a casa, igual que había dado la espalda a Juan muchas veces en el instituto. Pero es que no fue algo premeditado, fue una reacción instintiva. Puede que simplemente necesitara salir de aquel estado mental en el que se había visto inmerso, puede que algo hubiera cambiado en él sin saberlo. Fuera lo que fuera, el chico caminó hacia sus tres compañeros, con zancadas largas pero tranquilas para intentar domar ese rojo vivo que sentía crecer en su interior, una sensación conocida que no quería que le desbordase. Se recordó a sí mismo sobre el tipo que lanzó a los gatos y la voz de Mal pidiéndole prudencia. Respiró profundamente. Alberto y Carlos no tardaron en verle aproximarse.

– Dejadle en paz, ya está bien – dijo en el tono más conciliador que encontró. Eran dos y Martín jamás se había visto metido en una pelea seria.

– No te metas. Pírate –

– ¿Quieres que sea tu novio? ¡Sí! ¿Es eso, verdad? Quieres follarte a Juan – dijo Alberto explotando en carcajadas forzadas .

– ¿Por qué no os vais vosotros? ¿No tenéis nada mejor que hacer? – Martín intentaba ignorar a Alberto y miraba directamente a Carlos, que le parecía un tío algo más razonable pero que se limitó a mirarle haciendo los coros a su colega.

– Otro maricón en clase. ¿Por eso vino tu novia buscándome? –

Las señales de calma no habían funcionado. Notaba la rabia arreciando y adueñándose de él.

– Manu te hizo un poco de caso porque sabía que me cabrearía verla cerca del mayor gilipollas de la clase – le espetó Martín.

– ¿Gilipollas? ¿Quién es aquí el gilipollas, eh? ¡Hijo de puta!-

– ¡Cabrón, vete a meterte en tus asuntos! ¡Déjale en paz!-

Alberto avanzó encarándose directamente con él. Ambos se gritaban a pocos centímetros uno del otro, erguidos, cuadrándose. Carlos seguía sonriendo, atento, Juan no se había atrevido a moverse. Martín se interpuso entre el chico acuclillado mientras seguían insultándose. Como un enganchón entre dos perros jóvenes, en el que rara vez se derrama sangre porque lo que pretenden es imponerse sin daño, pero en aquella ocasión sí que la habría. Alberto le empujó y Martín le lanzó contra la pared. En ese instante el fuego se adueñó de Martín, que no supo más que los golpes llovían, que se defendía como podía y agarraba, empujaba y golpeaba sin saber a quién. Notó algo húmedo resbalando por la cara y le ardía una mano. En medio del caos vio a Juan y luego notó que Alberto había desaparecido de su particular rifirrafe, enzarzado con su víctima en el suelo. Logró zafarse del agarrón de Carlos y lo embistió con la intención de alejarlo, tal vez de lanzarlo también al suelo. En cambio cayeron ambos engarzados contra un coche cuya alarma se disparó. El estridente sonido, aún más ensordecedor en plena madrugada, logró detenerles en el acto. Se miraron durante un instante y luego se alejaron en direcciones opuestas con un trote dolorido de aquel lugar antes de que se presentara la policía o cualquier vecino. Martín sabía que Juan le seguía, se detuvo en unos soportales sombríos cuando consideró que ya se habían alejado bastante.

– Gracias – dijo Juan con la respiración aún agitada y sin atreverse a mirarle a los ojos. Tenía un lateral del vaquero totalmente manchado, unos arañazos en el brazo y algo de sangre entre los dientes.

Martín estaba exhausto, harto y tan despierto como ausente se había sentido pocos minutos antes. Se llevó la mano a la cara. Estaba sangrando bastante.

– Te han abierto un poco la ceja, es más escandaloso que otra cosa. Y se te va a hinchar el labio –

Martín se tocó el labio inferior. Palpitaba y comenzaba a doler. La ceja seguía sangrando y tuvo que cerrar el ojo para que no se le llenara de sangre. Se quitó la camiseta y se apretó el corte intentando detenerlo. Otra camiseta a la basura. La mano también le molestaba, se había desollado los nudillos, probablemente contra la pared.

– Lo siento mucho. Gracias – repitió Juan.

– No tienes que sentirlo. No es culpa tuya. Me metí en medio porque me dio la gana –

– ¿Quieres que te acompañe a Urgencias para que te miren ese corte? –

– No, no es nada. Vivo aquí al lado, me voy a casa –

– ¿Te acompaño? –

– ¡Te he dicho que no! – gritó Martín. Juan dio automáticamente un paso atrás, dolido, y el chico lamentó haberle hablado así, pero quería irse, necesitaba irse, perderle de vista, intentar tranquilizarse y digerir todo lo que había pasado en la última hora. – No quería gritarte, he tenido una noche complicada. Me voy a casa. Ya hablaremos, ¿Vale? –

Juan se limitó a sonreír, lo que en aquel rostro vapuleado, sucio y despeinado le hacía parecer poco más que un niño vulnerable. Martín dio media vuelta y enfiló el camino a casa sin dejar de apretar la camiseta contra su ceja, aún rabioso, aún doliente, aún incapaz de encontrar la calma y pensando, aunque no le importaba demasiado, que buena se iba a poner su madre cuando viera que se había estado peleando.


***

Se detuvo ante la puerta el tiempo suficiente para hacerse notar ante Logan, al que sintió olisqueando el suelo al otro lado. Su madre debía estar ya dormida. La luz de la escalera se apagó y no volvió a encenderla. En penumbras bajó las escaleras y se encontró por segunda vez buscando refugio ante la puerta de Mal.

La chica abrió sobresaltada, escoltada por su sombra en forma de galgo. Llevaba un viejo vestido de tirantes con el que claramente había estado durmiendo y el pelo recogido en una trenza. Martín se imaginó como debía estar viéndole ella, medio desnudo, sucio de sangre y con la camiseta hecha una bola contra la cabeza.

– No sé qué estaba pensando cuando he llamado a tu puerta. Perdona, me voy a casa –

Mal le cogió del brazo y le condujo al interior, sentándolo en el viejo sofá que ya conocía. No parecía enfadada por la irrupción y Martín comenzó a relajarse. La chica desapareció y volvió al poco rato con una bandeja en la que había un cuenco con agua, algodón, un bote de Betadine, gasas y esparadrapo. Le hizo reclinar la cabeza contra el respaldo y se puso de rodillas en el sofá , a su lado, para limpiarle y cerrarle el corte, que ya había dejado de sangrar. En aquella postura sus pechos, sueltos en aquel vestido gastado, estaban a la altura de su cabeza; notaba el calor que irradiaba su cuerpo y su respiración mientras sus dedos y el algodón recorrían con delicadeza su rostro. Martín sintió que se excitaba y cerró los ojos avergonzado.

– Lávate las manos anda, que te ponga también Betadine – dijo ella tras terminar con su cara.

– ¿No me vas a preguntar qué ha pasado? – preguntó Martín una vez ella dio por terminadas sus curas.

– No, ya sabes que no me gusta interrogar a la gente –

– Ni contar cosas tuyas –

– Tampoco, tienes razón Mastín. Pero es que además lo que tienes que hacer ahora es irte a casa y descansar. Mañana ya hablaremos, si es que te apetece contármelo –

Mal se puso en pie y se dirigió a la puerta de la casa, seguida por trancos y por Martín, que sabía que aquello significaba que tenía que irse. Su vecina abrió la puerta y esperó, ligeramente apoyada en ella. Estaba preciosa, descalza y tan pequeña, con esos ojos que parecían entenderlo todo mejor que él.

Estaba claro que aquella iba a ser una noche que no olvidaría.

Cogió su cara con las manos y la besó, un beso suave, prolongado, que ella no respondió. Sus brazos colgaban laxos y simplemente se dejaba hacer. Aquello enfureció al chico, que hubiera preferido que le hubiese apartado, y la besó con más furia, haciéndose daño en el labio herido. Quitó las manos de su rostro para apretarla contra él y abrió la boca. Al principio no pasó nada, Mal permaneció impasible, sin responder, pero luego Martín notó que el cuerpo de ella se curvó adaptándose al suyo, los labios se abrieron un poco, muy poco. Todo tan sutil que parecía no estar pasando. Al poco se apartó respirando con rapidez y mirándola con una intensidad que se extinguió rápidamente. Ella se limitaba a observarle pensativa. No parecía enfadada, aunque tenía derecho a estarlo. Tampoco precisamente dispuesta a lanzarse a sus brazos.

– Tal vez debería haberte desanimado con más ganas, pero es agradable tontear inofensivamente con un chico guapo. Mea culpa – dijo al fin – No es buena idea. Créeme, yo he pasado por esto antes. Estar con alguien a quien quieres, aunque no sea el amor de tu vida, y ponerle los cuernos con otra persona. Lo pasas bien un rato, sí. Disfrutas de las mariposas en el estómago y del sexo con alguien diferente. Pero ese poco tiempo no compensa. A mí al menos no me compensa. Juraría que a ti tampoco. Decide sí quieres seguir con esa chica o no, pero no en función de si tienes alguna oportunidad con otra. Y no le hables de esto. Si quieres seguir con ella o con cualquier otra en el futuro y le pones los cuernos, aprende a encajar tu propia mierda. Pero ahora no es el momento de hablar de eso. Vete a casa a descansar –

– Ya no estoy saliendo con Manu –

– Lo estabas ayer – apuntó ella alzando una ceja.

– Pues ya no – dijo él encogiéndose de hombros.

– Me da igual. O mejor dicho, con más motivo esto no tiene sentido. Una vez rompí a un hombre, no tengo la menor intención de romper a un niño. Además, lo nuestro probablemente fuera ilegal – quiso bromear.

– ¡Eh, que no tengo catorce años! – protestó él.

– No, tienes diecisiete. Y yo veintiséis. Y eso es un universo entero. Ve a dormir, mañana hablaremos – dijo empujándole suavemente hasta que traspasó el umbral. La puerta se cerró y Martín, magullado por dentro y por fuera, subió a casa sintiendo que odiaba más que nunca su edad, que la vida era una mierda, pero que también, de algún modo extraño y soterrado, estaba llena de maravillas.

 

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Esta camada de perros ha aparecido metida en una bolsa dentro de un contenedor en Zamora el 7 de julio.

Seis vidas con las que alguien ha intentado acabar metiéndolas en una bolsa de plástico y tirándola a un contenedor de basura. Basura es la persona que ha hecho esto. ¿Cómo se puede ser tan mal nacido para meter seis cachorritos en una bolsa para que mueran asfixiados?

La semana pasada otro caso en León aunque de ese seguramente tengamos video del abandono y eso nos permitirá llegar hasta las últimas consecuencias con el o la culpable de esta atrocidad. Junto al contenedor de ese pueblo de León hay una empresa con cámaras de vigilancia y el propietario de la empresa está buscando el video del abandono para que podamos denunciar.

Ahora necesitamos casas para estos pequeños, la familia que los ha rescatado de una muerte segura los cuidará hasta que tengan buenos hogares.

Contacto: Defensa Animal Zamora defensanimalzamora@gmail.com

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