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Sofía Santaclara, hechicera del astigmatismo

© Sofia Santaclara

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El paisaje puede ser la piel y el horizonte, el suelo. El desenfoque, como lógica consecuencia, es no sólo el espacio entero sino también el estado emocional interior, porque cuando te ves a ti mismo ves también el fantasma que te acompaña en el paseo.

Sofía Santaclara (Oviedo, 1970) sufre de astigmatismo (del griego sin punto). Por culpa de unas córneas de curvatura alterada, sus ojos enfocan por capricho aleatorio y miran con cierto grado de locura.  “Mis ojos de astígmata y sus córneas deformadas me regalan refracciones e ilusiones ópticas  ambiguas y distorsionadas”, dice en la declaración de intenciones de su serie Astígmata, que expone en la galería Espaciofoto de Madrid (calle Viriato, 53) hasta el 31 de octubre.

La fotógrafa afirma que desea regir el mundo a partir del defecto, hacer del estigma un aliado y “buscar la pérdida del contorno para hallar así la forma”.

En algunas circunstancias, cuando buscas la esencia que cualquier perfil dibuja encuentras que el perfil es siempre el de tu propio cuerpo.

 

“He vivido y trabajado en Asturias, desde siempre relacionada y enamorada de la danza y el teatro. Media vida la he dedicado a mi casa, a cuidar de los míos. Hace unos siete años, de forma casual, me encontré con la fotografía. Nos entendimos rápido, y me tiene arrebatada desde entonces”, explica Santaclara, que hace suya la máxima con la que Frida Khalo quiso resumir el dulce egoísmo de autorrepresentarse: “Pinto autorretratos porque estoy sola muy a menudo, y porque soy la persona que mejor conozco”.

De la danza de encuentro de Santaclara con la cámara, según dice Eduardo Momeñe en un texto que acompaña a la exposición, germinan fotos que “parecerían autorretratos al uso, pero no lo son”, porque “no hay finalidad de retratar, de hacer retratos, de mostrar el alma del retratado“, sino de “expresar el alma del juego”.

El escritor D.H.Lawrence, gran amante de la fotografía y de los rituales físicos de entrega, establecía una frontera entre los pueblos primitivos y los modernos. Aquellos, afirmaba, tenían una visión de sí mismos “nublada por la semiobscuridad del mundo”. Nosotros, en cambio, hemos “aprendido a ver” y “cada uno tiene una imagen Kodak integral de sí mismo”.

Pero, ¿qué sucede si la curvatura de las córneas enturbia la vista y moldea la visión como plastilina?, ¿cuál es entonces la imagen Kodak?  “Lo ilógico está permitido, ángeles y demonios son hermanos, lo ordinario y lo cotidiano se convierten en situaciones poéticas y excepcionales”, señala Santaclara, que desea “trabajar con lo invisible”, jugar a “ser hechicera” de sí misma. Ella es el trámite del vudú y, al tiempo, la zombie que nace de la ceremonia.

Ánxel Grove

© Sofia Santaclara

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