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La música oculta en las nalgas de un personaje del Bosco

'El jardín de las delicias', c. 1500 - El bosco

‘El jardín de las delicias’, c. 1500 – El bosco

Por su carácter coral, abstrae al espectador con detalles preciosistas, ensoñadores, demoniacos, grotescos, humorísticos… Es difícil posar los ojos sobre uno de los personajes sin mirar inmediatamente al de al lado. El jardín de las delicias, una de las obras más asombrosas del Bosco, no se termina nunca de contemplar, porque siempre merece otro repaso.

Al panel de la derecha se le conoce como Infierno musical por la importancia que cobran los instrumentos como herramientas de tortura. En un texto destacado por el Museo del Prado (extraido de un catálogo oficial de la pinacoteca madrileña) se interpreta que las víctimas de las arpas, laúdes y zanfoñas son músicos entregados a la música profana y no a Dios. Avaros, glotones, envidiosos y otros pecadores son también castigados en la tabla más demoniaca de este tríptico moralizador y pesimista que el Bosco pintó en torno al año 1500.

Hacia la parte inferior, un gran laúd aplasta a un condenado al que sólo se le ve la mitad del cuerpo. Sobre las nalgas tiene escrita una partitura que otro hombre señala con el dedo índice. A la diabólica criatura rosada parece que también le interesa la pieza musical y alarga su fina lengua blanca a modo de batuta, como dirigiendo a los condenados que se pierden poco a poco en la oscuridad.

Detalle del 'Infierno Musical' de 'El jardín de las delicias' del Bosco

Detalle del ‘Infierno Musical’ de ‘El jardín de las delicias’ del Bosco

A este detalle, hasta ahora mudo, le ha dado voz una estudiante estadounidense de música y artes visuales. Amelia Hamrick, alumna de la Oklahoma Christian University, posaba su mirada sobre las microescenas de El jardín de las delicias cuando decidió transcribir la música de la partitura en “notación moderna” y grabarla al piano. Se tomó libertades, como asumir que la obra estaba en la tonalidad de de do mayor, “como es común en los cantos de esta época”. El resultado puede escucharse aquí.

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El diablo en todas sus formas tentando al primer eremita, según El Bosco

El tríptico abierto de 'Las tentaciones de San Antonio' (El Bosco, c. 1501) - Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa

El tríptico abierto de ‘Las tentaciones de San Antonio’ (El Bosco, c. 1501) – Museu Nacional de Arte Antiga, Lisboa

San Antonio, también llamado Antón Abad, residió en Egipto entre los años 251 y 356 —la cuenta de la edad de fallecimiento es notable: 105—. Gran parte de la vida adulta la consumió en el desierto, viviendo como un eremita, primero en la oquedad de un sepulcro, luego en una cueva y más tarde en una casamata.

Fue el primer místico de los retirados rincones de la adusta Tebaida. Buscaba la soledad, sólo necesitaba unas migas de pan que en ocasiones le dispensaba un cuervo y exprimía raíces para extraer gotas de líquido. El resto del tiempo, que es fácil imaginar insufrible, lo destinaba a la meditación y el rezo, dos formas de disolverse en la nada.

Se dice que a los veinte años lo había dejado todo atrás tras “escarabajear en el fondo de su alma” y decidido que la acumulación no era lo suyo. Vendió sus ciento cincuenta yugadas de tierra, dejó la casa, salió de ciudad natal de Coman, cerca de Heraclea, y desapareció en la vasta soledad de la arena. Antes de partir hacia el vacío dejó escrito un consejo:

Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, distribuye el dinero a los pobres, y sígueme.

Según la narración santoral católica, el joven que había huido de la presencia de los hombres encontró la soledad poblada de demonios. El espíritu del mal, que había adivinado en aquel joven al padre de una raza heroica, se presentaba una y otra vez delante de él “con sus innumerables transformaciones y sus especies infinitas”. Antonio veía el mundo cubierto por las redes del maligno, que se le presentaba como “un monstruo disforme, cuya cabeza tocaba las nubes y en cuyas garras quedaban prendidas muchas almas que intentaban volar hasta Dios”.

Más tarde, el fundador de los ermitaños —serían más largos sus méritos futuros: patrón de los amputados, protector de los animales, los tejedores de cestas, los fabricantes de cepillos, los carniceros, los enterradores, los monjes, los porquerizos y los afectados de eczema, epilepsia, ergotismo, erisipela, y enfermedades de la piel en general— advertiría por escrito a sus discípulos sobre los peligrosos enemigos de los solitarios:

Terribles y pérfidos son nuestros adversarios. Sus multitudes llenan el espacio. Están siempre cerca de nosotros. Entre ellos existe una gran soledad. Dejando a los más sabios explicar su naturaleza, contentémonos con enterarnos de las astucias que usan en sus asaltos contra nosotros.

El tríptico que abre esta entrada, pintado en torno a 1501 por El Bosco (1450-1516), el dibujante nacido en la neerlandesa villa de ‘s-Hertogenbosch de la que tomó su nombre como artista (Bolduque, llamamos en castellano al lugar), pero merecedor de habitar las ciénagas de brillo lunar de las badlands de Lugo y Ourense, muestra, con la misma naturalidad de un reportaje periodístico, las Tentaciones de San Antonio.

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