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La muerte del ‘cantautor de cantautores’ Jesse Winchester, prófugo de Vietnam

Jesse Winchester (1944-2014)

Jesse Winchester (1944-2014)

A Jesse Winchester, el gran cantautor muerto a los 69 años tras varios de batalla con el cáncer, le cambió la vida, como a tantos otros, la Guerra de Vietnam. En 1967, cuando a los 23 años fue llamado a filas por el Gobierno de los EE UU —no era estudiante universitario, circunstancia que te ponía a salvo de la conscripción—, no se lo pensó dos veces y se largó a Canadá. Para la administración militar estadounidense paso a ser un prófugo culpable de un delito grave. “Ningún país puede obligarme a participar en una guerra”, declararía con el tiempo y sin grandilocuencia el músico.

Dotado de un don natural para componer canciones melancólicas y de tono íntimo, vivió apartado de la fama que merecía: residía fuera de los circuitos comerciales y alejado del ávido público de los años sesenta y setenta y apenas se le conocía en su país, donde algunas crónicas incluso le presentaban como nacido en Canadá. Aunque logró que sus canciones fuesen grabadas por otros y consiguió cobrar derechos de autor y renombre como cantautor de cantautores —le versionaron desde Fairport Convention y Tim Hardin hasta Emmylou Harris y Joan Baez y fue una pieza clave en las carreras de cantantes confesionales como James Taylor—, su obra nunca pasó del segundo plano.

Hace unos años, cuando se hizo público que padecía cáncer de esófago —fue tratado médicamente y la enfermedad pareció remitir en un primer momento—, algunos de sus admiradores grabaron el disco de homenaje Quiet About It, con intervenciones de primeras figuras como Elvis Costello, Lucinda Williams y Neko Case. En un especial de televisión Winchester se reunió con sus adeptos. Eriza la piel y corta la respiración ver como el cantautor interpreta Sham-A-Ling-Dong-Ding mientras Costello permanece casi consternado por tanta emoción y a Case le atraviesan las mejillas notables lagrimones.

Pese a la amnistía dictada en 1976 que liberada de delitos a los prófugos y objetores de Vietnam, Winchester ya había adquirido la nacionalidad canadiense y sólo regreso a vivir en los EE UU en 2002. Se estableció en el sur del país, la tierra en la que había crecido (en Memphis, la ciudad donde hasta el agua potable canta canciones tristes y lánguidas) y siguió apartado de los grandes circuitos, tocando esporádicamente y grabando muy de vez en cuando.

Con una discografía de una quincena de álbumes —según Bob Dylan, otro admirador confeso, “imposible de evadir si se trata de conocer a los grandes cantautores”—,  las canciones de Winchester son con frecuencia melancólicas, cantadas desde la ansiedad incurable de quien no podía regresar a casa. Son destacables, entre otras, Yankee Lady, The Brand New Tennessee Waltz, Mississippi You’re on My Mind, A Showman’s Life y Biloxi.

"Jesse Winchester", 1970

“Jesse Winchester”, 1970

El mejor de sus discos es el primero, editado en 1970 y producido por Robbie Roberston, el líder de The Band, que también aporta su inimitable guitarra telegráfica mientras de la batería se encarga otro miembro del grupo, Levon Helm, fallecido en 2012, también de cáncer.

Presidido por un retrato en el que Winchester parece un forajido, se trata de una evidente obra de exilio, donde el cantautor, que nunca hizo bandera clientelar de su objeción a la guerra, añora las raíces que dejó atrás en baladas y medios tiempos elegantes y con sabor campestre. El disco ha sido reeditado en numerosas ocasiones, la última en 2005 por la discográfica independiente Wounded Bird.

“La gente me dice: ‘Escapar a Canadá debió ser una decisión dura’, pero esa fue la parte fácil de la historia. La parte realmente dura es intentar ganarte la vida habiendo tomado la decisión. Eso es lo complicado”, declaró en una entrevista el cantante, obligado durante muchos años a tocar como músico de acompañamiento en bares y locales de Toronto donde los asistentes están más preocupados por la ingesta que por las canciones.

La muerte de Winchester ha merecido el mismo interés que su gran obra: solamente ha sido llorada por sus colegas cantautores y media docena de medios especializados. Al cantator no le hubiera importado este suave impacto. “Nunca quise ser el mejor ni ninguna mierda parecida. Sólo quiero pasarlo bien haciendo música lenta y consistente“, dijo en la misma entrevista. Consiguió ese noble objetivo.

Ánxel Grove

“Canciones para Slim”, un proyecto para ayudar a un músico semiparalizado por un ictus

Slim Dunlap

Slim Dunlap (Foto: Robert Matheu)

El muchacho de la foto, retratado hace una veintena larga de años, tenía sobradas razones para la mirada de orgulloso y travieso optimismo. Formaba parte de los Replacements, uno de los grupos de rock más influyentes de su tiempo (1979-1991). Slim Dunlap, nacido en 1951 en la cuna del cuarteto, el estado norteño de Minnesota (EE UU), fue desde 1987 guitarrista de la banda, de la que ya hablé en el blog en la entrada La última mejor banda de la que nunca has oído hablar (aunque para muchos sea la mejor de todos los tiempos).

El 19 de febrero de 2012 Dunlap, un personaje infatigable en la escena de la música independiente de Minneapolis, sufrió un gravísimo infarto cerebral. Más de un año y medio después, tras meses de hospitalización y terapia, los médicos dicen que la situación es irreparable y no podrá mejorar: el músico tiene inmóvil el lado izquierdo del cuerpo, apenas puede hablar, permanece postrado y necesita atención continua. Así permanecerá el resto de su vida.

Parte de las intervenciones médicas y atenciones hospitalarias fueron cubiertas por el seguro que pagaba Dunlap, pero la familia está endeudada hasta las cejas por las facturas impagadas de la terapia no incluidas en la póliza y no es capaz de hacer frente al coste astronómico de lo que vendrá porque en los hospitales de los EE UU piden la chequera antes de tomarte la temperatura. “Los médicos recomiendan un tratamiento mejor u otro peor preguntándonos antes de cuánto dinero disponemos. Es una vergüenza que la salud no sea la primera preocupación de un doctor”, ha declarado, con toda la rabia a la que tiene derecho, la hija del músico, Emily.

"Rockin' Here Tonight. Songs for Slim"

“Rockin’ Here Tonight. Songs for Slim”

Para recolectar dinero para ayudar a Dunlap desde enero de este año funciona el proyecto Songs For Slim  [tienen también página de Facebook y Twitter], que hasta ahora ha editado un disco al mes (van ocho) de, entre otros, Lucinda Williams, Steve Earle, The Minus Five (con la ayuda de miembros de R.E.M. y los Decemberists), Jakob Dylan, Frank Black y Jeff Tweedy. Como ven, los amigos del muchacho de la mirada optimista, son de primera fila.

Acaban de reunir todas las grabaciones publicadas hasta el momento en el doble disco compacto Rockin’ Here Tonight, que, por cierto, adjunta también las maravillosas ilustraciones para las carpetas de la serie, pintadas Chris Mars, que fue el baterísta de los Replacements antes de convertirse en un reputado ilustrador.

Todos los implicados han trabajado gratis —ni siquiera los estudios de grabación cobraron alquiler— y el dinero de la venta de los discos, que también se pueden comprar en las tiendas online de música digital, va sin retenciones para el tratamiento del infortunado Dunlap.

El momento mágico del esfuerzo colectivo fue la reunión del resto de los Replacements para la grabación de un extended-play de cuatro canciones, entre ellas una versión de Busted Up, escrita por Dunlap. El carismático y genial lider del grupo, Paul Westerberg, volvió a tocar por primera vez en muchos años con el cofundador del grupo, el guitarrista Tommy Stinson, con el que había roto relaciones en 1987 por diferencias musicales.

“Dile a todos que muchas gracias”, ha declarado Dunlap en una entrevista online. Su familia sostiene que el proyecto de ayuda le ha devuelto la alegría y que está dispuesto, con la mitad del cuerpo paralizada, a “dictar a alguien”, en el susurro de voz que le queda, las “canciones nuevas que bailan en mi cerebro”.

Ánxel Grove

Renacen las canciones perdidas en el Cadillac donde murió Hank Williams

Una página de los cuadernos de Hank Williams

Una página de los cuadernos de Hank Williams

Algunas vidas parecen escritas por un guionista bien pagado. Algunas muertes, por un dios.

Cada elemento es legendario en la muerte de Hiram King Williams, a quien conocemos con el alias artístico de Hank Williams.

El momento: algún instante de la primera madrugada del año 1953. Nadie ha podido determinar la hora exacta. Los héroes se han ganado el derecho a la imprecisión.

La edad: tenía 29 años. Tiempo suficiente para abrir la música country como una mano y extenderla en muchos dedos.

El lugar: el asiento trasero de un Cadillac descapotable (lo exhiben en un museo) en una gasolinera de Oak Hill, Colina del Roble (Virginia Occidental). Un cruce de caminos en el medio de la nada. El color del automóvil no podía ser otro: azul pálido.

La causa: la autopsia, realizada por un médico ruso que apenas hablaba inglés, estableció que murió por un fallo cardíaco, pero no menciona los agentes causales. Williams, que padecía de espina bífida oculta, era adicto a los analgésicos -morfina e hidrato de cloral incluidos- para evitar el dolor. Los mezclaba con grandes cantidades de alcohol. Se había convertido en un bronquista: la autopsia reveló una contusión en un brazo y varios hematomas recientes en la ingle, donde lo habían pateado en una pelea de bar.

La obra: es el padre fundacional del rock. Sin Williams no hubiesen existido Elvis Presley, Johnny Cash y todo lo que vino después.

La última canción que grabó: I’ll Never Get Out of This World Alive, Nunca saldré vivo de este mundo.

El concierto al que no llegó

El concierto al que no llegó

Las últimas palabras: Williams iba camino de un concierto en Canton (Ohio). Tenía pensado llegar en avión, pero había intensas nevadas y decidió ir por carretera. Como no podía conducir por el dolor y la ingesta de alcohol y drogas, pagó 400 dólares a un estudiante de instituto de 17 años para que lo llevase. El chaval, Charles Carr, fue la última persona en escuchar a Williams. Habían parado en un bar a comer algo. Carr bajó y preguntó al pasajero qué le apetecía. “No quiero nada. Cena tú”, fueron las palabras finales.

El concierto de nunca: cuando comenzó el concierto de Canton y un locutor anunció que Williams había muerto la madrugada anterior el público se mofó creyendo que se trataba de otra de las espantadas del cantante, que llevaba dos años incumpliendo contratos con excusas peregrinas. Cuando los demás artistas salieron a escena para cantar juntos I Saw the Light, los asistentes se percataron de que esta vez iba en serio. Todos se unieron a la canción.

Las pertenencias: en el maletero del Cadillac había una guitarra. En el suelo del asiento posterior, varias latas de cerveza. Al lado del cadáver, un maletín de cuero con un cuaderno rayado en el que estaban escritas las letras de una docena de nuevas canciones.

Durante décadas, el contenido del cuaderno fue un misterio (por eso merece este Top Secret). Ahora se revela a través del disco The Lost Notebooks of Hank Williams, que sale a la venta el cuatro de octubre.

"The Lost Notebooks of Hank Williams"

"The Lost Notebooks of Hank Williams"

Trece músicos participan en el proyecto, financiado por Egyptian Records, la editorial discográfica montada por Bob Dylan.

Todos los involucrados son deudores de la franqueza profunda de Williams y su capacidad para cantar con sencillez sobre el valle de lágrimas de la vida en la tierra.

Aunque durante años se especuló que The Lost Notebooks of Hank Williams sería un disco personal de Dylan, que idolatra a Williams, el elenco se ha abierto a otros músicos, entre los que también figuran Jack White, Norah Jones, Levon Helm, Lucinda Williams, Merle Haggard y Sheryl Crow.

Con las letras y algunas anotaciones formales de Williams, cada participante compuso la música de las canciones, proyectándolas en un juego hipotético y marcado por el respeto.

La idea es similar a la que ejecutaron con primor entre 1998 y 2000 Wilco y Billy Bragg con los dos volúmenes (Mermaid Avenue y Mermaid Avenue II). Eran las canciones de las cuales otro pionero, Woody Guthrie, sólo pudo escribir las letras antes de morir.

Hank Williams, con sombrero, y su grupo, los Drifting Cowboys

Hank Williams, con sombrero, y su grupo, los Drifting Cowboys

Hank Williams, aldeano nacido en una cabaña de troncos de Mount Olive-Alabama, tocaba con la guitarra que le había regalado, cuando cumplió ocho años, su mamá. Pese a lo que digan la historia y las fotos, siempre tocó con esa guitarra.

Esperaba morir con la cabeza bien amoblada (bajo un sombrero Stetson no hay fantasmas), esperaba el último Cadillac azul (en un Cadillac no viajas, te trasladas) para beber de la petaca el último trago de Wild Turkey (el whisky que sabe a labios de primera novia): sabía la fecha, el uno de enero (ese día no te mueres, escapas).

Sobre su pasmosa vida y no menos notable muerte todavía se debate con fruición extremista: la última hamburguesa, la última copa, la última gasolinera, el último condado…

Algunos concluyen que en el fondo del alma americana hay una oscuridad en suspenso, esperando con fiebre de loba. La tesis la expone el gran Greil Marcus en The shape of things to come. Prophecy and the American voice, un libro que alguien debería de una vez traducir al español:

“América es un lugar y una historia, construidos con exuberancia y sospecha, crimen y liberación, linchamientos y fugas. Sus mayores testamentos son de portentos y alertas, alusiones bíblicas que pierden todas sus certezas en el aire americano”.

No he escuchado The Lost Notebooks of Hank Williams. Es probable que se trate de un buen disco. Poco importa que, en mi opinión, las canciones debieran haberse quedado en el maletín de cuero, en el asiento trasero de un Cadillac de pálida tristeza, al lado del cadáver, al fin en paz, sin sufrimiento, de un muchacho de 29 años con cara de hombre mayor.

Hank -incluso el nombre parece el de un niño montañés jugando en la maleza, donde las guitarras no tienen seis cuerdas porque cada tallo es a la vez cuerda y nudo- supo llevar como nadie al terreno de la canción existencial la única conclusión que importa: la enfermedad es siempre el amor.

Ánxel Grove