Entradas etiquetadas como ‘documentalismo’

Los 50 fotógrafos emergentes de 2016

Fairy Tale from Russia © Frank Herfort - Lens Culture Emerging Talent Awards 2016

Fairy Tale from Russia © Frank Herfort – Lens Culture Emerging Talent Awards 2016

Los cuatro soldados rusos tendidos en un ambiente de utopía perversa o sueño de ficción especulativa pertenecen al proyecto fotográfico Cuento de hadas de Rusia, una serie sobreel misterio y el mito” de la inmensa y lejana región oriental de la Federación Rusa. El documentalista Frank Herfort, que lleva siete años embarcado en el proyecto, busca momentos “extraños e inexplicables” con lecturas abiertas. Un hombre fuma con tranquilidad en un claro de bosque del que brota una gran bola metálica, un automóvil Lada enfrenta la noche vacío de pasajeros pero con los faros encendidos…, todo parece preconstruido pero no contiene ni pizca de montaje.

La propuesta contiene los valores —valentía, novedad, excelencia, atractivo visual, calidad formal, nuevas aproximaciones técnicas…— de los cincuenta series fotográficas ganadoras de los LensCulture Emerging Talent Awards de 2016 (Premios de LensCulture a los Talentos Emergentes). Los galardones, que llegan este año a la cuarta edición, están organizados por la web LensCulture, uno de los portales más implicados y con mayor rigor, con la nueva fotografía.

La intención de los patrocinadores es señalar a los talentos en alza de la fotografía mundial, creadores a quienes conviene seguir a medio plazo. Concurrieron fotógrafos de 120 países y entre el medio centenar de premiados hay 29 nacionalidades. Lee el resto de la entrada »

El piloto israelí que prefirió objetar y bombardear el mar

Akram Zaatari, 'Letter to a Refusing Pilot', 2013 © Akram Zaatari, Courtesy the artist and Sfeir-Semler Gallery, Hamburg/Beirut

Akram Zaatari – ‘Letter to a Refusing Pilot’, 2013 © Akram Zaatari, Courtesy the artist and Sfeir-Semler Gallery, Hamburg/Beirut

La historia, que no por indemostrable deja de ser radiante, cuenta que el piloto de aquel F-16 de la aviación de Israel tuvo un rapto de lucidez y entendió que toda orden puede y debe ser desbodecida si contiene el germen de un crimen.

En algún momento del verano de 1982, durante la Guerra del Líbano, que la jerarquía sionista prefirió bautizar con un aroma bíblico y, por ende, pecaminoso, como Operación Paz para Galilea, el aviador recibió la orden de bombardear una escuela en la ciudad costera de Sidón, 50 kilómetros al sur de Beirut.

El militar, de quien no sabemos el nombre pero, como sucede con todos los ángeles, podemos imaginar los ojos pardos de los judíos, la nariz lanzada, la conciencia perseverante de una historia demasiado antigua…, fue inspirado por una luz interior —esta vez sí procedente del mensaje de paz y consuelo de la Biblia— e imaginó, no sin certeza, que los escolares a los que estaba a punto de matar tal vez leían El principito, la historia de un aviador, un niño de las estrellas, un cordero, una caja, un baobab, un zorro

Decidió entonces, mientras surcaba a velocidad de cometa (casi 1.500 kilómetros/hora) la mañana candente del mismo territorio donde predicaron los profetas y los primeros cristianos se acostumbraron a la posibilidad de los milagros, cambiar de rumbo, adentrarse varias millas en el longevo Mediterráneo y soltar la carga mortal sobre una zona vacía del mar.

Los 7.700 kilos de bombas cayeron en la alfombra de agua, elevando sifones que parecían juguetes esculpidos por la historia y el valiente aviador regresó a su base, sabiendo, sin que le importase demasiado, que sería detenido, degradado, culpado de traidor y encarcelado por el Ejército cuyas órdenes acababa de desobedecer mediante esa figura legal que debería ser de obligado estudio en las escuelas: la objeción de conciencia.

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La desolación de los hombres varados en pueblos mineros

Puedes venir aquí en un capricho de domingo.
Digamos que tu vida se vino abajo. Que te dieron el último beso
hace años. Puedes caminar por estas calles
trazadas por un loco, pasar por los hoteles
que ya cerraron, los bares que también, el torturado intento
de los conductores locales por acelerar sus vidas.
Sólo las iglesias se mantienen. La cárcel
cumplió 70 este año. El único preso
sigue encerrado sin saber lo que ha hecho.

El negocio de subsistencia ahora
es la furia. El odio a los distintos grises
que la montaña envía, el odio a la fábrica,
la repelencia a las monedas, a las chicas más deseadas
que cada año se largan de Butte. Un buen
restaurante y algunos bares no pueden combatir el aburrimiento.
El boom de 1907, con ocho minas de plata en funcionamiento,
una pista de baile construida de la nada,
todos los recuerdos se pierden en la mirada,
en la verde panorámica de alimento para el ganado,
en las dos chimeneas sobre la ciudad,
los dos hornos muertos, el colapso de la enorme factoría
hace ya cincuenta años, pero no se derrumba.

En Degrees of Gray in Philipsburg (Grados de gris en Philipsburg), el poeta Richard Hugo (1923-1982) lamenta con sardónico odio la muerte de una ciudad minera en decadencia, oxidada y decrépita tras el fulgor, que siempre termina por ser fugaz pese al inicial empuje del boom, de la extracción, la riqueza y el empleo para todos.

A partir del llanto rabioso del poema y tomando una de sus más poderosas imágenes como título, Grays the mountains send (Los grises que la montaña envía), el fotógrafo Bryan Schutmaat (Houston-EE UU, 1983) se impuso la tarea, hace tres años, de mostrar la tierra baldía de las poblaciones mineras del Medio Oeste estadounidense y las almas que han quedado varadas en ellas. El fotoensayo, realizado con una cámara analógica de gran formato —sólo puedes penetrar en algunos lugares si la maquinaria que manejas es tan vieja como el ambiente—, es en mi opinión uno de los más bellos de la fotografía reciente.

¿No es esto la vida? ¿Ese antiguo beso
todavía quemándote los ojos? ¿No es esta la derrota
tan precisa: la campana de la iglesia parece
un anuncio de llamada al que nadie responde?
¿No suenan las casas vacías? ¿Es el magnesio
y el desdén suficiente para mentener en pie a una ciudad,
no sólo Philipsburg, sino ciudades
de rubias imponentes, buen jazz y todo el alcohol
del mundo, que no serás capas de beber
porque el pueblo del que vienes se muere en tu interior?

Los hombres que pueblan los villorrios que alguna vez fueron lugares encendidos y de noches largas padecen de la misma desolación que la tierra y, como ella, han sido lacerados tanto y tan intensamente como para que la redención sea imposible y la imperfección se haya instalado para quedarse. “Las pequeñas ciudades se están volviendo económicamente obsoletas, perdiendo su identidad frentre a las cadenas comerciales y la arquitectura se está muriendo”, afirma el fotógrafo en una entrevista.

Schutmaat tiene el buen gusto de insinuar antes que narrar: un pavo en el horno o un cementerio sin visitantes son estadística suficiente. “Esta obra es una meditación sobre la vida de pueblo, el paisaje y, lo más importante, los paisajes interiores de los hombres comunes”, dice, dolido por la alteración, que considera irremediable, de la piel exterior de la tierra estadounidense.

Niégate. El viejo, veinte años
cuando se construyó la cárcel, todavía se ríe
aunque sus labios se colapsen. Algún día, bien pronto,
dice, voy a dormir y no despertar.
Le dices que no, pero estás hablando contigo mismo.
El coche que te trajo aquí todavía funciona.
El dinero con el pagaste la comida,
no importa dónde lo extraigan, es de plata
y la chica que sirve los platos
es delgada y su pelo ilumina la pared como una luz roja.

El fotógrafo, ajeno a la épica del esfuerzo, evidente pero quizá inútil en el trabado gesto que los años han dejado en los personajes, coloca en entredicho la promesa del Oeste, que en los EE UU tuvo condición de llamada para la búsqueda de nuevos futuros, y sacude todo rastro de romanticismo de las fotos. Trabajo agotador, pobreza, cambio destructivo y soledad son los únicos caminos que muestra Grays the mountains send.

Pero ni un ápice de moralina, idealismo o falsa compasión hay en estas fotos fascinantes: “Estas personas son muy resistente y van a salir adelante sin importar lo que se cruce en su camino, sin ayuda o palmaditas en la espalda”, dice el fotógrafo de los últimos mineros.

Ánxel Grove

Este archivo está manchado de sangre: las fotos policiales de Nueva York

Antonio J. Demai, 19 años. 19 de diciembre de 1915

Antonio J. Demai, 19 años. 19 de diciembre de 1915

Podría ser un poeta, bello y simbolista, acaso tuberculoso, muerto en la soledad de la indigencia o quizá el modelo potencial para un óleo goyesco o un montaje de Joel-Peter Witkin… El joven cadáver es moderno con determinación —carne escueta, mejillas afiladas, ropa pobre, cabellera descuidada con esmero—, pero la escena y la maravillosa foto de la escena tienen casi un siglo de edad. Es una imagen policial —es decir, una representación de evidencias— de un crimen cometido en Nueva York poco antes de la Navidad de 1915. Sabemos por la ficha del archivo que el muchacho, quizá italiano, se llamaba Antonio J. Demai, que murió de un tiro en el estómago y que el homicidio se registró en un cuarto del número 287 de la calle Hudson.

La foto es una de las 870.000 que el Departamento de Archivos de la ciudad de Nueva York, en algunos momentos del siglo pasado una de las más violentas del mundo, ha digitalizado y colgado en Internet. Probaron la base de datos en fase beta durante dos semanas y, a bombo y platillo, la declararon abierta en el éter ciberespacial hace dos días. La demanda de visitantes es tan alta que no hay acceso a las imágenes y, en el momento de escribir esta nota, la web anuncia “labores de mantenimiento para solucionar el problema”, una precisión que pone en duda la intención expresada en el lema del departamento: “siempre abierto”.

Sin datos, sin fecha

Sin datos, sin fecha

Las muchas y merecidas reseñas del nuevo archivo online que han sido publicadas estos días se detienen, sobre todo, en el caudal de fotos de obras públicas que salen a relucir. Se han exhibido imágenes de puentes en estado emergente, procesos de adoquinado y otras cosméticas urbanas, ambiente en las tribunas de los estadios y algunas escenas meramente documentales. También se ha estimado como milagroso el trabajo del funcionario Eugene de Salignac, fotógrafo municipal cuya obra, esteticista y del agrado de los no menos decorativos archiveros, fue descubierta en 1999 por uno de sus sucesores.

El trabajo de los fotógrafos-policía que contiene el archivo es reseñado de puntillas o directamente ninguneado. Como mucho se mencionan las características macabras de la danza de la muerte con la sangre y las escopetas, navajas, revólveres, martillos y otras armas de ataque empleadas como instrumentos de los crímenes.

Es una injusticia. Estamos ante un ejemplo mayor de fotografía periodística y artística. Dice bastante del oficio fotográfico-periodístico y su vanidad que las obras hayan sido realizadas por agentes de policía que no han pasado del anonimato, que no quisieron ejercer el derecho a la firma o lo ejercieron de modo sigiloso. Ninguno de sus sustantivos trabajos gusta demasiado a los archiveros. Tampoco a los periodistas.

Sin datos, sin fecha

Sin datos, sin fecha

Una buena cantidad de las fotos forenses de Nueva York ya habían sido publicadas en 1992 —circunstancia de la que parecen no haberse enterado los reseñadores del archivo online, que reproducen alguna de ellas como si fuese inédita— en el libro Evidence del periodista Luc Sante, que asoma por segunda vez a este blog (la primera fue a consecuencia de la antología de ensayos Mata a tus ídolos). Dada la caída de la web del archivo de Nueva York, me he tomado la libertad de escanear de mi ejemplar las imágenes que ilustran esta entrada. Sante, como todos los parias de la tierra, adora a los piratas y sé que nada debo temer.

El ensayista belga, residente en Nueva York y sus lindes desde hace varias décadas, ultimó jornadas silenciosas en el archivo policial. Antes de redactar el libro se preguntó si el estilo de las fotos indicaba que se trataban de la obra de una sola persona: los planos cenitales, la composición clásica y cierto sentido lírico a la hora de afrontar la violencia cruda indicaban que sí, pero, tras la investigación en los archivos, Sante descubrió que había seis agentes encargados de la cámara y que el estilo unipersonal que adivinó en primera instancia era más bien un método desarrollado con la práctica y según las necesidades del trabajo: escenificar con rigurosa naturalidad la escena de un crimen.

Homicido de un hombre apellidado Roshinnsky, el 15 de febrero de 1916

Homicido de un hombre apellidado Roshinnsky, el 15 de febrero de 1916

Tras mucha indagación, el periodista dió con los nombres de los fotógrafos: John A. Golden, Clement A. Christensen, Arthur W. DeVoe, Frederik F.E. Zwirz, Charles E. Carsbrer y un tal Abrams del que sólo averiguó el apellido. Todos eran funcionarios de la Policía de Nueva York y alguno ascendió bastante en el escalafón, como Zwirz, que llegó a ser responsable del departamento de huellas dactilares del cuerpo. Ninguno es recordado como fotógrafo. Tampoco lo pidieron: eran policías, hacían un trabajo. Hemos olvidado que somos lo que hacemos, sobre todo cuando lo hacemos bien.

La foto de la izquierda, que aparece firmada en el reverso con un lacónico “taken, Abrams” (tomada por Abrams), es un ejemplo de las virtudes del agente como fotógrafo: la composicion no es complaciente, la cámara se ha colocado casi al nivel del suelo para buscar la cara del cadáver y la ominosa mano derecha, agarrotada y ¿quemada?, sin olvidarse de los inesperados audífonos de telegrafista y el aparador con espejo volteado con respecto a su posición lógica…

Sin datos, sin fecha

Sin datos, sin fecha

En esta otra, de la que nada se sabe, la simetría parece compuesta y la postura de madre yacente clásica del cadáver no difiere de algunos ejercicios de los maestros pictorialistas… El fotógrafo, podría decirse, empatiza con la joven asesinada, quizá por una cuchillada o un balazo que dejaron muy pocos rastros de sangre, y la presenta con un lirismo conmovedor, casi alucinado y de extrema ternura en el detalle central —verdadero áxis de la foto— de la pierna descubierta de la chica.

¿Se imaginan que saquemos de los arcones, con seguridad y en todos los sentidos bastante sucios, las fotos de escenas del crimen de los muchos cuerpos policiales españoles? ¿Permitirían la investigación sin poner cortapisas pese al derecho amparado por la ley de la investigación en los archivos antiguos? ¿Encontrarían editor los hallazgos de un posible investigador? ¿Qué revelarían sobre nuestra forma de delatar, traicionar, matar, morir, malvivir, sufrir o sobrevivir?

Sin datos, sin fecha

Sin datos, sin fecha

En esta otra foto, vemos un cadáver encontrado dentro de un barril. Tenía 24 cuchilladas en el cuerpo, entre ellas una que le seccionó la yugular, y la lengua cortada. Se trataba, con probabilidad, de un hombre acusado por algún clan de ser un chivato.

La escena nocturna en el baldío, con el pueblo amontonado al fondo —donde siempre nos amontonan a los sin tierra— y el cadáver encogido al que nadie, excepto el fotógrafo, parece prestar atención, me gusta más como foto y me dice más como documento que cualquier ejemplo memorialista del adoquinado de una avenida o la heroica construcción de un viaducto.

El pasado es un cadáver acuchillado en un barril y es cuestión de educación cívica que nos permitan verlo.

Ánxel Grove